El “SERVICIO SACERDOTAL” en el gozo del Espíritu Santo

por Salvador Carrillo Alday, M.Sp.S

En el  Sínodo de Obispos, celebrado en Roma en diciembre de 1985, el Papa Juan Pablo decía: “En este Sínodo se ha examinado más profundamente la naturaleza de la Iglesia, en cuanto que es Misterio y Comunión o Koinonía… Realmente, la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, está al servicio del mundo y no desea otra cosa que servir y realizar la salvación integral del hombre” .

Si la misión de toda la Iglesia es “servir” y “realizar la salvación integral del hombre”, ¡cuánto más puede decirse que ésa es la misión del sacerdote, el cual es por definición “el hombre de Dios”, “el hombre de Iglesia”, “el hombre de la comunión” que hace o forma la comunidad, “el hombre que se entrega participando todo cuanto tiene, para la salvación integral del hombre”!

Pero éste su servicio debe realizarlo en el gozo y la alegría, porque “Dios ama al que da con alegría” (2Co 9,7).

Ahora bien, servir es “dar”, más aún, servir es “darse”, es entregarse uno mismo a los demás. Uno de los cuadros evangélicos más expresivos del “servicio como donación de la persona” es aquel tan conocido, que leemos en San Marcos, cuando Santiago y Juan tienen el atrevimiento y la osadía de pedir para sí mismos estar a la derecha y a la izquierda de Jesús en su gloria (Comparar con Mt 20,20 donde se dulcifica la escena, siendo la madre de los hijos de Zebedeo quien hace la petición).

El pasaje termina con esta recomendación de Jesús: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como redención por muchos” (Mc 10, 42-45).

I. MODELOS EN LA TAREA DE “DAR” Y “DARSE”

Así pues, en la tarea de “dar” y “darse” el sacerdote tiene un modelo excelente: Jesús, el Hijo de Dios y nuestro hermano mayor. Pero no sólo él, Dios mismo es su máximo modelo, y luego la Sma. Virgen María, los Apóstoles y tantos hermanos que han hecho la historia multisecular de la Iglesia.

1. Dios

Dios es amor, y es propio del amor “dar”. Dos son los “regalos” que nos ha hecho el Padre, porque nos ama: el don de su Hijo y el don del Espíritu Santo, y al dar esos dones, él mismo se nos da y viene a nosotros.

JESUS-HIJO es el don del Padre:  “De tal manera amó Dios al mundo que dió a su Hijo Único, para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Pero Jesús es también el don del Espíritu, pues el Padre nos lo da en el poder de su Espíritu: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35).

El ESPÍRITU SANTO es el don del Padre y también el regalo de Jesús: “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito… Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre… Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 14, 16; 15, 26; 16, 7).

2. Jesús

Los Evangelios nos enseñan cuantas cosas nos dió Jesús, pero sobre todo nos muestran cómo:  

  • Se dió a sí mismo hasta la entrega de su propia vida, en la libertad y en la obediencia, ¡admirable consorcio de “obediencia en la libertad” y “libertad en la obediencia”! “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; ese es el mandato que he recibido de mi Padre” (Jn 10, 17-18)
  • Dió su vida por amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 12-13; 1 Jn. 3, 16); llevando a cabo así una obra que su Padre le había encomendado: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34; cf. 17, 4).
  • Y se entregó como “servidor” (diákonos) y más todavía como “esclavo” (doulos), sabiendo que su entrega culminaría en “redención de muchos”, esto es, “de todos” (Mc 10,45; cf. Ga 1, 4; Ti 2, 14; 1 Tm 2, 6).

El Espíritu Santo hizo comprender a nuestros primeros hermanos cristianos el sentido profundo de la entrega de Jesús; y así, Pablo de Tarso, tras un momento de experiencia personal de la gracia de Dios que Jesús le había conquistado, gritó: “Con Cristo estoy clavado en la cruz; y vivo ya no yo, sino que vive en mí Cristo; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe, en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 19-20).

3. Pablo de Tarso

Nobilísimo ejemplo de entrega total en el servicio a los demás es Pablo de Tarso. Interminable sería recorrer su vida paso a paso. El dio cuanto el Señor había puesto de dones en él, y luego él mismo se entregó a las almas que Dios había puesto en su camino. 

