TURISMO CARISMÁTICO

TURISMO CARISMÁTICO

TURISMO CARISMÁTICO

El Padre Jacques Custeau es uno de los líderes de la Renovación Carismática en Canadá. Por su interés reproducimos aquí algunas de sus reflexiones sobre lo que él llama «turismo carismático».

Afirmaba el Padre Jacques: “ Es importante pertenecer a un grupo de oración, y yo creo que una persona puede pertenecer realmente sólo a un grupo. Ocasionalmente y para variar un poco puede ser bueno ir y orar con otro grupo o aprender cómo otros efectúan sus reuniones. Pero esto ocurriría sólo en contadas ocasiones y el resto del tiempo deberá ir a su propio grupo para orar.”

El crecimiento espiritual está conectado íntimamente con el pertenecer a un grupo de oración. Es allí donde llegamos a conocer a nuestros hermanos y hermanas. Con ellos podremos sobrellevar las cosas buenas y malas que nos ocurran.

El pertenecer a un mismo grupo también nos capacita para recibir enseñanzas constantes que nos fortalecerán entre nosotros para poder progresar espiritualmente. Añadiremos también que conociéndonos unos a otros podremos ejercitar la corrección fraterna cuando sea necesario, lo que nos ayudará a avanzar más. Echar raíces en un solo grupo es también señal de que la persona ya pasó de su época de simple consumidor.

Con mucha frecuencia las personas que circulan de un grupo a otro sin echar raíces en ninguno son las que sólo desean recibir sin dar. El decidir pertenecer a un grupo particular significa aceptar que tenemos nuestra parte de responsabilidad en ese grupo y por la gente en el grupo, y aún fuera de las reuniones de oración.

El turismo carismático también puede ser indicio de dos tentaciones muy sutiles:

  • La primera es sensacionalismo, que aún sin darse cuenta, la persona busca grupos con el deseo de ver milagros. Es importante recordar lo que el P. O’Connor escribió en su libro: «La Renovación Carismática: su origen y perspectiva»: ‘Un momento de oración profunda tiene un valor infinitamente mayor que el espectacular milagro o la más sorprendente profecía. La verdadera oración, en efecto, es la unión vital con Dios. Esto es lo que los carismas nos ayudan a lograr’.
  • La segunda tentación es la de escapar. La participación en los grupos de oración puede volverse una excusa para escapar de situaciones familiares o de la comunidad que preferimos evadir. Sería muy apropiado preguntar a las personas que van de una reunión a otra: ¿De qué están escapando ustedes? ¿Qué es lo que anda mal en sus casas o en sus comunidades?

Si su oración es un escape o pretexto para descuidar sus obligaciones, ¿Creen que las oraciones van a ser agradables a Dios?”

 El P. O’Connor también dice: «Puede suceder, desde luego, que la oración se convierta en una excusa para descuidar otras responsabilidades. Pero entonces deja de ser oración auténtica: no es más que apariencia externa que se convierte en hipocresía«.

Hermano, hermana, es bueno que perseveres en un grupo de oración.

Intercesión y ministerio de intercesión

Intercesión y ministerio de intercesión

     …Llamados a ser intercesores
Reflexión preparada por Teresa Rosero, integrante del Ministerio de Intercesión del Comité Nacional de Servicio Hispano – RCC de los Estados Unidos y Canadá.

1) ¿QUÉ ES INTERCESIÓN?

(Definición del Catecismo de la Iglesia Católica –CIC-)

2634: “La intercesión es una oración de petición que nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús. Él es el único intercesor ante el Padre a favor de todos los hombres, de los pecadores en particular.”

2635: “Interceder, pedir a favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca “no su propio interés sino el de los demás” (Flp 2,4) hasta rogar por los que le hacen mal.”

2) ¿CUÁL ES LA DIFERENCIA ENTRE INTERCEDER, en general; Y SER LLAMADO A EJERCER EL MINISTERIO DE INTERCESIÓN?

Todos estamos llamados a interceder por los demás. Siempre estamos pidiendo por los demás.

En la liturgia de los domingos, tenemos oraciones específicas de intercesión. De hecho, la Santa Misa es el lugar por excelencia para interceder porque es en el Sacrificio de la Cruz que Jesús se ofrece como intercesor ante el Padre para la salvación nuestra: «Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria . ..¨

El ministerio de Intercesión es un llamado a interceder constantemente tanto a solas, como dentro de un grupo dedicado a interceder.

3) ¿CÓMO DEBEMOS INTERCEDER?

