Queridos hermanos y hermanas.

En esta oportunidad quisiera compartir con ustedes más que un artículo una reflexión. En realidad, es más una homilía…

Ayer (19 de marzo) celebrábamos la Solemnidad de San José… Hombre justo a los ojos de Dios.

Entre las opciones que da la Liturgia de la Palabra de ese día tomé el texto del Evangelio de Mateo (Mt 1, 18 – 24)

Te invito a que antes que sigas leyendo, busques tu Biblia, encuentres el texto, lo leas lentamente (disfrutando de la lectura)

Cuando lo leí el miércoles por la noche me llamó la atención cómo José vivía con mucha paz los acontecimientos de cada día. Pensemos un poco, como buen varón de Israel, José seguramente tuvo el sueño de encontrar una mujer (de las que son alabadas en la Sagrada Escritura), casarse y formar una familia. Cuando conoció a María quedó prendado de su belleza exterior pero sobre todo de su belleza interior… Era todo (y más todavía) lo que él había estado buscando…

Pero un día y sin previo aviso todo quedó hecho trizas…

¿Qué pasó?

Luego de tres meses sin ver a su prometida (ya estaban casados legalmente pero todavía no convivían) se encuentra con la sorpresa que menos hubiera imaginado… SU PROMETIDA, EL AMOR DE SU VIDA ESTABA EMBARAZADA… ¿Qué hacer? ¿Cómo actuar?

 José no duda de la integridad moral de María pero no puede negar el dato empírico del embarazo… Seguramente fueron días de angustia, preocupación, desconcierto… Todos sus proyectos, sus sueños, sus ilusiones destruidos  o por  lo menos derrumbados  en un instante.

Pero José no cede al desánimo y le da el espacio y el tiempo a Dios para que Él, el Todopoderoso pero a la vez rico en amor y misericordia, hable, actúe, se manifieste… Y Dios obró!  Dios le habló en sueños a José, lo invitó a un proyecto que superaba infinitamente lo que él había soñado y proyectado… Asumir la paternidad del mismísimo Hijo de Dios hecho carne en el seno de María (la Purísima) por la acción del Espíritu Santo…

Debo confesarles que cuando lo pienso me asombro… En mi caso, creo que hubiera salido corriendo… ¿Educar al Hijo de Dios? ¿Enseñarle a caminar? ¿Enseñarle la Sagrada Escritura? ¿Llevarlo a la Sinagoga o al Templo?… Ufff!!! Me parece una tarea enorme y de una responsabilidad única…

“Al despertar José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado…” (Mt 1,24)

José solo dejó que el Señor le mostrase el camino y él comenzó a caminar…

Creo mis hermanos que hoy podemos hacer un paralelo con lo que nosotros estamos viviendo en medio de esta pandemia…

También nosotros teníamos nuestros proyectos, nuestros sueños, nuestros planes, nuestra organización, nuestras seguridades…

Y en un instante, todo eso se hizo añicos, ya no sabemos cómo seguir, qué hacer, cómo actuar…

Estamos en un momento de incertidumbre (tal vez cuando lean esto estemos en lo peor de la situación, ¡oro en este instante para que no sea así!), todas nuestras seguridades están tambaleando, nuestros proyectos están cuanto menos paralizados…

Pero José nos enseña a poner nuestra confianza en Dios… En dejar a Dios ser Dios y Señor de la Historia, a confiar en que lo que el Señor nos propone es infinitamente más grande, maravilloso y santo que todo lo que habíamos organizado.

Hoy es tiempo de confianza, de espera paciente, de decidirnos por el Señor. Porque el proyecto del Señor siempre es de misericordia y compasión. Como lo expresa San Pablo en la Carta a los Romanos: “Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.

¿Qué diremos después de todo esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores? ¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros? ¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Como dice la Escritura: Por tu causa somos entregados continuamente a la muerte; se nos considera como a ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.” (Rm 8,28-39)

Como San Pablo tengo la certeza que esta pandemia es ocasión para que el Señor manifieste su amor y misericordia por su pueblo… Tengo la certeza que saldremos fortalecidos y animados en el Espíritu si confiamos en Dios… Tengo la certeza que aprendiendo de José tenemos que darle a Dios la oportunidad que nos muestre el camino…

¡VEN ESPIRITU SANTO!