A los presbíteros de Efeso les decía: “Yo de nadie codicié plata, oro o vestidos. Vosotros sabéis que estas manos proveyeron a mis necesidades y a las de mis compañeros. En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presente la palabra del Señor Jesús que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir” (Hch 20, 33-35).

A los cristianos de Corinto, quienes tanto le habían hecho sufrir. les escribió: “Por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré a mí mismo totalmente por vuestras almas. Amándoos más ¿seré yo menos amado? (2Co 12, 15).

‘Y a los Filipenses, estando él en la cárcel y pensando en la posibilidad de derramar su sangre, les expresaba su gozo ante la perspectiva de dar su vida: “Y aun cuando mi sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe, me alegraría y congratularía con vosotros” (Flp 2, 17). La fe de los Filipenses es ya una ofrenda y un sacrificio, y a ellos se añadiría la sangre del martirio del Apóstol. 

II. PASTORES QUE “DAN VIDA” Y “DAN SU VIDA” POR LAS OVEJAS

1. El buen pastor

Hay en la actualidad un consenso entre los exégetas acerca de aquellos pasajes evangélicos en que Jesús habla del pastor; y ese consenso consiste en que los evangelistas no solamente transmiten palabras que dijo Jesús o que se aplicó a sí mismo, sino que quieren dirigidas particularmente a los jefes y dirigentes de las comunidades cristianas: ellos deben ser como Jesús “verdaderos pastores”, “auténticos pastores”, esto es, dirigentes de las comunidades en quienes se realice verdaderamente la definición de “pastor”.

Y los pastores día a día conducen su rebaño, lo guían, lo cuidan, lo llevan a pastar y abrevar; y todo esto, a fin de que las ovejas tengan vida. Cómo vienen espontáneamente a la memoria las palabras de Jesús: “Yo soy el buen pastor… El buen pastor da su vida por las ovejas… Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen a mÍ… Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia…” (cf. Jn 10, 10-15).

2. Dar a las ovejas vida en abundancia

“Dar vida” es la síntesis de la misión pastoral. “Dar vida” mediante el ejercicio concreto del “carisma sacerdotal” que el Espíritu Santo ha dado, y en el “aquí y ahora” de cada uno, que puede ser muy diferente en cuanto a circunstancias externas: uno en una parroquia, otro en el Seminario: éste en el campo, aquél en la ciudad; quién entre indígenas, quién entre universitarios: uno entre laicos, otro entre personas consagradas a Dios; éste entre obreros, aquél orientando a cristianos que dirigen el país … ; etc. … , etc.

“Dar vida” según los tres campos de la misión del presbítero; campos que no se dan ni separados ni aislados, sino que se conjugan y complementan: ministros de la Palabra de Dios, ministros de los sacramentos y de la Eucaristía, y conductores del pueblo de Dios (Presbyterorum ordinis 4-6)

  • 1º.- “Dar vida” en el ministerio de la evangelización y de la enseñanza de la fe, partiendo y distribuyendo el pan de la Palabra de Dios. El pueblo de Dios tiene hambre y sed de la Palabra de Dios en la Escritura. Pero para poder dar la Palabra, es preciso haberla recibido, haberla hecho propia, haberse llenado de ella en una cierta plenitud. Que no suceda lo que pasó en tiempos de los profetas. Oseas escribió: “Perece mi pueblo por falta de conocimiento. Ya que tú has rechazado el conocimiento, yo te rechazaré de mi sacerdocio” (Os 4, 6). “Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Os 6, 6). Y Malaquías dice: “Los labios del sacerdote guardan la ciencia, y la Ley se busca en su boca; porque él es el mensajero del Señor Sebaot; pero vosotros os habéis extraviado del camino… “(Mal 2, 7-8).
  • 2º. “Dar vida en el ministerio sacramental”. “Dar vida eterna” en el sacramento de la filiación divina, como es el bautismo. “Dar vida” en el sacramento del perdón y de la reconciliación. “Dar vida” en el sacramento de la unción de los enfermos. Pero ante todo y sobre todo, “dar vida”, y más aún, “dar al que es la Vida” en el sacramento de la Eucaristía. El mayor regalo que puede el sacerdote hacer es “regalar” al mismo Jesús con su cuerpo, alma y divinidad, bajo las especies del pan y del vino consagrados.
  • 3º. “Dar vida en el ministerio de conducción espiritual”. En este campo, ¡qué necesaria es la asistencia del Espíritu Santo para cumplir esta misión y este deber! El mundo cristiano tiene necesidad de directores espirituales. Y son los sacerdotes, los que por vocación han recibido ese encargo. Si no lo cumplen, deben preguntarse: ¿dónde está la causa? ¿Cuál es la razón.
  • El sacerdote es instrumento del Espíritu para comunicar luz, vida, santidad, a través de la comunicación de la Palabra de Dios y de la administración de los sacramentos.
    Hay que formularse un ideal: “dar santos a Dios”. ¡Qué paradoja! Actualmente son muy numerosas las personas que oran diariamente y entregan su vida pidiendo a Dios sacerdotes santos. ¡Ojala lo alcancen! Pero, me pregunto: ¿Los sacerdotes tenemos el mismo interés respecto de las almas que Dios nos ha confiado? ¿Oramos y trabajamos suficientemente, y dirigimos a nuestros cristianos espiritualmente a fin de presentarle al Señor un buen grupo de almas santas?

