El canto del Espíritu Por Diego Jaramillo

El canto del Espíritu Por Diego Jaramillo

El canto del Espíritu

Por Diego Jaramillo

Hay unas palabras de Pablo a los Corintios que entreabren las puertas a una oración, elevada al Señor, no con la mente que analiza los conceptos y capta el sentido de cuanto decimos, sino con el espíritu, de donde brotan el anhelo, el afecto y la emoción ante el Dios que nos crea y nos salva.

Las palabras del apóstol son estas: “Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente. Cantaré salmos con el espíritu, pero también los cantaré con la mente” (l Co 14, 15).

Cantar con el espíritu es dejar que nuestra voz module melodías espontáneas, que musicalice los sonidos que brotan de nosotros, no por la fuerza del pensamiento, sino por el deseo del corazón que desea alabar a Dios.

No importa decir de dónde provienen las palabras de oración en lenguas. ¿De nosotros? ¿Del Espíritu Santo? El mismo Papa Pablo VI se lo pregunta al escribir: “sólo con el Espíritu y acaso por el Espíritu mismo en nosotros y por nosotros pronunciadas inefablemente”. Las citas de Pablo a los Romanos y a los Gálatas apoyarían ambas interpretaciones (Rm 8, 15; Ga 4, 6). Lo cierto es que el Espíritu llena al creyente y por la fuerza de su presión le hace estallar en alabanzas como brota el agua en los surtidores por la acción de las presiones internas.

El júbilo o regocijo

En las antiguas costumbres cristianas había un modo de cantar llamado “júbilo” o “regocijo”. Liturgistas modernos dicen que se usa todavía y que se hace prolongando en el aleluya la última sílaba, de manera que se simboliza el gozo eterno del cielo, y que en las celebraciones de los coptos (rito ortodoxo) este canto se prolonga hasta por un cuarto de hora.

Entre nosotros, los católicos, el regocijo ha quedado reducido a algunas aclamaciones y ellas bastante empobrecidas, porque aunque son gritos de júbilo o de súplica la manera de entonarlas en muchas asambleas las convierte apenas en un eco apagado.

Cuando en algunas liturgias se canta: Amén, Aleluya, Señor ten piedad, Gloria a ti, Te alabamos Señor, no parece que haya conciencia de lo que se debiera estar gritando.

Max Thurian dice al respecto: “Estas aclamaciones sencillas deben ser el estallido de la espontaneidad del Espíritu que habla en la Iglesia. Están normalizadas, claro está, por la liturgia, pero conviene que expresen la adhesión y el júbilo de la Iglesia al modo de un primitivo hablar en lenguas. Quizá no se abarque todo el significado de la palabra, pero este término debe ser el apoyo de una fe o de una alegría racionalmente inexpresable, pero que estalla”.

La oración jubilosa es frecuentemente descrita por varios escritores de la antigüedad. Pero es San Agustín quien más extensamente la comenta, de manera especial en sus narraciones sobre los salmos. Suyos son estos apartes: “Cantadle cántico nuevo. Desnudaos de la vejez, pues conocisteis el cántico nuevo. Nuevo hombre, Nuevo Testamento, nuevo cántico.

No pertenece a los hombres viejos el cántico nuevo; éste sólo lo aprenden los hombres nuevos que han sido renovados de la vejez por la gracia, y que pertenecen ya al Nuevo Testamento.

El júbilo es cierto cántico o sonido con el cual se significa que da a luz el corazón lo que no puede decir o expresar.

¿Y a quién conviene esta alegría sino al Dios inefable? Es inefable aquel a quien no puedes dar a conocer, y si no puedes darle a conocer y no debes callar, qué resta sino que te regocijes, para que se alegre el corazón sin palabras y no tenga límites de sílabas la amplitud del gozo”.

Este júbilo cristiano hundía sus raíces en los cantos sagrados de Israel. El júbilo era la aclamación que Israel hacía para alabar a Yahvé, e invitar que todos los pueblos batiesen palmas en su honor. El “regocijo” era el grito de guerra con que el pueblo escogido invocaba el nombre del Señor y le imploraba protección en la batallas. Así fue el canto de Moisés, cuando el pueblo superó la barrera del Mar Rojo y alcanzó el camino de la liberación.

A esa aclamación jubilosa del Antiguo Testamento sucede, en la Nueva Alianza, el gozo por la presencia del Señor, la alegría de experimentar la acción divina en la propia vida, y contemplada de modo especial actuando en la vida de Jesús, a quien el Padre saca de entre los muertos y le constituye como Señor del Universo.

Cuando el cristiano medita en la resurrección de Jesucristo, se siente llevado por el Espíritu a reconocer el Señorío de Jesús, y a expresar su admiración en palabras, en cantos, en risas, en sílabas entrecortadas, en silencios, en lágrimas, según Dios da a cada uno. Lo básico no es lo que se dice, sino el amor y la adoración que brotan del corazón.”.

Una oración gozosa

El nombre de júbilo, de regocijo alude a una oración dichosa. El gozo es característico de la oración de alabanza, es nota peculiar de la oración en el Espíritu. Esa felicidad es tal que quien la siente se despreocupa de sus vecinos y comienza a alabar al Señor, frecuentemente en alta voz.

Similares oraciones de alabanza gozosa se describen en el evangelio de San Lucas. Allí, Isabel, llena del Espíritu, bendice con gran voz al Señor, mientras Juan Bautista salta de alegría en las entrañas maternas (l, 41-44), allí un paralítico, un leproso, un ciego que recuperan la salud glorifican a Dios con entusiasmo (5, 25; 17, 15; 18, 43), allí la multitud se regocija por las maravillas que Cristo realiza y alaba a Dios con gritos jubilosos (l3, 17; 19,38), allí los discípulos testimonian, gozan, alaban y bendicen (10, 17; 24, 52-53).

Esa alegría es tal que con frecuencia aparece la acusación de embriaguez o de locura para quienes por la fuerza del Espíritu se entregan a la alabanza: “Están llenos de mosto”, decían en la mañana de Pentecostés (Hch 2, 13). “¿No dirán que estáis locos?” Pregunta Pablo a los Corintios (l Co 14, 23). “No os embriaguéis con vino, llenaos más bien de Espíritu Santo”, aconseja el apóstol a los de Efeso (Ef 5, 18). “Están ebrios por haber bebido vino espiritual”, comenta San Cirilo. “El que se alegra en el Señor y le canta alabanzas con gran exultación, ¿no es semejante a un ebrio?”, se pregunta San Agustín. “Anda el alma como uno que ha bebido mucho, más no tanto que esté enajenado”, escribe Santa Teresa. “Cuando oyereis hablar a alguna persona y no entendiereis, tened paciencia… que por ventura hablará alguno lo que Dios quiso, y diréis vos que está borracho”, aconseja San Juan de Ávila, y Santo Tomás de Villanueva habla de “ese vino misterioso”; San Ambrosio nos invita a que, “alegres, bebamos la sobria abundancia del Espíritu”, y un autor moderno titula su obra así: “Iglesia borracha o Iglesia inspirada”.

Una manera muy usada para expresar la alegría es la danza. También la danza sagrada ha servido para expresar el gozo ante Dios, y no únicamente en las culturas primitivas sino en las páginas bíblicas y en los más refinados rituales.