Romanos 8, 26-27: “Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables…”

En oración, cada ministerio decide cómo orar. Algunos ministerios de intercesión siguen el mismo modelo de oración del grupo de oración: alabanzas, acción de gracias, lecturas bíblicas, enseñanza. Otros ministerios interceden con María rezando el Santo Rosario y meditando la Palabra. Hay dos aspectos que se deben tener en cuenta: 1) La oración debe estar enfocada en el Señor, y no en la petición; 2) Se debe hacer tiempo de silencio para escuchar la voz de Dios. La intercesión puede marcar el cambio de una persona, familia, parroquia, diócesis, o nación, y el Señor nos puede revelar las intenciones por las que debemos orar. La Renovación Carismática nació producto de la oración.

4) ¿CUÁLES SON LAS CUALIDADES DE UN BUEN INTERCESOR?

Un intercesor está muy cerca del corazón de Jesús, comunica lo que está en Su Corazón. Debe aprender a ser discípulo de Él:
– Contando con la asistencia del Espíritu Santo.
– Aprendiendo a ser humilde. Nosotros somos criaturas del Creador, y necesitamos de Él.
– Teniendo fe expectante. Mt. 21,22: “Todo lo que pidan con fe en la oración lo obtendrán”
– Siendo misericordiosos.
– Teniendo apertura de escucha a la voz de Dios. El Señor nos revela por quién, o qué, tenemos que orar.
– Limpiando el corazón constantemente para tener pureza de corazón, buscando la santidad.
– Teniendo gusto por la oración, la Palabra y la Eucaristía.
– Fomentando la disciplina para ofrecer sacrificios y ayunos.
– Teniendo perseverancia.
– Sanando las relaciones con los demás.
– Teniendo balance en su vida (hay un tiempo para todo, incluyendo el descanso).

5) CÓMO CREAR, FORMAR y MANTENER UN MINISTERIO DE INTERCESIÓN

– Identificar a los que tienen el llamado a interceder

– Formar, construir, y nutrir una comunidad de discípulos de Jesús. Esta comunidad debe nutrirse de la amistad y hermandad a través de la oración, el diálogo y el discernimiento. Esto sentará las bases para tener siempre entre los hermanos una comunión intensa, de tal manera que la oración tenga fuerza, aunque no se encuentren juntos orando en el mismo lugar.

Oración: El ministerio existe por la oración y para la oración. Esta es su finalidad.

Diálogo: compartir la Palabra, las experiencias personales, incluyendo los problemas, estando atentos el uno del otro para escucharse y ayudarse. En otras palabras, fortalecer la relación de hermanos y amigos. Esto fortalecerá el amor entre los hermanos, y los ayudará a sobrevivir en las crisis.

Discernimiento: El Señor les irá hablando al corazón las intenciones por las que tienen que orar, aparte de las peticiones que ya tienen. También les irá indicando la ruta por la que deben seguir.

El Señor cambia nuestros planes. Él es el que tiene el mapa de nuestras vidas, y hay que estar abierto a esos planes.

6) DÓNDE Y CUÁNDO ORAR.

El intercesor no necesita lugares específicos para orar. El ministerio puede tener un lugar específico, aparte del día en que se reúne el grupo. En todo caso, cada miembro puede y debe continuar en oración siempre, ya esté en la calle, ya esté en la casa. Se recomienda tanto al ministerio como a cada miembro orar juntos con frecuencia ante el Santísimo, o en la Santa Misa, especialmente cuando hay necesidades y actividades especiales, ya sea en el grupo, zona o diócesis. Es una costumbre muy santa en la Renovación Carismática que un grupo de hermanos estén en oración ante el Santísimo durante un evento.

7) ¿CONTESTA EL SEÑOR SIEMPRE NUESTRAS ORACIONES?

Sí; pero no siempre tenemos la respuesta que buscamos. Recordemos que el tiempo de Dios no es el nuestro. Además, los planes de Dios pueden ser diferentes de los nuestros. Él puede permitir pruebas, enfermedades y sufrimientos en nuestras vidas para que nos purifiquemos y nos acerquemos más a Él; o para que los ofrezcamos y los unamos a Su Sacrificio por el bienestar de los demás.

8) LA INTERCESIÓN Y LA EVANGELIZACIÓN SIEMPRE HAN ESTADO CONECTADAS

Jesús oraba intensamente antes de salir a evangelizar, sanar y liberar. En nuestra Iglesia han existido comunidades religiosas dedicadas exclusivamente a orar, otras a evangelizar, y otras a las dos. También dentro del ministerio de intercesión se identificarán hermanos que salgan a evangelizar, a orar por sanación y por liberación. Es aconsejable usar el don de lenguas, especialmente cuando se ora por los demás.

