Estamos en temporada de lluvia, una lluvia que puede ser violenta o suave, pero lluvia al fin.

La lluvia trae el agua vital para la siembra y la vida misma, Jeremías 14,4:” fueron a los pozos y no encontraron, y volvieron con sus cántaros vacíos. Ya no produce la tierra por falta de lluvia y los campesinos andan apenados, cubierta la cabeza en señal de luto.

Y en Joel 2,23:  “Y ustedes, hijos de Sión, alégrense en Yavé, su Dios, porque él les da la lluvia de otoño para la fertilidad y hace caer agua en otoño y primavera como antes.

Sin lluvia la vida no es posible. Los campos secos no pueden recibir la siembra, y si quisieran sembrar, no germinará. Un campo seco no solo no hace germinar la semilla, sino que se pierde el propósito de la misma para lo cual Dios la ha creado: germinar, el brote de la planta, crecimiento y finalmente dar fruto, que a su vez, dentro de sí, tendrá nuevas semillas que harán que la cadena de la vida de dicha especie no se rompa.

Lo mismo una vida que no recibe al Espíritu Santo como lluvia, quedará como tierra reseca. Y toda semilla de la Palabra de Dios, no germinará, no brotará, no crecerá, y definitivamente no dará frutos, perdiendo la oportunidad de vivir el plan de Dios para esa vida, el diseño eterno que tiene para ella. Como dice nuestro Señor Jesús, en Jn 15,8: “la Gloria de mi Padre está en que den mucho fruto, y sean mis discípulos”.

Este es uno de los propósitos de la Palabra de Dios en tu vida, que des mucho fruto, ese mucho fruto permanezca y seas-por tanto-discípulo de Jesús.   Pero sin lluvia del Espíritu, tu vida está seca, por más que asistas todos los domingos a escuchar la Palabra de Dios en la Santa Misa, o la recibas en los grupos de oración.

Bien sabe el agricultor que no puede conformarse con la lluvia del año pasado, porque una nueva estación llega, nuevas necesidades se presentan y la producción no puede hacerse esperar ni detenerse. Sería suicida de su parte quedarse con la sola lluvia del año anterior.  Pero curiosamente esto le puede pasar a muchos, que no saben que se están suicidando espiritualmente. Porque se quedaron con la lluvia de un Seminario de vida en el Espíritu hace ya tiempo, de un congreso o retiro de hace años. O participaron de un encuentro de sanación, fueron sanados y listo.  E incluso llegar al caso de participar de un grupo de oración, que se transformó en un grupo tipo “estación seca”, porque allí no se predica más la Buena Noticia de Jesús, sino las tristes noticias de enseñanzas poco ungidas o sin contenido Cristocéntrico. Por lo tanto, toda semilla necesita del agua de lluvia.

Pero la gran diferencia entre el agricultor y el discípulo de Jesús, es que el agricultor no puede manejar el clima. Ha de esperar pacientemente que la lluvia llegue a su tiempo. Sabemos por experiencia de leer y escuchar noticias que esto no siempre es así. En cambio, el discípulo de Jesús, si puede disponer del clima. Y esto es por fe. El Señor dijo “Pidan y se les dará, busquen y hallarán, golpeen y se les abrirá. Porque si ustedes que son malos dan cosas buenas a sus hijos, ¡Cuánto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!” (Lucas 11,9.13), y remata más aún diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí.  Y beba de mí, aquel que cree en mí.  Porque del corazón del que cree en mí brotarán ríos de agua Viva” (Juan 7,37-38)

Pero quiero decirte algo, y es que el día que te acostumbraste a pedir, corrés el riesgo de hacerlo cada vez con menos fe, porque se transformó en una costumbre, un rito vacío de vida.

La fe que desplaza montañas es la perilla que mueve el clima a tu favor.  En Juan 7,37-38, el evangelista usa el verbo pisteuo (griego) que significa confiar, creer.  Juan usa 99 veces este verbo a lo largo de todo su Evangelio, (Marcos diez, Mateo diez y Lucas nueve), y no se trata simplemente de una creencia, sino del sentido profundo de uno que se apoya totalmente en otro.  Este otro es Jesús; ya no te apoyás en tus propios pensamientos o capacidades, habilidades o virtudes. Sino en Él, total y absolutamente. Lo mirás a Él como el Mesías glorioso a la diestra del Padre, inundado de manera infinita del Espíritu Santo, dispuesto siempre a descargar su Lluvia divina sobre todos aquellos que se apoyan, confían absolutamente en Él. Se lo aseguró a la samaritana en Jn 4,14: “el que beba del agua que yo doy nunca más tendrá sed. Porque esa agua es como un manantial del que brota vida eterna”. Pero hay que recibirlo bebiendo, hasta las entrañas mismas del ser.  Y desde allí, todo lo que brote tiene sabor y color a vida eterna. Suena increíble, ¡pero creéselo a Jesús! ¡Podés vivir una vida diaria en clima de vida eterna! Esto es: pensamientos puros, intenciones puras, amor sin límites, corazón limpio de motivaciones segundas, poder espiritual para anunciar la Vida Nueva de Jesús, un corazón de adorador las 24 hs los 7 días de la semana, paz en tu mirada y palabras, ¡sí, palabras nuevas, llenas de vida! Y ya no más palabras groseras o sinsentido; y la lista es interminable para el que vive “hidratado” de continuo por el Agua Viva del Espíritu Santo. 