Cuando Moisés da rienda suelta a su regocijo al pasar el Mar Rojo, todas las mujeres tomaron tímpanos y danzaban en coro (Ex 15, 20), también el pueblo israelita bailó ante el becerro de oro (Ex 32, 19). Ante el arca danzaba y giraba David, porque, como diría a su esposa: “En presencia de Yahvéh danzo yo” (2 Sam 6, 14-21) Y el salmo 149 invita a todo el pueblo con estas palabras:
“Cantad a Yahvéh un cantar nuevo; su alabanza en la asamblea de sus amigos! Regocíjese Israel en su Hacedor, los hijos de Dios exulten en su rey; alaben su nombre con la danza. Con tamboril y cítara salmodien para él” (Sal 149.1-3).

Pero quizá el texto bíblico más bello al respecto es el que trae Sofonías (3, 17) donde es el mismo Dios quien se goza y baila de amor por su pueblo: “¡Yahvéh tu Dios está en medio de ti un poderoso salvador!. Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor, danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta”.

También hoy es notoria la alegría en los grupos de oración, y sin llegar propiamente a la danza, sí se ve como la asamblea marca el ritmo de los cantos con las palmas de las manos y hasta con un ligero balanceo del cuerpo.

A subrayar esta expresión de felicidad puede ayudar grandemente el ministerio de música, que marca el ritmo o imprime entusiasmo marcial en algunos cantos.

Lo que Hagan, Háganlo con Amor (1Cor 16,14)

Lema de RCC Argentina 2019

Jim Murphy y los Jóvenes

Jim Murphy y los Jóvenes

PRESIDENTE DEL ICCRS: “SI NOS JUNTÁRAMOS TODOS PARA TRABAJAR POR LA COSECHA, CUALQUIER COSA SERÍA POSIBLE”

RCCRadio.fm, 23 ENERO, 2019.  JOSÉ ANDRÉS HURTADO

Jim Murphy, Presidente del ICCRS, (las siglas del Servicio Internacional de la Renovación Carismática), ofreció un discurso a todos los jóvenes asistentes al Encuentro Mundial de la Juventud Carismática que tuvo lugar la mañana de este martes en el Estadio Maracaná de Ciudad de Panamá a propósito de la Jornada Mundial de la Juventud.

El lema del encuentro “levanta la mirada, y miren que los campos están listos para la cosecha”, y sobre esta frase Murphy desarrolló su discurso frente a las decenas de jóvenes que le acompañaron.

Según el presidente del ICCRS, por el hecho de no ser pescadores ni agricultores, no apreciamos lo que Jesús está diciendo en su palabra, “no apreciamos la cosecha”.

“Este mensaje de la cosecha es muy importante, muchos vamos a supermercados y hacemos las compras de nuestros alimentos, pero no nos damos cuenta que sin una cosecha no habrían todos esos alimentos en el supermercado”, afirmó Murphy.

Afirmó que como cristianos, necesitamos de la cosecha pero no lo sabemos aún. Partiendo del hecho de la buena noticia en torno a la cosecha estando lista, desarrolló cinco elementos que debemos tener presentes.

La cosecha es lo más importante: Para la gente que vivía en el tiempo de Jesús, la cosecha significaba vida o muerte, si no había cosecha, morían de hambre. “Pues así de importante es esto de preocuparse por la cosecha, esto de traer gente al Reino de Dios”. Muchas veces hemos pensado si lo hacemos bien y si no, pues también. Como para Jesús el alimento es hacer la voluntad de su Padre, así debería serlo para todos los cristianos; ¿será que es ese nuestro alimento?

Cuando Dios nos da algo por hacer, ¿es eso lo más importante en nuestra vida o lo hacemos si no hay muchos obstáculos? Jesús nos dice es que la evangelización, la misión que se nos ha encomendado es absolutamente esencial, y cometemos el error de tomarlo como si fuera opcional. “Si quieren saber cuan serio Jesús toma esto, miran la cruz. Jesús está enteramente comprometido en la obra del Padre. Ustedes son seguidores de jesus por lo tanto deben comprometerse como él está comprometido con el trabajo de Dios”, dijo el presidente del ICCRS a los jóvenes asistentes.

La cosecha debe hacerse ahora: Jesús nos hace un llamado a recoger la cosecha cuando el tiempo sea el idóneo. Murphy colocó como ejemplo cuando las personas se nos acercan buscando una ayuda, una palabra, un abrazo pero en el momento no tenemos el tiempo. Tú eres un cristiano hoy, no hay razón para esperar más tiempo.

La cosecha es la prioridad: En la analogía del campesino y el campo, para este, la cosecha es lo más importante y construye su vida alrededor de la cosecha. ¿Estamos haciendo eso mismo en torno al trabajo por el Reino? Los campesinos plantaron la semilla, quitaron la maleza, le echaron agua y después de un año de trabajo ahora la cosecha está lista, ahora es momento de duplicar los esfuerzos. ¿Qué tan comprometidos estamos con el trabajo de Dios? No es necesario renunciar ni a las familias, ni al trabajo, ni la vida, pero debemos enfocarnos en el trabajo del Reino; “Dios te tiene donde te tiene para que puedas recoger la cosecha ahí. El Reino de Dios está alrededor de nosotros. La pregunta es ¿estás dispuesto a trabajar duro por la cosecha?”, reflexionó Murphy en torno a este aspecto.

Invitó a los presentes a preguntarle a Jesús en la cruz si él quería hacer eso, agregando que nuestro líder no tiene miedo al trabajo, “nuestro líder pagaría cualquier precio por salvar a la humanidad”.

Trabajar en comunidad: Para Jim Murphy el aspecto comunitario es esencial en el trabajo evangelizador, “cuando los campesinos plantan los campos, trabajan juntos, incluso los que no trabajan en el campo, apoyan con agua y comida. Cuando la cosecha está lista, todos trabajan, nos necesitamos todos. Si nos paráramos juntos y trabajáramos para la cosecha, cualquier cosa fuera posible.

El líder mundial de la RCC llamó a los servidores a no ser espectadores, “debemos ser un solo equipo con Jesús, todos tenemos nuestros dones, carismas, y funciones (…) el trabajo que Dios nos ha enviado a hacer”.

Como quinto y último elemento llamó a la RCC a estar atentos, a hacer seguimiento, “trabajamos juntos y colectamos la cosecha pero la guardamos y se daña, Se pudre. Si el campesino ha trabajado todo el año para esa cosecha, hay que cuidarla”. Explicó que la gente lucha constantemente con sus situaciones particulares lo que nos debe hacer entrar en conciencia que nos deben importar todas las personas, pues el prójimo es nuestra prioridad.

Las palabras se dieron en medio de un encuentro cargado de alabanzas y adoración eucarística, una mañana que congregó a jóvenes y adultos de todo el mundo bajo la espiritualidad de esta bendita corriente de gracia.

FORMACIÓN DE  PREDICADORES Y EVANGELIZADORES

FORMACIÓN DE  PREDICADORES Y EVANGELIZADORES

I Curso On-Line de Formación para Predicadores y Evangelizadores

El Responsable de la Comisión Nacional de Formación, Gabriel Ullio, nos comparte las  indicaciones del Primer Curso de Formación  para Predicadores y Evangelizadores que dictará la Renovación Carismática Católica de Argentina a través de su plataforma On-Line ,que se llevará a cabo desde Abril a Noviembre de 2019.

Los requisitos para realizar este Curso son los siguientes:

  1. Estar inserto en esta Corriente de Gracia.
  2. Tener este Carisma o sentir este llamado a la Evangelización.
  3. Contar con el Aval Diocesano.

Los interesados deben suscribirse en http://eepurl.com/giGZvH y seguir las instrucciones. Este curso estará solo disponible para aquellos que estén adecuadamente avalados y que cuenten con una clave de acceso.

