Servicio Sacerdotal por Salvador Carrillo Alday

Servicio Sacerdotal por Salvador Carrillo Alday

 

El “SERVICIO SACERDOTAL” en el gozo del Espíritu Santo

por Salvador Carrillo Alday, M.Sp.S

En el  Sínodo de Obispos, celebrado en Roma en diciembre de 1985, el Papa Juan Pablo decía: “En este Sínodo se ha examinado más profundamente la naturaleza de la Iglesia, en cuanto que es Misterio y Comunión o Koinonía… Realmente, la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, está al servicio del mundo y no desea otra cosa que servir y realizar la salvación integral del hombre” .

Si la misión de toda la Iglesia es “servir” y “realizar la salvación integral del hombre”, ¡cuánto más puede decirse que ésa es la misión del sacerdote, el cual es por definición “el hombre de Dios”, “el hombre de Iglesia”, “el hombre de la comunión” que hace o forma la comunidad, “el hombre que se entrega participando todo cuanto tiene, para la salvación integral del hombre”!

Pero éste su servicio debe realizarlo en el gozo y la alegría, porque “Dios ama al que da con alegría” (2Co 9,7).

Ahora bien, servir es “dar”, más aún, servir es “darse”, es entregarse uno mismo a los demás. Uno de los cuadros evangélicos más expresivos del “servicio como donación de la persona” es aquel tan conocido, que leemos en San Marcos, cuando Santiago y Juan tienen el atrevimiento y la osadía de pedir para sí mismos estar a la derecha y a la izquierda de Jesús en su gloria (Comparar con Mt 20,20 donde se dulcifica la escena, siendo la madre de los hijos de Zebedeo quien hace la petición).

El pasaje termina con esta recomendación de Jesús: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como redención por muchos” (Mc 10, 42-45).

I. MODELOS EN LA TAREA DE “DAR” Y “DARSE”

Así pues, en la tarea de “dar” y “darse” el sacerdote tiene un modelo excelente: Jesús, el Hijo de Dios y nuestro hermano mayor. Pero no sólo él, Dios mismo es su máximo modelo, y luego la Sma. Virgen María, los Apóstoles y tantos hermanos que han hecho la historia multisecular de la Iglesia.

1. Dios

Dios es amor, y es propio del amor “dar”. Dos son los “regalos” que nos ha hecho el Padre, porque nos ama: el don de su Hijo y el don del Espíritu Santo, y al dar esos dones, él mismo se nos da y viene a nosotros.

JESUS-HIJO es el don del Padre:  “De tal manera amó Dios al mundo que dió a su Hijo Único, para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Pero Jesús es también el don del Espíritu, pues el Padre nos lo da en el poder de su Espíritu: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35).

El ESPÍRITU SANTO es el don del Padre y también el regalo de Jesús: “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito… Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre… Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 14, 16; 15, 26; 16, 7).

2. Jesús

Los Evangelios nos enseñan cuantas cosas nos dió Jesús, pero sobre todo nos muestran cómo:  

  • Se dió a sí mismo hasta la entrega de su propia vida, en la libertad y en la obediencia, ¡admirable consorcio de “obediencia en la libertad” y “libertad en la obediencia”! “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; ese es el mandato que he recibido de mi Padre” (Jn 10, 17-18)
  • Dió su vida por amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 12-13; 1 Jn. 3, 16); llevando a cabo así una obra que su Padre le había encomendado: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34; cf. 17, 4).
  • Y se entregó como “servidor” (diákonos) y más todavía como “esclavo” (doulos), sabiendo que su entrega culminaría en “redención de muchos”, esto es, “de todos” (Mc 10,45; cf. Ga 1, 4; Ti 2, 14; 1 Tm 2, 6).

El Espíritu Santo hizo comprender a nuestros primeros hermanos cristianos el sentido profundo de la entrega de Jesús; y así, Pablo de Tarso, tras un momento de experiencia personal de la gracia de Dios que Jesús le había conquistado, gritó: “Con Cristo estoy clavado en la cruz; y vivo ya no yo, sino que vive en mí Cristo; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe, en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 19-20).

3. Pablo de Tarso

Nobilísimo ejemplo de entrega total en el servicio a los demás es Pablo de Tarso. Interminable sería recorrer su vida paso a paso. El dio cuanto el Señor había puesto de dones en él, y luego él mismo se entregó a las almas que Dios había puesto en su camino. 

