Los Discípulos Guiados por el Espíritu Santo‬

Los Discípulos Guiados por el Espíritu Santo‬

Por Andrés Arango

Jesús prometió a sus seguidores que convenía que Él se fuera para que recibieran el poder del Espíritu Santo (Jn. 16:7). Deseo empezar este análisis del derramamiento del Espíritu en los discípulos, con las primeras palabras de Lucas en el libro de Hechos de los Apóstoles, en primera instancia porque Lucas tanto por su evangelio y el libro de Hechos es considerado el Evangelista del Espíritu Santo, dando varias presentaciones del moverse del Espíritu en Jesús, los discípulos y luego en las primeras comunidades cristianas: “Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, “que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días”. (Hch. 1:1-5).

A partir de este texto algunos teólogos afirman que el culmen de la vida de Jesús no fue la resurrección sino el derramamiento del Espíritu Santo: “Con la venida del Espíritu Santo la misión de Jesús llega a su cumplimiento. Juan el Bautista ha dicho: “Yo los bautizo en agua, pero el que me sigue a mí es más poderoso de lo que yo soy, Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Mt. 3:11).  Y este es el punto culmen de la enseñanza de Jesús: Los discípulos serán bautizados con el Espíritu Santo”[1].

Al igual que el análisis de textos anteriores existen diferentes exégesis de este pasaje bíblico. En primer lugar los que relacionan el bautismo de Juan solo como un bautismo de conversión y el bautismo de Jesús como el “verdadero” bautismo cristiano, al cual se refiere Lucas con la expresión de Bautismo en el Espíritu. Pero la segunda vertiente es la de aquellos académicos que relacionan estas palabras de Lucas con una nueva efusión de Espíritu Santo. Es claro que a pesar de que los discípulos ya habían recibido anteriormente la gracia del Espíritu Santo, realizando diferentes prodigios, Pentecostés, o esa efusión de Espíritu Santo, marcó un camino nuevo en sus vidas de servicio y entrega.

Los discípulos de Jesús, no solo escucharon sus enseñanzas acerca del Espíritu Santo a nivel personal, sino que también presenciaron sus grandes predicaciones y poderosos milagros, realizados ambos, por el poder del Divino Espíritu. Posteriormente la promesa de Jesús se hace realidad en Pentecostés, donde los apóstoles junto con otra gran cantidad de personas reunidas en el aposento alto reciben la fuerza del Espíritu Santo: “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse”. (Hch. 2:1-4).

A pesar de las críticas que ellos recibieron por estar haciendo cosas fuera de lo común, el mismo apóstol Pedro creyendo en las promesas de Jesús del derramamiento del Espíritu y de manera particular apropiándose de la promesa del Antiguo Testamento en donde el profeta Joel afirma que se ha cumplido la promesa de un derramamiento nuevo del Espíritu Santo: “Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: «Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu”. (Hch. 2:14-18).

Por varios textos de los evangelistas sabemos que los discípulos habían ejercido sus ministerios de predicación y sanación con gran eficacia, sin embargo faltaba un momento clave que transformara sus vidas por completo. Ya que antes de esta escena de Pentecostés todavía tenían miedo y temor de entregarse por completo a Jesús, pero a partir de ese momento de la nueva efusión del Espíritu Santo, este grupo de seguidores de Jesús no solo continúan su ministerio profético, proclamando el kerygma con poder y acompañado de prodigios, sino que además empiezan a vivir al igual que su Señor, es decir empiezan una vida nueva, gracias al Espíritu Santo que habita en ellos, hasta tal punto que muchos de ellos derramaron hasta su misma sangre por el nombre de Jesús. Por lo tanto podemos coincidir con Montague de que: “El sello del Espíritu sobre la autenticidad del discipulado es el poder de dar testimonio de Jesús incluso hasta la muerte”[2]. O como bien lo precisa Salvador Carrillo Alday: “Este poder de lo alto transforma los misioneros en testigos de Jesús resucitado”.

 

¡PENTECOSTÉS, DÍA DE FIESTA!

¡PENTECOSTÉS, DÍA DE FIESTA!

PADRE GABRIEL LAURÍA. VICE ASESOR RCC ARGENTINA

¡PENTECOSTÉS, DÍA DE FIESTA!

Si la RCC podría gloriarse de algo (ya que todo es gracia) es de haber revalorizado y actualizado para tantos hombres y mujeres de este mundo la acción y el poder de la Persona Divina del Espíritu Santo. Se calcula que son más de 200 millones de personas las que han recibido el Bautismo en el Espíritu Santo. Entre ellos estamos también nosotros y por ello, cercanos a la fiesta litúrgica de Pentecostés me gustaría compartir con Uds. una reflexión sobre la “CULTURA DE PENTECOSTÉS”. Esta expresión la usó San Juan Pablo II el día 14 de marzo de 2002 en un discurso a miembros de la RCC de Italia. Les invito a que lo vean en su totalidad: en este link.

En este discurso el Papa comienza recordándonos los frutos de la Renovación Carismática:

“¡Sí! La Renovación en el Espíritu puede considerarse un don especial del Espíritu Santo a la Iglesia en nuestro tiempo. En vuestro movimiento, nacido en la Iglesia y para la Iglesia, a la luz del Evangelio se experimentan el encuentro vivo con Jesús, la fidelidad a Dios en la oración personal y comunitaria, la escucha confiada de su Palabra y el redescubrimiento vital de los Sacramentos, pero también la valentía en las pruebas y la esperanza en las tribulaciones.

El amor a la Iglesia y la adhesión a su Magisterio, en un camino de maduración eclesial sostenido por una sólida formación permanente, son signos elocuentes de vuestro empeño por evitar el peligro de secundar, sin querer, una experiencia de lo divino sólo emocional, una búsqueda excesiva de lo «extraordinario» y un repliegue intimista que evite el compromiso apostólico.”

Tendríamos mucho para reflexionar sobre estas palabras. Podría ser un buen texto para un examen de conciencia o para discernir los signos verdaderos que identifican a aquel que dice estar “bautizado en el Espíritu Santo”.

El Santo Papa agrega: “Si se mira bien, todas vuestras actividades de Evangelización tienden, en resumidas cuentas, a promover en el pueblo de Dios un crecimiento constante en la santidad. En efecto, la santidad es la prioridad de todos los tiempos y, por tanto, también de nuestra época. La Iglesia y el mundo necesitan santos, y nosotros seremos tanto más santos cuanto más dejemos que el Espíritu Santo nos configure con Cristo. Este es el secreto de la experiencia regeneradora de la «efusión del Espíritu», experiencia típica que distingue el camino de crecimiento propuesto a los miembros de vuestros grupos y comunidades. Deseo de corazón que la Renovación en el Espíritu sea en la Iglesia un verdadero «gimnasio» de oración y ascesis, de virtud y santidad.”

Destaco de este párrafo la idea de la RCC como “gimnasio”. ¿Qué es un gimnasio? Es el lugar donde una persona a través de una rutina se prepara para lograr determinado logro físico (salud, músculos, etc.) El paralelo espiritual es que nuestros Grupos de Oración deberían ser los lugares donde los hermanos se preparan (en la oración, la ascesis, las virtudes, en pocas palabras la santidad) para hacer realidad en su vida la voluntad de Dios. Sería bueno preguntarnos si lo estamos haciendo, si en verdad nuestros Grupos de Oración nos ayudan a tender a la santidad.

Y el Papa concluye con un deseo y a la vez una gran invitación: “En nuestro tiempo, sediento de esperanza, dad a conocer y haced amar al Espíritu Santo. Así ayudaréis a que tome forma la «cultura de Pentecostés», la única que puede fecundar la civilización del amor y de la convivencia entre los pueblos. No os canséis de invocar con ferviente insistencia:  «¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven! ¡Ven!».