EL MIEDO

EL MIEDO

SANACIÓN INTERIOR DEL MIEDO

Mons. Uribe Jaramillo.

 “Estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz sea con vosotros”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, Yo también os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo, a quien perdonéis los pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. 

Señor Jesús, quiero proclamar tu Señorío, quiero glorificarte porque eres nuestra paz, quiero bendecirte porque Tú eres el único que regalas la paz verdadera. Gracias por la paz que diste a tus discípulos el día de tu Resurrección, gracias Señor porque en tu bondad quisiste quitar el miedo que había en ellos. “No temáis, les dijiste, la paz sea con vosotros”. Apiádate, Señor, de nosotros también ahora. Tenemos miedo, Tú lo sabes, mucho miedo, Señor. Destruye con tu paz, con tu amor, con tu serenidad, el miedo que nos domina, el miedo que nos tiene enfermos, Señor. Tú eres nuestro Salvador, Jesús, sálvanos del miedo, inúndanos de paz, concédenos la plenitud de tu Espíritu para que experimentemos el gozo verdadero. Gracias, Señor. 

Estamos viviendo la hora maravillosa de la Renovación espiritual carismática, estamos frente a la gran novedad para nosotros, como obra del Espíritu, que es el amor paternal de Dios, “Padre de misericordias y Dios de todo consuelo”, que nos llena de alegría en medio de nuestras tribulaciones. Estamos descubriendo por obra del Espíritu la gran novedad que es Cristo,” el mismo ayer, hoy y por los siglos”, como nos dice la epístola a los Hebreos. Y estamos descubriendo la gran novedad que es el Espíritu Santo, cuyo amor y cuya acción estamos experimentando en nuestras vidas. Gracias al Señor por este beneficio.

Si algo es seguro como doctrina es la referente a la Renovación espiritual carismática. La Renovación nos permite creer que lo que hizo el Señor por su Espíritu el día de Pentecostés lo hace también ahora en la Iglesia, ella está viviendo actualmente su nuevo Pentecostés. Lo que necesitamos hacer ahora es preparar nuestras vidas para esa invasión del amor y de la bondad del Espíritu del Señor. No se trata de adquirir doctrina únicamente, se trata de algo más importante, experimentar en nosotros la acción amorosa del Señor, la curación que Él quiere hacer de nuestros cuerpos y especialmente de nuestros corazones que están enfermos.

Cuando la gente que ha presenciado el prodigio de Pentecostés, dice con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?” Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el Nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. La promesa es para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro”.

El Señor es el Emmanuel (“Dios con nosotros”), Él nos busca siempre, pero quiero que nosotros salgamos también a su encuentro. Esto es lo que Él nos dice por su apóstol: “Convertíos, volveos hacia Mí, dejad vuestros malos caminos, abrazad el bien”. La palabra “metanoia” que significa “conversión” quiere decir “caminar hacia adelante, buscar a Jesús”, por eso la conversión es necesaria para nosotros constantemente. Con frecuencia las faltas nos alejan del Señor y necesitamos volvernos hacia Él, convertirnos, Es decir, necesitamos conocer con la luz del Espíritu nuestra realidad de pecadores, sentirnos manchados como en verdad lo estamos, para acercarnos con fe a Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y decirle: “Lávame más, Señor, límpiame de todo pecado, lávame con tu Sangre sacerdotal. Borra, destruye todas mis culpas”.

Una de las gracias que debemos pedir con frecuencia es la de sentir nuestra realidad de pecadores, la de sentirnos manchados para acercarnos con confianza a nuestro Padre y decirle: “He pecado contra el cielo y contra Ti”, para acercarnos con confianza a Jesús nuestro Salvador, para pedir que su Sangre limpie todas nuestras miserias.

Pero la Renovación nos está mostrando una cosa muy importante: no basta recibir el perdón de los pecados para disfrutar de la experiencia amorosa de Dios, necesitamos algo más: la curación interior, la sanación del corazón enfermo, para que éste pueda experimentar la efusión del amor del Señor. Además del perdón de los pecados necesitamos la sanación interior, una curación interior que solamente puede realizar en nosotros el amor de Dios, que sólo puede efectuar en nosotros la paz de Cristo.

Encontramos a personas que después de grandes esfuerzos por disfrutar del amor del Señor, continúan en una sequedad tremenda. Ellos a veces se preocupan y piensan: Todo esto se debe a falta de generosidad, a falta de arrepentimiento del pecado, por no haberle dado al Señor lo que me pide. Muchas veces la causa es muy distinta. Se trata de personas que están bloqueadas por el miedo y por el odio. Los canales, podríamos decir, que llevan el amor del Señor están bloqueados por el pavor, por los recuerdos dolorosos, por la falta de perdón interior.

Este miedo y este odio impiden que llegue a ellos el río del Espíritu, que llegue a ellos el raudal de la paz. El plan del Señor es darnos su paz en plenitud: “Haré descender sobre ella como ríos la paz”, son sus palabras a través de Isaías. Él nos habla también de su Espíritu en forma de “ríos de agua viva” que deben inundarnos, que deben llenarnos de frescura, que deben llenarnos de pureza y de fecundidad. Él quiere darlo todo a torrentes. Hablando de su Espíritu ha dicho: “Lo derramaré sobre toda carne”, pero Él también añade: “Abre tu boca y Yo la llenaré”.

Depende mucho también de nuestra capacidad de recibir, depende también mucho de nuestra situación personal. El Señor quiere darnos en plenitud, pero también tiene en cuenta nuestras limitaciones. Y son el odio y son el miedo los que limitan en gran parte la comunicación del amor, de la paz, de la suavidad del Señor. Por eso, la experiencia del Señor en nosotros es, a veces, muy tenue; a veces, podríamos decir “imperceptible”.

El relato del Evangelio de San Juan que oímos hace poco nos demuestra cómo el Señor, antes de dar su Espíritu, destruye el miedo que se ha apoderado de los apóstoles. “No temáis, les dice, no temáis”, les dice dos veces. Y solamente cuando ha efectuado esta curación interior del miedo, les dice: “Recibid el Espíritu Santo”. Es que únicamente en ese instante están preparados, después de recibir la curación interior, para recibir el don del Espíritu.

Es preciso antes que todo, que nos convenzamos de la necesidad que tenemos de curación interior. Este es el primer paso. Para esto se requiere conocer un poco la realidad de nuestro mundo interior enfermo. Hoy afortunadamente contamos con el rico aporte de la psicología. Los psicólogos nos hablan ahora lo que ellos llaman “los cuatro principales demonios que nos atormentan”. Son ellos: el miedo, el odio, el complejo de inferioridad y el complejo de culpa. Claro, que nuestros problemas no se limitan a estos cuatro, pero estos son los principales.

La experiencia me demuestra que tal vez el peor de todos esos “demonios”, empleando el término psicológico, es el del MIEDO. Cuando el niño nace, teme solamente dos cosas: una caída y los ruidos fuertes. En ese momento no conoce todavía los peligros y por eso sus temores son muy limitados, pero pronto empiezan a acumularse en él los miedos por todo lo que va sufriendo y por los peligros que va descubriendo. Si efectuásemos un test entre las distintas personas que nos acompañan, encontraríamos cómo en cada una de ellas se ha acumulado una serie verdaderamente grande de miedos. Hallaríamos miedos tan infantiles, llamémoslos así, como el que tienen por ejemplo muchas mujeres a los ratones, y en los hombres encontraríamos otros por el estilo. Lo que sucede es que, porque se trata precisamente de miedos que delatan nuestro infantilismo, generalmente los ocultamos o, por lo menos, procuramos ocultarlos. El hecho indiscutible es que todos hemos acumulado miedo y que todos estamos enfermos de miedo.

