El canto del Espíritu Por Diego Jaramillo

El canto del Espíritu Por Diego Jaramillo

El canto del Espíritu

Por Diego Jaramillo

Hay unas palabras de Pablo a los Corintios que entreabren las puertas a una oración, elevada al Señor, no con la mente que analiza los conceptos y capta el sentido de cuanto decimos, sino con el espíritu, de donde brotan el anhelo, el afecto y la emoción ante el Dios que nos crea y nos salva.

Las palabras del apóstol son estas: “Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente. Cantaré salmos con el espíritu, pero también los cantaré con la mente” (l Co 14, 15).

Cantar con el espíritu es dejar que nuestra voz module melodías espontáneas, que musicalice los sonidos que brotan de nosotros, no por la fuerza del pensamiento, sino por el deseo del corazón que desea alabar a Dios.

No importa decir de dónde provienen las palabras de oración en lenguas. ¿De nosotros? ¿Del Espíritu Santo? El mismo Papa Pablo VI se lo pregunta al escribir: “sólo con el Espíritu y acaso por el Espíritu mismo en nosotros y por nosotros pronunciadas inefablemente”. Las citas de Pablo a los Romanos y a los Gálatas apoyarían ambas interpretaciones (Rm 8, 15; Ga 4, 6). Lo cierto es que el Espíritu llena al creyente y por la fuerza de su presión le hace estallar en alabanzas como brota el agua en los surtidores por la acción de las presiones internas.

El júbilo o regocijo

En las antiguas costumbres cristianas había un modo de cantar llamado “júbilo” o “regocijo”. Liturgistas modernos dicen que se usa todavía y que se hace prolongando en el aleluya la última sílaba, de manera que se simboliza el gozo eterno del cielo, y que en las celebraciones de los coptos (rito ortodoxo) este canto se prolonga hasta por un cuarto de hora.

Entre nosotros, los católicos, el regocijo ha quedado reducido a algunas aclamaciones y ellas bastante empobrecidas, porque aunque son gritos de júbilo o de súplica la manera de entonarlas en muchas asambleas las convierte apenas en un eco apagado.

Cuando en algunas liturgias se canta: Amén, Aleluya, Señor ten piedad, Gloria a ti, Te alabamos Señor, no parece que haya conciencia de lo que se debiera estar gritando.

Max Thurian dice al respecto: “Estas aclamaciones sencillas deben ser el estallido de la espontaneidad del Espíritu que habla en la Iglesia. Están normalizadas, claro está, por la liturgia, pero conviene que expresen la adhesión y el júbilo de la Iglesia al modo de un primitivo hablar en lenguas. Quizá no se abarque todo el significado de la palabra, pero este término debe ser el apoyo de una fe o de una alegría racionalmente inexpresable, pero que estalla”.

La oración jubilosa es frecuentemente descrita por varios escritores de la antigüedad. Pero es San Agustín quien más extensamente la comenta, de manera especial en sus narraciones sobre los salmos. Suyos son estos apartes: “Cantadle cántico nuevo. Desnudaos de la vejez, pues conocisteis el cántico nuevo. Nuevo hombre, Nuevo Testamento, nuevo cántico.

No pertenece a los hombres viejos el cántico nuevo; éste sólo lo aprenden los hombres nuevos que han sido renovados de la vejez por la gracia, y que pertenecen ya al Nuevo Testamento.

El júbilo es cierto cántico o sonido con el cual se significa que da a luz el corazón lo que no puede decir o expresar.

¿Y a quién conviene esta alegría sino al Dios inefable? Es inefable aquel a quien no puedes dar a conocer, y si no puedes darle a conocer y no debes callar, qué resta sino que te regocijes, para que se alegre el corazón sin palabras y no tenga límites de sílabas la amplitud del gozo”.

Este júbilo cristiano hundía sus raíces en los cantos sagrados de Israel. El júbilo era la aclamación que Israel hacía para alabar a Yahvé, e invitar que todos los pueblos batiesen palmas en su honor. El “regocijo” era el grito de guerra con que el pueblo escogido invocaba el nombre del Señor y le imploraba protección en la batallas. Así fue el canto de Moisés, cuando el pueblo superó la barrera del Mar Rojo y alcanzó el camino de la liberación.

A esa aclamación jubilosa del Antiguo Testamento sucede, en la Nueva Alianza, el gozo por la presencia del Señor, la alegría de experimentar la acción divina en la propia vida, y contemplada de modo especial actuando en la vida de Jesús, a quien el Padre saca de entre los muertos y le constituye como Señor del Universo.

Cuando el cristiano medita en la resurrección de Jesucristo, se siente llevado por el Espíritu a reconocer el Señorío de Jesús, y a expresar su admiración en palabras, en cantos, en risas, en sílabas entrecortadas, en silencios, en lágrimas, según Dios da a cada uno. Lo básico no es lo que se dice, sino el amor y la adoración que brotan del corazón.”.

Una oración gozosa

El nombre de júbilo, de regocijo alude a una oración dichosa. El gozo es característico de la oración de alabanza, es nota peculiar de la oración en el Espíritu. Esa felicidad es tal que quien la siente se despreocupa de sus vecinos y comienza a alabar al Señor, frecuentemente en alta voz.

Similares oraciones de alabanza gozosa se describen en el evangelio de San Lucas. Allí, Isabel, llena del Espíritu, bendice con gran voz al Señor, mientras Juan Bautista salta de alegría en las entrañas maternas (l, 41-44), allí un paralítico, un leproso, un ciego que recuperan la salud glorifican a Dios con entusiasmo (5, 25; 17, 15; 18, 43), allí la multitud se regocija por las maravillas que Cristo realiza y alaba a Dios con gritos jubilosos (l3, 17; 19,38), allí los discípulos testimonian, gozan, alaban y bendicen (10, 17; 24, 52-53).

Esa alegría es tal que con frecuencia aparece la acusación de embriaguez o de locura para quienes por la fuerza del Espíritu se entregan a la alabanza: “Están llenos de mosto”, decían en la mañana de Pentecostés (Hch 2, 13). “¿No dirán que estáis locos?” Pregunta Pablo a los Corintios (l Co 14, 23). “No os embriaguéis con vino, llenaos más bien de Espíritu Santo”, aconseja el apóstol a los de Efeso (Ef 5, 18). “Están ebrios por haber bebido vino espiritual”, comenta San Cirilo. “El que se alegra en el Señor y le canta alabanzas con gran exultación, ¿no es semejante a un ebrio?”, se pregunta San Agustín. “Anda el alma como uno que ha bebido mucho, más no tanto que esté enajenado”, escribe Santa Teresa. “Cuando oyereis hablar a alguna persona y no entendiereis, tened paciencia… que por ventura hablará alguno lo que Dios quiso, y diréis vos que está borracho”, aconseja San Juan de Ávila, y Santo Tomás de Villanueva habla de “ese vino misterioso”; San Ambrosio nos invita a que, “alegres, bebamos la sobria abundancia del Espíritu”, y un autor moderno titula su obra así: “Iglesia borracha o Iglesia inspirada”.