¿Nos animamos a llevarlo adelante?

¡FELIZ PENTECOSTÉS!

CON MARÍA EN EL CENÁCULO EN ESPERA DEL ESPÍRITU SANTO

CON MARÍA EN EL CENÁCULO EN ESPERA DEL ESPÍRITU SANTO

 3. Campaña de Oración. Mayo 2019

Fray Raniero Cantalamessa O.F.M Cap. Asistente eclesiástico de CHARIS

En los Hechos de los Apóstoles, después de haber enumerado el nombre de los once apóstoles, el autor prosigue con estas palabras: “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch l, 14).

Ante todo debemos despejar el terreno de una impresión equivocada. También en el Cenáculo, como en el Calvario, se menciona a María junto a algunas mujeres. Se diría pues que está allí como una de ellas, ni más ni menos. Pero al llamarla «madre de Jesús», después de la mención de su nombre, todo cambia y pone a María en un plano completamente distinto, superior no sólo al de las mujeres, sino incluso al de los apóstoles.

¿Qué significa que María esté allí como la madre de Jesús? Que el Espíritu Santo que está por venir es ¡«el Espíritu de su hijo»! Entre ella y el Espíritu Santo hay un vínculo objetivo e indestructible que es el mismo Jesús que han engendrado juntos. De Jesús, en el Credo, se dice que «por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen». María no está por lo tanto en el Cenáculo simplemente como una de las mujeres, aunque desde afuera nada la distinga de las otras, y ella tampoco haga nada para distinguirse de las otras.

María, que a los pies de la cruz nos es presentada como Madre de la Iglesia, en el Cenáculo se nos presenta como madrina. Una madrina fuerte y segura. La madrina, para poder desempeñar esta función, debe ser una que ya ha recibido, por su parte, el bautismo. Así era María: una bautizada en el Espíritu Santo que ahora apadrina a la Iglesia en su bautismo en el Espíritu.

María, que en los Hechos es presentada como perseverante en la oración en espera del Espíritu Santo, es la misma que el Evangelista Lucas nos presenta, al principio de su Evangelio, como aquella sobre la cual descendió el Espíritu Santo. Algunos elementos hacen pensar en un paralelismo estrecho entre la venida del Espíritu Santo sobre María en la Anunciación, y la venida sobre la Iglesia en Pentecostés, ya sea tal paralelismo querido por el evangelista, ya sea debido a la correspondencia objetiva entre las dos situaciones.

A María, el Espíritu Santo se le promete como « poder del Altísimo », que « vendrá » sobre ella (cf Lc 1, 35); a los apóstoles igualmente se les promete como « fuerza » que «vendrá » sobre ellos « desde lo alto » (cf Lc 24, 49; Hch 1, 8). Recibido el Espíritu Santo, María se pone a proclamar (megalynei), en un lenguaje inspirado, las grandes obras (megala) cumplidas en ella por el Señor (cf Lc 1, 46.49); igualmente, los apóstoles, recibido el Espíritu Santo, se ponen a proclamar en diversas lenguas las grandes obras (megaleia) de Dios (cf Hch 2, 11). También el Concilio Vaticano II pone en mutua relación los dos acontecimientos, cuando dice que en el Cenáculo « María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra »1.

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35). Todos aquellos a los que es enviada María, después de este descenso del Espíritu Santo, son, a su vez, tocados o movidos por el Espíritu Santo (cf Lc 1, 41; 2, 27).

Ciertamente es la presencia de Jesús quien irradia el Espíritu, pero Jesús está en María y actúa a través de ella. Ella se presenta como el arca o el templo del Espíritu, como sugiere también la imagen de la nube que la ha cubierto con su sombra. De hecho evoca la nube luminosa que, en el Antiguo Testamento, era signo de la presencia de Dios o de su venida a la tienda (cf Ex 13, 22; 19, 16).

La Iglesia ha recogido este dato revelado y lo ha colocado pronto en el corazón de su símbolo de fe. A finales del siglo II, se declara, en el así llamado Símbolo apostólico, la frase según la cual Jesús «nació del Espíritu Santo y de la Virgen María». En el Concilio Ecuménico de Constantinopla del 381 – aquel que definió la divinidad del Espíritu Santo -, tal artículo entró también en el símbolo Niceno-Constantinopolitano, donde se lee de
Cristo que se « encarnó del Espíritu Santo y de María, la Virgen».

Se trata por tanto de un dato de fe acogido por todo los cristianos, tanto de Oriente como de Occidente, tanto católicos como protestantes. Es una base segura y no es pequeña para encontrar la unidad de los cristianos en torno a la Madre de Dios. María se presenta ligada al Espíritu Santo por un vínculo objetivo, personal e indestructible: la persona misma de Jesús que han engendrado juntos, aunque con contribuciones completamente diferentes. Para tener separados entre ellos a María y al Espíritu Santo, hace falta separar al mismo Cristo, en el cual sus diferentes operaciones se han concretizado y
materializado para siempre.

Jesús ha unido a María y al Espíritu Santo más de lo que un hijo une entre sí al padre y a la madre, porque si cada hijo, con su simple existencia, proclama que padre y madre han estado unidos un instante según la carne, este hijo que es Jesús proclama que el Espíritu Santo y María han estado unidos «según el Espíritu» y por lo tanto de manera indestructible. También en la Jerusalén celestial, Jesús resucitado sigue siendo el que fue «engendrado por el Espíritu Santo y por María, la Virgen ». También en la Eucaristía, recibimos al que fue «engendrado por el Espíritu San¬to y por María, la Virgen».

María la primera carismática de la Iglesia

Después de Jesús, María es la mayor carismática de la historia de la salvación. No en el sentido que haya tenido el mayor número de carismas. Al contrario, exteriormente ella se presenta pobre en carismas. ¿Qué milagros ha hecho María? De los apóstoles se dice que hasta su sombra sanaba a los enfermos (cfr Hch 5, 15). De María no se conoce, en vida ningún milagro, ninguna acción prodigiosa y llamativa. Ella es la mayor carismática porque en ella el Espíritu Santo ha cumplido la más suprema de sus acciones prodigiosas, que consiste en haber suscitado de María, no una palabra de sabiduría, no un don de gobierno, no una visión, no un sueño, no una profecía, sino la vida misma del Mesías, la fuente de todos los carismas, ¡de quien hemos recibido “gracia sobre gracia” (Jn 1, 16)!

Algunos Padres antiguos han atribuido a veces a María el título de profetisa, sobre todo pensando en el Magníficat, o a causa de una aplicación equivocada a María de Isaías 8, 3. Pero, propiamente hablando, María no tiene el rango de los profetas. Profeta es aquel que habla en nombre de Dios; María no ha hablado en nombre de Dios. Ha callado casi siempre. Si ella es profeta, lo es en un sentido nuevo y sublime: en el sentido de que ha «proferido » silenciosamente la Palabra única de Dios, la ha dado a luz.

Lo que el Espíritu Santo ha obrado en María, si no es un simple caso de inspiración profética, puede en cambio y debe ser visto como un carisma, aún más, como el carisma más alto que haya sido jamás concedido a una criatura humana que supera al de los mismos hagiógrafos que han sido inspirados o movidos por el Espíritu para hablar de parte de Dios (cf 2 Pe 1, 21). De hecho, ¿qué es carisma y cuál es su definición? San Pablo lo define: una «manifestación del Espíritu para provecho común» (1 Cor 12, 7).

Ahora bien, ¿qué manifestación del Espíritu ha sido más singular que la de María y qué manifestación del Espíritu ha sido más de «provecho común» que la maternidad divina de María?

