El Canto del Espíritu

El Canto del Espíritu

El canto del Espíritu

Por Diego Jaramillo

Hay unas palabras de Pablo a los Corintios que entreabren las puertas a una oración, elevada al Señor, no con la mente que analiza los conceptos y capta el sentido de cuanto decimos, sino con el espíritu, de donde brotan el anhelo, el afecto y la emoción ante el Dios que nos crea y nos salva.

Las palabras del apóstol son estas: “Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente. Cantaré salmos con el espíritu, pero también los cantaré con la mente” (l Co 14, 15).

Cantar con el espíritu es dejar que nuestra voz module melodías espontáneas, que musicalice los sonidos que brotan de nosotros, no por la fuerza del pensamiento, sino por el deseo del corazón que desea alabar a Dios.

No importa decir de dónde provienen las palabras de oración en lenguas. ¿De nosotros? ¿Del Espíritu Santo? El mismo Papa Pablo VI se lo pregunta al escribir: “sólo con el Espíritu y acaso por el Espíritu mismo en nosotros y por nosotros pronunciadas inefablemente”. Las citas de Pablo a los Romanos y a los Gálatas apoyarían ambas interpretaciones (Rm 8, 15; Ga 4, 6). Lo cierto es que el Espíritu llena al creyente y por la fuerza de su presión le hace estallar en alabanzas como brota el agua en los surtidores por la acción de las presiones internas.

El júbilo o regocijo

En las antiguas costumbres cristianas había un modo de cantar llamado “júbilo” o “regocijo”. Liturgistas modernos dicen que se usa todavía y que se hace prolongando en el aleluya la última sílaba, de manera que se simboliza el gozo eterno del cielo, y que en las celebraciones de los coptos (rito ortodoxo) este canto se prolonga hasta por un cuarto de hora.

Entre nosotros, los católicos, el regocijo ha quedado reducido a algunas aclamaciones y ellas bastante empobrecidas, porque aunque son gritos de júbilo o de súplica la manera de entonarlas en muchas asambleas las convierte apenas en un eco apagado.

Cuando en algunas liturgias se canta: Amén, Aleluya, Señor ten piedad, Gloria a ti, Te alabamos Señor, no parece que haya conciencia de lo que se debiera estar gritando.

Max Thurian dice al respecto: “Estas aclamaciones sencillas deben ser el estallido de la espontaneidad del Espíritu que habla en la Iglesia. Están normalizadas, claro está, por la liturgia, pero conviene que expresen la adhesión y el júbilo de la Iglesia al modo de un primitivo hablar en lenguas. Quizá no se abarque todo el significado de la palabra, pero este término debe ser el apoyo de una fe o de una alegría racionalmente inexpresable, pero que estalla”.

La oración jubilosa es frecuentemente descrita por varios escritores de la antigüedad. Pero es San Agustín quien más extensamente la comenta, de manera especial en sus narraciones sobre los salmos. Suyos son estos apartes: “Cantadle cántico nuevo. ?Desnudaos de la vejez, pues conocisteis el cántico nuevo. Nuevo homhre, Nuevo Testamento, nuevo cántico.

No pertenece a los hombres viejos el cántico nuevo; éste sólo lo aprenden los hombres nuevos que han sido renovados de la vejez por la gracia, y que pertenecen ya al Nuevo Testamento.
El júbilo es cierto cántico o sonido con el cual se significa que da a luz el corazón lo que no puede decir o expresar.

¿Y a quién conviene esta alegría sino al Dios inefable? Es inefable aquel a quien no puedes dar a conocer, y si no puedes darle a conocer y no debes callar, qué resta sino que te regocijes, para que se alegre el corazón sin palabras y no tenga límites de sílabas la amplitud del gozo”.

Este júbilo cristiano hundía sus raíces en los cantos sagrados de Israel. El júbilo era la aclamación que Israel hacía para alabar a Yahvé, e invitar que todos los pueblos batiesen palmas en su honor. El “regocijo” era el grito de guerra con que el pueblo escogido invocaba el nombre del Señor y le imploraba protección en la batallas. Así fue el canto de Moisés, cuando el pueblo superó la barrera del Mar Rojo y alcanzó el camino de la liberación.

A esa aclamación jubilosa del Antiguo Testamento sucede, en la Nueva Alianza, el gozo por la presencia del Señor, la alegría de experimentar la acción divina en la propia vida, y contemplada de modo especial actuando en la vida de Jesús, a quien el Padre saca de entre los muertos y le constituye como Señor del Universo.

Cuando el cristiano medita en la resurrección de Jesucristo, se siente llevado por el Espíritu a reconocer el Señorío de Jesús, y a expresar su admiración en palabras, en cantos, en risas, en sílabas entrecortadas, en silencios, en lágrimas, según Dios da a cada uno. Lo básico no es lo que se dice, sino el amor y la adoración que brotan del corazón”.

 Una oración gozosa

El nombre de júbilo, de regocijo alude a una oración dichosa. El gozo es característico de la oración de alabanza, es nota peculiar de la oración en el Espíritu. Esa felicidad es tal que quien la siente se despreocupa de sus vecinos y comienza a alabar al Señor, frecuentemente en alta voz.

Similares oraciones de alabanza gozosa se describen en el evangelio de San Lucas. Allí, Isabel, llena del Espíritu, bendice con gran voz al Señor, mientras Juan Bautista salta de alegría en las entrañas maternas (l, 41-44), allí un paralítico, un leproso, un ciego que recuperan la salud glorifican a Dios con entusiasmo (5, 25; 17, 15; 18, 43), allí la multitud se regocija por las maravillas que Cristo realiza y alaba a Dios con gritos jubilosos(l3, 17; 19,38), allí los discípulos testimonian, gozan, alaban y bendicen (10, 17; 24, 52-53).

Esa alegría es tal que con frecuencia aparece la acusación de embriaguez o de locura para quienes por la fuerza del Espíritu se entregan a la alabanza: “Están llenos de mosto”, decían en la mañana de Pentecostés (Hch 2, 13). “¿No dirán que estáis locos?” Pregunta Pablo a los Corintios (l Co 14, 23). “No os embriaguéis con vino, llenaos más bien de Espíritu Santo”, aconseja el apóstol a los de Efeso (Ef 5, 18). “Están ebrios por haber bebido vino espiritual”, comenta San Cirilo. “El que se alegra en el Señor y le canta alabanzas con gran exultación, ¿no es semejante a un ebrio?”, se pregunta San Agustín. “Anda el alma como uno que ha bebido mucho, más no tanto que esté enajenado”, escribe Santa Teresa. “Cuando oyereis hablar a alguna persona y no entendiereis, tened paciencia… que por ventura hablará alguno lo que Dios quiso, y diréis vos que está borracho”, aconseja San Juan de Ávila, y Santo Tomás de Villanueva habla de “ese vino misterioso”; San Ambrosio nos invita a que, “alegres, bebamos la sobria abundancia del Espíritu”, y un autor moderno titula su obra así: “Iglesia borracha o Iglesia inspirada”.

Una manera muy usada para expresar la alegría es la danza. También la danza sagrada ha servido para expresar el gozo ante Dios, y no únicamente en las culturas primitivas sino en las páginas bíblicas y en los más refinados rituales.

Cuando Moisés da rienda suelta a su regocijo al pasar el Mar Rojo, todas las mujeres tomaron tímpanos y danzaban en coro (Ex 15, 20), también el pueblo israelita bailó ante el becerro de oro (Ex 32, 19). Ante el arca danzaba y giraba David, porque, como diría a su esposa: “En presencia de Yahvéh danzo yo” (2 Sam 6, 14-21) Y el salmo 149 invita a todo el pueblo con estas palabras:
“Cantad a Yahvéh un cantar nuevo; su alabanza en la asamblea de sus amigos! Regocíjese Israel en su Hacedor, los hijos de Dios exulten en su rey; alaben su nombre con la danza. Con tamboril y cítara salmodien para él” (Sal 149.1-3).

Pero quizá el texto bíblico más bello al respecto es el que trae Sofonías (3, 17) donde es el mismo Dios quien se goza y baila de amor por su pueblo: “¡Yahvéh tu Dios está en medio de ti un poderoso salvador!. Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor, danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta”.

También hoy es notoria la alegría en los grupos de oración, y sin llegar propiamente a la danza, sí se ve como la asamblea marca el ritmo de los cantos con las palmas de las manos y hasta con un ligero balanceo del cuerpo.

A subrayar esta expresión de felicidad puede ayudar grandemente el ministerio de música, que marca el ritmo o imprime entusiasmo marcial en algunos cantos.

Lo que Hagan, Háganlo con Amor (1Cor 16,14)

Lema de RCC Argentina 2019

Concurso de Diseño del Logotipo de RCC Argentina

Concurso de Diseño del Logotipo de RCC Argentina

El Equipo Coordinador Nacional hace un llamado a un Concurso para diseñar un nuevo y único logotipo que represente a toda la Renovación Carismática Católica de Argentina, y que sustituya a todos los demás que estén en uso, por ello, dicho logo debe ser único y universal. Este certamen es una oportunidad para dar a conocer los talentos que Dios regaló a diferentes hermanos pertenecientes a las distintas Diócesis de nuestro país.¡ Anímate a participar y comparte este certamen con toda tu Diócesis!

OBJETIVOS:

  • Renovar la imagen de RCC ARGENTINA, el diseño y estética, incluyendo forma, colores y tipografías.
  • Que este nuevo logo se constituya en el único que nos represente de manera universal como RCC ARGENTINA, para así evitar confusiones.
  • Apoyar la creatividad y la obra que Dios viene realizando en los corazones de nuestros hermanos concursantes para que, en comunidad, podamos llevar la cultura de Pentecostés a donde Dios nos mocione hacerlo.
  • Fomentar a lo largo y ancho de nuestro país la participación de hermanos renovados, mediante la expresión gráfica del arte, para que conjuntamente descubramos lo que Dios quiere obrar y decir en nuestra Corriente de Gracia.
  • Ser mediadores en la acción del Espíritu Santo para que a través de una única imagen cada Grupo de Oración, Diócesis y Región de nuestro país se vea reflejado/a.
  • Ayudar a la promoción de la imagen de la Renovación Carismática Católica de Argentina para que sea reconocida e identificada por la Iglesia y por el público en general, tanto a nivel Nacional como Internacional.