Una manera muy usada para expresar la alegría es la danza. También la danza sagrada ha servido para expresar el gozo ante Dios, y no únicamente en las culturas primitivas sino en las páginas bíblicas y en los más refinados rituales.

Cuando Moisés da rienda suelta a su regocijo al pasar el Mar Rojo, todas las mujeres tomaron tímpanos y danzaban en coro (Ex 15, 20), también el pueblo israelita bailó ante el becerro de oro (Ex 32, 19). Ante el arca danzaba y giraba David, porque, como diría a su esposa: “En presencia de Yahvéh danzo yo” (2 Sam 6, 14-21) Y el salmo 149 invita a todo el pueblo con estas palabras:
“Cantad a Yahvéh un cantar nuevo; su alabanza en la asamblea de sus amigos! Regocíjese Israel en su Hacedor, los hijos de Dios exulten en su rey; alaben su nombre con la danza. Con tamboril y cítara salmodien para él” (Sal 149.1-3).

Pero quizá el texto bíblico más bello al respecto es el que trae Sofonías (3, 17) donde es el mismo Dios quien se goza y baila de amor por su pueblo: “¡Yahvéh tu Dios está en medio de ti un poderoso salvador!. Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor, danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta”.

También hoy es notoria la alegría en los grupos de oración, y sin llegar propiamente a la danza, sí se ve como la asamblea marca el ritmo de los cantos con las palmas de las manos y hasta con un ligero balanceo del cuerpo.

A subrayar esta expresión de felicidad puede ayudar grandemente el ministerio de música, que marca el ritmo o imprime entusiasmo marcial en algunos cantos.

Lo que Hagan, Háganlo con Amor (1Cor 16,14)

Lema de RCC Argentina 2019

Raniero Cantalamessa, I meditación de Cuaresma 2019

Raniero Cantalamessa, I meditación de Cuaresma 2019

Cantalamessa sugiere un remedio «eficaz» contra la hipocresía, «el estado espiritual más peligroso»

 08 marzo 2019

El padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia desde 1980, ofreció hoy al Papa y a la Curia romana la primera meditación de Cuaresma, que se centró en el vicio de la hipocresía. (Ver abajo el texto íntegro, traducido por el sacerdote y teólogo Pablo Cervera Barranco.)

Glosando la bienaventuranza de “los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8), el padre Cantalamessa señaló los dos significados que tienen en la Biblia los conceptos de puro y de pureza: “El Evangelio insiste en dos ámbitos en particular: la rectitud de las intenciones y la pureza de costumbres. A la pureza de las intenciones se opone la hipocresía, a la pureza de costumbres el abuso de la sexualidad”.

El pecado de impureza

Respecto a este segundo sentido, el capuchino explicó que “en el ámbito moral, con la palabra «pureza» se designa comúnmente un cierto comportamiento en la esfera de la sexualidad, orientado al respeto de la voluntad del Creador y de la finalidad intrínseca de la misma sexualidad… El desorden o, peor aún, las aberraciones en este campo tienen el efecto, comprobado por todos, de oscurecer la mente”.

Además, “el pecado impuro no deja ver el rostro de Dios, o, si lo deja ver, lo deja ver todo deformado. Hace de él, no el amigo, el aliado y el padre, sino el oponente, el enemigo. El hombre carnal está lleno de concupiscencias, desea las cosas ajenas y la mujer de los otros. En esta situación Dios se le aparece como aquel que cierra el paso a sus malos deseos… El pecado suscita, en el corazón del hombre, un sordo rencor contra Dios, hasta el punto de que, si dependiera de él, querría que Dios no existiera en absoluto”.

La  hipocresía, un mal difícil de desarraigar

El resto de su predicación se centró en el pecado de hipocresía, del que tan pocas veces, señaló, nos revisamos al hacer examen de conciencia. Recordó su vinculación etimológica con la máscara y el teatro, y también una cualidad propia de este pecado: “Se ha convertido en palabra exclusivamente negativa, una de las pocas palabras con todos los significados y solo negativos. Hay quien se jacta de ser orgulloso o libertino, nadie de ser hipócrita“.

Ser hipócrita es “llevar una máscara, dejar de ser persona para convertirse en personaje”, una tentación que la actual cultura de la imagen “acrecienta enormemente”, hasta el punto de sustituir el Cogito ergo sum [Pienso, luego existo] de Descartes por un “parezco, luego existo”.

“Cuando la hipocresía se hace crónica”, continuó, da origen a una “doble vida”, la “evidente” y la “oculta”: “Es el estado espiritual más peligroso para el alma, del cual es muy difícil salir, a menos que intervenga algo desde el exterior rompiendo el muro dentro del cual uno se ha encerrado”.

“Si nos preguntamos por qué la hipocresía es tan abominada por Dios”, dijo, “la respuesta es clara. La hipocresía es mentira. Es ocultar la verdad. Además, en la hipocresía, el hombre degrada a Dios, lo pone en el segundo puesto, colocando en primer lugar a las criaturas, al público“. Además de una falta de fe, es una falta de caridad hacia el prójimo, “porque tiende a reducir a los otros a admiradores. No reconoce su dignidad propia, sino que los ve solo en función de la propia imagen. Números de audiencia y nada más”.

Hay además “una forma derivada de la hipocresía”, que es la duplicidad o falta de sinceridad: “Con la hipocresía se trata de mentir a Dios; con la duplicidad en el pensar y en el hablar se trata de mentir a los hombres“.

Cómo vencer la hipocresía

“Nuestra victoria sobre la hipocresía no será nunca una victoria a primera vista”, porque, “a menos de haber llegado a un nivel altísimo de perfección, no podemos evitar sentir instintivamente el deseo de que nos pongan bien, de quedar bien, de agradar a los demás”.

¿Cómo vencer, pues, este mal? “Nuestra arma es la rectificación de la intención“, explica el padre Cantalamessa: “A la recta intención se llega mediante la rectificación constante, diaria, de nuestra intención. La intención de la voluntad, no el sentimiento natural, es lo que hace la diferencia a los ojos de Dios”.

El predicador pontificio sugiere una forma de combatir la hipocresía: dado que consiste “en mostrar el bien que no se hace, un remedio eficaz para contrarrestar esta tendencia es ocultar incluso el bien que se hace. Privilegiar esos gestos ocultos que no serán estropeados por ninguna mirada terrena y conservarán todo su perfume para Dios”.

La sencillez

La sencillez es la virtud opuesta a la hipocresía, y “tiene el modelo más sublime que se pueda pensar: Dios mismo… Cualquier acción, aunque sea pequeña, si se realiza con intención pura y simple, nos hace ser «a imagen y semejanza de Dios». La intención pura y simple recoge las fuerzas dispersas del alma, prepara el espíritu y lo une a Dios. Es principio, fin y adorno de todas las virtudes. Tendiendo a Dios solo y juzgando las cosas en relación a Él, la sencillez rechaza y vence la ficción, la hipocresía y cualquier duplicidad… Esta intención pura y recta es ese ojo simple del que habla Jesús en el Evangelio, que ilumina todo el cuerpo, es decir, toda la vida y los actos del hombre y los preserva inmunes del pecado”. 