Y el otro aspecto comparativo del Espíritu Santo con la lluvia, es algo más complejo, pero sencillo de entender.

Santiago apóstol lo refiere: Tengan, pues, paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. Miren: el agricultor espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. (St 5,7).

En tiempos de Jesús se esperaban las lluvias tempranas en el mes de octubre para iniciar la siembra. Era una lluvia potente y vertiginosa. Sólo así la semilla recién sembrada podía recibir humedad e iniciar el milagro de la germinación. Pero no era suficiente, no alcanzaba para lo que seguía, el crecimiento final y fruto abundante, para luego cosechar. Para esto, había que esperar con denuedo la lluvia tardía, entre marzo y abril. Ésta era una lluvia constante, no tan violenta, pero sí abundante y permanente. Entonces el cultivo llegaba a su madurez dando fruto y logrando una maravillosa cosecha.

La lluvia temprana es para la siembra; la lluvia tardía es para el fruto y la cosecha.

Nuestra primera experiencia de Bautismo en el Espíritu Santo, fue sin dudas, la lluvia temprana necesaria para que la Palabra de Vida, de la Buena Noticia de Cristo Jesús hiciera explosión en nuestro interior y comenzara a germinar una vida nueva, totalmente nueva e inédita en el Espíritu. Pero, ¿será suficiente para el plan, para el diseño de Dios en tu vida? Según el proceder de Dios, vislumbramos que no es suficiente. Fijémonos en el caso de los apóstoles que luego de Pentecostés, el Señor a través de ellos, sanó al paralítico de nacimiento que siempre estaba en la Puerta Hermosa del Templo (Hechos capítulo 3). Esta curación asombrosa provocó una revolución que las consecuencias no se hicieron esperar; comenzó para los discípulos una nueva era en la predicación, pero no sin persecuciones, tal como Jesús les había anticipado (Mc 10,28-31). Por lo que luego de ser apresados y liberados, lejos de asustarse y lamentarse, se unieron una vez en oración (al estilo de Hch 1,15), siendo atrevidos en su clamor, tal como el Señor les había enseñado, y sucedió lo esperado (esto es fe, que lo voy a recibir conforme a su voluntad), el lugar tembló de nuevo y TODOS fueron llenos del Espíritu Santo otra vez…y predicaban la Palabra de Dios con valentía (Hch 4,23-31).  Es que ya estaba operando dentro de ellos la Palabra de Jesús, de que la gloria del Padre está en que dieran fruto, y mucho. ¡¡Y con Pentecostés no les alcanzó, por eso suplicaron por UN NUEVO PENTECOSTÉS!!  ¡Y no había pasado mucho tiempo del primero!  Es llamativo que nosotros estamos lejos de esta pedagogía divina, ya es hora de acercarnos a ella, y aprender de nuestros primeros hermanos apóstoles.

Tu grupo de oración, tu ministerio o equipo de servicio, tu familia, tu matrimonio, ¡necesitan urgente la lluvia tardía!   El modelo de oración para recibirla está en la cita anterior mencionada, Hechos 4,23-31.

Hacela con tu equipo de servicio, con tus hermanos del grupo de oración, porque solo así llegará la lluvia tardía necesaria para llevar mucho fruto, y el que más agrada al Padre es el del cumplimiento de la Gran Comisión dada por su Hijo: “Vayan y hagan discípulos a todas las naciones…Vayan y anuncien la Buena Noticia a toda criatura…”  (Mt 28,19-20  y Mc 16,15-20) y tené la seguridad total de que inmediatamente, el Señor acompañará con signos, prodigios y señales.  Y tu corazón podrá entonces cantar como hacían los obreros de la tierra en aquel entonces al ver la cosecha, pero esta vez, cosecha de almas para la gloria de Dios.  

Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre gritos de alegría.

Salmo 126,5

¡Amén!