PREMIOS:

Los tres mejores logotipos serán difundidos en nuestro Boletín Nacional que cuenta con más de 6.000 lectores.

El creador del logo ganador dispondrá de una beca para dos personas para alguno de los Encuentros Nacionales del 2019 o 2020.

El diseño ganador formará parte de la identidad gráfica de la Renovación Carismática Católica Argentina.

Es importante, aclarar que el Equipo Coordinador de la RCC de Argentina, se reserva el derecho de utilizar o no el logo ganador de forma parcial o total tras el concurso.

TEMÁTICA:

El diseño debe ser acorde a la Identidad y Simbología utilizada para representar la Renovación Carismática Católica en el mundo, es por ello que solicitamos que se tomen en consideración los siguientes ítems:

  • Identidad visual: isotipo, logotipo e isologotipo
  • Colores: que contenga al menos uno de ellos :rojo, amarillo, blanco, celeste
  • Elementos: que contenga al menos uno de ellos: paloma,  llama, Cruz, Cruz de la RCC,  Argentina (mapa)
  • Representación: horizontal, vertical, compacta y extendida
  • Referencia: de paleta de colores, de escala de grises y blanco y negro
  • Tipografía: Fuentes principal y secundaria utilizada.

En el anexo 1 se muestra el nivel de detalle deseado, el cual será obligatorio para los logotipos pre-seleccionados.

JURADO:

Equipo Coordinador Nacional de la Renovación Carismática Católica de Argentina.

CRONOGRAMA:

  • Inscripciones y recepción del material: del 1 de Abril hasta el 15 de Agosto de 2019.
  • Pre-selección y solicitud de material adicional acorde al anexo 1: 10 de Septiembre.
  • Publicación de los logos pre-seleccionados y del ganador: Boletín de Septiembre/Octubre.

CONDICIONES:

Será condición excluyente que los diseños deberán ser originales, propiedad del autor. Cabe aclarar que la RCC de Argentina tendrá el derecho de reproducirlos en forma total o parcial y utilizarlos de forma exclusiva si así lo desea.

Los participantes deben pertenecer a esta Corriente de Gracia, pueden presentarse  de manera independiente o como Equipo Creativo, pero de ser así, al menos uno de ellos debe ser orante de Grupo de Oración.

Que este nuevo logo, como se mencionó anteriormente, sea el único que nos represente de manera universal a la RCC ARGENTINA.

Se tendrá en cuenta al momento de la elección:

  • Entrega en tiempo forma.
  • Originalidad y creatividad del logo.
  • Imagen representativa de toda la RCC de Argentina.

CONTACTO: 

Se requiere el envío del material a secretariaecona@gmail.com como mínimo en los siguientes formatos:

  • PNG: Muestra de al menos una de las composiciones del Isologotipo donde se exprese claramente los elementos que componen la marca.
  • PDF: Con el manual de la imagen visual, similar al anexo 1
  • Datos: Nombre, Dirección, Diócesis, Grupo de Oración al que pertenecen, e-mail, teléfono.

 Anexo 1: Identidad Gráfica o Marca. Ejemplo Práctico

La identidad visual de una Organización es uno de sus principales patrimonios ya que a través de ella se transmiten visualmente sus valores y es reconocida por su público.

Para implantarla correctamente y unificadamente se requiere representarla adecuadamente, es por ello que se solicitará no sólo una representación gráfica del logo o marca, sino también detalles a nivel de tipografía, color y forma, todo ello para garantizar en uniformidad general el fortalecimiento de nuestra Identidad.

Somos una única Expresión Carismática, movidos por el mismo Espíritu Santo, pertenecientes a la misma Iglesia, siguiendo al mismo Señor Jesús. Así, queremos presentar una misma imagen, una misma Identidad Carismática que represente a toda la RCC de Argentina en todos los ámbitos: Diocesanos, Regionales y Nacionales.

Armado del concepto de Marca Gráfica:

Representación actual a modo de ejemplo

Isotipo: Ayuda a generar Identidad de marca       Referenciador: Me indica si represento a toda la RCCA o  a una Diócesis

Elemento de composición de la marca:

Todos los elementos con colores, formas y texturas que acompañan a la marca forman parte de la Identidad visual de la Institución.

La simbología de las tres figuras hace referencia a la Santísima Trinidad. La leyenda nos recuerda el Señorío de Jesús. El color rojo simboliza el fuego y la paloma el Espíritu Santo.

Un isologotipo para preservar una imagen requiere que se la represente en un número determinado de composiciones posibles, con un color y tipología adecuada. Todas aquellas que no estén representadas no son válidas.

En este caso, es posible representar, por ejemplo, el símbolo en el lado izquierdo o arriba del logotipo. A su vez, el logotipo puede mostrarse de forma extendida (Renovación Carismática Católica Argentina) o de forma abreviada (RCCARGENTINA). También puede estar presente el referenciador (Argentina, la Renovación – en caso de forma abreviada – o una Diócesis y/o Región). 

Es importante a  la hora de conservar la originalidad de la imagen concursante,  conocer la paleta expresada de forma estándar, como mínimo con RGB, tanto a color, como monocroma o de escalas de grises. Se presupone que todos los logos tienen fondo transparente.

Lo que Hagan, Háganlo con Amor (1Cor 16,14)

Lema de RCC Argentina 2019

Consagración a María Región Litoral

Consagración a María Región Litoral

Concordia fue el epicentro de la Consagración  al Inmaculado Corazón de María, que anualmente realiza la Renovación Carismática Católica Región Litoral.

WWW.LT39NOTICIAS.COM.AR  realizó una cobertura del evento, trascribimos gran parte de lo vivido y las entrevistas a Monseñor Héctor Luis Zordán y Monseñor Luis Armando Collazuol.

Fuente: http://lt39noticias.com.ar/2019/03/rcc/?fbclid=IwAR09yjmiWoz_LWSzresxfwwDCBMXE_Pw6qB4zzEXBHYmbdDoAqV-0efdK2c

Se llevó a cabo en la ciudad de Concordia el Domingo 24 de Marzo, la tradicional Consagración  al Inmaculado Corazón de María que hace más de una década realiza la Renovación Carismática Católica Región Litoral.

Enmarcado bajo el lema “Con María Alabemos al Dios de toda Vida”, a primera hora del Domingo comenzaron a llegar todos los Carismáticos que integran las distintas Diócesis de la región litoraleña.

En primer lugar se hizo la Consagración al Inmaculado Corazón de María, en la Iglesia Nuestra Señora de los Ángeles de los Padres Capuchinos;  para luego peregrinar con la Santa Imagen de María de la Concordia y así llegar al lugar preparado para la realización del evento.

La presentación oficial estuvo a cargo de Oscar Franco, Coordinador saliente de la Región Litoral, quien hizo gran parte de la conducción durante toda la jornada.

Hubo dos oradores, por un lado Monseñor Héctor Luis Zordán, Obispo Diócesis de Gualeguaychú, quien en su prédica hizo mención a la figura de San José, como puente para la concreción de los sueños divinos, además de destacar la imperiosa necesidad de una Iglesia en movimiento, evangelizadora, e instó a “aportar un nuevo fervor evangelizador”.

Destacando a posteriori que debe haber una actitud misionera en el camino de los feligreses, pero con una acabada claridad en el mensaje del amor de Dios.

Tomó como punta de lanza en muchas aseveraciones las palabras del Papa Francisco, plasmadas en el documento Evangelii Gaudium; sellando éstas así: “Prefiero una Iglesia herida, antes que una pieza de museo”.

Luego,  en horas de la tarde,  el Padre Carlos Acosta, Asesor saliente de la Región Litoral , le habló a una comunidad  Carismática multitudinaria.

En su prédica hizo una mención especial a las bondades infinitas de la Virgen María, de quien dijo” es quien contiene la palabra de Dios”.

Dijo además que cada bautizado debe mirarse en el espejo santo de la Virgen.“María es el arma contra el egoísmo y la idolatría, ella alaba, bendice, es el modelo de todo discípulo misionero”, finalizó.

Vale destacar la presencia en el lugar de las autoridades eclesiásticas en las personas de Monseñor Luis Armando Collazuol, Obispo Diócesis de Concordia  y Monseñor Héctor Luis Zordán, Obispo Diócesis de Gualeguaychú, Padre Gabriel Lauría, Vice Asesor Nacional RCC y Daniel Aimaretti, Coordinador Nacional RCC.

Desde WWW.LT39NOTICIAS.COM.AR hablamos con los dos Obispos presentes,  Monseñor Héctor Luis Zordán y Monseñor Luis Armando Collazuol, con quienes no sólo dialogamos sobre las palabras expresadas por el Obispo Diocesano de Gualeguaychú, sino también de la importancia de esta época cuaresmal que estamos viviendo.

“Elecciones”

 

Este espacio fue oportuno para realizar al unísono de la Consagración regional, la elección de los nuevos Coordinadores, que conforman los estamentos internos de la Renovación Carismática Católica. El resultado de dicha elección fue el siguiente:

Coordinador Regional

  • Juan Jorge Sobrero, (Victoria) Diócesis de Gualeguaychú

Suplente

  • Carmen Alvarengo, Diócesis de Paraná

Miembros del Equipo Regional

  • Silvia María Mela, Diócesis de Concordia 
  • Fabricio Altamirano, Diócesis de Concordia
  • Raúl Monserrat, Diócesis de Rosario

Asesor  Regional

  • Padre Héctor Trachitte, (Victoria) Diócesis de Gualeguaychú

Sub Asesor

  • Padre Damián Retamar,  Diócesis de Paraná

Así finalizó un bendecido Domingo Carismático,  cubierto por el Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María y atravesado por la esencia de un Dios omnipresente en todas las almas carismáticas,  que vivirán nuevamente la próxima Consagración en la localidad santafesina de Rafaela en el 2020.