Eso sí, “la sencillez es una de las conquistas más arduas y más bellas del camino espiritual. La sencillez es propia de quien ha sido purificado por una verdadera penitencia, porque es fruto de un total desprendimiento de sí mismo y de un amor desinteresado hacia Cristo. Se alcanza poco a poco, sin desanimarse por las caídas, sino con firme determinación de buscar a Dios por él mismo y no por nosotros mismos”.

 

TEXTO ÍNTEGRO DE LA PREDICACIÓN

«Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios»

Raniero Cantalamessa, OFM Cap.

Primera predicación, Cuaresma 2019 

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

Continuando la reflexión iniciada en Adviento sobre el versículo del salmo: «Mi alma tiene sed del Dios vivo» (Sal 42,2), en esta primera predicación cuaresmal, quisiera meditar con vosotros sobre la condición esencial para «ver» a Dios. Según Jesús, es la pureza de corazón: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8), dice en una de sus bienaventuranzas.

Sabemos que puro y pureza tienen en la Biblia, como, por lo demás, en el lenguaje común, una amplia gama de significados. El Evangelio insiste en dos ámbitos en particular: la rectitud de las intenciones y la pureza de costumbres. A la pureza de las intenciones se opone la hipocresía, a la pureza de costumbres el abuso de la sexualidad. 

En el ámbito moral, con la palabra «pureza» se designa comúnmente un cierto comportamiento en la esfera de la sexualidad, orientado al respeto de la voluntad del Creador y de la finalidad intrínseca de la misma sexualidad. No podemos entrar en contacto con Dios, que es espíritu, de otro modo que mediante nuestro espíritu. Pero el desorden o, peor aún, las aberraciones en este campo tienen el efecto, comprobado por todos, de oscurecer la mente. Es como cuando se agitan los pies en un estanque: el barro, desde el fondo, asciende y enturbia toda el agua. Dios es luz y una persona así «aborrece la luz». 

El pecado impuro no deja ver el rostro de Dios, o, si lo deja ver, lo deja ver todo deformado. Hace de él, no el amigo, el aliado y el padre, sino el oponente, el enemigo. El hombre carnal está lleno de concupiscencias, desea las cosas ajenas y la mujer de los otros. En esta situación Dios se le aparece como aquel que cierra el paso a sus malos deseos con esos conminatorios suyos: «¡Tú debes!», «¡Tú no debes!». El pecado suscita, en el corazón del hombre, un sordo rencor contra Dios, hasta el punto de que, si dependiera de él, querría que Dios no existiera en absoluto.

En esta ocasión, sin embargo, más que sobre la pureza de las costumbres, querría insistir sobre el otro significado de la expresión «puros de corazón», es decir, sobre la pureza o rectitud de las intenciones, prácticamente sobre la virtud contraria a la hipocresía. Nos orienta en este sentido también el tiempo litúrgico que estamos viviendo. Hemos empezado la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, escuchando de nuevo las advertencias martilleantes de Jesús: «Cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas… Cuando oréis, no seáis como los hipócritas… Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas» (Mt 6,1-18)

Es sorprendente lo poco que entra el pecado de hipocresía —el más denunciado por Jesús en los Evangelios—, en nuestros exámenes de conciencia ordinarios. Al no haber encontrado en ninguno de ellos la pregunta: «¿He sido hipócrita?», he tenido que introducirla por mi cuenta, y rara vez he podido pasar indemne a la pregunta siguiente. El más grande acto de hipocresía sería esconder la propia hipocresía. Esconderla a uno mismo y a otros, porque a Dios no es posible. La hipocresía se vence, en gran parte, en el momento que es reconocida. Y es lo que nos proponemos hacer en esta meditación: reconocer la parte de hipocresía, más o menos consciente, que hay en nuestras acciones.

El hombre —escribió Pascal— tiene dos vidas: una es la vida verdadera; la otra, la imaginaria que vive en la opinión, suya o de la gente. Nosotros trabajamos sin descanso para embellecer y conservar nuestro ser imaginario y descuidamos el verdadero. Si poseemos alguna virtud o mérito, nos damos prisa en hacerlo saber, en un modo u otro, para enriquecer con tal virtud o mérito nuestro ser imaginario, dispuestos incluso a prescindir de nosotros, para añadir algo a él, hasta consentir, a veces, ser cobardes, a pesar de parecer valientes y en dar incluso la vida, con tal de que la gente hable de ello[1].

Tratamos de descubrir el origen y el significado del término hipocresía. La palabra deriva del lenguaje teatral. Al principio significaba simplemente recitar, representar en el escenario. A los antiguos no se les escapaba el elemento intrínseco de mentira que hay en toda representación escénica, a pesar del alto valor moral y artístico que se le reconoce. De aquí el juicio negativo que se llevaba sobre el oficio del actor, reservado, en ciertos períodos, a los esclavos y prohibido incluso por los apologetas cristianos. El dolor y la alegría representados allí y enfatizados no son verdadero dolor y verdadera alegría, sino apariencia, afectación. A las palabras y a las actitudes exteriores no corresponde la íntima realidad de los sentimientos. Lo que hay en la cara no es lo que hay en el corazón.

Nosotros utilizamos la palabra fiction en sentido neutral o incluso positivo (¡es un género literario y de espectáculo muy en boga en nuestros días!); los antiguos le daban el sentido que ella tiene en realidad: el de ficción. Lo que había de negativo en la ficción escénica ha pasado a la palabra hipocresía. De palabra originalmente neutra, se ha convertido en palabra exclusivamente negativa, una de las pocas palabras con todos los significados y solo negativos. Hay quien se jacta de ser orgulloso o libertino, nadie de ser hipócrita.

El origen del término nos pone sobre la pista para descubrir la naturaleza de la hipocresía. Es hacer de la vida un teatro en el que se recita para un público; es llevar una máscara, dejar de ser persona para convertirse en personaje. El personaje no es otra cosa que la corrupción de la persona. La persona es un rostro, el personaje una máscara. La persona es desnudez radical, el personaje es todo vestimenta. La persona ama la autenticidad y la esencialidad, el personaje vive de ficción y de artificios. La persona obedece a sus convicciones, el personaje obedece a un guión. La persona es humilde y ligera, el personaje es pesado y torpe. 