Pero, tal vez, no hemos caído en la cuenta de que quizá muchos de nosotros hemos acumulado miedo al Señor. ¿Por qué tanta dificultad para entregarnos totalmente a Cristo? ¿Por qué, eso que podríamos llamar “pavor”, para hacerle nuestra entrega total? Seguramente porque, en el fondo, tememos que Él nos va a pedir mucho, que nos va a exigir esto o aquello, que nos va a pedir “algo” a lo cual nos sentimos íntimamente apegados, porque en realidad va a exigir de nosotros la inmolación de los que, en realidad, son nuestros ídolos. Y esto es demasiado costoso. Toda entrega amorosa es exigente, toda entrega amorosa entraña un riesgo. En lo humano, hay que inmolar muchas cosas cuando se realiza la unión matrimonial, hay que renunciar a muchos gustos personales para disfrutar del beneficio de esta unión santificada por el Señor. En lo espiritual sucede lo mismo, la entrega amorosa al Señor exige la inmolación de los ídolos, pero debemos tener seguridad de que Aquel a quien nos entregamos es el Señor, es el fiel, es el infinitamente bueno, el que nunca ni cansa ni se cansa, el que no va a traicionarnos. Solamente cuando hablamos de Cristo podemos exclamar: “Sé a quién he creído, sé en quién he confiado”, esto no podemos decirlo de ninguna de las criaturas, solamente podemos afirmarlo del Señor Jesús. Pero Cristo es el Señor y, por lo mismo, puede disponer de nosotros y de lo nuestro como lo desee, como quiera.

Esto es lo que nos causa pavor, lo que nos produce miedo, el reconocimiento del Señorío del Señor, nos pone frente a nuestra realidad, a nuestra realidad de siervos, a nuestras limitaciones, a la obligación que tenemos de “amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas”, al deber que tenemos de demostrar prácticamente el Señorío del Señor con la destrucción de los ídolos que se oponen a su gloria. La entrega amorosa que hacemos al Señor nos pone en posesión de Cristo, en posesión de su Espíritu, en posesión de sus riquezas. Por eso merece bien la pena sacrificar todo lo que Él nos pida para lograr esta bendición.

Tengamos muy presente que entrar en la Renovación Carismática no es entrar en un camino fácil, como tal vez algunos lo imaginan. Entrar en la Renovación Carismática es entrar en el camino del renunciamiento, del don total, de la generosidad constante para, a su vez, disfrutar de la manifestación también continua del amor del Señor.

Recordemos que, como nos dice el evangelista S. Lucas, después de que Cristo recibe en el Jordán la Unción del Espíritu, de su poder, es conducido por este mismo Espíritu hacia el desierto para allí ser tentado por el demonio. Al Jordán le sigue el desierto con sus privaciones y sus tentaciones, pero Cristo triunfa allí porque tiene el poder del Espíritu, por eso al final el demonio se aleja de Él y los ángeles se acercan para servirle. Entregarse a Cristo es entregarse a un futuro desconocido, pero a un futuro que está en sus manos, en sus manos amorosísimas.

No sabemos lo que Él va a disponer para nosotros y en nosotros, pero tenemos la seguridad de que es el Señor y que es el Amor y que es la Fidelidad. Pero, a pesar de ese concepto que tenemos del Señor, como no sabemos qué nos va a quitar, a dónde nos va a conducir, qué va a ser de nosotros, de qué va a privarnos, nos causa miedo. Yo soy el primero en experimentar este miedo, es muy difícil superarlo, solamente cuando poseamos la plenitud del Espíritu, cuando recibamos la fuerza del Espíritu, entonces desecharemos este miedo que tanto nos perjudica y que desafortunadamente impide muchas veces la entrega generosa, alegre y sobre todo total al Señor.

Solamente cuando logremos, con la gracia del Espíritu, dominar este miedo a Jesús nos entregaremos totalmente a Él y Él se entregará también a nosotros. Solamente entonces le abriremos la puerta de nuestro corazón y Él entrará. En el Apocalipsis nos ha dicho: “He aquí que estoy a la puerta y llamo, si alguno me abre, entraré, cenaré con él y él conmigo”, pero solamente abriremos la puerta a Cristo cuando perdamos el miedo al Señor.

Por eso, lo primero que tenemos que hacer es ORAR, para que desaparezca de nosotros ese miedo al Señorío de Cristo. Es preciso orar mucho por esta intención. Si algunos han superado ya esta etapa, si algunos pueden afirmar que no temen al Señor, están en una situación sumamente positiva y ventajosa. Pero seguramente muchos necesitamos orar por esta necesidad, la liberación del miedo que, en una u otra forma, nos impide entregarnos al Señor.

Para esto necesitamos recordar las palabras de Cristo: “Yo soy. No temáis”. En la medida en que adquiramos seguridad en la presencia de Cristo en nuestras vidas y fe en su amor, desaparecerá de nosotros el miedo a todo, pero primero el miedo a Él.

Recordemos cómo Jesús sanó ante todo el miedo de sus apóstoles. Pocas personas encontramos dominadas por el miedo como estos apóstoles que habían vivido muy cerca de Jesús. Sin embargo, en el momento de la Pasión, por ejemplo, huyen cuando Cristo cae en manos de sus enemigos. Él lo había ya profetizado: “Herirán al pastor y se dispersarán las ovejas”.

Pero como solamente es Él el que sana del miedo, solamente Cristo sana del miedo al comunicarnos su Espíritu, por eso Él el día mismo de su Resurrección adelanta esta curación interior de los apóstoles: “Yo soy. No temáis”. Es Él también quien por su Espíritu sana en nosotros el miedo que hemos acumulado en este campo. Pero los apóstoles quedaron curados plenamente del miedo únicamente el día de Pentecostés, hasta ese momento han estado con las puertas cerradas. Solamente salen al balcón ese día para predicar a Cristo, para ser testigos de Cristo. ¿Por qué? Porque como nos dicen los Hechos de los Apóstoles, “quedaron todos llenos del Espíritu Santo”. Esta plenitud del Espíritu es distinta de la recepción del Espíritu, ellos lo habían recibido el día de la Resurrección, pero la plenitud del Espíritu, con su poder total, solamente la adquieren el día de Pentecostés. También nuestra sanación interior del miedo y del miedo a Cristo será una realidad cuando recibamos la plenitud del Espíritu, cuando quedemos llenos también del Espíritu del Señor, cuando seamos bautizados en su Espíritu. Esta es la verdad que estamos descubriendo actualmente por medio de la Renovación Carismática.

Uno de los primeros efectos de la Efusión del Espíritu es la seguridad interior. La fuerza del Espíritu destruye en nosotros el miedo que es debilidad, en cambio adquirimos entusiasmo por Cristo. El Señor, antes de la Ascensión, les dice a los apóstoles: “Recibiréis el poder del Espíritu y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra”. Antes de Pentecostés, los apóstoles no pueden dar testimonio de Cristo porque tienen miedo. Pensemos en el caso de S. Pedro: a pesar de sus promesas de fidelidad, promesas que eran sinceras cuando las hizo, durante la Pasión niega a Cristo y aún con juramento y delante de una esclava. “No conozco a ese hombre”, dice. Y ¿por qué este cambio? Porque en ese momento Pedro está dominado por el miedo, no puede ser testigo de Jesús; conoce a Jesús y ama a Jesús, pero tiene miedo y por esto no puede dar testimonio del Señor ni puede confesar al Señor.