ORACIÓN DE CONSAGRACIÓN AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

(Leída el momento de la Consagración)

María Inmaculada de la Concordia,  Madre y Señora nuestra, queremos consagrar hoy a tu Inmaculado Corazón la Región Litoral, para estar disponibles a tu Hijo Jesús en la humildad, la alegría y el servicio apasionado para la gloria de Dios.

Te entrego todo lo que viví y lo que resta de vida, mi ser entero, mi corazón, deseos, sentidos, trabajos, sufrimientos, alegrías, mis días, mis noches, mi vida y mi muerte.

Todo cuanto soy y cuanto tengo lo pongo en tus manos, acepta mi ofrecimiento y tómame bajo tu amparo Santa Madre de Dios.

Acompáñame en el camino, ilumina mis tinieblas, sostiene mi debilidad, cura mis heridas, corrige mis desvíos, suaviza mi dureza, enciende mi frialdad.

Ábreme al amor transformante de Dios que quiere que todos los hombres se salven, lleguen a la conversión del corazón y al conocimiento de la Verdad.

Enséñame a cumplir la voluntad de tu Hijo, a perseverar en la oración, a honrar la vida, a perdonar, a ser fiel, a disfrutar y cuidar de nuestra casa común,  a no caer en el desaliento, a trabajar solidariamente y a amar sobre todas las cosas.

Dame un corazón misericordioso y comprensivo, aumenta mi fe, fortalece mi esperanza con la Palabra de Dios, guíame por el camino de la santidad y no permitas que me aparte de tu amado Hijo Jesús, Virgen Gloriosa y Bendita.

Amén.

II predicación, Cuaresma 2019 P. Cantalamessa

II predicación, Cuaresma 2019 P. Cantalamessa

Cantalamessa invita a sacar del olvido todo un clásico espiritual: «Imitación de Cristo», el Kempis

15 marzo 2019

El padre Cantalamessa subrayó la necesidad de la soledad y del silencio (al menos interiores pero también exteriores) para la espiritualidad, sobre todo en el caso de los consagrados.

El capuchino Raniero Canalamessa, predicador de la Casa Pontificia, anima a rescatar del olvido todo un clásico: la Imitación de Cristo, del fray Tomás de Kempis(1380-1471), un canónigo agustino alemán que consagró con esa obra la llamada devotio moderna [devoción moderna], que reposa fundamentalmente en la interioridad por contraste con formas anteriores más vinculadas a la liturgia y la oración colectiva.

El padre Cantalamessa habló al respecto durante la predicación cuaresmal a la Curia Romana este viernes en la Capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico, donde señaló la necesidad de intensificar la vida interior en unas palabras que llevaban por título una expresión de San Agustín: In te ipsum redi! [¡Entra en ti mismo!].

El “lugar” en que cada uno de nosotros entra en contacto con el Dios vivo es la Iglesia “en sentido universal y sacramental”, pero “en sentido personal y existencial es nuestro corazón”, afirmó. Aunque no todos podemos retirarnos al desierto para encontrar al Padre, como hizo Jesucristo, “todos podemos refugiarnos en el desierto interior que es nuestro corazón“. Como Zaqueo -comparó-, “buscamos a Jesús y lo buscamos fuera, por las calles, entre la multitud. Y es el mismo Jesús quien nos invita a entrar en nuestra casa en nuestro propio corazón, donde él desea encontrarse con nosotros”.

Hoy se ha perdido el aprecio a esta interioridad, lamentó: “Un síntoma revelador de este descenso del gusto y estima de la interioridad es la suerte que ha tocado a la Imitación de Cristo, que es una especie de manual de introducción a la vida interior. De libro más amado entre los cristianos, después de la Biblia, ha pasado, en pocas décadas, a ser un libro olvidado”.

Señaló causas culturales generales, como “la emergencia de lo «social», que es ciertamente un valor positivo de nuestros tiempos, pero que, si no se reequilibra, puede acentuar la proyección hacia lo exterior y la despersonalización del hombre”. Pero también causas específicas de la Iglesia, como el hecho de que el “ideal antiguo de la fuga del mundo se haya sustituido a veces el ideal de la fuga hacia el mundo. El abandono de la interioridad y la proyección hacia lo externo es un aspecto -y entre los más peligrosos- del fenómeno del secularismo”.

El padre Cantalamessa explicó que la búsqueda del encuentro con Dios en el interior de cada uno está muy presente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Por un lado, “ya los profetas de Israel lucharon para trasladar el interés del pueblo desde las prácticas exteriores de culto y del ritualismo, a la interioridad de la relación con Dios“. Por otro, “es el tipo de reforma religiosa que Jesús retomó y llevó a cabo… Quiso renovar la religiosidad judía, terminada a menudo en lo seco del ritualismo y del legalismo, poniendo en el centro de ella una relación con Dios intima y vivida”.

“¿Por qué es urgente volver a hablar de interioridad y redescubrir el gusto sobre ella?”, se interrogó. Porque “vivimos en una civilización toda proyectada hacia lo exterior”. Y porque “evadirse, es decir, salir fuera, es una especie de palabra de orden… La evasión está, por así decirlo, institucionalizada. El silencio da miedo. No se logra vivir, trabajar, estudiar sin alguna voz o música alrededor. Hay una especie de horror vacui, de miedo del vacío, que impulsa a aturdirse“.

Sin embargo, “la interioridad es la vía para una vida auténtica”, porque “para el cristiano la autenticidad verdadera no se alcanza más que viviendo «coram Deo», en la presencia de Dios… Disipación es el nombre de la enfermedad mortal que nos acecha a todos“.

Cantalamessa exhortó en particular a los consagrados a buscar la soledad y el silencio de forma efectiva: “Hay algunos que sueñan con la soledad, pero la sueñan solamente. La aman, siempre que se mantenga en el sueño y no se traduzca nunca en la realidad. En realidad, rehúyen de ella, tienen miedo de ella. La desaparición del silencio es un síntoma grave. Han sido eliminados casi en todas partes esos carteles típicos que en cada pasillo de las casas religiosas reclamaban en latín: Silentium! Yo creo que en muchos ambientes religiosos es necesario el dilema: ¡O silencio o muerte! O se reencuentra un clima y tiempos de silencio y de interioridad o es el vaciamiento espiritual progresivo y total”.

TEXTO ÍNTEGRO DE LA PREDICACIÓN

«¡Entra en ti mismo!»

  1. Raniero Cantalamessa, OFM Cap.

Segunda predicación, Cuaresma 2019

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco.

San Agustín lanzó un llamamiento que a distancia de tantos siglos conserva intacta su actualidad: «In te ipsum redi. In interiore homine habitat veritas»: «Entra en ti mismo. En el hombre interior habita la verdad»[1] . En un discurso al pueblo, con insistencia aún mayor, exhorta: «¡Entrad de nuevo en vuestro corazón! ¿Dónde queréis ir lejos de vosotros? Yendo lejos os perderéis. ¿Por qué os encamináis por carreteras desiertas? Entrad de nuevo desde vuestro vagabundeo que os ha sacado del camino; volved al Señor. Él está listo. Primero entra en tu corazón, tú que te has hecho extraño a ti mismo, a fuerza de vagabundear fuera: no te conoces a ti mismo, y ¡busca a aquel que te ha creado! Vuelve, vuelve al corazón, sepárate del cuerpo… Entra de nuevo en el corazón: examina allí lo que quizá percibiste de Dios, porque allí se encuentra la imagen de Dios; en la interioridad del hombre habita Cristo, en tu interioridad eres renovado según la imagen de Dios»[2].

Continuando el comentario iniciado en Adviento sobre el versículo del Salmo «Mi alma tiene sed del Dios vivo», reflexionemos sobre el «lugar» en que cada uno de nosotros entra en contacto con el Dios vivo. En sentido universal y sacramental este «lugar» es la Iglesia, pero en sentido personal y existencial es nuestro corazón, lo que la Escritura llama «el hombre interior», «el hombre escondido en el corazón»[3]. A esta elección nos impulsa también el tiempo litúrgico en que nos encontramos. Jesús en estos cuarenta días está en el desierto, y es allí donde lo debemos alcanzar. No todos pueden ir a un desierto exterior; pero todos podemos refugiarnos en el desierto interior que es nuestro corazón. «En la interioridad del hombre habita Cristo», nos ha dicho Agustín.

Si queremos una imagen plástica, o un símbolo que nos ayude a aplicar esta conversión hacia el interior, nos la ofrece el Evangelio con el episodio de Zaqueo. Zaqueo es el hombre que quiere conocer a Jesús y, para hacerlo, sale de casa, va entre la multitud, sube a un árbol… Lo busca fuera. Pero hete aquí que Jesús al pasar lo ve y le dice: «Zaqueo, baja enseguida porque hoy tengo que quedarme a tu casa» (Lc 19,5). Jesús lleva a Zaqueo a su casa y allí, en secreto, sin testigos, ocurre el milagro: conoce verdaderamente quién es Jesús y encuentra la salvación. 

Nos parecemos a menudo a Zaqueo. Buscamos a Jesús y lo buscamos fuera, por las calles, entre la multitud. Y es el mismo Jesús quien nos invita a entrar en nuestra casa en nuestro propio corazón, donde él desea encontrarse con nosotros.