Esta tendencia innata del hombre se acrecienta enormemente con la cultura actual, dominada por la imagen. Películas, televisión, Internet: todo se basa ahora principalmente en la imagen. Descartes dijo: «Cogito ergo sum», pienso, luego existo; pero hoy se tiende a sustituirlo por «parezco, luego soy». Un famoso moralista ha definido la hipocresía como «el tributo que el vicio paga a la virtud»[2]. Acecha principalmente a las personas piadosas y religiosas. Un rabino del tiempo de Cristo, decía que el 90% de la hipocresía del mundo se encontraba en Jerusalén[3]. El motivo es simple: donde más fuerte es la estima de los valores del espíritu, de la piedad y de la virtud, allí es más fuerte la tentación de aparentarlos para no parecer que se carece de ellos.

Un peligro viene también de la multitud de ritos que las personas piadosas suelen realizar y de las prescripciones que se han comprometido a cumplir. Si no están acompañados por un continuo esfuerzo de poner en ellos un alma, mediante el amor a Dios y al prójimo, se convierten en cáscaras vacías. «Estas cosas —dice san Pablo hablando de ciertos ritos y prescripciones exteriores— tienen una apariencia de sabiduría, con su aparente religiosidad, humildad y austeridad respecto del cuerpo, pero en realidad no sirven para satisfacer la carne» (Col 2,23). En este caso, las personas conservan, dice el Apóstol, «la apariencia de la piedad, mientras que han renegado de su fuerza interior» (2 Tim 3,5).

Cuando la hipocresía se hace crónica crea, en el matrimonio y en la vida consagrada, la situación de «doble vida»: una pública, evidente, la otra oculta; a menudo una diurna, la otra nocturna. Es el estado espiritual más peligroso para el alma, del cual es muy difícil salir, a menos que intervenga algo desde el exterior rompiendo el muro dentro del cual uno se ha encerrado. Es el estado que Jesús describe con la imagen de los sepulcros blanqueados: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad (Mt 23,27-28). 

Si nos preguntamos por qué la hipocresía es tan abominada por Dios, la respuesta es clara. La hipocresía es mentira. Es ocultar la verdad. Además, en la hipocresía, el hombre degrada a Dios, lo pone en el segundo puesto, colocando en primer lugar a las criaturas, al público. Es como si en presencia del rey, uno le diera la espalda para dirigir su atención únicamente a los siervos. «El hombre mira la apariencia, el Señor mira el corazón» (1 Sam 16,7): cultivar la apariencia más que el corazón, significa automáticamente dar más importancia al hombre que a Dios. 

La hipocresía es, pues, esencialmente falta de fe, una forma de idolatría en cuanto que pone las criaturas en el lugar del Creador. Jesús hace derivar de ella la incapacidad de sus enemigos de creer en él: «¿Cómo podéis creer vosotros, que tomáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene solo de Dios?» (Jn 5,44). La hipocresía también carece de caridad hacia el prójimo, porque tiende a reducir a los otros a admiradores. No reconoce su dignidad propia, sino que los ve solo en función de la propia imagen. Números de audiencia y nada más.

Una forma derivada de la hipocresía es la duplicidad o la no sinceridad. Con la hipocresía se trata de mentir a Dios; con la duplicidad en el pensar y en el hablar se trata de mentir a los hombres. Duplicidad es decir una cosa y pensar otra; decir bien de una persona en su presencia y hablar mal de ella apenas se ha dado la espalda.

El juicio de Cristo sobre la hipocresía es como una espada en llamas: «Receperunt mercedem suam»: «recibieron su recompensa». Firmaron un recibo, no pueden esperar otra cosa. Una recompensa, además, ilusoria y contraproducente también en el plano humano, porque es muy cierto el dicho de que «la gloria huye de quien la persigue y persigue a quien la huye».

Está claro que nuestra victoria sobre la hipocresía no será nunca una victoria a primera vista. A menos de haber llegado a un nivel altísimo de perfección, no podemos evitar sentir instintivamente el deseo de que nos pongan bien, de quedar bien, de agradar a los demás. Nuestra arma es la rectificación de la intención. A la recta intención se llega mediante la rectificación constante, diaria, nuestra intención. La intención de la voluntad, no el sentimiento natural, es lo que hace la diferencia a los ojos de Dios

Si la hipocresía consiste en mostrar también el bien que no se hace, un remedio eficaz para contrarrestar esta tendencia es ocultar incluso el bien que se hace. Privilegiar esos gestos ocultos que no serán estropeados por ninguna mirada terrena y conservarán todo su perfume para Dios. «A Dios —dice san Juan de la Cruz—, le agrada más una acción, por pequeña que sea, hecha a escondidas y sin el deseo de que sea conocida, que mil otras realizadas con el deseo de que sean vistas por los hombres». Y también: «Una acción hecha entera y puramente por Dios, con corazón puro, crea todo un reino para quien la hace»[4]. 

Jesús recomienda con insistencia este ejercicio: «Reza en lo secreto, ayuna en lo secreto, haz limosna en lo secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (cf. Mt 6,4-18). Son delicadezas respecto de Dios que tonifican el alma. No se trata de hacer de esto una regla fija. Jesús dice también: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Se trata de distinguir cuándo es bueno que los demás vean y cuándo es mejor que no vean. 

Lo peor que se puede hacer, al término de una descripción de la hipocresía, es utilizarla para juzgar a los otros, para denunciar la hipocresía que existe en torno a nosotros. Jesús aplica a esos precisamente el título de hipócritas: «¡Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo y luego verás bien para quitar la paja del ojo de tu hermano!» (Mt 7,5). Aquí es realmente el caso de decir: «Quien de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra» (Jn 8,7). ¿Quién puede decir que está del todo exento de alguna forma de hipocresía? ¿No es un poco también él un sepulcro blanqueado, distinto dentro de lo que aparece en el exterior? Quizá sólo Jesús y la Virgen estuvieron libres, de manera estable y absoluta, de toda forma de hipocresía. El hecho consolador es que apenas uno dice: «He sido un hipócrita», su hipocresía es vencida.

«Si tu ojo es sencillo»

La Palabra de Dios no se limita a condenar el vicio de la hipocresía; nos impulsa también a cultivar la virtud opuesta que es la sencillez. «La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo será luminoso» (Mt 6,22). La palabra «sencillez» puede tener —y también hoy lo tiene— el sentido negativo de candidez, ingenuidad, superficialidad e imprudencia. Jesús se preocupa de excluir este sentido; a la recomendación: «Sed sencillos como palomas», sigue la invitación a ser también «prudentes como serpientes» (Mt 10,16).

San Pablo retoma y aplica a la vida de la comunidad cristiana la enseñanza evangélica sobre la sencillez. En la carta a los Romanos escribe: «Quien da, que lo haga con sencillez» (Rom 12,8). Se refiere, en primer lugar, a aquellos que en la comunidad se dedican a obras de caridad, pero la recomendación se aplica a todos: no sólo a quien da de su dinero, sino también a quien da de su tiempo, de su trabajo. El sentido es no hacer pesar lo que se hace por los demás o en el propio oficio. Alessandro Manzoni, que en su novela «Los novios» encarnó tan bien el espíritu del Evangelio, tiene una escena delicadísima a este respecto. El buen sastre del pueblo «interrumpió su discurso, como sorprendido por un pensamiento. Se detuvo un momento; luego puso juntos un plato de viandas que había sobre la mesa, y le añadió un pan, puso el plato en una servilleta y tomada ésta para las cuatro puntas, dijo a su niña mayor: —Coge aquí—. Le dio en la otra mano una cantimplora de vino, y añadió: —Ve a casa de María la viuda; deja estas cosas, y dile que es para estar un poco más alegre con sus niños. Pero ve de buena forma; que no parezca que le das limosna»[5].

