Padre Eduardo Toraño – Asesor RCCEspaña

 El que recibe una llamada para un servicio concreto recibe la unción porque es enviado, como Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo para hacer presente a Dios entre sus hermanos. Pero, ¿cómo saber si he recibido una llamada concreta? Se ha de discernir por los frutos que deja. ¿Y cuáles son esos frutos? La unción. Los frutos no se miden por el éxito apostólico, sino porque Dios se hace presente, y en Él siempre hay amor, gozo y paz. Si el que tiene una misión hace palpable la presencia de Dios siendo instrumento de su acción eso muestra que está ungido. Así, por ejemplo, la unción de un servidor no viene meramente por el hecho de haber sido elegido, sino por los frutos que genera su servicio, los cuales son signo de que tiene buen discernimiento para esa responsabilidad de gobierno. Así pues, no están ungidos por haber sido elegidos, sino que la unción viene por la acción del Espíritu en ellos, que habrán de cultivar a través de una incesante unión con Dios, la cual se manifestará en unidad y comunión con los demás, capacidad de trabajar en equipo… de modo que las decisiones que tomen lleven al crecimiento de los hermanos. Por desgracia, con cierta frecuencia, se cae en el error de pensar que un servidor ya es ungido por el mero hecho de serlo y a veces ha llegado a servidor porque no había otro disponible o por otras razones coyunturales, más que por un auténtico discernimiento espiritual. En este caso es equivocado decir que “Dios capacita a los que elige”, con lo que a veces nos engañamos pensando que Dios va a hacer milagros a través de nuestros errores. Aunque el Señor puede sacar un bien de un mal, no nos podemos amparar en ello y hemos de buscar el bien, para lo cual necesitamos orar mucho ya que tenemos la responsabilidad de saber elegir bien a nuestros servidores y, ya elegidos, hemos de seguir orando para que el Señor los unja y sean presencia de Dios para todos los hermanos.

 Lo dicho para los servidores podemos aplicarlo a los distintos equipos, ministerios y servicios. Pongamos algunos ejemplos. De un líder de alabanza y un ministerio de alabanza podemos decir que está ungido cuando su apertura al Espíritu produce frutos en los hermanos al encaminar la oración conforme a la necesidad concreta de cada momento y del grupo (alabanza fuerte, invocación al Espíritu, oración en lenguas, recogimiento, sanación, liberación, etc.). Así también un ministerio de música tiene unción cuando los cantos que elige y la forma de interpretarlos favorecen el encuentro con Dios y el crecimiento en el Señor. La predicación ungida llega a los participantes porque conecta con sus deseos, inquietudes o necesidades por la acción del Espíritu y no como consecuencia de una técnica aprendida, dando así los frutos que Dios quiere. Un ministerio de acogida es ungido cuando la persona a la que se acoge experimenta la presencia y el amor de Dios en la atención sabia y prudente, no invasiva, del que lo acoge y se siente así querida y aceptada tal como es.

La unción en el ministerio de intercesión se manifiesta en que los gestos y palabras del intercesor vienen inspirados por el Espíritu y no por criterios meramente humanos, de ahí que sepa adaptar el tipo, modo y ritmo de la oración conforme a la situación concreta del hermano, de manera que pueda así recibir lo que Dios tenía preparado para él (luz, entendimiento, conversión, consuelo, sanación, amor, alegría, paz…). Con todo, ha de tenerse en cuenta que las personas que están llamadas para una servicio necesitan realizar un recorrido, ya que se requiere un tiempo de formación, aprendizaje y práctica. Ser ungido no significa ser perfectos ni tener desde el principio todas las habilidades que se requieren. Dios elige a imperfectos y los unge para manifestar así que la gloria es suya, incluso si pecamos y nos arrepentimos no nos quita la unción recibida, como hizo con el rey David después de sus graves pecados (2 Sam 12,13-14). En este caso sí podemos aplicar adecuadamente el “Dios capacita a los que elige”, porque se trata de los elegidos de Dios, y no de los que nosotros elegimos con criterios mundanos, que tienen que realizar su propio proceso de crecimiento e instrucción mientras están sirviendo. Nuestra elección tiene que ir al unísono con la de Dios y para este discernimiento es necesaria la unción, que sea una decisión desde el Espíritu Santo. Como podemos equivocarnos, pensar que es de Dios y ser solo nuestro y no de él, nos podemos replantear las cosas.