3. Cualidades del servicio sacerdotal

A menudo el ministerio sacerdotal se ve obstaculizado por causas ajenas o por las propias limitaciones, y a veces todo se junta al mismo tiempo: impertinencias de las personas, exceso de trabajo, preocupaciones, incomprensión; cansancio, reacciones violentas, mal carácter, erupción temperamental, inestabilidad emocional, etc., etc.

¿Qué hacer y cómo hacer para adquirir las “cualidades” necesarias para que un servicio sacerdotal sea fecundo?
Se me antoja ir al fondo del problema y sugerir la necesidad de ir 1º a la fuente misma de una sanación interior profunda e integral; y 2º al manantial inexhaurible de donde brotan: el amor, la alegría, la paz; la comprensión, la amabilidad, la bondad; la mansedumbre, la fidelidad, el dominio personal.

Ese manantial es el Espíritu Santo y esas cualidades son algunos de los frutos de su habitación y de su acción en nosotros (Ga 5, 22). Si lo hacemos así, todo “servicio” cambiará. Será como el servicio de Jesús:

  • 1º.- El servicio en la alegría del Espíritu. La víspera de su pasión Jesús decía: “Vuestra tristeza se cambiará de gozo” (Jn 16, 20); “Se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la quitará” (Jn 16, 22); “Pedid y recibiréis para que vuestra alegría llegue a su plenitud” (Jn 16, 24). Si Jesús hablaba tanto de alegría es que su corazón rebosaba de ella, ¡y eran los momentos en que se preparaba a la donación total y definitiva de su vida!
  • 2º.- El servicio en la mansedumbre y la humildad. Dos fueron las virtudes de las que el Señor dijo que aprendiéramos de él: la mansedumbre y la humildad: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).
  • 3º.- El servicio en el amor-caridad que siempre va envuelto en misericordia, compasión, perdón, comprensión hasta la entrega de la propia vida: 
  • “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12).
  • 4º.- El servicio en la obediencia a Dios. La obediencia fue tal vez la virtud preferida de Jesús: “Yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn 6, 38). “Yo hago siempre lo que le agrada a él” (Jn 8, 29). “Esa es la orden que he recibido de mi Padre” (Jn 10, 18). “Yo sé que su mandato es vida eterna” (Jn 12, 50). “Para que el mundo sepa que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado: “¡Levantaos, vámonos de aquí!” (Jn 14, 31). Así también, la obediencia sacerdotal llena de amor y de alegría debe ser hasta la muerte, hasta la entrega de la vida, en la donación silenciosa, callada, secreta, desconocida, monótona de cada día.
  • 5º.- El servicio en el gozo, en la paz y en la santidad. La grande misión de Jesús fue traer, inaugurar e implantar en el mundo el Reino de Dios. Una de las plegarias que brotaban constantemente de sus labios era: “Venga tu reino”. Nosotros somos herederos genuinos de la misión de Jesús: “Como el Padre me envió, también Yo os envío” (Jn 20, 21). “Y el Reino de Dios es justicia y gozo y paz en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17).
  • 6º.- El servicio en constante glorificación a Dios. “Padre, yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame a mí junto a ti. .. “(Jn 17,4-5).