Lucas, poniendo a María en una relación tan íntima con el Espíritu, primero en laEncarnación y después, de manera diferente, también en Pentecostés, la presenta por tanto según la concepción general que él tiene de la acción del Espíritu, como la criatura pneumática por excelencia, que se mueve bajo el influjo del Espíritu, y como el lugar de la manifestación del poder creador de Dios. Pero todo esto no debe inducirnos a imaginar una relación entre María y el Espíritu Santo casi sólo objetiva y operativa, es decir que no toca la esfera más íntima de la persona, con sus emociones y sus sentimientos. María no ha sido sólo el «lugar » en el que Dios ha actuado. Dios no trata a las personas como lugares, sino precisamente como personas, esto es como colaboradores e interlocutores.

Lucas conoce bien la sobria embriaguez que provoca, con su acción, el Espíritu de Dios. Lo pone de relieve en la vida de Jesús que un día « exultó » de gozo bajo la moción del Espíritu Santo (cf Lc 10, 21); lo dice de los apóstoles que, recibido el Espíritu, se ponen a hablar en lenguas y sonidos tan fuera de sí que algunos los toman por ebrios de mosto (cf Hch 2, 13). Y lo manifiesta, finalmente, en María, la cual, después de la venida del Espíritu Santo sobre ella, se va «deprisa» donde Isabel y entona el Magníficat, en el que expresa toda su exultación.

San Buenaventura, un místico que conocía estos efectos de la obra del Espíritu Santo, describe así a María en este momento: «Sobrevino en ella el Espíritu Santo como fuego divino que inflamó su mente y santificó su carne, confiriéndole una perfectísima pureza. […]¡Oh, si tú fueras capaz de sentir en qué medida, cuál y cuánto fue grande ese incendio bajado del cielo, cuál el refrigerio dado, cuál alivio infundido, cuál elevación de la Virgen Madre, la nobleza dada al género humano, cuánta condescendencia dada por la Majestad divina! Pienso que entonces también tú te pondrías a cantar con voz suave, junto con la bienaventurada Virgen, ese canto sagrado: “Mi alma magnifica al Señor”. Y, saltando y exultando de alegría, también tú adorarías, con el niño profeta, la maravillosa concepción de la Virgen»9.

También Lutero, en su comentario al Magníficat, atribuye a una acción extraordinaria del Espíritu Santo el cántico de la Virgen. De hecho escribe: «Para la ordenada comprensión de este sagrado cántico de alabanza, es preciso tener en cuenta que la bienaventurada Virgen María habla por propia experiencia, habiendo sido iluminada e instruida por el Espíritu Santo; ya que nadie puede entender correctamente a Dios ni la Palabra de Dios, si no se lo concede directamente el Espíritu Santo. Pero recibir ese don del Espíritu Santo significa hacer experiencia de él, probarlo, sentirlo; el Espíritu Santo enseña desde la experiencia como en la propia escuela, fuera de la que nada se aprende que no sea apariencia, palabra hueca y charlatanería. Por tanto, la Santísima Virgen, habiendo experimentado en sí misma que Dios hace grandes cosas en ella, a pesar de ser humilde, pobre y despreciada, el Espíritu Santo le enseña, el arte y la sabiduría según los cuales Dios es el Señor que se complace en alzar al que se humilla, y abajar al que está en alto»

María es el ejemplo vivo de esa “sobria embriaguez del Espíritu”. En el primer encuentro histórico de la Renovación Carismática Católica con la Iglesia institucional en San Pedro, en 1975, al terminar de leer el discurso escrito, Pablo VI citó los versos de un himno de San Ambrosio “bebamos con gozo la abundancia sobria del Espíritu” (Laeti bibamus sobriam profusionem Spiritus”), y dijo que éste podría convertirse en el lema de la Renovación Carismática.

María modelo de CHARIS

El Concilio Vaticano II ha vuelto familiar la expresión apreciada por los Padres que habla de María como “figura de la Iglesia”, su modelo, su madre. Yo querría subrayar como María es, en un sentido muy especial, modelo de CHARIS. La misma palabra “charis” la recuerda, la “llena de gracia”. Pero no solo por esto. María es la que habiendo recibido y experimentado en sí misma, en la Anunciación, el poder del Espíritu, en Pentecostés se pone a disposición de los discípulos para que también ellos reciban el mismo don y la misma “fuerza de lo alto”.

Y esto es exactamente lo que el Santo Padre y la Iglesia desean que sea CHARIS: un instrumento que, como María, no tengan ningún poder jurídico o ministerial, sino sólo de servicio humilde y de acompañamiento. Un “lugar” donde los que hayan experimentado la corriente de gracia del nuevo Pentecostés se pongan al servicio de los otros en la Iglesia para que ellos también puedan tener la misma experiencia renovadora. Un “lugar” donde los que hayan recibido gratuitamente, den gratuitamente.

Estando el mes de mayo dedicado a la Virgen, propongo una oración especial que nos permita estar también nosotros “con María en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo”. 

Se trata de un Rosario en el que con “los misterios” evoquemos la gran presencia del Espíritu Santo en la historia de la salvación y con las decenas de “Ave Marías” pidamos, por intercesión de la Virgen, experimentar en nosotros los frutos. Propongo algunos posibles enunciados para los misterios:

1. En el primer misterio contemplamos al Espíritu Santo en la obra de la creación. “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gén 1, 1-2). Pidamos al Espíritu Santo que al principio del mundo separó la luz de la oscuridad, el agua de la tierra y transformó el caos en cosmos, que repita este milagro en el mundo de hoy, en la Iglesia y en nuestra propia alma, llevando unidad donde hay discordia, luz donde hay oscuridad, creando en nosotros “un corazón nuevo”. (Padre Nuestro, decena de Ave María y Gloria al Padre, como de costumbre).

2. En el segundo misterio contemplamos al Espíritu Santo en la revelación. “Movidos por el Espíritu Santo, han hablado [los profetas] de parte de Dios” (2 Pedro 1, 21). Pidamos al Espíritu Santo la “inteligencia de la palabra de Dios”. Inspiradas por Dios, las Escrituras ahora espiran a Dios, lo “rezuman”. Pidamos saber percibir en la palabra de Dios su voluntad viva para con nosotros en cada circunstancia de la vida. Pidamos que como María sepamos “acoger y meditar en el corazón” todas las palabras de Dios.

3. En el tercer misterio contemplamos al Espíritu Santo en la encarnación: “María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 34-35). También nosotros, ante una prueba o una cosa nueva que Dios pide le preguntamos a menudo: “¿Cómo será esto? no conozco varón”, no tengo la capacidad, es superior a mis fuerzas… La respuesta de Dios es siempre la misma: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros” (Hechos 1, 8). Pidamos al Espíritu Santo que como formó la humanidad de Cristo en el seno de la Virgen María y a través de ella lo donó al mundo, así forme en nosotros a Cristo y nos dé la fuerza de anunciarlo a los hermanos.

4. En el cuarto misterio contemplamos al Espíritu Santo en la vida de Jesús: “Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma” (Lc 3, 21-22). “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva” (Lc 4, 18). En el bautismo, Jesús fue ungido como rey, profeta y sacerdote. En él el Espíritu Santo se guardó como el perfume en un frasco de alabastro (San Ignacio de Antioquía) y “se acostumbró a vivir entre los hombres (San Ireneo). En la cruz el frasco de alabastro de su humanidad se rompió y el perfume de su Espíritu se derramó sobre el mundo. Pidamos por intercesión de María una renovación de la unción profética, real y sacerdotal que hemos recibido en el bautismo. Pidamos que nos ayude a romper el frasco de vidrio de nuestra humanidad y de nuestro “yo” para que podamos ser “el buen perfume de Cristo” en el mundo.