El apóstol Pablo habla de sencillez también en otro contexto que nos interesa especialmente porque afecta a la Pascua. Escribiendo a los Corintios dice: «Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad» (1 Cor 5,7-8).

La fiesta que el Apóstol invita a celebrar no es una fiesta cualquiera, sino la fiesta por excelencia, la única fiesta que el cristianismo conoce y celebra en los tres primeros siglos de su historia, es decir, la Pascua. La vigilia de la Pascua, el 13 de Nisán, el ritual judío ordenaba que la dueña de casa explorara toda la casa a la luz de la vela, rebuscando en cada esquina, para hacer desaparecer cualquier pequeño vestigio de pan fermentado y celebrar así, al día siguiente, la Pascua solo con pan ázimo. El fermento, en efecto, era para los hebreos sinónimo de corrupción y el pan ázimo, símbolo de pureza, novedad e integridad. En este sentido Jesús llama a la hipocresía fermento, «el fermento de los fariseos» (Lc 12,1). 

San Pablo ve en la práctica ritual judía una grandiosa metáfora de la vida cristiana. Cristo fue inmolado; él es la verdadera Pascua de la que la antigua era una espera; es necesario, pues, explorar la casa interior, el corazón, despojarse de todo lo que es viejo y corrupto, para ser «una masa nueva»; hacer, también dentro de nosotros, la gran limpieza primaveral. La palabra griega heilikrineia que se traduce como «sinceridad» contiene la idea de esplendor solar (helios) y de prueba o juicio (krino) y significa, por eso, una transparencia solar, algo que ha sido probado a la luz y encontrado puro.

La virtud de la sencillez tiene el modelo más sublime que se pueda pensar: Dios mismo. San Agustín escribió: «Dios es trino, pero no es triple»[6]. Él es la simplicidad misma. La Trinidad no destruye la simplicidad de Dios, porque la sencillez se refiere a la naturaleza y la naturaleza de Dios es una y simple. Santo Tomás recoge fielmente esta herencia, haciendo de la sencillez, el primero de los atributos de Dios[7].

La Biblia expresa esta misma verdad de manera concreta, por medio de imágenes: «Dios es luz y en él no hay tinieblas» (1 Jn 1,5). La ausencia de toda mezcla es también uno de los múltiples significados del título divino Qadosh, Santo. Pura plenitud, pura simplicidad. La gran mística santa Catalina de Génova designa este aspecto de la naturaleza divina, de la que estaba enamorada, con neto, claridad, un término que indica, a la vez, pureza e integridad, plenitud y homogeneidad absoluta. Dios es un «todo de una pieza». La simplicidad de Dios es «pura plenitud»; a él, dice la Escritura, «nada se le puede añadir ni quitar» (Sir 42,21). En cuanto es suma plenitud, nada se le puede añadir; en cuanto que es suma pureza, nada se le debe quitar. En nosotros las dos cosas nunca están unidas; la una contradice a la otra. Nuestra pureza se obtiene siempre quitando algo, purificándonos, «quitando el mal de nuestras acciones» (cf. Is 1,16). 

Cualquier acción, aunque sea pequeña, si se realiza con intención pura y simple, nos hace ser «a imagen y semejanza de Dios». La intención pura y simple recoge las fuerzas dispersas del alma, prepara el espíritu y lo une a Dios. Es principio, fin y adorno de todas las virtudes. Tendiendo a Dios solo y juzgando las cosas en relación a él, la sencillez rechaza y vence la ficción, la hipocresía y cualquier duplicidad… Esta intención pura y recta es ese ojo simple del que habla Jesús en el Evangelio, que ilumina todo el cuerpo, es decir, toda la vida y los actos del hombre y los preserva inmunes del pecado. 

La sencillez es una de las conquistas más arduas y más bellas del camino espiritual. La sencillez es propia de quien ha sido purificado por una verdadera penitencia, porque es fruto de un total desprendimiento de sí mismo y de un amor desinteresado hacia Cristo. Se alcanza poco a poco, sin desanimarse por las caídas, sino con firme determinación de buscar a Dios por él mismo y no por nosotros mismos. 

Si puedo permitirme sugerir un propósito al final de esta meditación, hay que buscarlo en el salterio, o en la liturgia de las Horas, el salmo 139; recitarlo lenta y repetidamente, como si lo leyéramos por primera vez, más aún, como si lo estuviéramos componiendo nosotros mismos o fuéramos los primeros en pronunciarlo. Si la hipocresía y la doblez consisten en buscar la mirada de los hombres más que la de Dios, aquí encontramos el remedio más eficaz. Rezar este salmo es como someterse a una especie de radiografía, como exponerse a los rayos X. Uno se siente atravesado de un lado a otro por la mirada de Dios. Recuerdo siempre la impresión cuando lo recité por primera vez en el modo que he dicho. Comienza así:

«Señor, tú me sondeas y me conoces.

Me conoces cuando me siento o me levanto,

de lejos penetras mis pensamientos;

distingues mi camino y mi descanso,

todas mis sendas te son familiares.

No ha llegado la palabra a mi lengua,

y ya, Señor, te la sabes toda…

¿Adónde iré lejos de tu aliento,

adónde escaparé de tu mirada?

Si escalo el cielo, allí estás tú;

si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,

si emigro hasta el confín del mar,

allí me alcanzará tu izquierda,

me agarrará tu derecha.

Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra,

que la luz se haga noche en torno a mí»,

ni la tiniebla es oscura para ti,

la noche es clara como el día,

la tiniebla es como luz para ti».

Lo maravilloso es que esta toma de conciencia de estar bajo la mirada de Dios no crea un sentimiento de vergüenza o de malestar, como quien se siente observado y descubierto en sus pensamientos más secretos; al contrario, da alegría porque se entiende que es la mirada de un padre que nos ama y nos quiere perfectos como él es perfecto. El salmista termina, de hecho, su oración con el grito exultante: 

«Sondéame, oh Dios, y conoce mi corazón,

ponme a prueba y conoce mis sentimientos,

mira si mi camino se desvía,

guíame por el camino eterno».

Sí, mira, Señor, si seguimos un camino de mentira y guíanos, en esta Cuaresma, por la vía de la sencillez y de la transparencia. Amén.

