Sabemos que el Señor tiene un sentido del humor maravilloso. Y junto a esto siempre está atento para ayudarnos a sacar enseñanzas de las más diversas situaciones. Esto fue lo que hizo hoy conmigo…

Hace varios días venía escribiendo este artículo y como siempre en la medida que lo leo y releo van surgiendo correcciones, agregados y cortes. Además cuando celebro la Santa Misa por la mañana aprovecho para luego de la misma hacer un rato de adoración delante del Santísimo Sacramento. Hasta ahí nada que rompiera una cierta rutina.

Pero…

Mientras estaba delante de Jesús Eucaristía escuché claramente cómo el Señor me “invitaba” con sencillez y a la vez con firmeza a cambiar totalmente el artículo de este mes. Su palabra en mi corazón fue muy clara: “Lo primero es lo primero… Yo soy el primero y luego viene lo demás…”

En ese momento entendí… La primera lectura de hoy (Ag 1, 1-8) lo deja muy claro… mientras que el pueblo que regresa del destierro se preocupa más por sí mismo y sus cosas, Dios manifiesta que Él es el primero y que si se dedican a Él y a su casa entonces manifestará su Gloria. Y lo hace mostrando cómo los esfuerzos y trabajos de Israel son fatiga inútil.

Dice el Señor en Ag 1,5-6: “Ahora bien, así habla el Señor de los ejércitos: ¡Consideren la situación en que se encuentran! Ustedes han sembrado mucho, pero han cosechado poco; han comido, pero no se han saciado; han bebido, pero no han apagado su sed; se han vestido, pero no se han abrigado; y el asalariado ha puesto su jornal en saco roto.

Te invito a que reflexiones y te preguntes a la luz de la Palabra de Dios: ¿En qué estás gastando tu tiempo, tus fuerzas, tus energías? ¿No te parece que muchas veces como servidores dedicamos mucho tiempo y esfuerzos a nuestros Grupos de Oración, a nuestras Secretarías a nuestros Equipos  y sin embargo son muy pocos los frutos a recoger? Nuestros Grupos de Oración ya no tienen el poder y la fuerza de otros tiempos. Muchas veces se percibe falta de vigor, de entusiasmo, de pasión y celo evangélico…

Y el Señor en su infinita misericordia no sólo nos ilumina para mostrarnos dónde está nuestro problema sino que además nos enseña como padre que educa a su hijo la manera de salir de esa situación…

Ag 1,8 : “Suban a la montaña traigan madera y reconstruyan la Casa; yo la aceptaré gustoso y manifestaré mi gloria, dice el Señor.”

¿En qué consiste este subir a la montaña, traer madera y construir el Templo? Sin ser un especialista en exégesis bíblica me atrevo a proponer una interpretación.

De fondo está la invitación del Señor a una nueva y profunda conversión. No solo o primeramente una conversión moral (dejar de hacer el mal y comenzar a hacer el bien) sino una conversión espiritual y profunda hacia Dios… Dejar de mirar y actuar por lo que nos parece y volvernos de cara a Dios.

Subir a la montaña: La montaña es bíblicamente el lugar donde Dios se revela, se da a conocer. Ir hacia la montaña es descubrir al Dios que se muestra y lo hacemos sobre todo con la alabanza. Hay que volver a la verdadera y profunda alabanza tanto personal como comunitaria. Profundizar, mejorar y vivir en alabanza. Rompiendo ese espíritu de queja que nos ha ido invadiendo. Dice el Catecismo de la Iglesia: 2639 “La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que Él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la gloria…”

Traer madera: La segunda acción implica nuestro esfuerzo. Aunque parezca una obviedad, en la montaña voy a encontrar árboles no los listones de madera. Hay que trabajar para sacar la madera de los árboles. Este esfuerzo consiste en tomar conciencia de que no alcanza sólo con la oración. La oración será lo primero pero no lo único. San Benito acuñó una frase famosa y necesaria: “Ora et labora” (Reza y trabaja). Tenemos que trabajar con arte y dedicación. Hay que saber cómo cortar la madera para no arruinarla. Lo sintetizaría con la siguiente frase. Tengo que saber qué hacer. Formarme para servir no para acumular conocimiento. Lamentablemente conozco personas que se llenan la boca de los años que llevan en la Renovación y son incapaces de formarse y servir. Con el pretendido y falso principio de “el Espíritu nos inspira” o “nos dejamos llevar por el Espíritu” terminamos haciendo sólo lo que nos gusta y no lo que el Señor quiere. El Documento de Aparecida le dedica un capítulo entero (Cap. 6) al tema de la formación. No es un tema menor.

Construir el Templo: El Templo siempre ha sido el lugar físico de encuentro con Dios. Ese Templo somos cada uno de nosotros. Es caminar, crecer y vivir en santidad. Sin santidad personal difícilmente lo que encaremos sea un templo donde Dios habite. Hoy, creo y puedo equivocarme, hemos dejado a un lado nuestro camino de santidad, ha dejado de ser una prioridad. Estamos ocupados en un montón de cosas, muy buenas por cierto, pero que no son nuestra santidad. Tal como lo describe de manera muy clara el Documento de Aparecida, estamos llamados a la santidad, es decir, llamados a seguir a Jesucristo, a configurarnos a Él, enviados a llevar la Buena Noticia y a vivir cada día y en cada momento animados por el Espíritu Santo.

¿Lo pensamos?

¡¡¡Ven Espíritu Santo!!!