9) MODELOS DE INTERCESORES

Antiguo Testamento (entre otros)
– Abraham Gn. 18,23
– Moisés Ex 17,8-16   Ex. 32, 30-32  Ex. 33, 17
– Elías 1Rey. 13,6 1Rey. 17,17-24

Nuevo Testamento
– Jesús: El es el único intercesor ante el Padre. Nosotros somos sus colaboradores Lc. 22, 31-34 Jn 17, 9-26    Rom 8,34 (Intercede por nosotros a la derecha del Padre)
– La Virgen María: Jn 2, 1-12
– Marta y María: Jn 11,1-44
– San Pablo: 2Tes 3, 1Rom 1,9 Ef 1,16 1Tes 1,2
– Los Santos
*** Cuando recurrimos a la Virgen María o a los santos y decimos que nos hizo un milagro, se entiende que es con el poder de Dios.

Los Discípulos Guiados por el Espíritu Santo‬

Los Discípulos Guiados por el Espíritu Santo‬

Por Andrés Arango

Jesús prometió a sus seguidores que convenía que Él se fuera para que recibieran el poder del Espíritu Santo (Jn. 16:7). Deseo empezar este análisis del derramamiento del Espíritu en los discípulos, con las primeras palabras de Lucas en el Libro de Hechos de los Apóstoles, en primera instancia porque Lucas tanto por su Evangelio y el Libro de Hechos es considerado el Evangelista del Espíritu Santo, dando varias presentaciones del moverse del Espíritu en Jesús, los discípulos y luego en las primeras comunidades cristianas: “Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, “que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días”. (Hch. 1:3-5).

A partir de este texto algunos teólogos afirman que el culmen de la vida de Jesús no fue la resurrección sino el derramamiento del Espíritu Santo: “Con la venida del Espíritu Santo la misión de Jesús llega a su cumplimiento. Juan el Bautista ha dicho: “Yo los bautizo en agua, pero el que me sigue a mí es más poderoso de lo que yo soy, Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Mt. 3:11).  Y este es el punto culmen de la enseñanza de Jesús: Los discípulos serán bautizados con el Espíritu Santo”.

Al igual que el análisis de textos anteriores existen diferentes exégesis de este pasaje bíblico. En primer lugar los que relacionan el bautismo de Juan solo como un bautismo de conversión y el bautismo de Jesús como el “verdadero” bautismo cristiano, al cual se refiere Lucas con la expresión de Bautismo en el Espíritu. Pero la segunda vertiente es la de aquellos académicos que relacionan estas palabras de Lucas con una nueva efusión de Espíritu Santo. Es claro que a pesar de que los discípulos ya habían recibido anteriormente la gracia del Espíritu Santo, realizando diferentes prodigios, Pentecostés, o esa efusión de Espíritu Santo, marcó un camino nuevo en sus vidas de servicio y entrega.

Los discípulos de Jesús, no solo escucharon sus enseñanzas acerca del Espíritu Santo a nivel personal, sino que también presenciaron sus grandes predicaciones y poderosos milagros, realizados ambos, por el poder del Divino Espíritu. Posteriormente la promesa de Jesús se hace realidad en Pentecostés, donde los Apóstoles junto con otra gran cantidad de personas reunidas en el aposento alto reciben la fuerza del Espíritu Santo: “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse”. (Hch. 2:1-4).

A pesar de las críticas que ellos recibieron por estar haciendo cosas fuera de lo común, el mismo Apóstol Pedro creyendo en las promesas de Jesús del derramamiento del Espíritu y de manera particular apropiándose de la promesa del Antiguo Testamento en donde el profeta Joel afirma que se ha cumplido la promesa de un derramamiento nuevo del Espíritu Santo: “Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: «Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu”. (Hch. 2:14-18).

Por varios textos de los evangelistas sabemos que los discípulos habían ejercido sus ministerios de predicación y sanación con gran eficacia, sin embargo faltaba un momento clave que transformara sus vidas por completo. Ya que antes de esta escena de Pentecostés todavía tenían miedo y temor de entregarse por completo a Jesús, pero a partir de ese momento de la nueva efusión del Espíritu Santo, este grupo de seguidores de Jesús no solo continúan su ministerio profético, proclamando el kerygma con poder y acompañado de prodigios, sino que además empiezan a vivir al igual que su Señor, es decir empiezan una vida nueva, gracias al Espíritu Santo que habita en ellos, hasta tal punto que muchos de ellos derramaron hasta su misma sangre por el nombre de Jesús. Por lo tanto podemos coincidir con Montague de que: “El sello del Espíritu sobre la autenticidad del discipulado es el poder de dar testimonio de Jesús incluso hasta la muerte”. O como bien lo precisa Salvador Carrillo Alday: “Este poder de lo alto transforma los misioneros en testigos de Jesús resucitado”.

