Cuando estamos encendiendo el fuego para el asado o para el hogar, debemos avivarlo soplando fuertemente. Los más avezados usan un secador de cabello, ¡y funciona!, ¡créeme! Cada tanto debemos acercarnos a la fogata y agitarla para que las brasas calienten más y más hasta la temperatura ideal para hacer lo que tenga que hacer, un rico asado (barbacoa en otros países) o un fuego que calienta toda una atmósfera fría. Con seguridad, has recibido el Bautismo en el Espíritu Santo…y fuego. (Mateo 3,11; Lucas 3,16). Lo hizo Jesús en tu vida conforme a la sentencia bíblica que se oyó por boca de San Juan el Bautista: “Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego”.

Pero te puede pasar a vos, me puede pasar a mí lo que a Timoteo. Esto me llamó poderosamente la atención en este fiel amigo y discípulo de Pablo. Timoteo era joven y pastor de una gran comunidad. Los obstáculos a vencer no eran pocos, pero parece que se estaba enfriando, ya sea por temor o porque el celo por la Buena Nueva del Señor estaba decayendo. Pablo no permitió que esto avanzara y le recuerda:
“te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.” 2 Timoteo 1,6. Necesitaba avivar el don, el carisma que ya estaba en él; tal como cuando uno sopla en el centro de los leños y la llama se reaviva.

Aquí hay dos caras de la misma moneda, déjame decírtelo: una es la persona misma de Timoteo (¿o tal vez vos, o yo?) y la otra es la mismísima Persona del Espíritu Santo.

Las brasas por sí solas tienden a cubrirse de cenizas y a apagarse, por eso necesitan del “avivamiento”. El fuego está allí, pero hay que avivarlo. ¡Alguien tiene que tomar la iniciativa! ¿Adivina quién? Vos. Sí, vos y nadie más que vos tiene la responsabilidad de que la llama no se apague.

Me encanta esta anécdota:
Había una vez un padre cuyas hijas siempre le hacían muchas preguntas.
Algunas, las sabía responder, otras, no tenía la mínima idea de la respuesta.
Como pretendía ofrecer la mejor educación a sus hijas, las envió para pasar las vacaciones con un viejo sabio que vivía en lo alto de una colina.
Este, a su vez, respondía todas las preguntas sin dudar.
Muy impacientes con esa situación, pues constataron que tal anciano era realmente sabio, decidieron inventar una pregunta que el sabio no supiera responder.
Pasaron algunos días y una de las niñas apareció con una linda mariposa azul y dijo a su hermana:
“¡Esta vez, el sabio no va a saber la respuesta!”
“¿Qué vas hacer?” Le preguntó la otra niña.
“Tengo una mariposa azul en mis manos. Voy a preguntarle al sabio si la mariposa está viva o muerta. Si él dijera que está muerta, voy a soltar mis manos y dejarla volar hacia el cielo. Si él dijera que está viva, voy apretarla rápidamente, aplastarla y, así, matarla. Como consecuencia, cualquier respuesta que el anciano nos dé va a estar equivocada.”
Las dos niñas fueron, entonces, al encuentro del sabio, que estaba meditando bajo un eucalipto en la montaña.
La niña se acercó y le preguntó si la mariposa en su mano estaba viva o muerta.
Calmo, el sabio sonrió y le respondió:
“Depende de usted. Ella está en sus manos.”

Esta es una cara de la moneda, lo que depende de ti. ¿Cómo avivas el fuego? Tres atizadores para reavivar la llama: Uno, ora (ve a 1 Timoteo 2,1). Dos, testifica el Evangelio de Jesucristo con poder (ve a 2 Timoteo 1,8; 4,2). Tres, ama como Jesús te ama, “les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado.” Juan 13,34. Ora, evangeliza con poder y ama.
Retomando el capítulo 1 de la 2° carta a Timoteo, vamos ahora al versículo 7 que nos revela la otra cara: “Porque el Espíritu que Dios nos ha dado, no es un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” Es el Espíritu Santo mismo.

El Espíritu Santo no genera temor en nosotros, “Porque el Espíritu que Dios les ha dado no los esclaviza ni les hace tener miedo. Por el contrario, el Espíritu nos convierte en hijos de Dios y nos permite llamar a Dios: «¡Papá!» (Romanos 8,15), sino más bien genera poder, amor y disciplina
(mente sana, dominio propio). ¡Todo discípulo necesita estas tres cosas!

El Espíritu Santo es el poder en nuestras vidas, “recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos…”(Hechos 1,8); “A Dios que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros” (Efesios 3,20); “Todo lo puedo en Cristo que me da la fuerza.” (Filipenses 4,13). Pablo usa la palabra «poder» en todas sus cartas, excepto en la que escribió a Filemón.

El Espíritu también nos da amor, porque el fruto del Espíritu es amor (Gál_5:22). Nuestro amor por Cristo, por la Palabra, por otros creyentes y por los perdidos debe proceder del Espíritu (Rom_5:5). El Espíritu también nos da disciplina y dominio propio; como resultado, no somos fácilmente arrastrados por nuestras emociones o circunstancias. Cuando el Espíritu está en control, experimentamos paz y sosiego, y el temor y la cobardía se desvanecen. Nótese Hch_4:1-22, el versículo Hch_4:13 en especial.

El Espíritu Santo nos da la disciplina, el dominio propio. La palabra original es sófronismós, una de las grandes palabras griegas intraducibles. Alguien la ha definido como » la sensatez de la santidad.» Otro como «el dominio propio frente al pánico o la pasión.» Es el Espíritu el único que nos puede dar ese dominio propio que nos mantendrá libres tanto de ser arrebatados como de salir huyendo. Ninguna persona puede nunca dirigir a otras a menos que se haya dominado a sí misma. Sófronismós es ese dominio propio que Dios da que hace a una persona capaz de dirigir a otros porque ella misma es antes de nada servidora de Cristo y dueña de sí misma.

Y todo tiene un propósito clarísimo, lo leemos en 2 Tim 1,8.  

Veamos. El “-Por tanto…” indica el para qué lo anterior.

«-no te avergüences…». El tiempo del verbo griego significa «nunca te avergüences», y no, «que dejes de avergonzarte». Timoteo no se había avergonzado del Evangelio; que no empiece a hacerlo ahora. Ni vos ni yo nos avergonzaremos. En Rom 1,16 Pablo explica por qué no hay que sentir vergüenza por el Evangelio: “No me avergüenzo de la Buena Noticia (Evangelio), porque es poder de Dios para salvación a todo el que cree”.

—»de dar testimonio de nuestro Señor». El texto griego no dice «dar testimonio»; dice, «no te avergüences del testimonio de nuestro Señor «. Es clarísimo.

–“sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por la Buena Noticia, ayudado por el poder de Dios”. El Espíritu Santo, Fuego de Dios, te dará poder para soportar todo sufrimiento que acarree el anunciarle y testificarle. ¿Pero sabes qué? No estás solo, otros también soportarán contigo estos desafíos de anunciar sin vergüenza la Buena Noticia de Jesús.

¿Ya tienes en claro las dos caras de la moneda?