Fuente: Noticiero de ICCRS. Vol XLIII, Nro 1. Enero-Febrero 2017

Autor: Diac. Christof Hemberger
 

A la beata Elena Guerra (1835- 1914) se la recuerda como una persona que preparó el camino en la historia de la Renovación Carismática. Con valentía siguió lo que estaba en su corazón: ¡El Espíritu Santo necesita de nuevo encontrar lugar en la Iglesia y ser reconocido por ella! Pero ¿quién fue esta mujer que causó que a toda una era se la denominara la «Era del Espíritu Santo»? y ¿qué logró realmente?

Elena Guerra nació en una familia aristocrática y adinerada y recibió la educación correspondiente a dicho nivel social. Su naturaleza fue moldeada por el deseo de «hacer el bien para Dios»; su corazón ardía por la conversión de los no creyentes. Visitaba voluntariamente a los pobres y a los enfermos de su ciudad. Escribió sus intenciones y reflexiones espirituales en pequeños folletos y tratados breves. Elena reunió a personas que pensaban igual que ella y, cuando era solo una joven muchacha, fundó grupos de oración, iniciativas de oración (la «Red Mundial de Oración en el Cenáculo») y la congregación de las Oblatas del Espíritu Santo.

El deseo de la beata Elena era llevar a las personas a tener un encuentro cercano con el Espíritu Santo. ¡La Iglesia y la sociedad —dice la beata— necesitan al Espíritu Santo como nunca antes para su propia renovación y vivificación! Era incansable en esta tarea: alentaba a orar al Espíritu Santo e intercambiaba cartas con sacerdotes y obispos y los exhortaba a enseñar y predicar sobre el Espíritu Santo. En su diario, la beata Elena se denominaba a sí misma como una «pobre sirvienta del Espíritu Santo» e incluso como «alguien que lleva el equipaje del Espíritu Santo». Debido a que las reacciones que obtuvo por sus esfuerzos no fueron las esperadas, creció intensamente en ella el deseo de pedirle al papa que la apoyara y que difundiera sus intenciones en todo el mundo.

El papa León XIII recibió el mensaje de la beata Elena con el corazón abierto: solo tres semanas después de su primera carta, el papa introdujo un período solemne de oración al Espíritu Santo entre las festividades de la Ascensión y Pentecostés (conocido hoy en día como la novena de Pentecostés). Entre 1895 y 1903, la beata Elena escribió un total de trece cartas al papa.

En ellas, lo alentó a instar a los obispos a orar junto a los fieles por una nueva efusión del Espíritu Santo, así como también por la unidad de los cristianos, algo que solo el Espíritu Santo podría lograr. En 1897, el papa León XIII respondió al deseo de Elena al escribir una encíclica (Divinum illud munus) sobre el Espíritu Santo. Este documento catequístico enseñaba sobre la apreciación al Espíritu Santo y sus dones.

Mientras que en 1900 el papa León había consagrado la humanidad al Corazón de Jesús con ocasión del Año Santo, la beata Elena tenía el deseo en su corazón de pedirle al papa comenzar el nuevo siglo pidiendo que el Espíritu Santo se derramara. El papa León aceptó la sugerencia y entonó el himno Veni Creator Spiritus (Ven, Espíritu creador) en nombre de toda la Iglesia. Esta oración tuvo efecto. En ese mismo día, el Espíritu Santo realmente se derramó con sus dones como sucedió con los primeros cristianos. Sin embargo, la respuesta a la oración fue diferente a lo que la beata Elena y el papa esperaban: hubo una experiencia del Espíritu Santo de una manera novedosa en personas que no pertenecían a la Iglesia católica, quienes buscaron al Espíritu Santo con fervor en la oración; ese mismo día por la tarde, cuando el papa oraba en Roma, un grupo de protestantes norteamericanos reunidos junto a Charles Fox Parham (1873-1923) sintieron que el Espíritu Santo descendía sobre ellos con sus dones. Un segundo evento inicial para el llamado movimiento pentecostal fue un avivamiento en la Misión de la Calle Azusa en Los Ángeles, la cual tenía como líder al afroamericano William J. Seymour. El Espíritu Santo no se adhiere a las barreras confesionales… Pasó un largo tiempo hasta que los miembros de la Iglesia católica también recibieran el bautismo en el Espíritu Santo y experimentaran la efusión de los carismas en 1967. Hasta el día de hoy, esta fecha se considera el punto de partida de la Renovación Carismática en la Iglesia católica y es lo que festejamos en el Jubileo de Oro en el 2017.

En el momento exacto en el que nuestra Iglesia experimentaba grandes cambios (el poder secular de los papas se desintegró con la pérdida de los estados papales durante la época de la beata Elena Guerra), una hermana religiosa pequeña, que no buscaba destacar, ayudó a la Iglesia a volver a enfocarse en un poder eclesial que no dependía de reglas ni ejércitos y que había sido olvidado durante mucho tiempo: el poder del Espíritu Santo.

Durante la beatificación de Elena Guerra el 26 de abril de 1959, el papa Juan XIII la denominó una «misionera de la veneración al Espíritu Santo en nuestros días» y así dio testimonio de la extraordinaria vocación de la beata Elena Guerra en la Iglesia y para la Iglesia, la cual vivió de manera valiente y eso la convierte en nuestro modelo hasta el día de hoy.