 

LA UNCIÓN

LA UNCIÓN

LA UNCIÓN

Padre Eduardo Toraño – Asesor RCC España

Hablar de “unción” es hablar del Espíritu Santo, porque ambos se identifican. Así cuando decimos que una persona, un lugar, un objeto o una acción está “ungida” estamos afirmando que está tomada por el Espíritu Santo. La “unción” es uno de los símbolos que identifica al Espíritu Santo: “El simbolismo de la unción con el óleo es también significativo del Espíritu Santo, hasta el punto de que se ha convertido en sinónimo suyo (cf. 1 Jn 2, 20. 27; 2 Co 1, 21)” . Así pues, el Espíritu Santo es la unción y todo lo que toca lo “unge”.

 La unción antes de Jesús

Hay una acción general del Espíritu Santo, que “llena la tierra y todo lo abarca” (Sab 1,7), ya que por Él se hizo el mundo (cf. Gén 1,2) y gracias a Él el hombre recibió la vida (cf. Gén 2,7; Job 27,3; 33,4; 34,14) y se mantiene en ella, pues sin el Espíritu nada puede subsistir (cf. Sal 104,29-30). Pero de modo particular el Espíritu muestra su presencia y su fuerza en algunas personas, lugares y objetos que son tocadas por el Espíritu. Esta presencia poderosa del Espíritu es lo que llamamos “unción”.

 En el Antiguo Testamento aparece la conexión entre Espíritu y unción cuando son ungidos con óleo los lugares y objetos para el culto donde Dios se hace presente de modo especial (cf. Éx 30,22-33), así como los sacerdotes (cf. Éx 30,30) y los reyes (cf. 1 Sam 10,1;16,12-13; 2 Sam 2,4; 5,3), que son elegidos y consagrados para una misión divina. Al ser ungidos reciben el Espíritu divino, como se dice del rey David: “Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante” (1 Sam 16,13).

También los profetas reciben la unción del Espíritu para su ministerio (cf. Neh 9, 30), como señala Isaías: “El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad; para proclamar un año de gracia del Señor, un día de venganza de nuestro Dios, para consolar a los afligidos” (Is 61,1-2). Como muestra este pasaje, el profeta recibe la unción del Espíritu para ser enviado y desempeñar así un ministerio de predicación, consuelo, sanación y liberación. En cuanto que ungido, el profeta es “el hombre de espíritu” (Os 9,7), en él “mora” el Espíritu (cf. Dn 4, 5-6.15), está en él (cf. Dn 6,4; 13,45), el Espíritu lo envía (cf. Ez 2,2; Is 48,16), inspira (cf. Is 59, 21; Zac 7,12), conduce (cf. Ez 3,24), lo posee (cf. Dn 5,11.14), lo arrebata e invade (cf. Ez 11,1.5.24), lo fortalece (cf. Mi 3,8; Zac 4,6), y puede transmitirlo a otros (cf. 2 Re 2,9-15).

En los albores del tiempo mesiánico de un modo más explícito el Espíritu se manifiesta con fuerte unción sobre los justos, como en Isabel (cf. Lc 1,41-42), Zacarías (cf. Lc 1,67ss), Simeón (cf. Lc 2,25-27), Ana (cf. Lc 2,36-38), y de un modo especial en Juan Bautista, del que se dice que “está lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno” (Lc 1, 15).

La unción en Jesús

Es con la venida del Mesías cuando la unción del Espíritu se da en plenitud en Jesús, el Cristo. Mesías, palabra hebrea que deriva de masah (“untar”), se traduce al griego por “Cristo” y significa “Ungido”, el que está “untado”, “impregnado”, del Espíritu. En Jesús se cumple plenamente la profecía de Isaías 61,1-4, como él mismo afirma (cf. Lc 4,18-19). De modo que todo lo dicho de los profetas se puede decir de Él en modo superlativo: el Ungido es el que vive inmerso en el Espíritu, es habitado por él, poseído, invadido, tomado por completo. Por eso tiene el Espíritu en plenitud: “Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor” (Is 11,2; cf. Is 28,5-6).