Pero este Pedro que niega al Señor delante de una esclava, será el que el día de Pentecostés lo proclamará con alegría y con valor, lo hará sin miedo, y esto sucederá en los meses y en los años siguientes, nada lo detendrá, será el testigo fiel del Señor. ¿Por qué este cambio? Porque el Espíritu del Señor al colmarlo el día de Pentecostés lo sanó del miedo, le dio seguridad interior, lo llenó de fortaleza y lo convirtió en testigo del Señor Jesús.

La gran necesidad que tiene ahora la Iglesia, la gran necesidad del mundo en este momento es la de testigos de Jesús. Hay muchos predicadores del Señor, hay muchas personas que pueden hablar de Él, pero son pocas las que se atreven a dar testimonio del Señor, a ser sus testigos en los ambientes difíciles. En un medio universitario, por ejemplo, las personas en una conversación están exponiendo criterios anti-evangélicos, la gran necesidad de la época presente es la de testigos de Cristo, pero esto lo lograremos únicamente cuando el Espíritu del Señor, al derramarse en nosotros, nos quite el miedo, nos libere del temor; nos dé seguridad, nos llene de fortaleza. y cuando Cristo nos da seguridad en Él, empieza también a darnos seguridad en nosotros y a confiar en los demás.

Él nos sana primero del miedo que le tenemos, pero quiere sanarnos después del miedo que nos tenemos y del miedo que tenemos a los demás. Es mucho el miedo que hemos acumulado respecto a nosotros mismos y mucho también el que tenemos a distintas personas. La serie de fracasos que hemos experimentado a lo largo de nuestras vidas nos ha llenado de inseguridad, nos ha hecho cada vez menos firmes, menos seguros. La incertidumbre es uno de los distintivos

No tenemos seguridad frente al futuro, porque el pasado está lleno de fracasos y solamente cuando tengamos seguridad frente al futuro lo conquistaremos, progresaremos, cumpliremos las metas señaladas, llegaremos a feliz puerto. “El que no espera vencer, ya está vencido”, dice el adagio, allí está encerrada una gran verdad. Los fracasos que nos han proporcionado personas desde los primeros años de nuestra existencia, los que hemos tenido por imprudencia, por falta de previsión, por distintos fallos, nos han llenado de miedo.

Esta es la realidad, pero también existe la verdad de la sanación de Cristo, Él puede sanar este miedo que tenemos en nuestro interior respecto a nosotros, Él puede curarnos de esta inseguridad. Solamente Él, por su Espíritu, puede llenarnos de fortaleza.

Y es mucho el miedo que hemos acumulado respecto a distintas personas, personas que por una u otra causa, por una u otra actuación, nos han impresionado desfavorablemente, han creado en nosotros complejo de inferioridad, nos causan miedo con sus amenazas, con su misma presencia muchas veces. De este miedo también puede sanarnos el Señor y quiere sanarnos el Señor.

JESÚS, que es nuestra paz, empieza a sanar del miedo desde antes de su nacimiento. Por medio del ángel, tranquiliza a José: “No temas tomar contigo a María tu esposa porque lo concebido en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados”. Despertó José del sueño e hizo como el ángel del Señor le había mandado y tomó consigo a su esposa.

El día de su nacimiento en Belén, por medio del ángel sana también el miedo de los pastores. El ángel les dijo: “No temáis, pues os anuncio una gran alegría que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador que es el Cristo Señor”. Cuando los ángeles dejándoles se fueron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: “Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado”. Ya sin miedo y llenos de alegría, pueden acercarse al portal y realizar allí el encuentro maravilloso con el Señor.

Pero hay un hecho sumamente elocuente para manifestar el poder de sanación interior, de sanación del miedo, que tiene el Señor Jesús. NICODEMO es un fariseo, magistrado judío, que va a buscar a Jesús, pero “de noche”. Va a hablar con el Señor, pero no lo hace de día, teme las burlas de sus compañeros, por eso busca la oscuridad. Es de noche cuando se dirige a la casa de Jesús y cuando tiene el diálogo con Él, es un hombre dominado por el miedo. Pero el Señor, que es la paz, que es la seguridad, que es la fortaleza, dialoga con este hombre dominado por el miedo, le habla de su Espíritu, del nuevo nacimiento: “El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios; lo nacido de la carne es carne, lo nacido del espíritu es espíritu”.

A través de aquel diálogo, el Señor penetra en el corazón medroso de Nicodemo y lo sana totalmente. La curación interior de Nicodemo es tan completa que, poco después, cuando los fariseos quieren condenar a muerte a Jesús, cuando incluso reclaman a los guardias por qué no han traído prisionero a Cristo, Nicodemo les dice: ” ¿Acaso nuestra ley condena a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace?”. Ellos le respondieron: “¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta”, y se volvieron cada uno a su casa. Aquel hombre con su valor confunde a quienes quieren perder a Cristo, los obliga a volver a su casa. Y algo más admirable todavía: el Viernes Santo, cuando Cristo ha sido crucificado, cuando todos (aún sus discípulos) lo han abandonado, Nicodemo, en compañía de José de Arimatea, se presenta ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Es un hombre que ya no tiene miedo, porque Jesús lo había sanado. Como señal de gratitud y como demostración de aprecio, él ahora quiere honrar al Señor dando sepultura a su cuerpo.

Pero lo que debe llenarnos de alegría y de esperanza es saber que Jesús es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Que ese Jesús que sanó el miedo que había en José, que había en los pastores, que destruyó el miedo que oprimía a Nicodemo y que muchas veces adelantó un proceso de curación del miedo en sus apóstoles, puede y quiere realizar el mismo favor en beneficio de nosotros. Él también quiere destruir el miedo que nos domina y nos enferma, Él también puede hacerlo ahora y lo hará si nosotros nos acercamos a Él con fe y con humildad. Sería un mal para nosotros descubrir la serie de temores que nos oprimen y aún las consecuencias terribles que tienen sobre nuestro organismo, si no estuviésemos convencidos de que tenemos una solución en Cristo, en Cristo que es la solución de todos los problemas. Es el temor a fracasar, a la sexualidad, a defendernos, a confiar en los demás, a pensar, a hablar, a la soledad y a tantas otras cosas, tienen en Cristo nuestro Señor la gran solución, la pronta solución.

El apóstol S. Juan escribió en su Epístola unas palabras llenas de Verdad y con un profundo significado psicológico: “El amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor supone castigo y el que teme no es perfecto en el amor”. Aquí encontramos la gran solución para la enfermedad interior del miedo: el amor paternal de Dios, el amor fraternal y salvador de Cristo, el amor del Espíritu que mora en nosotros. En la medida en que nos dejemos abrazar por el amor de Dios, en esa misma medida irá desapareciendo el temor que hay en nosotros. Y cuando el amor de Dios llegue a ser perfecto en nosotros el temor será arrojado fuera.

La Renovación Carismática nos coloca de una manera muy clara frente al amor del Señor, frente al amor del Espíritu y estamos experimentando la verdad de aquellas palabras de S. Pablo a los Romanos: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”. Por eso, muchas personas cuando tienen la experiencia del Espíritu, cuando se dejan invadir por este Río de Aguas Vivas, cuando se dejan de veras abrazar por su amor, se van viendo liberadas de los recuerdos dolorosos en todos los campos, pero concretamente en el del miedo.