5. En el quinto misterio contemplamos al Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. “Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2, 3-4). Se cumple la promesa hecha por Jesús antes de subir al cielo: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hechos 1, 5). Desde aquel día todo en la Iglesia vive y recibe la fuerza del Espíritu Santo: los sacramentos, la Palabra, las instituciones. “El Espíritu Santo es para el cuerpo de Cristo que es la Iglesia como el alma para el cuerpo humano” (San Agustín). Pidamos que por intercesión de la Virgen Madre, muchos se abran hoy a recibir la gracia renovadora del bautismo en el Espíritu. Después del rosario del Espíritu, continuemos con unas Letanías del Espíritu. Recordemos algún nombre dado al Espíritu: Espíritu de santidad, Espíritu de paz, Espíritu de alegría, Espíritu de humildad, Espíritu de reconciliación, Espíritu de Cristo, etc.; si somos muchos rezando, cada uno puede pronunciar el nombre que le venga al corazón, y todos juntos respondemos: “¡Desciende sobre nosotros!”

CHARIS: Aclarando Dudas

CHARIS: Aclarando Dudas

PADRE GABRIEL LAURÍA. VICE ASESOR RCC ARGENTINA

¡¡¡¡FELIZ PASCUA!!!!

¡El Señor verdaderamente ha resucitado!

El contenido esencial de nuestra Fe es la resurrección del Señor. Somos cristianos
porque Cristo resucitó. Y al igual que los Apóstoles disfrutaremos durante 40 días de la
presencia del Resucitado y nos prepararemos a la celebración de Pentecostés.

Este año la preparación de Pentecostés tiene un ingrediente nuevo y providencial. En
junio celebraremos no sólo la venida del Espíritu Santo sino también el inicio de
actividades de CHARIS.

Quisiera dedicar este artículo a aclarar algunas dudas sobre CHARIS. En este último
tiempo he escuchado varias opiniones y comentarios que distan bastante de la
realidad.

¿QUÉ ES CHARIS?
La RCC como Corriente de Gracia no tiene órganos de gobierno sino Equipos de
Servicio. CHARIS es un Equipo de Servicio (coordinación, formación, acompañamiento,
comunicación, etc.) que ofrece la Iglesia a todas las Expresiones de la Corriente de
Gracia de la RCC.

¿CÓMO NACE CHARIS?
CHARIS (acrónimo de Catholic Charismatic Renewal International Service) nace de la
voluntad directa de la Iglesia, a través del Santo Padre Francisco, que desde el 12 de
junio de 2015 pidió explícitamente que se trabajara en la concreción de un Servicio
Único para toda la RCC.

¿POR QUÉ UN SERVICIO ÚNICO?
La RCC tiene muchísimas Expresiones (Grupos de Oración, Comunidades de Alianza,
Comunidades de Evangelización, Congregaciones Religiosas, Escuelas de
Evangelización, etc.) y cada una de ellas tiene su vida y ministerio propio. Cada una de
estas Expresiones es RCC, pero ninguna agota en sí misma todo lo que es la RCC. Un
Servicio Único nos asegura que la unidad se haga real, palpable y complementaria.

¿QUÉ SIGNIFICA QUE TIENE PERSONERÍA JURIDICA PÚBLICA?
Tal como lo determina el canon 116 del CIC (Código de Derecho Canónico) la
personería jurídica pública significa que CHARIS (Oficina de Servicio), es erigida por la
Iglesia para que, cumpliendo su misión, asignada y determinada por sus Estatutos, lo
haga en nombre de la Iglesia. Es la Iglesia, que como buena madre, ayuda a la RCC, una
de sus hijas, para que, con la ayuda de CHARIS, cada Expresión Carismática pueda
llevar adelante su misión en plena comunión entre ellas y con toda la Iglesia.

Esta situación no afecta el status canónico ni la misión y características propias de cada
una de las Realidades que integran CHARIS.

¿CÓMO AFECTA ESTO A LA RCC DE ARGENTINA?
El artículo 4 del Estatuto de CHARIS establece: “Una vez que estos Estatutos entren en
vigor, todos los Equipos Nacionales, Regionales y Continentales se reestructurarán
como Organismos de Servicio incluyendo todas las Expresiones locales de la
Renovación Carismática Católica…”

En Argentina hace ya algunos años venimos caminando en este sentido. Nuestro
Equipo Coordinador Nacional tiene como integrante un representante de las
Comunidades Carismáticas de Alianza.

El 26/10/18 en el marco del Encuentro Nacional de Coordinadores y Asesores
Diocesanos y Regionales de la RCC, nos reunimos los responsables de las distintas
Expresiones y respondiendo al pedido de CHARIS y convencidos, con el Papa Francisco,
que la RCC es una Corriente de Gracia, compuesta de diferentes expresiones, firmamos
una carta compromiso para iniciar, juntos, un camino de construcción del “SERVICIO
NACIONAL DE COMUNIÓN”.

Ahora nos toca profundizar y sobre todo concretizar esta comunión, querida no sólo
por la Iglesia sino por el mismo Cristo (“Que todos sean uno… para que el mundo
crea”, Jn 17,21), para que esta bendita Corriente de Gracia pueda llevar adelante la
misión que el mismo Señor nos ha encomendado.

Profundizar la comunión significa también aprender a pedir perdón y a conceder el
perdón. Muchas veces nos hemos peleado, nos hemos dividido, nos hemos herido.
Ahora es el momento de comenzar a sanar esas heridas, de comenzar a conocernos y
amarnos mutuamente, de aprender a valorar lo propio de cada una de las Expresiones
Carismáticas para poder ayudarnos mutuamente.

¿Lo pensamos?
Más que pensarlo, ¿lo hacemos?

LA UNCIÓN

LA UNCIÓN

LA UNCIÓN

Padre Eduardo Toraño – Asesor RCC España

Hablar de “unción” es hablar del Espíritu Santo, porque ambos se identifican. Así cuando decimos que una persona, un lugar, un objeto o una acción está “ungida” estamos afirmando que está tomada por el Espíritu Santo. La “unción” es uno de los símbolos que identifica al Espíritu Santo: “El simbolismo de la unción con el óleo es también significativo del Espíritu Santo, hasta el punto de que se ha convertido en sinónimo suyo (cf. 1 Jn 2, 20. 27; 2 Co 1, 21)” . Así pues, el Espíritu Santo es la unción y todo lo que toca lo “unge”.

 La unción antes de Jesús

Hay una acción general del Espíritu Santo, que “llena la tierra y todo lo abarca” (Sab 1,7), ya que por Él se hizo el mundo (cf. Gén 1,2) y gracias a Él el hombre recibió la vida (cf. Gén 2,7; Job 27,3; 33,4; 34,14) y se mantiene en ella, pues sin el Espíritu nada puede subsistir (cf. Sal 104,29-30). Pero de modo particular el Espíritu muestra su presencia y su fuerza en algunas personas, lugares y objetos que son tocadas por el Espíritu. Esta presencia poderosa del Espíritu es lo que llamamos “unción”.

 En el Antiguo Testamento aparece la conexión entre Espíritu y unción cuando son ungidos con óleo los lugares y objetos para el culto donde Dios se hace presente de modo especial (cf. Éx 30,22-33), así como los sacerdotes (cf. Éx 30,30) y los reyes (cf. 1 Sam 10,1;16,12-13; 2 Sam 2,4; 5,3), que son elegidos y consagrados para una misión divina. Al ser ungidos reciben el Espíritu divino, como se dice del rey David: “Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante” (1 Sam 16,13).