 Si después de un tiempo prudencial uno que está en el servicio ve que no hay fruto, que no hay unción, es decir, no percibe que el Espíritu esté actuando a través de él para el bien de los demás y esto es confirmado por hermanos con sabiduría espiritual, se tiene que replantear seguir en el servicio y humildemente reconocer que en ese momento ha de dejarlo. Del mismo modo, si un grupo que ha elegido un equipo de servidores ve que no está en el Señor, y si no tienen la posibilidad de tener servidores adecuados tendrían que discernir cuál es la voluntad de Dios para el futuro del grupo. No somos dueños, somos administradores de la gracia de Dios y si no hay unción, entonces no hay gracia, y queda solo el esqueleto que es estéril, son huesos secos sin carne ni espíritu (cf. Ez 37,1-14). No pasa nada por corregir y cambiar un itinerario vacío de sentido que lleva a un callejón sin salida. El Espíritu unge a los que son elegidos para un servicio y los usa como instrumentos de su acción. Por eso, toda llamada ha de manifestarse en una unción, la cual, en definitiva refleja a Cristo (el Ungido por el Espíritu), de modo que podamos llegar a decir como S. Pablo “no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (cf. Gál 2,20).

 Hay otra cuestión que hemos de tratar. ¿La unción es permanente o temporal? ¿Puede suceder que un ungido del Señor deje de estarlo? Fijémonos, por ejemplo, en el caso del rey Saúl. Saúl es elegido rey y recibe la unción para esa tarea: “Tomó entonces Samuel el frasco del óleo, lo derramó sobre su cabeza y le besó, diciendo: «El Señor te unge como jefe sobre su heredad»” (1 Sam 10,1). Saúl tiene “el espíritu del Señor” (1 Sam 10,6. 10), porque Dios está con él (1 Sam 10,7). Sin embargo, por su pecado de envidia perderá la unción: “El espíritu del Señor se retiró de Saúl. Y un mal espíritu comenzó a atormentarlo” (1 Sam 16,14). Como en Saúl, todo ungido ha recibido la llamada de Dios y la unción para esa tarea, pero necesita conservarla con su fidelidad, lo cual no puede recibir de otro. Este es el sentido del porqué las vírgenes sensatas de la parábola no pueden dar su aceite a las vírgenes necias (cf. Mt 25,1-13), porque fueron fieles en la espera del Señor y en esto cada uno es responsable de sí mismo y de sus decisiones. La fidelidad no se puede delegar ni compartir, aunque sí nos la podemos contagiar unos a otros. Por tanto, es necesario para mantener la unción la vida de la gracia, que es fruto de la intimidad con el Señor, de la escucha a través de la oración, con el alimento de su Palabra y de la Eucaristía, perseverando en todo momento, tanto en tiempo de consolación como de prueba. La unción no desaparece si hay arrepentimiento después del pecado, como en el caso del rey David, en cambio si no hay arrepentimiento, como en Saúl, la unción se pierde. También hay casos en que se recibe la unción de un modo puntual. Como ocurrió en tiempos de Moisés: “El Señor bajó en la Nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. En cuanto se posó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar. Pero no volvieron a hacerlo” (Núm 11,25). Moisés era el ungido del Señor y su unción era permanente. La de los setenta ancianos fue para un momento concreto: “no volvieron a hacerlo”.

Así, no ha de extrañarnos que podamos encontrarnos con que en un momento determinado un hermano reciba unción, pero esto no quiere decir que tenga el carisma permanente. En este caso puede haber dos errores totalmente opuestos. El primero consiste en pensar que ese momento puntual de unción es una llamada y enseguida darle un servicio o responsabilidad, lo cual sería equivocado, a no ser que se fuera dando en más ocasiones, con lo cual ya no sería puntual. El segundo peligro es el contrario, intentar impedir que actúe o hable cuando ha recibido la unción para ese momento concreto. Esto último es lo que ocurrió cuando algunos vieron profetizar a los que estaban con Moisés: “«están profetizando en el campamento»… «Señor mío, Moisés, prohíbeselo». Moisés le respondió: «¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor y profetizara!» (Núm 11,27-29). Hoy también podríamos decir lo mismo: Ojalá todos tuviéramos la unción del Espíritu para hacer presente a Dios, para que Cristo configure nuestras vidas y las de nuestros hermanos. No tengamos miedo a que el Señor actúe a través de cualquiera, pero hagamos un serio discernimiento para ir descubriendo quién tiene unción y quién no; para poder descubrir y dejarnos guiar por el que está ungido, por el que, como Jesucristo, está “impregnado” y “untado” del Espíritu y así vive y sirve a Dios y a los hermanos.