Este es uno de sus grandes beneficios, no lo sabremos apreciar nunca debidamente. Pero el método concreto y fácil para recibir, de una manera progresiva, a través de un proceso, la curación interior del miedo como don de Cristo, es acercarnos a Él con fe, creer verdaderamente que Él está resucitado en nosotros y con nosotros, que Él es el Salvador, el Salvador del hombre, de todo el hombre y de todos los hombres. Que Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos.

Después de este acto de fe, nosotros en horas especiales nos dedicamos a recorrer toda nuestra vida con Cristo, a recorrer todos los momentos dolorosos, penosos, en el campo del miedo; a repasar todos aquellos recuerdos medrosos que nos han ido enfermando paulatinamente. Pero, ¿para qué? No para amargarnos nuevamente con ellos, no para acumular temor, sino para detenernos con Cristo delante de cada una de estas escenas, de cada uno de esos acontecimientos que nos causaron pavor o miedo, para pedirle que derrame su paz, que comunique seguridad, que borre con su presencia amorosísima el trauma que dejó en nosotros ese acontecimiento doloroso. No se trata de no recordar ya aquella escena, sino de recordarla con tranquilidad, de recordarla con paz, seguros como estamos de que el Señor, el Salvador, la ha curado, la ha sanado perfectamente.

En este proceso de sanación del miedo, como manifestación del amor de Cristo y de su Espíritu, es muy conveniente hacer un inventario de las personas a quienes, por una u otra causa, tememos más. De las cosas que nos causan más miedo, de lo que interiormente nos hace sentir más inseguridad. Esto ¿para qué? Para también, de una manera concreta, pedirle al Señor en la oración que sane el miedo que tenemos a “Fulano de tal”, a “Zutano”, a tal o cual superior, a tal o cual compañero, a tal o cual enemigo, para pedirle que destruya el miedo que tenemos, por ejemplo, a determinada enfermedad, a montar en avión, a ir a tal o cual lugar, a enfrentarnos con tal o cual circunstancia. El Señor que se interesa concretamente por todo lo nuestro irá destruyendo esos distintos miedos, irá aumentando a través de un proceso maravilloso nuestra curación interior y cada día recobraremos más seguridad en nosotros, tendremos más seguridad en los demás, pero todo como fruto de la seguridad en Cristo, de la seguridad en su amor, en su poder y en su fidelidad.

Tenemos que pedir la gracia de que nuestra fe en Cristo sea una fe verdaderamente viva, una fe actuante, una fe que abarque toda nuestra persona, una fe que nos lleve a experimentar realmente la presencia y la acción amorosa del Señor en nuestras personas y a lo largo de todas nuestras vidas.

Los efectos del ministerio de sanación interior aparecen en esta Renovación Carismática cada día con mayores posibilidades, es algo verdaderamente asombroso lo que se está consiguiendo, causa verdadera alegría ver cómo van cambiando muchas vidas, cómo se van curando interiormente a través de este ministerio de sanación interior. ¡Ojalá que esta luz llegue a muchas personas y que crezca el número de equipos de personas consagradas a este ministerio que tanto glorifica al Señor y que tantos beneficios reportan para las personas!

Sí, reconozcamos que estamos enfermos, quizá muy enfermos interiormente de miedo, reconozcamos que el miedo se ha ido acumulando en nosotros y nos impide muchas veces entregarnos al Señor, servir generosamente a los hermanos, llevar una vida tranquila. Pero reconozcamos también, con la gracia del Señor, que Él puede sanar este mal y puede calmar todas las tempestades que el miedo levante en nosotros. Recordemos lo que nos dice el evangelista S. Mateo:” Subió después Jesús a la barca y sus discípulos le siguieron. De pronto, se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas llegaban a cubrir la barca, pero Él estaba dormido. Acercándose, pues, se acercaron diciendo: “Señor, sálvanos que perecemos”. Díceles:” ¿Por qué estáis con miedo, hombres de poca fe?”. Entonces, se levantó e increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran bonanza, y aquellos hombres maravillados decían: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?

ORACIÓN:

Señor Jesús, que yo nunca recorra el mar de la existencia solo, que yo te lleve siempre en mi vida y en mi barca, que yo disfrute siempre, Señor, de tu compañía amorosísima, que cuando arrecie la tempestad, cuando el miedo levante olas que amenacen sumergirme, yo te mire, Señor, yo te invoque con fe y con confianza. Que Tú, Señor, ordenes a esos vientos y a esa mar que se calmen, que no me destruyan, que no me atormenten. Señor, tú eres la paz, Tú dijiste: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”, dime estas palabras, Señor: “Te doy mi paz, te dejo mi paz”. Destruye, Señor, el miedo y el odio que se han acumulado en mí, disipa tantos temores infundados que me atormentan, calma Señor la tempestad que con frecuencia se levanta en mi interior, que se manifieste tu paz, Señor, en mi vida, que aparezca tu Señorío, que Tú domines mis emociones, que Tú me tranquilices interiormente. Tú eres mi paz, Tú eres la paz, Tú eres el Amor. Gracias, Señor, porque me amas, gracias Señor porque me curas, gracias Señor porque me salvas. ¡Bendito seas, Señor, gloria a Ti Señor! 

 

Tolerancia en la RCC

Tolerancia en la RCC

 

Tolerancia en la Renovación Carismática

por Tomás Forrest, C. Ss. R

Siendo muchas las cosas buenas que suceden en la Renovación Carismática, todavía podrían suceder más si nos concentrásemos en los frutos del Espíritu Santo tanto como en sus dones. Los dones nos ayudan a llevar a otros al Cuerpo de Cristo, pero los frutos nos hacen resplandecer a nosotros mismos como partes de ese Cuerpo. Uno de esos frutos es la paciencia (Ga 5, 22), y una expresión vital de la paciencia es la tolerancia. 

El diccionario define la tolerancia como “respeto y consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás; margen o diferencia que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas”. 
Una dosis abundante de tolerancia no haría ningún daño a la R.C. La tolerancia nos enseña a dar cabida a las equivocaciones de los demás, y protege nuestro derecho a hacer las cosas de una manera diferente, quizás mejor o peor que los demás. Básicamente preserva a cualquier persona o grupo de considerarse la medida de si los demás lo están haciendo bien o no, y nos ayuda a evitar las inútiles comparaciones (Ga 6, 3 -4). 

Veamos algunos ejemplos de intolerancia en la Renovación Carismática

1) ENCAJONAR LA RENOVACIÓN

Algunos tratan de encerrar la Renovación en la estrecha caja de sus propias experiencias, dones, ministerios, o, lo que es peor, inclinaciones personales. 

Pero un modelo único, una única dirección, una única expresión para la R.C. no va al paso del Espíritu Santo y está en contra de la naturaleza de los dones como llamadas personalizadas (Ef 4, 11; Rm 12 4-8; I Co 12, 4-11). Ser un sacerdote redentorista, por ejemplo, no me permite despreciar a los laicos en la Iglesia ni criticar a los demás sacerdotes por no ser ellos también redentoristas. Mi llamada y mis dones no son necesariamente los suyos, y aunque yo pudiera demostrar que mi camino es objetivamente mejor, esto sin embargo no lo haría obligatorio para los demás. 

Como Jesús muestra en la parábola de los criados con diversos talentos (Mt 25, 14ss.), mi tarea es hacer las cosas lo mejor que pueda según mi llamada y mis dones, no hacer las mismísimas cosas y tan bien como cualquier otro. Y, a su vez, mi éxito no se convierte en la norma del éxito de los demás.