También los profetas reciben la unción del Espíritu para su ministerio (cf. Neh 9, 30), como señala Isaías: “El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad; para proclamar un año de gracia del Señor, un día de venganza de nuestro Dios, para consolar a los afligidos” (Is 61,1-2). Como muestra este pasaje, el profeta recibe la unción del Espíritu para ser enviado y desempeñar así un ministerio de predicación, consuelo, sanación y liberación. En cuanto que ungido, el profeta es “el hombre de espíritu” (Os 9,7), en él “mora” el Espíritu (cf. Dn 4, 5-6.15), está en él (cf. Dn 6,4; 13,45), el Espíritu lo envía (cf. Ez 2,2; Is 48,16), inspira (cf. Is 59, 21; Zac 7,12), conduce (cf. Ez 3,24), lo posee (cf. Dn 5,11.14), lo arrebata e invade (cf. Ez 11,1.5.24), lo fortalece (cf. Mi 3,8; Zac 4,6), y puede transmitirlo a otros (cf. 2 Re 2,9-15).

En los albores del tiempo mesiánico de un modo más explícito el Espíritu se manifiesta con fuerte unción sobre los justos, como en Isabel (cf. Lc 1,41-42), Zacarías (cf. Lc 1,67ss), Simeón (cf. Lc 2,25-27), Ana (cf. Lc 2,36-38), y de un modo especial en Juan Bautista, del que se dice que “está lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno” (Lc 1, 15).

La unción en Jesús

Es con la venida del Mesías cuando la unción del Espíritu se da en plenitud en Jesús, el Cristo. Mesías, palabra hebrea que deriva de masah (“untar”), se traduce al griego por “Cristo” y significa “Ungido”, el que está “untado”, “impregnado”, del Espíritu. En Jesús se cumple plenamente la profecía de Isaías 61,1-4, como él mismo afirma (cf. Lc 4,18-19). De modo que todo lo dicho de los profetas se puede decir de Él en modo superlativo: el Ungido es el que vive inmerso en el Espíritu, es habitado por él, poseído, invadido, tomado por completo. Por eso tiene el Espíritu en plenitud: “Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor” (Is 11,2; cf. Is 28,5-6).

 Jesús es el Cristo (el Ungido). Pero, ¿quién lo unge?, ¿con qué es ungido? La respuesta la tenemos en Hch 10,38: “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo”. El Padre es el que unge al Hijo, que es el Ungido, y el Espíritu Santo la unción: “El que ha ungido, es el Padre. El que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la unción” (S. Ireneo de Lyon, Contra las herejías 3, 18, 3).

 Desde la encarnación Jesús es el Mesías, el Cristo, el “ungido del Padre” , pues es concebido por la Virgen María por obra del Espíritu Santo y su humanidad es santificada desde el primer momento por el Espíritu: “El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es «Cristo», es decir, el ungido por el Espíritu Santo (cf. Mt 1,20; Lc 1,35), desde el principio de su existencia humana” (CEC 486). Desde este momento es llamado “Cristo” (Mesías): “os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11).

 En el bautismo del Jordán (cf. Mt 3,16-17) el Espíritu Santo desciende sobre Jesús con vistas a la misión y con la fuerza del Espíritu Jesús comienza su ministerio mesiánico (cf. CEC 438): “por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en Él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres” (Prefacio de la fiesta del Bautismo del Señor).

 El ungido, el que está invadido por el Espíritu, se deja llevar por Él sin poner obstáculos, como hizo Jesús después de ser bautizado en el Jordán, aunque esto suponga combate: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo” (Lc 4,1-2). Jesús, en obediencia a la voluntad del Padre, se deja dócilmente conducir por el Espíritu Santo y lucha contra Satanás. Al dejar el desierto “Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu” (Lc 4,14). De modo que la unción de la encarnación perdura para siempre como una presencia permanente del Espíritu, que lo llena (cf. Lc 4,1), guía (cf. Lc 4,2) y acompaña con su poder (cf. Lc 4,14). Con el poder del Espíritu Jesús predicará con autoridad y obrará milagros, curaciones, exorcismos “por el Espíritu de Dios” (Mt 12,28). Pero la presencia y acción del Espíritu será plena cuando Jesús resucite, pues ahí es donde es “constituido plenamente «Cristo» en su humanidad victoriosa de la muerte (cf. Hch 2, 36)”.

La unción en nosotros

Jesús es el Ungido no solo en su divinidad, sino también en su humanidad con el fin de que todo lo humano pueda recibir el Espíritu y ser así ungido. Como hombre Jesús es prototipo y modelo de unción para nosotros. Por eso nos llamamos cristianos, es decir “ungidos” por el Espíritu Santo (cf. 1 Jn 2,20.27; 2 Cor 1,21).

En particular, se recibe la unción para una misión concreta. Como Jesús, que fue ungido en el Jordán para desarrollar un ministerio público de consuelo y misericordia: “Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch 10,37-38). Jesús realizó su misión porque “Dios estaba con Él”, ya que había recibido la unción, por la cual el Espíritu Santo había puesto su morada en Él.

 En el Sacramento del Bautismo la unción del Espíritu Santo nos configura con Cristo participando sacramental del misterio pascual (somos “cristificados”). Luego, en la Confirmación recibimos la unción para ser testigos misioneros. Además de la unción recibida en los Sacramentos, hay una unción más específica que tiene que ver con la llamada particular a través de la cual el Espíritu se hace presente y actúa en cada uno de nosotros para el bien de los hermanos. Por tanto, en cuanto que somos bautizados todos los cristianos estamos ungidos porque el Espíritu habita por la gracia santificante en nosotros, en cuanto confirmados somos ungidos para ser evangelizadores y en cuanto que tenemos una vocación específica somos ungidos de modo concreto para realizar ese servicio. En resumen, la unción es la presencia del Espíritu que hace eficaz toda palabra y obra, y así transforma al ungido y a los que Él sirve.

Lo que Hagan, Háganlo con Amor (1Cor 16,14)

Lema de RCC Argentina 2019

V Meditacion Cuaresma 2019

V Meditacion Cuaresma 2019

«El progreso consiste en pasar de hacer muchas cosas por Cristo a sufrir por Cristo»

Las predicaciones de Adviento concluyeron bajo la perspectiva de Juan, las de Cuaresma, bajo la perspectiva de Pablo.

En la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico vaticano tuvo lugar este viernes la quinta y última meditación cuaresmal dirigida por el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, al Papa y a la Curia Romana, bajo el título Dios ha elegido lo que es necio para el mundo para confundir a los sabios.

El fraile capuchino destacó la existencia en el Nuevo Testamento de «dos enfoques diferentes, aunque complementarios, hacia el misterio de Cristo: el de Pablo y el de Juan«. «Juan ve el misterio de Cristo a partir de la Encarnación», dijo, y «la salvación consiste en reconocer que Jesús «ha venido en carne» (2 Jn 7) y en creer que él «es el Hijo de Dios» (1 Jn 5,5)». Por su parte, «para Pablo, en el centro de atención no está tanto la persona de Cristo, entendida como realidad ontológica; está, más bien, la obra de Cristo, es decir, su misterio pascual de muerte y resurrección. La salvación no está tanto en creer que Jesús es el Hijo de Dios venido en carne, cuanto en creer en Jesús «muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación» (cf. Rom 4,25). El acontecimiento central no es la encarnación, sino el misterio pascual».

Ambos enfoques son complementarios, pues «en Juan, la encarnación es en vistas del misterio pascual», y «para Pablo el misterio pascual supone y se basa en la encarnación». Y han servido para guiar de formas complementarias también las meditaciones de Adviento y de Cuaresma dirigidas por Cantalamessa: «Al término de las meditaciones de Adviento hablé del Cristo de Juan que, en el mismo momento en que se hace carne, introduce en el mundo la vida eterna. Al final de estas meditaciones de Cuaresma, querría hablar del Cristo de Pablo que, en la cruz, cambia el destino de la humanidad».

