2. ¡DEVOLVED EL PODER A DIOS!

P. Raniero Cantalamessa O.F.M Cap.  Asistente eclesiástico de CHARIS

En nuestro camino de preparación espiritual para Pentecostés de 2019, hemos reflexionado sobre la importancia de la oración para recibir el Espíritu. En esta segunda reflexión meditamos sobre la importancia de la conversión.

En el Evangelio la palabra conversión aparece en dos contextos distintos y se dirige a dos tipos diferentes de oyentes. La primera está dirigida a todos, la segunda a aquellos que ya habían aceptado su invitación y estaban con él desde hace mucho tiempo. Aludimos a la primera sólo para comprender mejor la segunda que es la que más nos interesa, en este período de transición en la vida de la Renovación Carismática Católica. La predicación de Jesús comienza con las palabras programáticas: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15).

Antes de Jesús, convertirse significaba siempre un “volver atrás” (el término hebreo, shub, significa cambiar el rumbo, volver sobre los propios pasos). Indicaba el acto de quien, en un cierto punto de la vida, se da cuenta de que está “descaminado”. Entonces se detiene, hace un replanteamiento, decide volver a la observancia de la ley y regresar a la alianza con Dios. Hace un auténtico y verdadero “cambio de sentido”. La conversión, en este caso, tiene un significado fundamentalmente moral y sugiere la idea de algo penoso de cumplir: cambiar los hábitos.

Éste es el significado habitual de conversión en boca de los profetas, hasta Juan el Bautista incluido. Pero en labios de Jesús este significado cambia. No porqué él se divierta cambiando el significado de las palabras, sino porque con su venida las cosas han cambiado. “¡El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca!” Convertirse ya no significa volver atrás, a la antigua alianza y a la observancia de la ley, sino que más bien significa lanzarse hacia delante y entrar en el reino, aferrar la salvación que ha llegado a los hombres gratuitamente, por una iniciativa libre y soberana de Dios.

Conversión y salvación se han intercambiado los lugares. No primero la conversión y luego, como consecuencia de ello, la salvación, sino por el contrario: primero la salvación, después, como exigencia de ella, la conversión. No: convertíos y el Reino llegará entre vosotros, el Mesías vendrá, como andaban diciendo los últimos profetas, sino: convertíos porque el reino ha llegado, está en medio de vosotros. Convertirse es tomar la decisión que salva, la “decisión del ahora”, como la describen las parábolas del reino. “Convertíos y creed” no significa por lo tanto dos cosas diferentes y sucesivas, sino la misma acción fundamental: ¡Convertíos, es decir, creed! ¡Convertíos creyendo! Todo esto exige una auténtica “conversión”, un cambio profundo en la manera de concebir nuestras relaciones con Dios. Exige pasar de la idea de un Dios que pide, que ordena, que amenaza, a la idea de un Dios que llega con las manos llenas para dárnoslo todo. Es la conversión de la “ley” a la “gracia” que le gustaba tanto a San Pablo.

Escuchemos ahora el segundo contexto en el que, en el Evangelio, se vuelve a hablar de conversión: “En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?» Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos»” (Mt 18, 1-4).

Esta vez, convertirse sí que significa volver atrás, ¡a cuándo eras un niño! El mismo verbo utilizado, strefo, indica invertir el sentido de la marcha. Esta es la conversión de quien ya ha entrado al Reino, ha creído en el Evangelio y lleva tiempo al servicio de Cristo. Es nuestra conversión, la de los que llevamos años, tal vez desde el principio, en la Renovación Carismática.

¿Qué sucedió a los apóstoles? ¿Qué es lo que supone la discusión sobre quién es el más grande? Que la preocupación mayor ya no es el reino, sino el propio puesto en él, el propio yo. Cada uno de ellos tenía algún derecho para aspirar a ser el más grande: Pedro había recibido la promesa del primado, Judas la bolsa del dinero, Mateo podía decir que él había renunciado a más que los otros, Andrés que había sido el primero en seguirlo, y Juan que habían estado con él en el Tabor… Los frutos de esta situación son evidentes: rivalidad, sospechas, enfrentamientos, frustración.

Volverse niños, para los apóstoles, significaba volver a cómo eran en el momento de la llamada a la orilla del lago o en el mostrador de los impuestos: sin pretensiones, sin derechos, sin enfrentamientos entre ellos, sin envidias, sin rivalidad. Ricos sólo en una promesa (“Os haré pescadores de hombres”) y en una presencia, la de Jesús. Volver al tiempo en el que todavía eran compañeros de aventura, no competidores por el primer puesto. También para nosotros volverse niños significa regresar al momento en el que tuvimos por primera vez una experiencia personal del Espíritu Santo y descubrimos lo que significa vivir en el Señorío de Cristo. Cuando decíamos: “¡Jesús solo basta!” y lo creíamos.

Me impresiona el ejemplo del apóstol Pablo descrito en Filipenses 3. Descubierto Jesús como su Señor, él considera todo su glorioso pasado una pérdida, una basura, a fin de ganar a Cristo y revestirse de la justicia que deriva de la fe en él. Pero un poco más adelante sale con esta afirmación: “Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante” (Fil 3,13). ¿Qué pasado? Ya no el del fariseo, sino el del apóstol. Él ha intuido el peligro que corría de encontrarse con una nueva “ganancia”, una nueva “justicia” toda suya, derivada de lo que había hecho al servicio de Cristo. Él anula todo con esta decisión: “Me olvido del pasado me lanzo hacia el futuro”. 

¿Cómo no ver en todo esto una lección preciosa para nosotros en la Renovación Carismática Católica? Uno de los muchos eslóganes que circulaban en los primeros años de la Renovación – una especie de grito de batalla – era: “¡Devolved el poder a Dios!” 

Quizá se inspiraba en el versículo del salmo 68, 35 “Reconoced el poder de Dios” que en la Vulgata se tradujo con “Restituid (reddite) el poder a Dios”.

Durante mucho tiempo he considerado esas palabras como la mejor manera de describir la novedad de la Renovación Carismática. La diferencia es que por un tiempo pensé que el grito estaba dirigido al resto de la Iglesia y nosotros éramos los que estábamos encargados de hacerlo resonar; ahora pienso que está dirigido a nosotros que, quizás sin darnos cuenta, nos hemos apropiado en parte del poder que le pertenece a Dios.

En vista de un nuevo comienzo de la corriente de gracia de la Renovación Carismática, es necesario “vaciar los bolsillos”, empezar de cero, repetir con una profunda convicción las palabras sugeridas por el mismo Jesús: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17,10). Hacer nuestro el propósito del Apóstol: “olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante”. Imitemos a los “veinticuatro ancianos” del Apocalipsis que “arrojan sus coronas delante del trono diciendo: ‘Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder’” (Ap 4,10-11).

Sigue siendo actual la palabra de Dios dirigida a Isaías: “Pues, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis?” (Is 43, 19). Bienaventurados nosotros si permitimos a Dios renovar lo que tiene en mente en este momento para nosotros y para la Iglesia.

Mi sugerencia para la cadena de oración: repetir muchas veces durante el día una de las invocaciones dirigidas al Espíritu Santo en la secuencia de Pentecostés, aquella que cada uno siente que responde mejor a su necesidad:

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.