Sin duda que todos nosotros hemos sido llamados a las alturas de la santidad (Mt 5, 48), pero esto no quiere decir que el Padre Eterno nos dé de plazo solamente hasta mañana al mediodía para llevar a cabo toda la tarea. Él entiende, e incluso tiene previsto, que nuestra lucha pueda durar otros diez años, o quizá el resto de nuestra vida y, además, un poco de Purgatorio. 
Por tanto, es importante ser tolerantes con nosotros mismos, con los demás y con Dios mismo. 
Tolerantes con nosotros mismos, pues aunque algunos puedan estar muy por delante de nosotros con dones más espectaculares, esto, no significa que de alguna manera competitiva agradan más a Dios. 
Tolerantes con los demás, ya que mis ideas e ideales, mis dones y mi llamada no son necesariamente la norma y el camino para ellos.
Y tolerantes con Dios, porque nada le obliga a hacer las cosas a mi modo, a dejarse llevar por mis inclinaciones, o a usar de mí y moverme tan rápidamente como lo hace con otros. Dios es el último a quien podemos encajonar en una caja estrecha, y ciertamente no en la caja de nuestros propios gustos o antipatías. Si el criterio para el discernimiento espiritual fuera el “no me gusta”, el don de lenguas y quizá algunos otros dones auténticos no habrían encontrado espacio. 
A través de la tolerancia, a todos se nos permite desarrollar nuestra propia función libremente, según nuestras posibilidades y circunstancias, precisamente en el modo en que Dios lo planteó.

2) PRETENDER POSEER UNA VISIÓN TOTAL

Aunque yo creo que somos parte de una nueva efusión del Espíritu Santo que tendrá éxito en la renovación de la Iglesia, no creo que ninguno de nosotros tenga una visión completa de cómo o de cuándo exactamente vaya a suceder todo. 
Cada uno no es más que una pieza de un divino rompecabezas y ha recibido una misión específica, pero no conoce el plan de Dios para colocar todas las piezas en su sitio, o si esto va a suceder dentro de un año, de una década, de un siglo o dos. 
Es algo como un carpintero, un albañil, un electricista y un encargado de la grúa, que trabajan en distintas partes de un mismo edificio en construcción, con el arquitecto que es el único que ve todos los planos completos. Ninguno de nosotros es ese arquitecto. 
Cada uno debe discernir de qué manera quiere Dios usar de él en ese momento, pero cualquiera que piense que puede ver todo el camino hasta el resultado final, se está preparando para encontrarse con sorpresas. El pensar que puedo ver claramente cómo Dios hace todo, significa que me estoy viendo a mí mismo demasiado en el centro, mientras que en realidad no soy más que una parte pequeña, aunque especial.

Aquellos que no pueden dejar todo el cuadro final en manos de Dios se convierten en especialmente intolerantes, demasiado seguros y demasiado en el centro de lo que ven para dejar espacio a las demás partes importantes del cuadro, diferentemente configuradas y ensambladas. A su último libro o enseñanza lo llaman la última palabra, mientras que la última palabra sigue siendo la prerrogativa de un Dios tan lleno de sorpresas que es siempre un misterio (Is 5, 8-9).

3) EL MÉTODO DEL “O… O…”

La idea de que “o tu camino, o el mío es correcto” es frecuentemente equivocada. A menudo, tu camino será indicado para ti y el mío indicado para mí. Y si pusiéramos juntos ambos caminos, en un esfuerzo unificado, podríamos llegar a formar un gran equipo. 
Recuerdo un país en el que los líderes de un centro estaban adoptando un método de Renovación muy intelectual mientras el método de los líderes de otro centro se basaba en la experiencia. Ambos grupos perdieron tiempo y esfuerzos preciosos, cada uno atacando los errores del otro, mientras que el único error era el no haber visto que cada uno necesitaba del otro. Un grupo estaba produciendo una magnífica literatura carismática y una admirable serie de enseñanzas, mientras que el otro tenía grandes dones de alabanza, música, alegría, amor y oración. No era cuestión de “o… o… “, sino más bien de que ambos trabajaran juntos como partes claramente diferenciadas del mismo cuerpo. 
Un perfecto punto de encuentro para un montón de nuestras diferencias está muchas veces en el medio, un punto alcanzado tras un humilde compartir y tras dejar que las ideas y direcciones de uno equilibren y corrijan las del otro.

4) CONFUNDIR LA CULTURA

La tolerancia hace que nos mantengamos pacientes con ciertas expresiones culturales de la R.C. que uno encuentra difícil de apreciar. La Renovación es un fenómeno universal, y las distintas partes del mundo son muy diferentes. 
Yo he visitado 80 países, y aunque evidentemente es el mismo Espíritu Santo el que actúa en todas partes, hay una exquisita variedad cultural en sus acciones. 
Un ejemplo es una inolvidable liturgia en Costa del Cabo (Ghana). Cuando el diácono elevó los Evangelios en alto por encima de su cabeza para proclamar “Palabra de Dios”, todos los presentes dejaron sus bancos, y con una magnífica sonrisa danzaron ante el altar por turno, con los brazos extendidos, haciendo una profunda reverencia a la Palabra de Vida. Es el ejemplo más hermoso de danza litúrgica que yo he visto.
Pero eso no quiere decir que nosotros podamos o debamos esperar ver el mismo hecho en un monasterio copto, en el monte Sinaí, o en la catedral de Munich. Algo que es hermoso para África no se convierte en ley para otro lugar: pero algo que está fuera de lugar en un monasterio no es, a su vez, necesariamente equivocado para África. 
Dios sabe quiénes somos y dónde nos encontramos, incluso mejor de lo que sabemos nosotros mismos, y nos trata de conformidad con ello, con una libertad y variedad de acciones muy sensible a la cultura y limitada solamente por la única ley de actuar siempre con amor. El modo como Él toca y conduce a cada persona no se convierte nunca en el modo como ÉL DEBE tocar y guiar a los demás. 
Los principios de doctrina y las prudentes prácticas de pastoral deben ser, sin duda, definidos claramente y seguidos por todos. Pero junto con la variedad de dones y de llamadas, la amplia variedad de preciosas culturas puede hacerlas maravillosamente provechosas allí donde existan, pero no siempre es posible repetirlas, y quizás incluso parece que sería equivocado exportarlas a otros lugares. 
En Oriente, el signo de la paz es solamente el juntar las propias manos, una dulce sonrisa y un intercambio de inclinaciones profundamente respetuosas. Pero en América Latina es un caluroso abrazo, y en Bélgica y Zaire un triple contacto de mejillas. No sólo la música y los estilos de alabanza siguen unas líneas culturales, sino también el estilo de enseñar, imitando el propio ejemplo de Cristo de adecuar sus palabras a la cultura de quienes le escuchaban.
En general, la tolerancia nos hace más lentos para juzgar y condenar otras culturas y mucho más rápidos para estudiarlas y gozar de ellas. Cada una es otro don del inagotable Espíritu Santo.

5) MOTIVADA POR EL PROPIO INTERÉS

Aunque tratada en último lugar, éste es el corazón del tema. 
La intolerancia tiene su raíz en los celos y en el orgullo, en el miedo a que los demás lo puedan hacer mejor, y en la inconsistente exigencia de ser considerados los mejores al ser seguidos por todos. 