Interioridad, un valor en crisis

La interioridad es un valor en crisis. La «vida interior» que en un tiempo era casi sinónimo de vida espiritual, ahora, en cambio, tiende a ser mirada con sospecha. Hay diccionarios de espiritualidad que omiten totalmente las voces «interioridad» y «recogimiento» y otros que las llevan, pero no sin expresar algunas reservas. Por ejemplo, se destaca que, después de todo, no hay ningún término bíblico que corresponda exactamente a estas palabras; que podría haber habido, en este punto, un influjo determinante de la filosofía platónica; que podría favorecer el subjetivismo y así sucesivamente. 

Un síntoma revelador de este descenso del gusto y estima de la interioridad es la suerte que ha tocado a la Imitación de Cristo que es una especie de manual de introducción a la vida interior. De libro más amado entre los cristianos, después de la Biblia, ha pasado, en pocas décadas, a ser un libro olvidado.

Algunas causas de esta crisis son antiguas e inherentes a nuestra propia naturaleza. Nuestra «composición», es decir, el estar constituidos de carne y espíritu, hace que seamos como un plano inclinado; inclinado, sin embargo, hacia lo exterior, lo visible y lo múltiple. Como el universo, tras la explosión inicial (el famoso Big Bang), también nosotros estamos en fase de expansión y de alejamiento del centro. «No se sacia el ojo de mirar, ni el oído se sacia nunca de oír», dice la Escritura (Qo 1,8). Estamos perennemente en «salida», a través de esas cinco puertas o ventanas que son nuestros sentidos. 

Otras causas son, en cambio, más específicas y actuales. Una es la emergencia de lo «social» que es ciertamente un valor positivo de nuestros tiempos, pero que, si no se reequilibra, puede acentuar la proyección hacia lo exterior y la despersonalización del hombre. En la cultura secularizada y laica de nuestros tiempos el papel que desempeñaba la interioridad cristiana fue asumido por la psicología y el psicoanálisis, las cuales se detienen, sin embargo, en el inconsciente del hombre y en su subjetividad, prescindiendo de su íntimo vínculo con Dios. 

En el campo eclesial, la afirmación, con el Concilio, de la idea de una «Iglesia para el mundo» ha hecho que al ideal antiguo de la fuga del mundo, se haya sustituido a veces el ideal de la fuga hacia el mundo. El abandono de la interioridad y la proyección hacia lo externo es un aspecto —y entre los más peligrosos— del fenómeno del secularismo. Hubo incluso un intento de justificar teológicamente esta nueva orientación que ha tomado el nombre de teología de la muerte de Dios, o de la ciudad secular. Dios —se dice— nos ha dado él mismo el ejemplo. Al encarnarse, él se ha vaciado, ha salido de sí mismo, de la interioridad trinitaria, se ha «mundanizado», es decir, dispersado en lo profano. Se ha convertido en un Dios «fuera de sí».

La interioridad en la Biblia

Como siempre, a la crisis de un valor tradicional, se debe responder en el cristianismo haciendo una recapitulación, es decir, retomando las cosas en su principio para llevarlas a un nuevo cumplimiento. En otras palabras, se trata de partir de nuevo desde la palabra de Dios y, a su luz, encontrar, en la misma Tradición, el elemento vital y perenne, liberándolo de los elementos caducos de los que se ha revestido a lo largo de los siglos. Es lo que el Concilio Vaticano II siguió como método en todos sus trabajos. Igual que en la naturaleza, en primavera, se poda el árbol de las ramas de la temporada anterior para hacer posible que el tronco florezca de nuevo, así hay que hacer también en la vida de la Iglesia.

Ya los profetas de Israel lucharon para trasladar el interés del pueblo desde las prácticas exteriores de culto y del ritualismo, a la interioridad de la relación con Dios. «Este pueblo —leemos en Isaías— se acerca a mí solo con palabras y me honra con los labios, mientras que su corazón está lejos de mí y el culto que me rinde es un aprendizaje de costumbres humanas» (Is 29,13). El motivo es que «el hombre mira las apariencias, pero Dios escudriña el corazón» (1 Sam 16,7). «Rasgaos el corazón, no las vestiduras, —se lee en otro profeta» (Jl 2,13).

Es el tipo de reforma religiosa que Jesús retomó y llevó a cabo. Uno que analice la actuación de Jesús y sus palabras, fuera de preocupaciones dogmáticas, desde un punto de vista de la historia de las religiones, nota sobre todo una cosa: que él quiso renovar la religiosidad judía, terminada a menudo en lo seco del ritualismo y del legalismo, poniendo en el centro de ella una relación con Dios intima y vivida. Él no se cansa de apelar a ese ámbito «secreto», el «corazón», donde se opera el verdadero contacto con Dios y con su voluntad viva y del que depende el valor de toda acción (cf. Mt 15,10ss). El llamamiento a la interioridad encuentra su motivación bíblica más profunda y objetiva en la doctrina de la inhabitación de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el alma del bautizado[4].

Con el paso del tiempo, en la visión bíblica de la interioridad cristiana algo se había ofuscado, contribuyendo a la crisis de la que he hablado anteriormente. En ciertas corrientes espirituales, como en algunos de los místicos renanos, se había ofuscado el carácter objetivo de esta interioridad. Insisten en volver al «fondo del alma» mediante lo que ellos llaman «introversión». Pero no siempre resulta claro si este «fondo del alma» pertenece a la realidad de Dios o a la del yo, o, peor aún, si es ambas cosas juntas, fusionadas de manera panteísta. 

En los últimos siglos el aspecto del método había acabado por prevalecer sobre el contenido de la interioridad cristiana, reduciéndola a veces a una especie de técnica de concentración y de meditación, más que en el encuentro con Cristo vivo en el corazón, aunque no han faltado en ninguna época espléndidas realizaciones de la interioridad cristiana. La beata Isabel de la Trinidad está en la línea de la más pura interioridad objetiva, cuando escribe: «Yo he encontrado el paraíso en la tierra, porque el paraíso es Dios y Dios está en mi corazón».

Regreso a la interioridad

Pero volvamos al presente. ¿Por qué es urgente volver a hablar de interioridad y redescubrir el gusto sobre ella? Vivimos en una civilización toda proyectada hacia lo exterior. Ocurre en el ámbito espiritual lo que se observa en el ámbito físico. El hombre envía sus sondas hasta la periferia del sistema solar, fotografía lo que hay en planetas lejanos; ignora, en cambio, lo que se agita a pocos miles de metros bajo la corteza terrestre y no consigue, por eso, prever terremotos y erupciones volcánicas. También nosotros sabemos, ahora en tiempo real, lo que sucede en el otro extremo del mundo, pero ignoramos lo que se agita en el fondo de nuestro corazón. Vivimos como en una centrifugadora en acción a toda velocidad.

Evadirse, es decir, salir fuera, es una especie de palabra de orden. Incluso hay una literatura de evasión, espectáculos de evasión. La evasión está, por así decirlo, institucionalizada. El silencio da miedo. No se logra vivir, trabajar, estudiar sin alguna voz o música alrededor. Hay una especie de horror vacui, de miedo del vacío, que impulsa a aturdirse. 

Tuve ocasión de entrar una vez en una discoteca, invitado a hablar a los jóvenes allí reunidos. Me bastó para hacerme una idea de lo que reina allí: la orgía del barullo, el ruido ensordecedor como droga. Se han hecho investigaciones entre los jóvenes a la salida de la discoteca y a la pregunta: «¿Por qué os reunís en este lugar?»; algunos han respondido: «¡Para no pensar!». Pero es fácil imaginar a qué manipulaciones se exponen los jóvenes que han renunciado ya a pensar. 

«Imponedles un trabajo pesado y que lo cumplan; y no hagáis caso de palabras engañosas», fue la orden del faraón de Egipto (cf. Éx 5,9). La orden tácita, pero no menos perentoria, de los faraones modernos es: «¡Imponed el ruido sobre estos jóvenes, que se aturdan con él, de modo que no piensen, no hagan elecciones libres, sino que sigan la moda que nos conviene, compren lo que decimos nosotros, piensen como nosotros queremos!» Para un sector muy influyente de nuestra sociedad, el del espectáculo y la publicidad, los individuos cuentan solo en cuanto que son «espectadores», números que hacen subir las «audiencias» de los programas.

Hay que oponerse con un rotundo «¡no!» a este vaciamiento. Los jóvenes son también los más generosos y dispuestos a rebelarse contra las esclavitudes y, de hecho, hay multitud de jóvenes que reaccionan a este asalto y, en lugar de huir, buscan lugares y tiempos de silencio y contemplación para reencontrarse de vez en cuando consigo mismos y, en sí mismos, a Dios. Son muchos, aunque nadie habla de ello. Algunos han fundado casas de oración y adoración eucarística perpetua y a través de la Red dan la posibilidad a muchos para que se unan a ellos.

La interioridad es la vía para una vida auténtica. Se habla mucho hoy de autenticidad y se hace de ello el criterio de éxito o fracaso de la vida. El filósofo quizá más conocido del siglo pasado, Martin Heidegger, puso este concepto en el centro de su sistema. Para el cristiano la autenticidad verdadera no se alcanza más que viviendo «coram Deo», en la presencia de Dios. 

«Un vaquero —escribe Kierkegaard— el cual, si esto fuera posible, es un yo delante de sus vacas, es un yo muy inferior; un soberano que fuese un yo frente a sus esclavos, lo mismo. En el fondo ninguno de los dos es un yo, en ambos casos falta la medida… Pero, ¡qué acento infinito adquiere el yo cuando adquiere conciencia de existir ante Dios, convirtiéndose en un yo humano cuya medida es Dios! […] Se habla muchos de vidas desperdiciadas. Pero desperdiciada es sólo la vida de aquel hombre que nunca se dio cuenta, porque no tuvo nunca, en el sentido más profundo, la impresión de que existe un Dios y que él, precisamente él, su yo, está ante este Dios»[5].