 Jesús es el Cristo (el Ungido). Pero, ¿quién lo unge?, ¿con qué es ungido? La respuesta la tenemos en Hch 10,38: “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo”. El Padre es el que unge al Hijo, que es el Ungido, y el Espíritu Santo la unción: “El que ha ungido, es el Padre. El que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la unción” (S. Ireneo de Lyon, Contra las herejías 3, 18, 3).

 Desde la encarnación Jesús es el Mesías, el Cristo, el “ungido del Padre” , pues es concebido por la Virgen María por obra del Espíritu Santo y su humanidad es santificada desde el primer momento por el Espíritu: “El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es «Cristo», es decir, el ungido por el Espíritu Santo (cf. Mt 1,20; Lc 1,35), desde el principio de su existencia humana” (CEC 486). Desde este momento es llamado “Cristo” (Mesías): “os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11).

 En el bautismo del Jordán (cf. Mt 3,16-17) el Espíritu Santo desciende sobre Jesús con vistas a la misión y con la fuerza del Espíritu Jesús comienza su ministerio mesiánico (cf. CEC 438): “por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en Él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres” (Prefacio de la fiesta del Bautismo del Señor).

 El ungido, el que está invadido por el Espíritu, se deja llevar por Él sin poner obstáculos, como hizo Jesús después de ser bautizado en el Jordán, aunque esto suponga combate: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo” (Lc 4,1-2). Jesús, en obediencia a la voluntad del Padre, se deja dócilmente conducir por el Espíritu Santo y lucha contra Satanás. Al dejar el desierto “Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu” (Lc 4,14). De modo que la unción de la encarnación perdura para siempre como una presencia permanente del Espíritu, que lo llena (cf. Lc 4,1), guía (cf. Lc 4,2) y acompaña con su poder (cf. Lc 4,14). Con el poder del Espíritu Jesús predicará con autoridad y obrará milagros, curaciones, exorcismos “por el Espíritu de Dios” (Mt 12,28). Pero la presencia y acción del Espíritu será plena cuando Jesús resucite, pues ahí es donde es “constituido plenamente «Cristo» en su humanidad victoriosa de la muerte (cf. Hch 2, 36)”.

La unción en nosotros

Jesús es el Ungido no solo en su divinidad, sino también en su humanidad con el fin de que todo lo humano pueda recibir el Espíritu y ser así ungido. Como hombre Jesús es prototipo y modelo de unción para nosotros. Por eso nos llamamos cristianos, es decir “ungidos” por el Espíritu Santo (cf. 1 Jn 2,20.27; 2 Cor 1,21).

En particular, se recibe la unción para una misión concreta. Como Jesús, que fue ungido en el Jordán para desarrollar un ministerio público de consuelo y misericordia: “Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch 10,37-38). Jesús realizó su misión porque “Dios estaba con Él”, ya que había recibido la unción, por la cual el Espíritu Santo había puesto su morada en Él.

 En el Sacramento del Bautismo la unción del Espíritu Santo nos configura con Cristo participando sacramental del misterio pascual (somos “cristificados”). Luego, en la Confirmación recibimos la unción para ser testigos misioneros. Además de la unción recibida en los Sacramentos, hay una unción más específica que tiene que ver con la llamada particular a través de la cual el Espíritu se hace presente y actúa en cada uno de nosotros para el bien de los hermanos. Por tanto, en cuanto que somos bautizados todos los cristianos estamos ungidos porque el Espíritu habita por la gracia santificante en nosotros, en cuanto confirmados somos ungidos para ser evangelizadores y en cuanto que tenemos una vocación específica somos ungidos de modo concreto para realizar ese servicio. En resumen, la unción es la presencia del Espíritu que hace eficaz toda palabra y obra, y así transforma al ungido y a los que Él sirve.

Lo que Hagan, Háganlo con Amor (1Cor 16,14)

Lema de RCC Argentina 2019

El Canto del Espíritu

El Canto del Espíritu

El canto del Espíritu

Por Diego Jaramillo

Hay unas palabras de Pablo a los Corintios que entreabren las puertas a una oración, elevada al Señor, no con la mente que analiza los conceptos y capta el sentido de cuanto decimos, sino con el espíritu, de donde brotan el anhelo, el afecto y la emoción ante el Dios que nos crea y nos salva.

Las palabras del apóstol son estas: «Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente. Cantaré salmos con el espíritu, pero también los cantaré con la mente» (l Co 14, 15).