“Si vivimos según el Espíritu -escribe san Pablo- obremos también según el Espíritu. No busquemos la gloria vana provocándonos los unos a los otros y envidiándonos mutuamente” (Ga 5, 25). 
Como Pablo da a entender en el capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios, el oído no puede tener celos del ojo porque no ve, y el ojo no puede ser intolerante con el oído que no ve. Cada uno es solamente una parte de un plan divino llamado cuerpo, uno viendo y el otro oyendo, para el bien común. 
Del mismo modo, cada uno de nosotros es una parte del más maravilloso plan divino llamado Cuerpo de Cristo, cuando nos dejamos llevar, no por el propio interés (Flp 2, 2-4), sino por el Espíritu de Dios, para servir uno al otro, gozando los unos del encanto de los dones de los otros.
San Cipriano mártir mostraba este tipo del espíritu cuando escribía a Camelia: 
“Hemos tenido noticia del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el gozo de vuestra confesión, que nos consideramos partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos todos una misma Iglesia, si tenemos todos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara de las suyas propias? ¿O qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de sus otros hermanos?” (Epístola 60).
Si ese tipo de espíritu tolerante y generoso nos guiase siempre, las piezas del divino rompecabezas se deslizarían hacia su propio lugar muy rápidamente, y nosotros veríamos muy pronto renovado el magnífico cuadro de la Iglesia.

P. THOMAS FORREST, C.Ss.R. · 1927 – 2018

El P. Tom Forrest fue sacerdote redentorista y líder mundial de la Renovación Carismática.

Predicó a cientos de miles en unas ciento veinte naciones, y llevó a miles de jóvenes, religiosas, matrimonios, sacerdotes y obispos a una relación más profunda con el Señor. Fue miembro del primer Consejo de la Oficina de Comunicaciones Internacionales (ICO) en el que el Card. Suenens también se desempeñó como asesor episcopal. También fue director de la oficina de la ICO y más tarde presidente del Consejo Internacional. En 2003 recibió la Cruz de Federico Augusto, Pro Ecclesia et Pontifice del papa Juan Pablo II por su dedicado ministerio en la promoción de la nueva evangelización. Fue conocido por su gran amor y profunda pasión por Dios y por su pueblo.

¿CALLA DIOS?

¿CALLA DIOS?

 

Te invoco de día, y no respondes, / de noche, y no encuentro descanso;/ y sin embargo, tú eres el Santo, / que reinas entre las alabanzas de Israel. (Salmo 22 (21), 3-4)

Me tomé unos días de oración y descanso a los pies del Santo Cura Brochero. Entre mis reflexiones, preocupaciones y hasta de cierta manera reclamo, oraba a Dios con estos versículos del Salmo 22 (21). Es el mismo Salmo que usamos el Domingo de Ramos y el Viernes Santo y que ponemos en boca de Jesús en medio de su dolorosa pasión.

Reflexionaba en toda esta ola anticristiana que vivimos y que parece pasarnos por arriba. Porque no es solamente el embate por el aborto y la ideología de género. También debemos tener en cuenta los ataques al Santo Padre desde dentro y fuera de la Iglesia, la utilización política y manipulación mediática sin escrúpulos que se hace aquí en nuestra (en su) propia Patria. Debemos sumar, además, la indiferencia y hasta el cuestionamiento a toda propuesta de la Iglesia para humanizar las relaciones humanas. Ya hemos comentado en otra oportunidad todo este maremágnum de situaciones.

Y las palabras del Salmo eran expresión de lo que sentía por un lado el silencio de Dios y por el otro la certeza de que Él es el Rey del universo y el Señor de la historia. El Dios que calla pero que no está inactivo, el que parece no responder a nuestras demandas y clamores, pero también el que no deja nunca de actuar en la historia porque esta historia es Historia de Salvación.

Entonces en la calma del silencio y la oración empecé a vislumbrar algunas claves que quisiera compartir. Seguramente no serán ni las únicas y posiblemente ni siquiera las más importantes. En estas claves, negativas y positivas, creo que podemos comenzar a entender y sobre todo acompañar el proyecto de Dios

CLAVES NEGATIVAS

Son aquellos aspectos que hemos descuidado, dejados a un lado o actitudes equivocadas que hemos asumido o realizado y en los cuales tenemos que reflexionar y sobre todo convertirnos. Podemos identificarlos con el primer versículo del salmo citado: ¿Por qué no respondes?

1.      DEMASIADO DISCURSO Y POCA ACCIÓN. Nos hemos dedicado demasiado a hablar, discutir, hacer discursos, planes, proyectos y hemos dejado de actuar, de hacer, de estar en donde hay que estar. Y las pocas acciones reales que hemos realizado están marcadas por el egoísmo de las organizaciones (“esta obra es de…”) y no las hemos asumido como propias, nuestras, donde podemos y debemos descubrirnos Iglesia

2.      DEMASIADAS DISCUSIONES Y POCA UNIDAD. Cuando pienso en las discusiones que tenemos en nuestros Equipos de Servicio o en nuestros Consejos Pastorales y descubro que giran desde hace décadas en los mismos temas intrascendentes, meramente organizativos o basados en la vanidad y el deseo de sobresalir o de obtener un cargo o puesto, entonces aparece ese agotamiento espíritu-pastoral que nos lleva a dejar de soñar y además a dejar de escuchar el proyecto de Dios.

3.      DEMASIADA CATEQUESIS Y POCA EVANGELIZACIÓN. Aclaro que no estoy en contra de la Catequesis, que es parte del ministerio profético de la Iglesia. Sino de ese acento desmesurado en crecer en algo que no hemos nacido: la fe. A modo de ejemplo (habría muchísimos más). No puedo crecer en la moral sexual de la castidad en cualquier estado de vida si no tuve previamente un encuentro personal, serio y profundo (no meramente emotivo) con Cristo.

 CLAVES POSITIVAS

 

Son esos aspectos positivos reales y presentes en nuestra actualidad y a los que debemos volver con todo nuestro corazón para renovar nuestro servicio a Dios, a los hermanos y a este mundo. Podemos identificarlas con la segunda parte del versículo: ¡Tú eres el Rey!

1.      DIOS HA HABLADO: Si miramos solamente estos últimos 150 años podemos descubrir que Dios hace bastante tiempo que viene hablando. Desde las manifestaciones de María (Lourdes, Fátima, etc.) que nos llaman a la oración y la conversión, pasando por el Gran Pentecostés del Concilio Vaticano II hasta las palabras de los últimos Sumos Pontífices, Dios no ha estado callado. En todo caso nosotros somos sordos a estas palabras.

2.      DIOS HA ACTUADO. En estos 150 años Dios ha actuado de manera portentosa. Desde inspirar a una pequeña religiosa (Beata Elena Guerra) a volver al Espíritu Santo, pasando por la decisión del Papa León XIII de consagrar la Iglesia y el mundo al Espíritu Santo hasta suscitar la RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA y tantos otros movimientos y asociaciones laicales justamente para renovar la evangelización y potenciarla. Habría cientos de testimonios de situaciones y acciones de Dios.

3.      DIOS ESTÁ ESPERANDO. Esperar es también una acción. Está esperando que nos tomemos en serio nuestro camino de santidad, que nos tomemos en serio nuestro llamado a servir, que nos tomemos en serio nuestra fidelidad a la vocación recibida.

En pocas palabras resumiría todo esto en la siguiente frase: No es que Dios calla, sino que somos nosotros los que no estamos oyendo. No es que Dios está inactivo, sino que somos nosotros los que no estamos haciendo lo que tenemos que hacer.

Lc 12, 35-36. Esta cita nos la regaló el Señor en la última reunión de ECONA.

 

¿Lo pensamos?