Siguiendo a San Pablo, Cantalamessa señala «casi un cambio de ritmo y de método» en la actuación de Dios con la Encarnación y la Cruz: «El mundo no ha sabido reconocer a Dios en el esplendor y en la sabiduría de la creación; entonces Él decide revelarse de modo opuesto, a través de la impotencia y la necedad de la cruz«. 

Ese contrapunto entre la omnipotencia del Dios Creador y la aparente impotencia del Dios Redentor es lo que constituye «la novedad de la cruz de Cristo»: «Dios se ha manifestado en la cruz, sí, «bajo su contrario», pero bajo lo contrario de lo que los hombres han pensado siempre de Dios, no de lo que Dios es verdaderamente. Dios es amor y en la cruz se produjo la suprema manifestación del amor de Dios por los hombres».

«En la creación Dios nos ha llenado de dones, en la redención ha sufrido por nosotros», añadió el padre Cantalamessa: «La relación entre las dos cosas es la de un amor de beneficencia que se hace amor de sufrimiento». «En la creación», abundó luego, «Dios ha demostrado su amor por nosotros llenándonos de dones: la naturaleza con su magnificencia fuera de nosotros, la inteligencia, la memoria, la libertad y todos los demás dones dentro de nosotros. Pero no le bastó. En Cristo quiso sufrir con nosotros y por nosotros«.

Y ése es el modelo que debemos asumir para nuestras relaciones humanas, como en el matrimonio: «Cuando brota un amor, se siente inmediatamente la necesidad de manifestarlo haciendo regalos a la persona amada. Es lo que hacen los novios entre sí. Pero sabemos cómo funcionan las cosas: una vez casados, afloran los límites, las dificultades, las diferencias de carácter. Ya no basta hacer regalos; para avanzar y mantener vivo el matrimonio, hay que aprender a «llevar los pesos uno del otro» (cf. Gál 6,2), y a sufrir el uno por el otro y el uno con otro. Así el eros, sin menguar en sí mismo, se convierte también en ágape, amor de donación y no sólo de búsqueda».

La gran lección con la que concluyen así estas predicaciones, y es la que da sentido a la Semana Santa que comienza en breve, es que el progreso espiritual «consiste en pasar de hacer muchas cosas por Cristo y por la Iglesia, a sufrir por Cristo y por la Iglesia«.

TEXTO ÍNTEGRO DE LA PREDICACIÓN

«Dios ha elegido lo que es necio para el mundo para confundir a los sabios»

Raniero Cantalamessa, OFM Cap

Quinta predicación, Cuaresma 2019 

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

Juan y Pablo: dos miradas diferentes sobre el misterio

En el Nuevo Testamento y en la historia de la teología hay cosas que no se entienden si no se tiene en cuenta un dato fundamental, es decir, el de la existencia de dos enfoques diferentes, aunque complementarios, hacia el misterio de Cristo: el de Pablo y el de Juan. 

Juan ve el misterio de Cristo a partir de la Encarnación. Jesús, Verbo hecho carne, es para él el supremo revelador del Dios vivo, aquel fuera del cual «nadie va al Padre». La salvación consiste en reconocer que Jesús «ha venido en carne» (2 Jn 7) y en creer que él «es el Hijo de Dios» (1 Jn 5,5); «Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no tiene la vida» (1 Jn 5,12). En el centro de todo, como se ve, está «la persona» de Jesús hombre-Dios.

La peculiaridad de esta visión joánica salta a los ojos si la comparamos con la de Pablo. Para Pablo, en el centro de atención no está tanto la persona de Cristo, entendida como realidad ontológica; está, más bien, la obra de Cristo, es decir, su misterio pascual de muerte y resurrección. La salvación no está tanto en creer que Jesús es el Hijo de Dios venido en carne, cuanto en creer en Jesús «muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación» (cf. Rom 4,25). El acontecimiento central no es la encarnación, sino el misterio pascual.

Sería un error fatal ver en ello una dicotomía en el origen mismo del cristianismo. Cualquiera que lee sin prejuicios el Nuevo Testamento comprende que, en Juan, la encarnación es en vistas del misterio pascual, cuando Jesús finalmente derrame su Espíritu sobre la humanidad (Jn 7,39), y entiende que para Pablo el misterio pascual supone y se basa en la Encarnación. Aquel que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, es uno que «tenía la forma de Dios», igual a Dios (cf. Flp 2,5ss). Las fórmulas trinitarias en las que Jesucristo es mencionado junto al Padre y al Espíritu Santo, son una confirmación de que, para Pablo, la obra de Cristo tiene sentido por su persona.

La distinta acentuación de los dos polos del misterio refleja el camino histórico que la fe en Cristo ha hecho después de la Pascua. Juan refleja la fase más avanzada de la fe en Cristo, aquella que se tiene al final, no al comienzo de la redacción de los escritos neotestamentarios. Él está al final de un proceso de remontarse a las fuentes del misterio de Cristo. Esto se nota observando desde dónde comienzan los cuatro Evangelios. Marcos comienza su evangelio desde el bautismo de Jesús en el Jordán; Mateo y Lucas, que vinieron después, dan un paso atrás y hacen comenzar la historia de Jesús desde su nacimiento de María; Juan, que escribe el último, hace un salto decisivo hacia atrás y coloca el comienzo de la historia de Cristo no ya en el tiempo, sino en la eternidad: «En el principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios» (Jn 1,1).

El motivo de este desplazamiento de interés es bien conocido. La fe, entretanto, entró en contacto con la cultura griega y ésta está más interesada en la dimensión ontológica que en la histórica. Lo que importa para ella no es tanto el desarrollo de los hechos, cuanto su fundamento (archè). A este factor ambiental se añadían los primeros síntomas de la herejía doceta que cuestionaba la realidad de la Encarnación. El dogma cristológico de las dos naturalezas y de la unidad de la persona de Cristo estará casi enteramente basado en la perspectiva de san Juan del Logos hecho carne.

Es importante tener en cuenta esto para comprender la diferencia y la complementariedad entre teología oriental y teología occidental. Las dos perspectivas, la paulina y la joánica, aunque fusionándose juntas (como vemos que sucede en el Credo Niceno-Constantinopolitano), conservan su distinta acentuación, como dos ríos que, confluyendo uno en otro, conservan durante un largo trecho el distinto color de sus aguas. La teología y la espiritualidad ortodoxa se basa predominantemente en Juan; la occidental (la protestante más aún que la católica) se basa principalmente en Pablo. Dentro de la misma tradición griega, la escuela alejandrina es más joánica, la antioqueña más paulina. Una hace consistir la salvación en la divinización, la otra en la imitación de Cristo.

La cruz, sabiduría de Dios y poder de Dios

Ahora quisiera mostrar qué comporta todo esto para nuestra búsqueda del rostro del Dios vivo. Al término de las meditaciones de Adviento hablé del Cristo de Juan que, en el mismo momento en que se hace carne, introduce en el mundo la vida eterna. Al final de estas meditaciones de Cuaresma, querría hablar del Cristo de Pablo que, en la cruz, cambia el destino de la humanidad. Escuchemos enseguida el texto donde aparece más clara la perspectiva paulina sobre la cual queremos reflexionar: «Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen. Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,21-25).

El Apóstol habla de una novedad en el actuar de Dios, casi un cambio de ritmo y de método. El mundo no ha sabido reconocer a Dios en el esplendor y en la sabiduría de la creación; entonces él decide revelarse de modo opuesto, a través de la impotencia y la necedad de la cruz. No se puede leer esta afirmación de Pablo sin recordar el dicho de Jesús: «Te bendigo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25). 