[1] Cf. B. Pascal, Pensamientos, 147 Br.
[2] La Rochefoucauld, Máximas, 218.
[3] Cf. Strack-Billerbeck, I, 718.
[4] S. Juan de la Cruz, Máximas, 20 y 21.
[5] Alessandro Manzoni, I promessi sposi, cap. XXIV [trad. esp. Los novios (Rialp, Madrid 2001].
[6] S. Agustín, De Trinitate, VI, 7.
[7] S. Tomás de Aquino, S.Th., I,3,7

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

Pentecostes 2019

Pentecostes 2019

La pagina oficial de Charis nos informa que estan preparando el programa que se celebrará en Roma para Pentecostés 2019.
Lo publicaremos alli, una vez que esté oficialmente terminado, pero nos gustaría que tenga las fechas ahora, para que pueda hacer sus planes: 6, 7 y 8 de junio de 2019.
La reunión con el Santo Padre será el domingo 9, en la Plaza de San Pedro, para la misa de Pentecostés. No se prevé ninguna otra reunión de CHARIS con el Santo Padre.

CHARIS Cantalamessa Marzo

CHARIS Cantalamessa Marzo

1. ORAD PARA RECIBIR EL ESPÍRITU

Fray Raniero Cantalamessa ofmcap

En el próximo Pentecostés entrará en función CHARIS, el nuevo organismo único de servicio de toda la corriente de gracia de la Renovación Carismática Católica. Es una ocasión única para una efusión renovada del Espíritu sobre nosotros y sobre toda la Iglesia. El propósito de ésta, y de las dos sucesivas reflexiones que me ha pedido el comité de coordinación, es precisamente el de apoyar y estimular con motivaciones bíblicas y teológicas el compromiso de oración con la que muchos hermanos y hermanas quieren contribuir al éxito espiritual del evento.

¿Cómo se prepararon los apóstoles a la venida del Espíritu Santo? ¡Orando! “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch l, 14). La oración de los apóstoles reunidos en el Cenáculo con María, es la primera gran epíclesis, es la inauguración de la dimensión epiclética de la Iglesia, de ese «Ven, Espíritu Santo» que seguirá resonando en la Iglesia por todos los siglos y que la liturgia antepondrá a todas sus acciones más importantes.

Mientras la Iglesia estaba en oración, “De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,… quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 2-4). Se repite lo que había sucedido en el bautismo de Cristo: “Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal” (Lc 3, 21-22). Se diría que para San Lucas fue la oración de Jesús la que rasgó el cielo e hizo descender el Espíritu sobre él. Lo mismo sucede en Pentecostés.

Es impresionante la insistencia con la que, en los Hechos de los Apóstoles, la venida del Espíritu Santo se pone en relación con la oración. Sin olvidar el papel determinante del bautismo (cf Hch 2, 38), pero se insiste más sobre el de la oración. Saulo « estaba orando » cuando el Señor le envió a Ananías para que recuperase la vista y se llenase de Espíritu Santo (cf Hch 9, 9.11). Cuando los apóstoles supieron que la Samaria había escuchado la Palabra, mandaron a Pedro y a Juan; « estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo » (At 8, 15).

Cuando, en la misma ocasión, Simón el Mago intentó obtener el Espíritu Santo pagando, los apóstoles reaccionaron indignados (cf Hch 8, 18 ss). El Espíritu Santo no se puede comprar, sólo se puede implorar con la oración. Jesús mismo de hecho había ligado el don del Espíritu Santo a la oración, diciendo: “Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11, 13). Lo había ligado no sólo a nuestra oración sino también, y sobre todo, a la suya diciendo: “y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14, 16). Entre la oración y el don del Espíritu existe la misma circularidad y compenetración que entre la gracia y la libertad. Nosotros tenemos necesidad de recibir el Espíritu Santo para poder orar, y tenemos necesidad de orar para poder recibir el Espíritu Santo. Al principio está el don de la gracia, pero después es necesario orar para que este don se conserve y se acreciente.

Pero todo esto no debe quedarse en una enseñanza abstracta y genérica. Me debe decir algo a mí individualmente. ¿Quieres recibir el Espíritu Santo? ¿Te sientes débil y deseas ser revestido con la fuerza de lo alto? ¿Te sientes tibio y quieres ser recalentado? ¿Seco y quieres ser regado? ¿Rígido y quieres ser doblado? ¿Descontento de la vida pasada y quieres ser renovado? ¡Ora, ora, ora! Que en tu boca no se apague el grito sumiso: Veni Sancte Spiritus, ¡Ven Espíritu Santo! Si una persona o un grupo de personas, con fe, se pone en oración y en retiro, decididos a no levantarse sin haber recibido lo que pedían y de hecho mucho más. Así sucedió en aquel primer retiro de Duquesne en el que se inició la Renovación Carismática Católica.

Como fue la oración de María y los apóstoles, también la nuestra deber ser una oración «concorde y perseverante». Concorde o unánime (homothymadon) significa, al pie de la letra, hecha con un solo corazón (con-corde) y con una sola alma («un-ánima»). Jesús dijo: “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18,19). 

La otra característica de la oración de María y de los apóstoles es que era una oración «perseverante». El término original griego que expresa esta cualidad de la oración cristiana (proskarteroúntes) indica una acción tenaz, insistente, el estar ocupado con asiduidad y constancia en alguna cosa. Se traduce con perseverantes, o asiduos, en la oración. Se podría también traducir «aferrados tenazmente» a la oración.

Esta palabra es importante porque es la que se repite con más frecuencia cada vez que se habla de oración en el Nuevo Testamento. En los Hechos vuelve poco después, cuando se habla de los primeros creyentes que llegaban a la fe, que «acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2, 42). También San Pablo recomienda ser «perseverantes en la oración» (Rm 12, 12; Col 4, 2). En un fragmento de la carta a los Efesios se lee: “siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia” (Ef 6, 18).

La esencia de esta enseñanza deriva de Jesús, el cual contó la parábola de la viuda importuna, precisamente para decir que es necesario  « orar siempre, sin cansarse » (cf Lc 18, 1). La mujer cananea es un ejemplo viviente de esta oración in­sistente que no se deja desalentar por nada y que al final, precisamente por esto, obtiene lo que desea. Ella le pide la sanación de la hija, y Jesús – está escrito – « no le respondió palabra ». Insiste, y Jesús responde que ha sido enviado sólo para las ovejas de Israel.  Ella se echa a sus pies, y Jesús se resiste diciendo que no es bueno tomar el alimento de la mesa de los hijos para dárselo a los perritos. Era suficiente para desanimarse. Pero la mujer cananea no se rinde; dice: « Sí… pero también los perritos… », y Jesús feliz exclama: “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas” (Mt 15, 21 ss).

Orar largo tiempo, con perseverancia, no significa con muchas palabras, abandonándose a un parloteo vano como los paganos (cf Mt 6, 7). Ser perseverante en la oración significa pedir a menudo, no dejar de pedir, no dejar de esperar, no rendirse nunca. Significa no darse reposo y no dárselo tampoco a Dios: “Los que hacéis que Yahveh recuerde, no guardéis silencio. No le dejéis descansar, hasta que restablezca, hasta que trueque a Jerusalén en alabanza en la tierra” 
 (Is 62, 6-7).