El Evangelio nos narra la historia de uno de estos «vaqueros». Había huido de la casa paterna y había gastado sus bienes y su juventud, viviendo disolutamente. Pero un día «entró en sí mismo». Pasó revista a su vida, preparó las palabras que tenía que decir y se puso en camino hacia la casa paterna (cf. Lc 15,17). Su conversión se realizó en este momento, antes de moverse, mientras estaba solo en medio de una piara de puercos. Se realizó en el momento en que «entró dentro de sí». A continuación no hizo más que ejecutar lo que había deliberado. La conversión externa fue precedida por la interior y recibió de esta su valor. ¡Cuánta fecundidad en aquel «entrar en sí mismo!». 

No son solo los jóvenes los que son arrollados por la oleada de exterioridad. También lo son las personas más comprometidas y activas en la Iglesia. ¡También los religiosos! Disipación es el nombre de la enfermedad mortal que nos acecha a todos. Se termina por ser como un vestido del revés, con el alma expuesta a los cuatro vientos. En un discurso dirigido a los superiores de una orden religiosa contemplativa, San Pablo VI dijo: «Hoy estamos en un mundo que parece enfrascado en una fiebre que se infiltra incluso en el santuario y la soledad. Ruido y estruendo han invadido casi todo. Las personas no logran ya recogerse. Víctimas de mil distracciones, disipan habitualmente sus energías detrás de las diversas formas de la cultura moderna. Periódicos, revistas, libros invaden la intimidad de nuestras casas y de nuestros corazones. Es más difícil que antes encontrar la oportunidad para ese recogimiento en el cual el alma logra estar plenamente ocupada en Dios».

Santa Teresa de Jesús escribió una obra titulada El castillo interior que es ciertamente uno de los frutos más maduros de la doctrina cristiana de la interioridad. Pero existe, por desgracia, también un «castillo exterior» y hoy constatamos que es posible estar encerrados también en este castillo. Encerrados fuera de casa, incapaces de entrar de nuevo en ella. ¡Presos de la exterioridad! San Agustín describe así su vida antes de la conversión: «Tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera y te buscaba aquí abajo, lanzándome deforme, sobre estas formas de belleza que son tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti esas criaturas que no existirían tampoco si no fuera por ti que las haces existir»[6].

¡Cuántos de nosotros deberían repetir esta amarga confesión: «Tú estabas dentro de mí, pero yo estaba fuera!» Hay algunos que sueñan con la soledad, pero la sueñan solamente. La aman, siempre que se mantenga en el sueño y no se traduzca nunca en la realidad. En realidad, rehúyen de ella, tienen miedo de ella. La desaparición del silencio es un síntoma grave. Han sido eliminados casi en todas partes esos carteles típicos que en cada pasillo de las casas religiosas reclamaban en latín: Silentium! Yo creo que en muchos ambientes religiosos es necesario el dilema: ¡O silencio o muerte! O se reencuentra un clima y tiempos de silencio y de interioridad o es el vaciamiento espiritual progresivo y total. Jesús llama infierno a «las tinieblas exteriores» (cf. Mt 8,12) y esta designación es altamente significativa.

No hay que dejarse engañar por la objeción habitual: pero a Dios se le encuentra fuera, en los hermanos, en los pobres, en la lucha por la justicia; se le encuentra en la Eucaristía que está fuera de nosotros, en la Palabra de Dios… Todo cierto. Pero, ¿dónde «encuentras» realmente al hermano y al pobre, sino en tu corazón? Si los encuentras sólo fuera, no es un yo, una persona a la que encuentras, sino una cosa; te chocas más que encontrarlo. ¿Dónde encuentras al Jesús de la Eucaristía si no en la fe, es decir, dentro de ti? Un verdadero encuentro entre personas no puede tener lugar más que entre dos conciencias, dos libertades, es decir, entre dos interioridades. 

Es erróneo, por lo demás, pensar que la insistencia en la interioridad pueda perjudicar al compromiso activo por el reino y la justicia; pensar, en otras palabras, que afirmar la primacía de la intención pueda perjudicar a la acción. La interioridad no se opone a la acción, sino a un cierto modo de realizar la acción. Lejos de disminuir la importancia del actuar para Dios, la interioridad la fundamenta y la preserva.

El eremita y su eremitorio

Si queremos imitar lo que Dios ha hecho al encarnarse, imitémosle verdaderamente hasta el fondo. Es cierto que él se vació, salió de sí mismo, de la interioridad trinitaria, para venir al mundo. Sin embargo, sabemos cómo ha sucedido esto: «Lo que era permaneció, lo que no era lo asumió», dice un antiguo aforismo a propósito de la Encarnación. Sin abandonar el seno del Padre, el Verbo vino en medio de nosotros. También nosotros vamos hacia el mundo, pero sin salir nunca del todo de nosotros mismos. «El hombre interior —dice la Imitación de Cristo— se recoge espontáneamente porque no se dispersa nunca del todo en las cosas exteriores. A él no le perjudica la actividad exterior y las ocupaciones a su tiempo necesarias, pero sabe adaptarse a las circunstancias»[7].

Pero tratemos de ver también cómo hacerlo, concretamente, para recuperar y conservar la costumbre de la interioridad. Moisés era un hombre muy activo. Pero se lee que se hizo construir una tienda portátil y en cada etapa del éxodo fijaba la tienda fuera del campamento y regularmente entraba en ella para consultar al Señor. Allí, el Señor hablaba con Moisés «cara a cara, como habla un hombre con otro» (Éx 33,11).

Esto no siempre se puede hacer. No siempre se puede uno retirar a una capilla o a un lugar solitario para recuperar el contacto con Dios. San Francisco de Asís sugiere otra astucia más al alcance de la mano. Al enviar a sus frailes por las calles del mundo, decía: Nosotros tenemos siempre un eremitorio con nosotros dondequiera que vayamos y cada vez que lo queramos podemos, como eremitas, entrar en esta ermita. «Hermano cuerpo es la ermita y el alma el eremita que habita dentro de él para orar a Dios y meditar»[8]. Es la misma recomendación que santa Catalina de Siena expresaba con la imagen de la «celda interior», que cada uno lleva consigo y a la que siempre es posible retirarse con el pensamiento, para reanudar un contacto vivo con la Verdad que habita en nosotros.

Hemos escuchado al inicio el apremiante llamamiento de San Agustín a reentrar en el corazón; terminamos escuchando otro llamamiento igualmente apremiante en la misma dirección, lo que San Anselmo de Aosta dirige al lector al comienzo de su Proslogion: «¡Venga, pues, desgracia humana, huye un momento de tus ocupaciones, apártate por un instante de tus tumultuosos pensamientos! Deshazte de las preocupaciones que te agobian y pospón tus laboriosos quehaceres. Entrégate un poco a Dios y descansa un instante en Él. ¡«Entra en el aposento» de tu espíritu, ahuyenta todo excepto a Dios y lo que te ayude a hallarle y, «una vez cerrada la puerta», búscale! ¡Ahora di «corazón mío», di todo entero ahora a Dios: «Busco tu rostro, Señor; tu rostro es lo que busco»! (Sal 27,8)». 

Con estos deseos y propósitos iniciamos nuestra jornada de trabajo al servicio de la Iglesia.

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco.

[1] S. Agustín, De vera rel. 39, 72: PL 34,154.
[2] S. Agustín, In Ioh. Ev., 18, 10: CCL 36, 186.
[3] Cf. Rom 7,22; 2 Cor 4,16; 1 Pe 3,4.
[4] Cf. Jn 14,17.23; Rom 5,5; Gál 4,6.
[5] S. Kierkagaard, La malattia mortale, II, en Opere [Ed. C. Fabro] (Florencia 1972) 662-663 [trad. esp. Enfermedad mortal (Alba Libros, Madrid 2005)].
[6] S. Agustín, Confesiones, X, 27.
[7] Imitación de Cristo, II, 1.
[8] Leyenda Perugina, 80: Fuentes Franciscanas, n. 1636.

Raniero Cantalamessa, I meditación de Cuaresma 2019

Raniero Cantalamessa, I meditación de Cuaresma 2019

Cantalamessa sugiere un remedio «eficaz» contra la hipocresía, «el estado espiritual más peligroso»

 08 marzo 2019

El padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia desde 1980, ofreció hoy al Papa y a la Curia romana la primera meditación de Cuaresma, que se centró en el vicio de la hipocresía. (Ver abajo el texto íntegro, traducido por el sacerdote y teólogo Pablo Cervera Barranco.)

Glosando la bienaventuranza de “los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8), el padre Cantalamessa señaló los dos significados que tienen en la Biblia los conceptos de puro y de pureza: “El Evangelio insiste en dos ámbitos en particular: la rectitud de las intenciones y la pureza de costumbres. A la pureza de las intenciones se opone la hipocresía, a la pureza de costumbres el abuso de la sexualidad”.

El pecado de impureza

Respecto a este segundo sentido, el capuchino explicó que “en el ámbito moral, con la palabra «pureza» se designa comúnmente un cierto comportamiento en la esfera de la sexualidad, orientado al respeto de la voluntad del Creador y de la finalidad intrínseca de la misma sexualidad… El desorden o, peor aún, las aberraciones en este campo tienen el efecto, comprobado por todos, de oscurecer la mente”.

Además, “el pecado impuro no deja ver el rostro de Dios, o, si lo deja ver, lo deja ver todo deformado. Hace de él, no el amigo, el aliado y el padre, sino el oponente, el enemigo. El hombre carnal está lleno de concupiscencias, desea las cosas ajenas y la mujer de los otros. En esta situación Dios se le aparece como aquel que cierra el paso a sus malos deseos… El pecado suscita, en el corazón del hombre, un sordo rencor contra Dios, hasta el punto de que, si dependiera de él, querría que Dios no existiera en absoluto”.

La  hipocresía, un mal difícil de desarraigar

El resto de su predicación se centró en el pecado de hipocresía, del que tan pocas veces, señaló, nos revisamos al hacer examen de conciencia. Recordó su vinculación etimológica con la máscara y el teatro, y también una cualidad propia de este pecado: “Se ha convertido en palabra exclusivamente negativa, una de las pocas palabras con todos los significados y solo negativos. Hay quien se jacta de ser orgulloso o libertino, nadie de ser hipócrita“.