¿Cómo interpretar este vuelco de valores? Lutero hablaba de un revelarse de Dios «sub contraria especies», es decir, a través de lo contrario de lo que uno se esperaría de él[1]. Él es potencia y se revela en la impotencia, es sabiduría y se revela en la necedad, es gloria y se revela en la ignominia, es riqueza y se revela en la pobreza. 

La teología dialéctica de la primera mitad del siglo pasado llevó esta visión a sus últimas consecuencias. Entre el primer y el segundo modo de manifestarse de Dios no existe, según Karl Barth, continuidad, sino ruptura. No se trata de una sucesión sólo temporal, como entre Antiguo y Nuevo Testamento, sino de una oposición ontológica. En otras palabras, la gracia no construye sobre la naturaleza, sino contra ella; toca al mundo «como la tangente al círculo», es decir lo roza, pero sin penetrar dentro, como, en cambio, hace la levadura con la masa. Es la única diferencia que, según dice el mismo Barth, le retenía de llamarse católico; todas las demás le parecían, en comparación, de poca monta. A la analogia entis, él oponía la analogia fidei, es decir, a la colaboración entre naturaleza y gracia, la oposición entre la palabra de Dios y todo lo que pertenece al mundo. 

Benedicto XVI, en su encíclica Deus Caritas Est, muestra las consecuencias que tiene esta distinta visión a propósito del amor. Karl Barth escribió: «Donde entra en escena el amor cristiano, comienza inmediatamente el conflicto con el otro amor [el amor humano] y este conflicto no tiene fin[2] ». Benedicto XVI escribe, por el contrario: «Eros agapé —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a separarse completamente […]. La fe bíblica no construye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones»[3].

La oposición radical entre naturaleza y gracia, entre creación y redención, fue atenuándose en los escritos posteriores del mismo Barth y ahora ya no encuentra casi seguidores. Por tanto, podemos acercarnos con más serenidad a la página del Apóstol para entender en qué consiste realmente la novedad de la cruz de Cristo. 

Dios se ha manifestado en la cruz, sí, «bajo su contrario», pero bajo lo contrario de lo que los hombres han pensado siempre de Dios, no de lo que Dios es verdaderamente. Dios es amor y en la cruz se produjo la suprema manifestación del amor de Dios por los hombres. En cierto sentido, sólo ahora, en la cruz, Dios se revela «en la propia especie», en lo que le es propio. El texto de la primera Carta a los Corintios sobre el significado de la cruz de Cristo debe ser leído a la luz de otro texto de Pablo en la Carta a los Romanos: «En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,6-8).

El teólogo medieval bizantino Nicolás Cabasilas (1322-1392) nos proporciona la clave mejor para entender en qué consiste la novedad de la cruz de Cristo. Escribe: «Dos cosas dan a conocer al amante verdadero y le aseguran el triunfo sobre el amado: hacerle todo el bien que le es posible y tolerar por su amor los más terribles tormentos: el sufrimiento es aún mayor prueba de amistad que el llenar de sus bienes. Pero Dios era inaccesible para todo sufrimiento y no podía ofrecer al hombre la prueba suprema de amor […]. Tenía que darnos alguna prueba y, pues nos amaba con locura, manifestarnos lo extremado de su amor. Para esto inventa y lleva a cabo este anonadamiento maravilloso. Y encuentra en ello la manera de poder sufrir los más atroces tormentos. Y habiéndole mostrado con su tortura la intensidad del amor, obliga al hombre, que antes le huía por el temor de su odio, a que se le acerque confiado»[4].

En la creación Dios nos ha llenado de dones, en la redención ha sufrido por nosotros. La relación entre las dos cosas es la de un amor de beneficencia que se hace amor de sufrimiento. 

Pero, ¿qué ha ocurrido tan importante en la cruz de Cristo para hacer de ella el momento culminante de la revelación del Dios vivo de la Biblia? La criatura humana busca instintivamente a Dios en la línea de la potencia. El título que sigue al nombre de Dios es casi siempre «omnipotente». Y he aquí que, abriendo el Evangelio, se nos invita a contemplar la impotencia absoluta de Dios en la cruz. El Evangelio revela que la verdadera omnipotencia es la total impotencia del Calvario. Hace falta poca potencia para proseguir, en cambio, se requiere mucha para ponerse a un lado aparte, para borrarse. ¡El Dios cristiano es esta ilimitada potencia de ocultamiento de sí! 

La explicación última está, pues, en el nexo indisoluble que existe entre amor y humildad. «Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2,8). Se humilló haciéndose dependiente del objeto de su amor. El amor es humilde porque, por su naturaleza, crea dependencia. Lo vemos, en pequeño, por lo que ocurre cuando dos personas humanas se enamoran. El joven que, según el ritual tradicional, se arrodilla ante una chica para pedir su mano, hace el acto más radical de humildad de su vida, se hace mendigo. Es como si dijera: «Yo no me basto a mí mismo, necesito de ti para vivir». La diferencia esencial es que la dependencia de Dios respecto de sus criaturas nace únicamente por el amor que tiene hacia ellas, la de las criaturas entre sí, de la necesidad que tienen la una de la otra. 

«La revelación de Dios como amor, escribió Henri de Lubac, obliga al mundo a revisar todas sus ideas sobre Dios»[5]. La teología y la exégesis están aún lejos, creo, de haber sacado de ello todas las consecuencias. Una de dichas consecuencias es ésta. Si Jesús sufre de forma atroz en la cruz no lo hace principalmente para pagar en lugar de los hombres su deuda insoluta. (¡Con la parábola de los dos siervos, en Lucas 7,41ss., explicó anticipadamente que la deuda de diez mil talentos fue cancelada por el rey gratuitamente!). No, Jesús muere crucificado para que el amor de Dios pudiera llegar al hombre en el punto más remoto en el cual se había alejado rebelándosele, es decir, en la muerte. Incluso la muerte está habitada por el amor de Dios. En su libro sobre Jesús de Nazaret, Benedicto XVI, escribió: «La injusticia, el mal como realidad no puede simplemente ser ignorado, dejado estar. Debe ser eliminado, vencido. Esta es la verdadera misericordia. Y que ahora, puesto que los hombres no son capaces de ello, que lo haga Dios mismo: esta es la bondad incondicional de Dios»[6].

El motivo tradicional de la expiación de los pecados mantiene, como se ve, toda su validez, pero no el motivo último. El motivo último es «la bondad incondicional de Dios», su amor.

Podemos identificar tres etapas en el camino de la fe pascual de la Iglesia. Al comienzo hay solamente dos hechos escuetos: «Ha muerto, ha resucitado». «Vosotros lo crucificasteis, Dios lo ha resucitado», grita a las multitudes Pedro el día de Pentecostés (cf. Hch 2,23-24). En una segunda fase, se plantea la pregunta: «¿Por qué murió y por qué ha resucitado?», y la respuesta es el kerygma: «Murió por nuestros pecados; ha resucitado para nuestra justificación» (cf. Rom 4,25). Faltaba aún una pregunta: «Y, ¿por qué ha muerto por nuestros pecados? ¿Qué le ha empujado a hacerlo?» La respuesta (unánime, en este punto, de Pablo y de Juan) es: «Porque nos ha amado». «Me amó y se entregó a sí mismo por mí», escribe Pablo (Gál 2,20); «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo», escribe Juan (Jn 13,1).

Nuestra respuesta

¿Cuál será nuestra respuesta frente al misterio que hemos contemplado y que la liturgia nos hará revivir en la Semana Santa? La primera y fundamental respuesta es la de la fe. No una fe cualquiera, sino la fe mediante la cual nos apropiamos de lo que Cristo ha adquirido para nosotros. La fe que realiza «el golpe de audacia» de la vida. El Apóstol concluye con estas palabras el texto del que hemos partido: «Cristo Jesús […] para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención. Y así —como está escrito—: el que se gloríe, que se gloríe en el Señor» (1 Cor 1,30-31). 