Cantar con el espíritu es dejar que nuestra voz module melodías espontáneas, que musicalice los sonidos que brotan de nosotros, no por la fuerza del pensamiento, sino por el deseo del corazón que desea alabar a Dios.

No importa decir de dónde provienen las palabras de oración en lenguas. ¿De nosotros? ¿Del Espíritu Santo? El mismo Papa Pablo VI se lo pregunta al escribir: «sólo con el Espíritu y acaso por el Espíritu mismo en nosotros y por nosotros pronunciadas inefablemente». Las citas de Pablo a los Romanos y a los Gálatas apoyarían ambas interpretaciones (Rm 8, 15; Ga 4, 6). Lo cierto es que el Espíritu llena al creyente y por la fuerza de su presión le hace estallar en alabanzas como brota el agua en los surtidores por la acción de las presiones internas.

El júbilo o regocijo

En las antiguas costumbres cristianas había un modo de cantar llamado «júbilo» o «regocijo». Liturgistas modernos dicen que se usa todavía y que se hace prolongando en el aleluya la última sílaba, de manera que se simboliza el gozo eterno del cielo, y que en las celebraciones de los coptos (rito ortodoxo) este canto se prolonga hasta por un cuarto de hora.

Entre nosotros, los católicos, el regocijo ha quedado reducido a algunas aclamaciones y ellas bastante empobrecidas, porque aunque son gritos de júbilo o de súplica la manera de entonarlas en muchas asambleas las convierte apenas en un eco apagado.

Cuando en algunas liturgias se canta: Amén, Aleluya, Señor ten piedad, Gloria a ti, Te alabamos Señor, no parece que haya conciencia de lo que se debiera estar gritando.

Max Thurian dice al respecto: «Estas aclamaciones sencillas deben ser el estallido de la espontaneidad del Espíritu que habla en la Iglesia. Están normalizadas, claro está, por la liturgia, pero conviene que expresen la adhesión y el júbilo de la Iglesia al modo de un primitivo hablar en lenguas. Quizá no se abarque todo el significado de la palabra, pero este término debe ser el apoyo de una fe o de una alegría racionalmente inexpresable, pero que estalla”.

La oración jubilosa es frecuentemente descrita por varios escritores de la antigüedad. Pero es San Agustín quien más extensamente la comenta, de manera especial en sus narraciones sobre los salmos. Suyos son estos apartes: «Cantadle cántico nuevo. ?Desnudaos de la vejez, pues conocisteis el cántico nuevo. Nuevo homhre, Nuevo Testamento, nuevo cántico.

No pertenece a los hombres viejos el cántico nuevo; éste sólo lo aprenden los hombres nuevos que han sido renovados de la vejez por la gracia, y que pertenecen ya al Nuevo Testamento.
El júbilo es cierto cántico o sonido con el cual se significa que da a luz el corazón lo que no puede decir o expresar.

¿Y a quién conviene esta alegría sino al Dios inefable? Es inefable aquel a quien no puedes dar a conocer, y si no puedes darle a conocer y no debes callar, qué resta sino que te regocijes, para que se alegre el corazón sin palabras y no tenga límites de sílabas la amplitud del gozo».

Este júbilo cristiano hundía sus raíces en los cantos sagrados de Israel. El júbilo era la aclamación que Israel hacía para alabar a Yahvé, e invitar que todos los pueblos batiesen palmas en su honor. El «regocijo» era el grito de guerra con que el pueblo escogido invocaba el nombre del Señor y le imploraba protección en la batallas. Así fue el canto de Moisés, cuando el pueblo superó la barrera del Mar Rojo y alcanzó el camino de la liberación.

A esa aclamación jubilosa del Antiguo Testamento sucede, en la Nueva Alianza, el gozo por la presencia del Señor, la alegría de experimentar la acción divina en la propia vida, y contemplada de modo especial actuando en la vida de Jesús, a quien el Padre saca de entre los muertos y le constituye como Señor del Universo.

Cuando el cristiano medita en la resurrección de Jesucristo, se siente llevado por el Espíritu a reconocer el Señorío de Jesús, y a expresar su admiración en palabras, en cantos, en risas, en sílabas entrecortadas, en silencios, en lágrimas, según Dios da a cada uno. Lo básico no es lo que se dice, sino el amor y la adoración que brotan del corazón”.

 Una oración gozosa

El nombre de júbilo, de regocijo alude a una oración dichosa. El gozo es característico de la oración de alabanza, es nota peculiar de la oración en el Espíritu. Esa felicidad es tal que quien la siente se despreocupa de sus vecinos y comienza a alabar al Señor, frecuentemente en alta voz.