Pero ¿por qué la oración debe ser perseverante  y por qué Dios no escucha inmediatamente? ¿No es él mismo el que, en la Biblia, promete escuchar inmediatamente, en cuanto se ora, es más antes de haber terminado de orar? “Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé”  (Is 65, 24). Jesús corrobora: “y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? “Os digo que les hará justicia pronto” (Lc 18, 7). ¿No desmiente clamorosamente la experiencia estas palabras? No, Dios ha prometido escuchar siempre y escuchar inmediatamente nuestra oración, y así lo hace. Somos nosotros los que debemos abrir los ojos.

Es muy cierto, él cumple su palabra: en el retrasar el auxilio, él ya auxilia; más bien este diferir es ello mismo un auxilio. Esto para que no ocurra que escuchando demasiado deprisa la voluntad del que pide, él no pueda proporcionarle una salud perfecta. Es necesario distinguir la escucha según la voluntad del orante y la escucha según la necesidad del orante, que es su salvación. Jesús dijo: “Buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7,7). Cuando se leen estas palabras, se piensa inmediatamente que Jesús promete darnos todas las cosas que le pidamos, y nos quedamos perplejos porque vemos que esto se consigue raramente. Pero él pretendía decir sobre todo una cosa: “Buscadme y me encontraréis, llamad y os abriré”. Promete darse a sí mismo, más allá de las cosas que le pedimos, y esta promesa siempre se mantiene infaliblemente. Quien le busca, le encuentra; a quien llama, le abre y una vez encontrado, todo lo demás pasa a segundo plano. 

Cuando el objeto de nuestra oración es el don bueno por excelencia, lo que Dios mismo quiere darnos sobre todas las cosas – el Espíritu Santo -, es necesario protegerse de un posible engaño. Nosotros estamos llevados a concebir el Espíritu Santo, más o menos conscientemente, como una ayuda potente de lo alto, un soplo de vida que viene a reavivar agradablemente nuestra oración y nuestro fervor, a volver eficaz nuestro ministerio y fácil llevar la cruz. Has orado de esta manera durante años para tener tu Pentecostés y te parece que  no se ha movido ni un soplo de viento. Nada de todo lo que esperabas ha sucedido.

El Espíritu Santo no se da para potenciar nuestro egoísmo. Mejor mira alrededor. Quizás todo ese Espíritu Santo que pedías para ti, Dios te lo ha concedido, pero para los otros. Tal vez la oración de otros en torno a ti, por tu palabra, se ha renovado y la tuya ha seguido adelante chapurreada como antes; otros han sentido traspasado el corazón, han sentido la compunción y llorando se han arrepentido, y tú sigues todavía ahí pidiendo precisamente esa gracia. Deja libre a Dios; hazte honor de dejar a Dios su libertad. Éste es el modo que él ha escogido para darte su Santo Espíritu y es el más bello. Tal vez algún apóstol, el día de Pentecostés, viendo a toda aquella multitud arrepentida dándose golpes de pecho, traspasada por la Palabra de Dios, tal vez, digo,  no había sentido envidia y confusión, pensando que también él todavía no había llorado por haber crucificado a Jesús de Nazaret. San Pablo, que en la predicación era acompañado por la manifestación del Espíritu y de su poder, pide por tres veces ser liberado de su espina en la carne, pero no fue escuchado y tuvo que resignarse a vivir con ella para que se manifestase mejor el poder de Dios (cf 2 Cor 12, 8 s).

En la Renovación Carismática la oración se manifiesta de una forma nueva respecto al pasado: la de la oración en grupo o el grupo de oración. Participando en ellos se comprende lo que quería decir el Apóstol cuando escribe a los Efesios: “llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,18-20). Y de nuevo: “siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu” (Ef 6,18).

Nosotros conocemos sólo dos tipos fundamentales de oración: la oración litúrgica y la oración privada. La oración litúrgica es comunitaria, pero no es espontánea; la oración privada es espontánea pero no es comunitaria. Son necesarios momentos en los que se pueda orar espontáneamente, como dicte el Espíritu, pero compartiendo la propia oración con otros, poniendo en común los diversos dones y carismas y edificándose cada uno con el fervor del otro; poniendo en común las diversas “lenguas de fuego” de manera que formen una única llama. Es necesaria, en resumen, una oración que sea espontánea y comunitaria a la vez.

Tenemos un ejemplo magnífico de esta oración “carismática”, espontánea y comunitaria a la vez, en el capítulo cuarto de los Hechos. Pedro y Juan, liberados de la cárcel con la orden de no hablar más en el nombre de Jesús, regresan a la comunidad y ésta se pone a orar. Uno proclama una palabra de la Escritura (“Los reyes y magistrados se han aliado contra el Señor y contra su Ungido”), otro tiene el don de aplicar la palabra a la situación del momento; es como una “sublevación” de fe que da la osadía de pedir “sanaciones, signos y prodigios”. Al final se repite lo que había sucedido en el primer Pentecostés “todos quedaron llenos del Espíritu Santo” y siguieron predicando a Cristo “con valentía”.

Un don especial a pedir al Espíritu Santo, con ocasión de la renovación y de la unificación de los organismos de servicio, es el que revive la maravilla de aquellos primeros grupos de oración carismáticos en los que casi se respiraba la presencia del Espíritu Santo, y el señorío de Cristo no era una verdad solamente proclamada sino experimentada casi tangiblemente. No olvidemos que el grupo de oración o la oración en grupo es el elemento básico que une entre sí tanto a la realidad de los grupos de oración como la de las fraternidades carismáticas.

Con cada una de las formas de oración mencionadas se puede participar en la cadena de oración en preparación de Pentecostés. A quien ama la oración litúrgica, le sugiero que repita más veces al día, a elegir, una de las siguientes invocaciones al Espíritu Santo que está en uso en la liturgia, sabiendo que se une así a las innumerables filas de creyentes que la han pronunciado antes que nosotros:  

“Ven, Santo Espíritu, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. (A los que todavía les gusta orar con la fórmula original latina: “Veni, Sancte Spiritus, repletuorum corda fidelium et tui amoris in eis ignem accende”). O bien: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra”. O bien: “Ven, Espíritu Creador, visita las almas de tus fieles y llena con tu divina gracia, los corazones que Tú creaste”.

A los hermanos y a las hermanas de lengua inglesa les sugiero que repitan, a solas o en el grupo, las palabras de ese canto que hemos recibido de los hermanos pentecostales y que ha acompañado a millones de creyentes en el momento de recibir el bautismo en el Espíritu Santo (cambiando el singolare “me” por el plural “us”): “Spirit of the living God, fall afresh on me: melt me, mould me, fill me, use me. Spirit of the living God, fall afresh on me”.

En mi libro del comentario al Veni Creator he escrito yo también una invocación al Espíritu Santo. La comparto con mucho gusto en este momento con quien se sienta inspirado:

¡Espíritu Santo, ven!