Lo que Cristo ha llegado a ser «para nosotros» —justicia, santidad y redención— nos pertenece; ¡es más nuestro que si lo hubiéramos hecho nosotros! Yo no me canso de repetir, a este respecto, lo que escribió san Bernardo: «Yo, en verdad, tomo con confianza para mí (¡usurpo!) lo que me falta de las entrañas del Señor, porque rebosan misericordia. […] Mi mérito, por lo tanto, es la misericordia del Señor. No careceré seguramente de mérito mientras el Señor no carezca de misericordia. Si las misericordias del Señor son muchas, yo también soy muy grande por lo que respecta a los méritos […] ¿Cantaré acaso mi justicia? “Señor, recordaré sólo tu justicia” (cf. Sal 71,16). Ella es, en verdad, también mía; porque tú te has hecho para mí justicia que viene de Dios (cf. 1 Cor 1,30)»[7].

No dejemos pasar la Pascua sin haber hecho, o renovado, el golpe de audacia de la vida cristiana que nos sugiere san Bernardo. San Pablo exhorta a menudo a los cristianos a «revestirse de Cristo»[8]. La imagen del desvestirse y revestirse no indica una operación sólo ascética, consistente en abandonar ciertos «hábitos» y sustituirlos con otros, es decir, en abandonar los vicios y adquirir las virtudes. Es, ante todo, una operación que hay que hacer mediante la fe. Uno se pone ante el crucifijo y, con un acto de fe, le entrega todos sus pecados, la propia miseria pasada y presente, como quien se despoja y arroja en el fuego sus trapos sucios. Luego se reviste de la justicia que Cristo ha adquirido para nosotros; dice, como el publicano en el templo: «¡Oh Dios ten piedad de mí, pecador!, y vuelve a casa como él, «justificado» (cf. Lc 18,13-14). ¡Esto sería realmente un «hacer la Pascua», realizar el santo «tránsito»!

Naturalmente, no todo termina aquí. De la apropiación debemos pasar a la imitación. Cristo —señalaba el filósofo Kierkegaard a sus amigos luteranos— no es sólo «el don de Dios que hay que aceptar mediante la fe»; es también «el modelo a imitar en la vida»[9]. Quisiera destacar un punto concreto sobre el que tratar de imitar el actuar de Dios: lo que Cabasilas destacó con la distinción entre el amor de beneficencia y el amor de sufrimiento. 

En la creación, Dios ha demostrado su amor por nosotros llenándonos de dones: la naturaleza con su magnificencia fuera de nosotros, la inteligencia, la memoria, la libertad y todos los demás dones dentro de nosotros. Pero no le bastó. En Cristo quiso sufrir con nosotros y por nosotros. Así sucede también en las relaciones de las criaturas entre ellas. Cuando brota un amor, se siente inmediatamente la necesidad de manifestarlo haciendo regalos a la persona amada. Es lo que hacen los novios entre sí. Pero sabemos cómo funcionan las cosas: una vez casados, afloran los límites, las dificultades, las diferencias de carácter. Ya no basta hacer regalos; para avanzar y mantener vivo el matrimonio, hay que aprender a «llevar los pesos uno del otro» (cf. Gál 6,2), y a sufrir el uno por el otro y el uno con otro. Así el eros, sin menguar en sí mismo, se convierte también en ágape, amor de donación y no sólo de búsqueda. Benedicto XVI, en la encíclica citada (n.7) , se expresa así: «Si bien el eros inicialmente es sobre todo vehemente, ascendente —fascinación por la gran promesa de felicidad—, al aproximarse la persona al otro se planteará cada vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará «ser para» el otro. Así, el momento del agapé se inserta en el eros inicial; de otro modo, se desvirtúa y pierde también su propia naturaleza. Por otro lado, el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don». 

La imitación del actuar de Dios no se refiere sólo al matrimonio y a los casados; en un sentido distinto, nos toca a todos nosotros, los consagrados antes que a cualquier otro. El progreso, en nuestro caso, consiste en pasar de hacer muchas cosas por Cristo y por la Iglesia, a sufrir por Cristo y por la Iglesia. Sucede en la vida religiosa lo que sucede en el matrimonio y no hay que asombrarse de ello, desde el momento que es también un matrimonio, un desposorio con Cristo. 

Una vez la Madre Teresa de Calcuta hablaba a un grupo de mujeres y las exhortaba a sonreír a su marido. Una de ellas la objetó: «Madre, usted habla así porque no está casada y no conoce a mi marido». Ella le respondió: «Te equivocas. También yo estoy casada y te aseguro que a veces no es fácil tampoco para mí sonreír a mi Esposo». Después de su muerte se ha descubierto a qué aludía la santa con aquellas palabras. Tras la llamada a ponerse al servicio de los más pobres de los pobres, emprendió con entusiasmo el trabajo por su divino Esposo, poniendo en pie obras que maravillaron al mundo entero. 

Muy pronto, sin embargo, la alegría y entusiasmo disminuyeron, ella cayó en una noche oscura que la acompañó durante todo el resto de la vida. Llegó a dudar si tenía todavía fe, hasta el punto de que cuando, tras su muerte, fueron publicados sus diarios íntimos, alguien totalmente desconocedor de las cosas del Espíritu, habló incluso de un «ateísmo de la Madre Teresa». La santidad extraordinaria de la Madre Teresa está en el hecho de que vivió todo esto en el más absoluto silencio con todos, escondiendo su desolación interior bajo una sonrisa constante del rostro. En ella se ve lo qué significa pasar de hacer las cosas para Dios, al sufrir por Dios y por la Iglesia. 

Es una meta muy difícil, pero afortunadamente Jesús en la cruz no solo nos ha dado el ejemplo de este tipo nuevo de amor; nos ha merecido también la gracia de hacerlo nuestro, de apropiárnoslo mediante la fe y los sacramentos. Prorrumpa, pues, en nuestro corazón, durante la Semana Santa, el grito de la Iglesia: «Adoramus Te, Christe, et benedicimus Tibi, quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum». Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz has redimido el mundo. 

¡Santo Padre, venerables Padres, hermanos y hermanas: feliz y santa Pascua!

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

[1] Cf. Martin Lutero, De servo arbitrio: WA, 18, 633; cf. también WA, 56, pp. 392. 446-447.
[2] Karl Barth, Dommatica eclesiale, IV, 2, 832-852. La incompatibilidad entre amor humano y amor divino es la tesis de Anders Nygren, Eros e agape. La nozione cristiana dell’amore e le sue trasformazioni (Il Mulino, Bolonia 1971) [edición original sueca (Estocolmo 1930); trad. esp. Eros y agape (Sagitario, Barcelona 1969)].
[3] Benedicto XVI, Deus Caritas Est, nn. 7-8.
[4] Nicolás Cabasilas, Vida en Cristo, VI, 2: PG 150, 645 [trad.esp. La vida en Cristo (Rialp, Madrid 41999) 189 ].
[5] Henri de Lubac, Histoire et esprit, Paris 1950, Ch.5.
[6] Cf. Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, Parte II (Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2011) 151 [trad. esp. Jesús de Nazaret (BAC, Madrid 2015)]..
[7] San Bernardo de Claraval, Sermones sobre el Cantar, 61, 4-5: PL 183,1072.
[8] Cf. Rom 13,14; Gál 3,27; Ef 4,24).
[9] Cf. Søren Kierkegaard, Diarios, X1, A, 154 (año 1849).