Similares oraciones de alabanza gozosa se describen en el evangelio de San Lucas. Allí, Isabel, llena del Espíritu, bendice con gran voz al Señor, mientras Juan Bautista salta de alegría en las entrañas maternas (l, 41-44), allí un paralítico, un leproso, un ciego que recuperan la salud glorifican a Dios con entusiasmo (5, 25; 17, 15; 18, 43), allí la multitud se regocija por las maravillas que Cristo realiza y alaba a Dios con gritos jubilosos(l3, 17; 19,38), allí los discípulos testimonian, gozan, alaban y bendicen (10, 17; 24, 52-53).

Esa alegría es tal que con frecuencia aparece la acusación de embriaguez o de locura para quienes por la fuerza del Espíritu se entregan a la alabanza: «Están llenos de mosto», decían en la mañana de Pentecostés (Hch 2, 13). «¿No dirán que estáis locos?» Pregunta Pablo a los Corintios (l Co 14, 23). «No os embriaguéis con vino, llenaos más bien de Espíritu Santo», aconseja el apóstol a los de Efeso (Ef 5, 18). «Están ebrios por haber bebido vino espiritual», comenta San Cirilo. «El que se alegra en el Señor y le canta alabanzas con gran exultación, ¿no es semejante a un ebrio?», se pregunta San Agustín. «Anda el alma como uno que ha bebido mucho, más no tanto que esté enajenado», escribe Santa Teresa. «Cuando oyereis hablar a alguna persona y no entendiereis, tened paciencia… que por ventura hablará alguno lo que Dios quiso, y diréis vos que está borracho», aconseja San Juan de Ávila, y Santo Tomás de Villanueva habla de «ese vino misterioso»; San Ambrosio nos invita a que, «alegres, bebamos la sobria abundancia del Espíritu», y un autor moderno titula su obra así: «Iglesia borracha o Iglesia inspirada».

Una manera muy usada para expresar la alegría es la danza. También la danza sagrada ha servido para expresar el gozo ante Dios, y no únicamente en las culturas primitivas sino en las páginas bíblicas y en los más refinados rituales.

Cuando Moisés da rienda suelta a su regocijo al pasar el Mar Rojo, todas las mujeres tomaron tímpanos y danzaban en coro (Ex 15, 20), también el pueblo israelita bailó ante el becerro de oro (Ex 32, 19). Ante el arca danzaba y giraba David, porque, como diría a su esposa: «En presencia de Yahvéh danzo yo» (2 Sam 6, 14-21) Y el salmo 149 invita a todo el pueblo con estas palabras:
«Cantad a Yahvéh un cantar nuevo; su alabanza en la asamblea de sus amigos! Regocíjese Israel en su Hacedor, los hijos de Dios exulten en su rey; alaben su nombre con la danza. Con tamboril y cítara salmodien para él» (Sal 149.1-3).

Pero quizá el texto bíblico más bello al respecto es el que trae Sofonías (3, 17) donde es el mismo Dios quien se goza y baila de amor por su pueblo: «¡Yahvéh tu Dios está en medio de ti un poderoso salvador!. Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor, danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta”.

También hoy es notoria la alegría en los grupos de oración, y sin llegar propiamente a la danza, sí se ve como la asamblea marca el ritmo de los cantos con las palmas de las manos y hasta con un ligero balanceo del cuerpo.

A subrayar esta expresión de felicidad puede ayudar grandemente el ministerio de música, que marca el ritmo o imprime entusiasmo marcial en algunos cantos.

Lo que Hagan, Háganlo con Amor (1Cor 16,14)

Lema de RCC Argentina 2019

Jim Murphy y los Jóvenes

Jim Murphy y los Jóvenes

PRESIDENTE DEL ICCRS: “SI NOS JUNTÁRAMOS TODOS PARA TRABAJAR POR LA COSECHA, CUALQUIER COSA SERÍA POSIBLE”

RCCRadio.fm, 23 ENERO, 2019.  JOSÉ ANDRÉS HURTADO

Jim Murphy, Presidente del ICCRS, (las siglas del Servicio Internacional de la Renovación Carismática), ofreció un discurso a todos los jóvenes asistentes al Encuentro Mundial de la Juventud Carismática que tuvo lugar la mañana de este martes en el Estadio Maracaná de Ciudad de Panamá a propósito de la Jornada Mundial de la Juventud.

El lema del encuentro “levanta la mirada, y miren que los campos están listos para la cosecha”, y sobre esta frase Murphy desarrolló su discurso frente a las decenas de jóvenes que le acompañaron.