Ser hipócrita es “llevar una máscara, dejar de ser persona para convertirse en personaje”, una tentación que la actual cultura de la imagen “acrecienta enormemente”, hasta el punto de sustituir el Cogito ergo sum [Pienso, luego existo] de Descartes por un “parezco, luego existo”.

“Cuando la hipocresía se hace crónica”, continuó, da origen a una “doble vida”, la “evidente” y la “oculta”: “Es el estado espiritual más peligroso para el alma, del cual es muy difícil salir, a menos que intervenga algo desde el exterior rompiendo el muro dentro del cual uno se ha encerrado”.

“Si nos preguntamos por qué la hipocresía es tan abominada por Dios”, dijo, “la respuesta es clara. La hipocresía es mentira. Es ocultar la verdad. Además, en la hipocresía, el hombre degrada a Dios, lo pone en el segundo puesto, colocando en primer lugar a las criaturas, al público“. Además de una falta de fe, es una falta de caridad hacia el prójimo, “porque tiende a reducir a los otros a admiradores. No reconoce su dignidad propia, sino que los ve solo en función de la propia imagen. Números de audiencia y nada más”.

Hay además “una forma derivada de la hipocresía”, que es la duplicidad o falta de sinceridad: “Con la hipocresía se trata de mentir a Dios; con la duplicidad en el pensar y en el hablar se trata de mentir a los hombres“.

Cómo vencer la hipocresía

“Nuestra victoria sobre la hipocresía no será nunca una victoria a primera vista”, porque, “a menos de haber llegado a un nivel altísimo de perfección, no podemos evitar sentir instintivamente el deseo de que nos pongan bien, de quedar bien, de agradar a los demás”.

¿Cómo vencer, pues, este mal? “Nuestra arma es la rectificación de la intención“, explica el padre Cantalamessa: “A la recta intención se llega mediante la rectificación constante, diaria, de nuestra intención. La intención de la voluntad, no el sentimiento natural, es lo que hace la diferencia a los ojos de Dios”.

El predicador pontificio sugiere una forma de combatir la hipocresía: dado que consiste “en mostrar el bien que no se hace, un remedio eficaz para contrarrestar esta tendencia es ocultar incluso el bien que se hace. Privilegiar esos gestos ocultos que no serán estropeados por ninguna mirada terrena y conservarán todo su perfume para Dios”.

La sencillez

La sencillez es la virtud opuesta a la hipocresía, y “tiene el modelo más sublime que se pueda pensar: Dios mismo… Cualquier acción, aunque sea pequeña, si se realiza con intención pura y simple, nos hace ser «a imagen y semejanza de Dios». La intención pura y simple recoge las fuerzas dispersas del alma, prepara el espíritu y lo une a Dios. Es principio, fin y adorno de todas las virtudes. Tendiendo a Dios solo y juzgando las cosas en relación a Él, la sencillez rechaza y vence la ficción, la hipocresía y cualquier duplicidad… Esta intención pura y recta es ese ojo simple del que habla Jesús en el Evangelio, que ilumina todo el cuerpo, es decir, toda la vida y los actos del hombre y los preserva inmunes del pecado”. 

Eso sí, “la sencillez es una de las conquistas más arduas y más bellas del camino espiritual. La sencillez es propia de quien ha sido purificado por una verdadera penitencia, porque es fruto de un total desprendimiento de sí mismo y de un amor desinteresado hacia Cristo. Se alcanza poco a poco, sin desanimarse por las caídas, sino con firme determinación de buscar a Dios por él mismo y no por nosotros mismos”.

 

TEXTO ÍNTEGRO DE LA PREDICACIÓN

«Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios»

Raniero Cantalamessa, OFM Cap.

Primera predicación, Cuaresma 2019 

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

Continuando la reflexión iniciada en Adviento sobre el versículo del salmo: «Mi alma tiene sed del Dios vivo» (Sal 42,2), en esta primera predicación cuaresmal, quisiera meditar con vosotros sobre la condición esencial para «ver» a Dios. Según Jesús, es la pureza de corazón: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8), dice en una de sus bienaventuranzas.

Sabemos que puro y pureza tienen en la Biblia, como, por lo demás, en el lenguaje común, una amplia gama de significados. El Evangelio insiste en dos ámbitos en particular: la rectitud de las intenciones y la pureza de costumbres. A la pureza de las intenciones se opone la hipocresía, a la pureza de costumbres el abuso de la sexualidad. 

En el ámbito moral, con la palabra «pureza» se designa comúnmente un cierto comportamiento en la esfera de la sexualidad, orientado al respeto de la voluntad del Creador y de la finalidad intrínseca de la misma sexualidad. No podemos entrar en contacto con Dios, que es espíritu, de otro modo que mediante nuestro espíritu. Pero el desorden o, peor aún, las aberraciones en este campo tienen el efecto, comprobado por todos, de oscurecer la mente. Es como cuando se agitan los pies en un estanque: el barro, desde el fondo, asciende y enturbia toda el agua. Dios es luz y una persona así «aborrece la luz». 

El pecado impuro no deja ver el rostro de Dios, o, si lo deja ver, lo deja ver todo deformado. Hace de él, no el amigo, el aliado y el padre, sino el oponente, el enemigo. El hombre carnal está lleno de concupiscencias, desea las cosas ajenas y la mujer de los otros. En esta situación Dios se le aparece como aquel que cierra el paso a sus malos deseos con esos conminatorios suyos: «¡Tú debes!», «¡Tú no debes!». El pecado suscita, en el corazón del hombre, un sordo rencor contra Dios, hasta el punto de que, si dependiera de él, querría que Dios no existiera en absoluto.

En esta ocasión, sin embargo, más que sobre la pureza de las costumbres, querría insistir sobre el otro significado de la expresión «puros de corazón», es decir, sobre la pureza o rectitud de las intenciones, prácticamente sobre la virtud contraria a la hipocresía. Nos orienta en este sentido también el tiempo litúrgico que estamos viviendo. Hemos empezado la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, escuchando de nuevo las advertencias martilleantes de Jesús: «Cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas… Cuando oréis, no seáis como los hipócritas… Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas» (Mt 6,1-18)

Es sorprendente lo poco que entra el pecado de hipocresía —el más denunciado por Jesús en los Evangelios—, en nuestros exámenes de conciencia ordinarios. Al no haber encontrado en ninguno de ellos la pregunta: «¿He sido hipócrita?», he tenido que introducirla por mi cuenta, y rara vez he podido pasar indemne a la pregunta siguiente. El más grande acto de hipocresía sería esconder la propia hipocresía. Esconderla a uno mismo y a otros, porque a Dios no es posible. La hipocresía se vence, en gran parte, en el momento que es reconocida. Y es lo que nos proponemos hacer en esta meditación: reconocer la parte de hipocresía, más o menos consciente, que hay en nuestras acciones.

El hombre —escribió Pascal— tiene dos vidas: una es la vida verdadera; la otra, la imaginaria que vive en la opinión, suya o de la gente. Nosotros trabajamos sin descanso para embellecer y conservar nuestro ser imaginario y descuidamos el verdadero. Si poseemos alguna virtud o mérito, nos damos prisa en hacerlo saber, en un modo u otro, para enriquecer con tal virtud o mérito nuestro ser imaginario, dispuestos incluso a prescindir de nosotros, para añadir algo a él, hasta consentir, a veces, ser cobardes, a pesar de parecer valientes y en dar incluso la vida, con tal de que la gente hable de ello[1].

Tratamos de descubrir el origen y el significado del término hipocresía. La palabra deriva del lenguaje teatral. Al principio significaba simplemente recitar, representar en el escenario. A los antiguos no se les escapaba el elemento intrínseco de mentira que hay en toda representación escénica, a pesar del alto valor moral y artístico que se le reconoce. De aquí el juicio negativo que se llevaba sobre el oficio del actor, reservado, en ciertos períodos, a los esclavos y prohibido incluso por los apologetas cristianos. El dolor y la alegría representados allí y enfatizados no son verdadero dolor y verdadera alegría, sino apariencia, afectación. A las palabras y a las actitudes exteriores no corresponde la íntima realidad de los sentimientos. Lo que hay en la cara no es lo que hay en el corazón.

Nosotros utilizamos la palabra fiction en sentido neutral o incluso positivo (¡es un género literario y de espectáculo muy en boga en nuestros días!); los antiguos le daban el sentido que ella tiene en realidad: el de ficción. Lo que había de negativo en la ficción escénica ha pasado a la palabra hipocresía. De palabra originalmente neutra, se ha convertido en palabra exclusivamente negativa, una de las pocas palabras con todos los significados y solo negativos. Hay quien se jacta de ser orgulloso o libertino, nadie de ser hipócrita.

El origen del término nos pone sobre la pista para descubrir la naturaleza de la hipocresía. Es hacer de la vida un teatro en el que se recita para un público; es llevar una máscara, dejar de ser persona para convertirse en personaje. El personaje no es otra cosa que la corrupción de la persona. La persona es un rostro, el personaje una máscara. La persona es desnudez radical, el personaje es todo vestimenta. La persona ama la autenticidad y la esencialidad, el personaje vive de ficción y de artificios. La persona obedece a sus convicciones, el personaje obedece a un guión. La persona es humilde y ligera, el personaje es pesado y torpe. 