¡Ven fuerza y dulzura de Dios!

¡Ven tú que eres movimiento y quietud al mismo tiempo! 

¡Renueva nuestro valor,

llena nuestra soledad en este mundo,

infúndenos la intimidad con Dios!

Ya no decimos como el profeta: “Ven de los cuatro vientos”,

como si no supiéramos aún de dónde vienes;

nosotros decimos:

¡Ven Espíritu que sales del costado traspasado de Cristo en la cruz!

¡Ven de la boca del Resucitado!

Jim Murphy y los Jóvenes

Jim Murphy y los Jóvenes

PRESIDENTE DEL ICCRS: “SI NOS JUNTÁRAMOS TODOS PARA TRABAJAR POR LA COSECHA, CUALQUIER COSA SERÍA POSIBLE”

RCCRadio.fm, 23 ENERO, 2019.  JOSÉ ANDRÉS HURTADO

Jim Murphy, Presidente del ICCRS, (las siglas del Servicio Internacional de la Renovación Carismática), ofreció un discurso a todos los jóvenes asistentes al Encuentro Mundial de la Juventud Carismática que tuvo lugar la mañana de este martes en el Estadio Maracaná de Ciudad de Panamá a propósito de la Jornada Mundial de la Juventud.

El lema del encuentro “levanta la mirada, y miren que los campos están listos para la cosecha”, y sobre esta frase Murphy desarrolló su discurso frente a las decenas de jóvenes que le acompañaron.

Según el presidente del ICCRS, por el hecho de no ser pescadores ni agricultores, no apreciamos lo que Jesús está diciendo en su palabra, “no apreciamos la cosecha”.

“Este mensaje de la cosecha es muy importante, muchos vamos a supermercados y hacemos las compras de nuestros alimentos, pero no nos damos cuenta que sin una cosecha no habrían todos esos alimentos en el supermercado”, afirmó Murphy.

Afirmó que como cristianos, necesitamos de la cosecha pero no lo sabemos aún. Partiendo del hecho de la buena noticia en torno a la cosecha estando lista, desarrolló cinco elementos que debemos tener presentes.

La cosecha es lo más importante: Para la gente que vivía en el tiempo de Jesús, la cosecha significaba vida o muerte, si no había cosecha, morían de hambre. “Pues así de importante es esto de preocuparse por la cosecha, esto de traer gente al Reino de Dios”. Muchas veces hemos pensado si lo hacemos bien y si no, pues también. Como para Jesús el alimento es hacer la voluntad de su Padre, así debería serlo para todos los cristianos; ¿será que es ese nuestro alimento?

Cuando Dios nos da algo por hacer, ¿es eso lo más importante en nuestra vida o lo hacemos si no hay muchos obstáculos? Jesús nos dice es que la evangelización, la misión que se nos ha encomendado es absolutamente esencial, y cometemos el error de tomarlo como si fuera opcional. “Si quieren saber cuan serio Jesús toma esto, miran la cruz. Jesús está enteramente comprometido en la obra del Padre. Ustedes son seguidores de jesus por lo tanto deben comprometerse como él está comprometido con el trabajo de Dios”, dijo el presidente del ICCRS a los jóvenes asistentes.

La cosecha debe hacerse ahora: Jesús nos hace un llamado a recoger la cosecha cuando el tiempo sea el idóneo. Murphy colocó como ejemplo cuando las personas se nos acercan buscando una ayuda, una palabra, un abrazo pero en el momento no tenemos el tiempo. Tú eres un cristiano hoy, no hay razón para esperar más tiempo.

La cosecha es la prioridad: En la analogía del campesino y el campo, para este, la cosecha es lo más importante y construye su vida alrededor de la cosecha. ¿Estamos haciendo eso mismo en torno al trabajo por el Reino? Los campesinos plantaron la semilla, quitaron la maleza, le echaron agua y después de un año de trabajo ahora la cosecha está lista, ahora es momento de duplicar los esfuerzos. ¿Qué tan comprometidos estamos con el trabajo de Dios? No es necesario renunciar ni a las familias, ni al trabajo, ni la vida, pero debemos enfocarnos en el trabajo del Reino; “Dios te tiene donde te tiene para que puedas recoger la cosecha ahí. El Reino de Dios está alrededor de nosotros. La pregunta es ¿estás dispuesto a trabajar duro por la cosecha?”, reflexionó Murphy en torno a este aspecto.

Invitó a los presentes a preguntarle a Jesús en la cruz si él quería hacer eso, agregando que nuestro líder no tiene miedo al trabajo, “nuestro líder pagaría cualquier precio por salvar a la humanidad”.

Trabajar en comunidad: Para Jim Murphy el aspecto comunitario es esencial en el trabajo evangelizador, “cuando los campesinos plantan los campos, trabajan juntos, incluso los que no trabajan en el campo, apoyan con agua y comida. Cuando la cosecha está lista, todos trabajan, nos necesitamos todos. Si nos paráramos juntos y trabajáramos para la cosecha, cualquier cosa fuera posible.

El líder mundial de la RCC llamó a los servidores a no ser espectadores, “debemos ser un solo equipo con Jesús, todos tenemos nuestros dones, carismas, y funciones (…) el trabajo que Dios nos ha enviado a hacer”.

Como quinto y último elemento llamó a la RCC a estar atentos, a hacer seguimiento, “trabajamos juntos y colectamos la cosecha pero la guardamos y se daña, Se pudre. Si el campesino ha trabajado todo el año para esa cosecha, hay que cuidarla”. Explicó que la gente lucha constantemente con sus situaciones particulares lo que nos debe hacer entrar en conciencia que nos deben importar todas las personas, pues el prójimo es nuestra prioridad.

Las palabras se dieron en medio de un encuentro cargado de alabanzas y adoración eucarística, una mañana que congregó a jóvenes y adultos de todo el mundo bajo la espiritualidad de esta bendita corriente de gracia.

FORMACIÓN DE  PREDICADORES Y EVANGELIZADORES

FORMACIÓN DE  PREDICADORES Y EVANGELIZADORES

I Curso On-Line de Formación para Predicadores y Evangelizadores

El Responsable de la Comisión Nacional de Formación, Gabriel Ullio, nos comparte las  indicaciones del Primer Curso de Formación  para Predicadores y Evangelizadores que dictará la Renovación Carismática Católica de Argentina a través de su plataforma On-Line ,que se llevará a cabo desde Abril a Noviembre de 2019.

Los requisitos para realizar este Curso son los siguientes:

  1. Estar inserto en esta Corriente de Gracia.
  2. Tener este Carisma o sentir este llamado a la Evangelización.
  3. Contar con el Aval Diocesano.

Los interesados deben suscribirse en http://eepurl.com/giGZvH y seguir las instrucciones. Este curso estará solo disponible para aquellos que estén adecuadamente avalados y que cuenten con una clave de acceso.