Según el presidente del ICCRS, por el hecho de no ser pescadores ni agricultores, no apreciamos lo que Jesús está diciendo en su palabra, “no apreciamos la cosecha”.

“Este mensaje de la cosecha es muy importante, muchos vamos a supermercados y hacemos las compras de nuestros alimentos, pero no nos damos cuenta que sin una cosecha no habrían todos esos alimentos en el supermercado”, afirmó Murphy.

Afirmó que como cristianos, necesitamos de la cosecha pero no lo sabemos aún. Partiendo del hecho de la buena noticia en torno a la cosecha estando lista, desarrolló cinco elementos que debemos tener presentes.

La cosecha es lo más importante: Para la gente que vivía en el tiempo de Jesús, la cosecha significaba vida o muerte, si no había cosecha, morían de hambre. “Pues así de importante es esto de preocuparse por la cosecha, esto de traer gente al Reino de Dios”. Muchas veces hemos pensado si lo hacemos bien y si no, pues también. Como para Jesús el alimento es hacer la voluntad de su Padre, así debería serlo para todos los cristianos; ¿será que es ese nuestro alimento?

Cuando Dios nos da algo por hacer, ¿es eso lo más importante en nuestra vida o lo hacemos si no hay muchos obstáculos? Jesús nos dice es que la evangelización, la misión que se nos ha encomendado es absolutamente esencial, y cometemos el error de tomarlo como si fuera opcional. “Si quieren saber cuan serio Jesús toma esto, miran la cruz. Jesús está enteramente comprometido en la obra del Padre. Ustedes son seguidores de jesus por lo tanto deben comprometerse como él está comprometido con el trabajo de Dios”, dijo el presidente del ICCRS a los jóvenes asistentes.

La cosecha debe hacerse ahora: Jesús nos hace un llamado a recoger la cosecha cuando el tiempo sea el idóneo. Murphy colocó como ejemplo cuando las personas se nos acercan buscando una ayuda, una palabra, un abrazo pero en el momento no tenemos el tiempo. Tú eres un cristiano hoy, no hay razón para esperar más tiempo.

La cosecha es la prioridad: En la analogía del campesino y el campo, para este, la cosecha es lo más importante y construye su vida alrededor de la cosecha. ¿Estamos haciendo eso mismo en torno al trabajo por el Reino? Los campesinos plantaron la semilla, quitaron la maleza, le echaron agua y después de un año de trabajo ahora la cosecha está lista, ahora es momento de duplicar los esfuerzos. ¿Qué tan comprometidos estamos con el trabajo de Dios? No es necesario renunciar ni a las familias, ni al trabajo, ni la vida, pero debemos enfocarnos en el trabajo del Reino; “Dios te tiene donde te tiene para que puedas recoger la cosecha ahí. El Reino de Dios está alrededor de nosotros. La pregunta es ¿estás dispuesto a trabajar duro por la cosecha?”, reflexionó Murphy en torno a este aspecto.

Invitó a los presentes a preguntarle a Jesús en la cruz si él quería hacer eso, agregando que nuestro líder no tiene miedo al trabajo, “nuestro líder pagaría cualquier precio por salvar a la humanidad”.

Trabajar en comunidad: Para Jim Murphy el aspecto comunitario es esencial en el trabajo evangelizador, “cuando los campesinos plantan los campos, trabajan juntos, incluso los que no trabajan en el campo, apoyan con agua y comida. Cuando la cosecha está lista, todos trabajan, nos necesitamos todos. Si nos paráramos juntos y trabajáramos para la cosecha, cualquier cosa fuera posible.

El líder mundial de la RCC llamó a los servidores a no ser espectadores, “debemos ser un solo equipo con Jesús, todos tenemos nuestros dones, carismas, y funciones (…) el trabajo que Dios nos ha enviado a hacer”.

Como quinto y último elemento llamó a la RCC a estar atentos, a hacer seguimiento, “trabajamos juntos y colectamos la cosecha pero la guardamos y se daña, Se pudre. Si el campesino ha trabajado todo el año para esa cosecha, hay que cuidarla”. Explicó que la gente lucha constantemente con sus situaciones particulares lo que nos debe hacer entrar en conciencia que nos deben importar todas las personas, pues el prójimo es nuestra prioridad.

Las palabras se dieron en medio de un encuentro cargado de alabanzas y adoración eucarística, una mañana que congregó a jóvenes y adultos de todo el mundo bajo la espiritualidad de esta bendita corriente de gracia.