Esta tendencia innata del hombre se acrecienta enormemente con la cultura actual, dominada por la imagen. Películas, televisión, Internet: todo se basa ahora principalmente en la imagen. Descartes dijo: «Cogito ergo sum», pienso, luego existo; pero hoy se tiende a sustituirlo por «parezco, luego soy». Un famoso moralista ha definido la hipocresía como «el tributo que el vicio paga a la virtud»[2]. Acecha principalmente a las personas piadosas y religiosas. Un rabino del tiempo de Cristo, decía que el 90% de la hipocresía del mundo se encontraba en Jerusalén[3]. El motivo es simple: donde más fuerte es la estima de los valores del espíritu, de la piedad y de la virtud, allí es más fuerte la tentación de aparentarlos para no parecer que se carece de ellos.

Un peligro viene también de la multitud de ritos que las personas piadosas suelen realizar y de las prescripciones que se han comprometido a cumplir. Si no están acompañados por un continuo esfuerzo de poner en ellos un alma, mediante el amor a Dios y al prójimo, se convierten en cáscaras vacías. «Estas cosas —dice san Pablo hablando de ciertos ritos y prescripciones exteriores— tienen una apariencia de sabiduría, con su aparente religiosidad, humildad y austeridad respecto del cuerpo, pero en realidad no sirven para satisfacer la carne» (Col 2,23). En este caso, las personas conservan, dice el Apóstol, «la apariencia de la piedad, mientras que han renegado de su fuerza interior» (2 Tim 3,5).

Cuando la hipocresía se hace crónica crea, en el matrimonio y en la vida consagrada, la situación de «doble vida»: una pública, evidente, la otra oculta; a menudo una diurna, la otra nocturna. Es el estado espiritual más peligroso para el alma, del cual es muy difícil salir, a menos que intervenga algo desde el exterior rompiendo el muro dentro del cual uno se ha encerrado. Es el estado que Jesús describe con la imagen de los sepulcros blanqueados: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad (Mt 23,27-28). 

Si nos preguntamos por qué la hipocresía es tan abominada por Dios, la respuesta es clara. La hipocresía es mentira. Es ocultar la verdad. Además, en la hipocresía, el hombre degrada a Dios, lo pone en el segundo puesto, colocando en primer lugar a las criaturas, al público. Es como si en presencia del rey, uno le diera la espalda para dirigir su atención únicamente a los siervos. «El hombre mira la apariencia, el Señor mira el corazón» (1 Sam 16,7): cultivar la apariencia más que el corazón, significa automáticamente dar más importancia al hombre que a Dios. 

La hipocresía es, pues, esencialmente falta de fe, una forma de idolatría en cuanto que pone las criaturas en el lugar del Creador. Jesús hace derivar de ella la incapacidad de sus enemigos de creer en él: «¿Cómo podéis creer vosotros, que tomáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene solo de Dios?» (Jn 5,44). La hipocresía también carece de caridad hacia el prójimo, porque tiende a reducir a los otros a admiradores. No reconoce su dignidad propia, sino que los ve solo en función de la propia imagen. Números de audiencia y nada más.

Una forma derivada de la hipocresía es la duplicidad o la no sinceridad. Con la hipocresía se trata de mentir a Dios; con la duplicidad en el pensar y en el hablar se trata de mentir a los hombres. Duplicidad es decir una cosa y pensar otra; decir bien de una persona en su presencia y hablar mal de ella apenas se ha dado la espalda.

El juicio de Cristo sobre la hipocresía es como una espada en llamas: «Receperunt mercedem suam»: «recibieron su recompensa». Firmaron un recibo, no pueden esperar otra cosa. Una recompensa, además, ilusoria y contraproducente también en el plano humano, porque es muy cierto el dicho de que «la gloria huye de quien la persigue y persigue a quien la huye».

Está claro que nuestra victoria sobre la hipocresía no será nunca una victoria a primera vista. A menos de haber llegado a un nivel altísimo de perfección, no podemos evitar sentir instintivamente el deseo de que nos pongan bien, de quedar bien, de agradar a los demás. Nuestra arma es la rectificación de la intención. A la recta intención se llega mediante la rectificación constante, diaria, nuestra intención. La intención de la voluntad, no el sentimiento natural, es lo que hace la diferencia a los ojos de Dios

Si la hipocresía consiste en mostrar también el bien que no se hace, un remedio eficaz para contrarrestar esta tendencia es ocultar incluso el bien que se hace. Privilegiar esos gestos ocultos que no serán estropeados por ninguna mirada terrena y conservarán todo su perfume para Dios. «A Dios —dice san Juan de la Cruz—, le agrada más una acción, por pequeña que sea, hecha a escondidas y sin el deseo de que sea conocida, que mil otras realizadas con el deseo de que sean vistas por los hombres». Y también: «Una acción hecha entera y puramente por Dios, con corazón puro, crea todo un reino para quien la hace»[4]. 

Jesús recomienda con insistencia este ejercicio: «Reza en lo secreto, ayuna en lo secreto, haz limosna en lo secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (cf. Mt 6,4-18). Son delicadezas respecto de Dios que tonifican el alma. No se trata de hacer de esto una regla fija. Jesús dice también: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Se trata de distinguir cuándo es bueno que los demás vean y cuándo es mejor que no vean. 

Lo peor que se puede hacer, al término de una descripción de la hipocresía, es utilizarla para juzgar a los otros, para denunciar la hipocresía que existe en torno a nosotros. Jesús aplica a esos precisamente el título de hipócritas: «¡Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo y luego verás bien para quitar la paja del ojo de tu hermano!» (Mt 7,5). Aquí es realmente el caso de decir: «Quien de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra» (Jn 8,7). ¿Quién puede decir que está del todo exento de alguna forma de hipocresía? ¿No es un poco también él un sepulcro blanqueado, distinto dentro de lo que aparece en el exterior? Quizá sólo Jesús y la Virgen estuvieron libres, de manera estable y absoluta, de toda forma de hipocresía. El hecho consolador es que apenas uno dice: «He sido un hipócrita», su hipocresía es vencida.

«Si tu ojo es sencillo»

La Palabra de Dios no se limita a condenar el vicio de la hipocresía; nos impulsa también a cultivar la virtud opuesta que es la sencillez. «La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo será luminoso» (Mt 6,22). La palabra «sencillez» puede tener —y también hoy lo tiene— el sentido negativo de candidez, ingenuidad, superficialidad e imprudencia. Jesús se preocupa de excluir este sentido; a la recomendación: «Sed sencillos como palomas», sigue la invitación a ser también «prudentes como serpientes» (Mt 10,16).

San Pablo retoma y aplica a la vida de la comunidad cristiana la enseñanza evangélica sobre la sencillez. En la carta a los Romanos escribe: «Quien da, que lo haga con sencillez» (Rom 12,8). Se refiere, en primer lugar, a aquellos que en la comunidad se dedican a obras de caridad, pero la recomendación se aplica a todos: no sólo a quien da de su dinero, sino también a quien da de su tiempo, de su trabajo. El sentido es no hacer pesar lo que se hace por los demás o en el propio oficio. Alessandro Manzoni, que en su novela «Los novios» encarnó tan bien el espíritu del Evangelio, tiene una escena delicadísima a este respecto. El buen sastre del pueblo «interrumpió su discurso, como sorprendido por un pensamiento. Se detuvo un momento; luego puso juntos un plato de viandas que había sobre la mesa, y le añadió un pan, puso el plato en una servilleta y tomada ésta para las cuatro puntas, dijo a su niña mayor: —Coge aquí—. Le dio en la otra mano una cantimplora de vino, y añadió: —Ve a casa de María la viuda; deja estas cosas, y dile que es para estar un poco más alegre con sus niños. Pero ve de buena forma; que no parezca que le das limosna»[5].

El apóstol Pablo habla de sencillez también en otro contexto que nos interesa especialmente porque afecta a la Pascua. Escribiendo a los Corintios dice: «Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad» (1 Cor 5,7-8).

La fiesta que el Apóstol invita a celebrar no es una fiesta cualquiera, sino la fiesta por excelencia, la única fiesta que el cristianismo conoce y celebra en los tres primeros siglos de su historia, es decir, la Pascua. La vigilia de la Pascua, el 13 de Nisán, el ritual judío ordenaba que la dueña de casa explorara toda la casa a la luz de la vela, rebuscando en cada esquina, para hacer desaparecer cualquier pequeño vestigio de pan fermentado y celebrar así, al día siguiente, la Pascua solo con pan ázimo. El fermento, en efecto, era para los hebreos sinónimo de corrupción y el pan ázimo, símbolo de pureza, novedad e integridad. En este sentido Jesús llama a la hipocresía fermento, «el fermento de los fariseos» (Lc 12,1). 

San Pablo ve en la práctica ritual judía una grandiosa metáfora de la vida cristiana. Cristo fue inmolado; él es la verdadera Pascua de la que la antigua era una espera; es necesario, pues, explorar la casa interior, el corazón, despojarse de todo lo que es viejo y corrupto, para ser «una masa nueva»; hacer, también dentro de nosotros, la gran limpieza primaveral. La palabra griega heilikrineia que se traduce como «sinceridad» contiene la idea de esplendor solar (helios) y de prueba o juicio (krino) y significa, por eso, una transparencia solar, algo que ha sido probado a la luz y encontrado puro.

La virtud de la sencillez tiene el modelo más sublime que se pueda pensar: Dios mismo. San Agustín escribió: «Dios es trino, pero no es triple»[6]. Él es la simplicidad misma. La Trinidad no destruye la simplicidad de Dios, porque la sencillez se refiere a la naturaleza y la naturaleza de Dios es una y simple. Santo Tomás recoge fielmente esta herencia, haciendo de la sencillez, el primero de los atributos de Dios[7].

