Renovar toda la Iglesia

El mes pasado les proponía, celebrando el 52º aniversario del nacimiento de la RCC, reflexionar sobre algunos desafíos que, desde mi sencillo punto de vista, debemos encarar en esta etapa de la historia.

Los desafíos tienen la particularidad de mostrar o identificar algún aspecto negativo de la realidad o situación que vivimos, pero a la vez generar el deseo y la búsqueda de soluciones. Por eso llamo desafíos a estas situaciones. El mes pasado nombrábamos varios.

Este mes quiero detenerme en este: RENOVAR TODA LA IGLESIA EN TODAS SUS DIMENSIONES.

Si bien es verdad que la Iglesia es un MISTERIO (una realidad humana impregnada, transida por la presencia de Dios) porque nuestra inteligencia no alcanza a comprender toda su realidad, también es verdad que Dios suscitó la RCC para renovar toda la Iglesia.

Pareciera ser que este objetivo fuera demasiado presuntuoso. Pretender desde esta “Corriente de Gracia” transformar toda la Iglesia. ¿No es demasiado? ¿No sería mejor conformarnos con menos? Es decir, ¿y si solo intentáramos llegar a muchos?

Los estudiantes y profesores de Duquesne, no alcanzaron a vislumbrar lo que Dios estaba haciendo a través de ellos, pero sí fueron fieles a lo que Dios hablaba en sus corazones y por eso no dejaron de dar testimonio de lo que habían visto y oído.

En este Kairós (tiempo de Dios, tiempo de Gracia) Dios a través del Santo Padre Francisco nos hace un pedido muy concreto: “Compartir con todos en la Iglesia (el resaltado es mío) el Bautismo en el Espíritu Santo, alabar al Señor sin ‎cesar, caminar juntos con los cristianos de diferentes Iglesias y comunidades ‎cristianas, en la oración y la acción por los que más lo necesitan. Servir a los más ‎pobres y enfermos, eso espera la Iglesia y el Papa de vosotros, Renovación Carismática Católica, también de todos vosotros: todos, todos los que habéis entrado en esta Corriente de Gracia. (3/06/17)

Tenemos que ser fieles a este pedido.

Podemos sintetizar el objetivo de la RCC diciendo: La RCC existe para que por la acción y gracia del Espíritu Santo se viva un encuentro consciente y permanente con el Dios vivo, esto se manifiesta en: la conversión profunda y continua, el testimonio de vida cristiana en torno a los Sacramentos, la oración y espiritualidad católicas y en el compromiso apostólico con la comunidad. Esto es conocido como «Bautismo en el Espíritu Santo». Un encuentro personal con Dios Padre y con Cristo Jesús resucitado el cual es Señor y Mesías e invita a seguirlo en una total adhesión a Él. Este encuentro es con ¡Jesús EVANGELIO!: «Ungido por Dios con el Espíritu Santo, pasó su vida haciendo el bien: proclamando a los pobres la Buena Nueva y llevando a cabo una obra de salvación total; habiendo muerto para salvarnos del pecado, ha sido resucitado por el poder de Dios, ha sido exaltado a la diestra del Padre, ha recibido el Espíritu Santo prometido, y ha sido constituido Señor y Mesías». (Lc. 4, 18-19; Hech 2, 22-36; 10,38).

Si uno mira este objetivo descubre que es lo que todo bautizado debería vivir en su propia vida. Esto no es para algunos, es PARA TODOS.

Por eso debemos recordar, reflexionar, organizar y actuar para que este objetivo se cumpla. Ya no podemos conformarnos con algunos Grupos de Oración, en algunas Parroquias. Debemos trabajar con firmeza, ardor e inteligencia para que en cada Parroquia haya varios Grupos de Oración que sean ese cálido espacio de oración comunitaria que alimenten el fuego de un ardor incontenible, para que se realice una venida del Espíritu Santo que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza y genere un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente y así la comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo y haga entonces que la Iglesia reciba una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza (Cfr. DA nº 362).

¡A esto está llamada la RCC! No podemos conformarnos con menos. El Señor nos llama a cosas grandes, no nos quedemos en las menudencias. Esto implicará corazones generosos, mentalidad abierta, sentido y madurez eclesial.

¿Lo pensamos? Mejor que sólo pensarlo ¿y si lo ponemos por obra?

 Gabriel A. Lauría

Vice Asesor Nacional