La Biblia expresa esta misma verdad de manera concreta, por medio de imágenes: «Dios es luz y en él no hay tinieblas» (1 Jn 1,5). La ausencia de toda mezcla es también uno de los múltiples significados del título divino Qadosh, Santo. Pura plenitud, pura simplicidad. La gran mística santa Catalina de Génova designa este aspecto de la naturaleza divina, de la que estaba enamorada, con neto, claridad, un término que indica, a la vez, pureza e integridad, plenitud y homogeneidad absoluta. Dios es un «todo de una pieza». La simplicidad de Dios es «pura plenitud»; a él, dice la Escritura, «nada se le puede añadir ni quitar» (Sir 42,21). En cuanto es suma plenitud, nada se le puede añadir; en cuanto que es suma pureza, nada se le debe quitar. En nosotros las dos cosas nunca están unidas; la una contradice a la otra. Nuestra pureza se obtiene siempre quitando algo, purificándonos, «quitando el mal de nuestras acciones» (cf. Is 1,16). 

Cualquier acción, aunque sea pequeña, si se realiza con intención pura y simple, nos hace ser «a imagen y semejanza de Dios». La intención pura y simple recoge las fuerzas dispersas del alma, prepara el espíritu y lo une a Dios. Es principio, fin y adorno de todas las virtudes. Tendiendo a Dios solo y juzgando las cosas en relación a él, la sencillez rechaza y vence la ficción, la hipocresía y cualquier duplicidad… Esta intención pura y recta es ese ojo simple del que habla Jesús en el Evangelio, que ilumina todo el cuerpo, es decir, toda la vida y los actos del hombre y los preserva inmunes del pecado. 

La sencillez es una de las conquistas más arduas y más bellas del camino espiritual. La sencillez es propia de quien ha sido purificado por una verdadera penitencia, porque es fruto de un total desprendimiento de sí mismo y de un amor desinteresado hacia Cristo. Se alcanza poco a poco, sin desanimarse por las caídas, sino con firme determinación de buscar a Dios por él mismo y no por nosotros mismos. 

Si puedo permitirme sugerir un propósito al final de esta meditación, hay que buscarlo en el salterio, o en la liturgia de las Horas, el salmo 139; recitarlo lenta y repetidamente, como si lo leyéramos por primera vez, más aún, como si lo estuviéramos componiendo nosotros mismos o fuéramos los primeros en pronunciarlo. Si la hipocresía y la doblez consisten en buscar la mirada de los hombres más que la de Dios, aquí encontramos el remedio más eficaz. Rezar este salmo es como someterse a una especie de radiografía, como exponerse a los rayos X. Uno se siente atravesado de un lado a otro por la mirada de Dios. Recuerdo siempre la impresión cuando lo recité por primera vez en el modo que he dicho. Comienza así:

«Señor, tú me sondeas y me conoces.

Me conoces cuando me siento o me levanto,

de lejos penetras mis pensamientos;

distingues mi camino y mi descanso,

todas mis sendas te son familiares.

No ha llegado la palabra a mi lengua,

y ya, Señor, te la sabes toda…

¿Adónde iré lejos de tu aliento,

adónde escaparé de tu mirada?

Si escalo el cielo, allí estás tú;

si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,

si emigro hasta el confín del mar,

allí me alcanzará tu izquierda,

me agarrará tu derecha.

Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra,

que la luz se haga noche en torno a mí»,

ni la tiniebla es oscura para ti,

la noche es clara como el día,

la tiniebla es como luz para ti».

Lo maravilloso es que esta toma de conciencia de estar bajo la mirada de Dios no crea un sentimiento de vergüenza o de malestar, como quien se siente observado y descubierto en sus pensamientos más secretos; al contrario, da alegría porque se entiende que es la mirada de un padre que nos ama y nos quiere perfectos como él es perfecto. El salmista termina, de hecho, su oración con el grito exultante: 

«Sondéame, oh Dios, y conoce mi corazón,

ponme a prueba y conoce mis sentimientos,

mira si mi camino se desvía,

guíame por el camino eterno».

Sí, mira, Señor, si seguimos un camino de mentira y guíanos, en esta Cuaresma, por la vía de la sencillez y de la transparencia. Amén.

[1] Cf. B. Pascal, Pensamientos, 147 Br.
[2] La Rochefoucauld, Máximas, 218.
[3] Cf. Strack-Billerbeck, I, 718.
[4] S. Juan de la Cruz, Máximas, 20 y 21.
[5] Alessandro Manzoni, I promessi sposi, cap. XXIV [trad. esp. Los novios (Rialp, Madrid 2001].
[6] S. Agustín, De Trinitate, VI, 7.
[7] S. Tomás de Aquino, S.Th., I,3,7

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

52 años de Gracia. Una alegría y un desafío

52 años de Gracia. Una alegría y un desafío

Cuando los estudiantes y profesores de Pittsburgh se fueron de retiro a “El Arca y la Paloma” no sabían lo que iba a suceder y de qué manera la Providencia de Dios les tenía preparada una sorpresa que transformaría la vida de la Iglesia.

Cansados y desalentados por los múltiples proyectos de evangelización que al poco tiempo terminaban languideciendo y deseosos de vivir algo distinto, se embarcaron en la aventura conocida después como “El Fin de Semana de Duquesne”.

Se tomaron un fin de semana para meditar y reflexionar sobre los primeros 4 capítulos del Libro de los Hechos de los Apóstoles, pero lo que vivieron nunca pudieron ni siquiera soñarlo. La transformación completa de la vida al ser bautizados en el Espíritu Santo. Además de lo personal también estuvo lo comunitario. El testimonio y el cambio de vida llevó a que en muy poco tiempo esta naciente Corriente de Gracia se convirtiera en un torrente abundante. Tan abundante que 52 años después son más de 120 millones de bautizados que han sido tocados por la Gracia de Dios.

Dios suscitó la RCC porque quería y quiere transformar la vida de los bautizados, de la Iglesia y del mundo entero.

Hoy nosotros, herederos de esos estudiantes y profesores, disfrutamos de ser parte de esta historia. Somos quienes hemos tomado la antorcha para pasarla a las siguientes generaciones. Los que hemos sido llamados por Dios en este aquí y ahora de la Iglesia y el mundo para llevar adelante la misión siempre perenne de evangelizar a todos los hombres de todos los tiempos.

Les propongo algunos desafíos para esta etapa. Creo que sin haberlos olvidado, tal vez no sean los que hoy motiven nuestro accionar cotidiano. A veces se percibe como un estancamiento o debilitamiento de nuestros Grupos de Oración y creo que es porque perdimos de vista los grandes desafíos que hoy tenemos.

Los divido en dos grupos. Uno en cuanto a la conciencia, responsabilidad e identidad de la RCC. Otro, mucho más práctico y cercano y que hace referencia a la vida cotidiana de la RCC. Ambos se complementan. Si no tengo una mirada grande, lo pequeño carece de sentido. Y si no hago lo pequeño, nunca podré lograr lo grande.

 Desafíos en cuanto a la Identidad

  1.  RENOVAR TODA LA IGLESIA. Está claro y el Papa Francisco lo ha dicho en varias oportunidades. La RCC como “Corriente de Gracia” está llamada a renovar toda la vida de la Iglesia. No es para algunos miembros sino para todos. No tiene un carisma particular como muchos movimientos sino el don de suscitar carismas para la Iglesia.
  2.  ASUMIR EL ROL QUE DIOS Y LA IGLESIA LE ENCOMIENDAN. El Papa Francisco ha insistido en que la RCC tiene un rol esencial en este tiempo concreto de la historia:” El compartir en la Iglesia el Bautismo en el Espíritu Santo”. Es un llamado fundamental e importantísimo. Somos la herramienta que Dios y la Iglesia quieren usar para llegar al corazón de los hombres de este mundo.
  3. MADURAR EN LA COMUNIÓN. Especialmente con las demás expresiones de la RCC y con las demás estructuras de la Iglesia. En algunos lugares se percibe una ausencia de la RCC en la pastoral de conjunto de las comunidades y muchas veces una ausencia de diálogo real con las otras expresiones de la RCC como Corriente de Gracia. Es esencial para lograr los objetivos que la Iglesia nos propone el que maduremos en este aspecto. Diálogo sincero, cercanía, servicio desinteresado.
  4. SANTIDAD. La RCC ha sido llamada por Dios para ser instrumento de conversión de los hombres. La conversión verdadera implica el deseo de la santidad. SER SANTOS es el mandato de Jesús. Y esto es una cosa seria, importante que implica prioridades, actitudes y acciones.

Algunos desafíos de la vida cotidiana

 1.      ALABANZA. Uno de los elementos esenciales de la RCC es la alabanza a Dios. Hoy se percibe una debilidad muy grande en este aspecto. Se canta mucho y se alaba poco. La alabanza es la clave de nuestra vida espiritual y comunitaria. Por eso se hace necesario fortalecer la alabanza en nuestros Grupos de Oración.

 2.      VIDA CRISTIANA. Creo que el mayor desafío que tenemos, es lograr que los fieles que participan de la RCC comprendan y asuman que la RCC no es para sentirse bien sino para crecer y madurar en la vida espiritual y en la santidad. Deberemos orar y trabajar más en este sentido. Si los fieles no asumen una vida espiritual sana y verdadera será imposible que la RCC logre asumir y vivir los desafíos de este tiempo.

 3.      CENÁCULOS PENTECOSTALES. Nuestros Grupos de Oración están llamados a ser cálidos espacios de oración comunitaria que alimenten el fuego de un ardor incontenible en los que se renueve cada vez un Nuevo Pentecostés, una venida del Espíritu Santo, que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza para que la comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo, que nos impida instalarnos en la comodidad, el estancamiento, y en la tibieza (Cfr. Doc. Aparecida nº 362).

 4.      PERSONALIZACIÓN. Así como Jesús se detuvo en medio de la multitud que lo apretujaba para descubrir a la mujer con hemorragias, así también nosotros debemos volver a detenernos ante cada hermano que llega a nuestro Grupo de Oración. Es verdad que hay muchas cosas por hacer, pero lo más importante es el hermano. Detenernos, mirarlo a los ojos, darle la importancia que merece, escucharlo atentamente. Después vendrá el resto.

  52 AÑOS DE GRACIA. UNA ALEGRÍA Y UN DESAFÍO.

¿LO PENSAMOS?