A los presbíteros de Efeso les decía: “Yo de nadie codicié plata, oro o vestidos. Vosotros sabéis que estas manos proveyeron a mis necesidades y a las de mis compañeros. En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presente la palabra del Señor Jesús que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir” (Hch 20, 33-35).

A los cristianos de Corinto, quienes tanto le habían hecho sufrir. les escribió: “Por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré a mí mismo totalmente por vuestras almas. Amándoos más ¿seré yo menos amado? (2Co 12, 15).

‘Y a los Filipenses, estando él en la cárcel y pensando en la posibilidad de derramar su sangre, les expresaba su gozo ante la perspectiva de dar su vida: “Y aun cuando mi sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe, me alegraría y congratularía con vosotros” (Flp 2, 17). La fe de los Filipenses es ya una ofrenda y un sacrificio, y a ellos se añadiría la sangre del martirio del Apóstol. 

II. PASTORES QUE “DAN VIDA” Y “DAN SU VIDA” POR LAS OVEJAS

1. El buen pastor

Hay en la actualidad un consenso entre los exégetas acerca de aquellos pasajes evangélicos en que Jesús habla del pastor; y ese consenso consiste en que los evangelistas no solamente transmiten palabras que dijo Jesús o que se aplicó a sí mismo, sino que quieren dirigidas particularmente a los jefes y dirigentes de las comunidades cristianas: ellos deben ser como Jesús “verdaderos pastores”, “auténticos pastores”, esto es, dirigentes de las comunidades en quienes se realice verdaderamente la definición de “pastor”.

Y los pastores día a día conducen su rebaño, lo guían, lo cuidan, lo llevan a pastar y abrevar; y todo esto, a fin de que las ovejas tengan vida. Cómo vienen espontáneamente a la memoria las palabras de Jesús: “Yo soy el buen pastor… El buen pastor da su vida por las ovejas… Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen a mÍ… Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia…” (cf. Jn 10, 10-15).

2. Dar a las ovejas vida en abundancia

“Dar vida” es la síntesis de la misión pastoral. “Dar vida” mediante el ejercicio concreto del “carisma sacerdotal” que el Espíritu Santo ha dado, y en el “aquí y ahora” de cada uno, que puede ser muy diferente en cuanto a circunstancias externas: uno en una parroquia, otro en el Seminario: éste en el campo, aquél en la ciudad; quién entre indígenas, quién entre universitarios: uno entre laicos, otro entre personas consagradas a Dios; éste entre obreros, aquél orientando a cristianos que dirigen el país … ; etc. … , etc.

“Dar vida” según los tres campos de la misión del presbítero; campos que no se dan ni separados ni aislados, sino que se conjugan y complementan: ministros de la Palabra de Dios, ministros de los sacramentos y de la Eucaristía, y conductores del pueblo de Dios (Presbyterorum ordinis 4-6)

  • 1º.- “Dar vida” en el ministerio de la evangelización y de la enseñanza de la fe, partiendo y distribuyendo el pan de la Palabra de Dios. El pueblo de Dios tiene hambre y sed de la Palabra de Dios en la Escritura. Pero para poder dar la Palabra, es preciso haberla recibido, haberla hecho propia, haberse llenado de ella en una cierta plenitud. Que no suceda lo que pasó en tiempos de los profetas. Oseas escribió: “Perece mi pueblo por falta de conocimiento. Ya que tú has rechazado el conocimiento, yo te rechazaré de mi sacerdocio” (Os 4, 6). “Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Os 6, 6). Y Malaquías dice: “Los labios del sacerdote guardan la ciencia, y la Ley se busca en su boca; porque él es el mensajero del Señor Sebaot; pero vosotros os habéis extraviado del camino… “(Mal 2, 7-8).
  • 2º. “Dar vida en el ministerio sacramental”. “Dar vida eterna” en el sacramento de la filiación divina, como es el bautismo. “Dar vida” en el sacramento del perdón y de la reconciliación. “Dar vida” en el sacramento de la unción de los enfermos. Pero ante todo y sobre todo, “dar vida”, y más aún, “dar al que es la Vida” en el sacramento de la Eucaristía. El mayor regalo que puede el sacerdote hacer es “regalar” al mismo Jesús con su cuerpo, alma y divinidad, bajo las especies del pan y del vino consagrados.
  • 3º. “Dar vida en el ministerio de conducción espiritual”. En este campo, ¡qué necesaria es la asistencia del Espíritu Santo para cumplir esta misión y este deber! El mundo cristiano tiene necesidad de directores espirituales. Y son los sacerdotes, los que por vocación han recibido ese encargo. Si no lo cumplen, deben preguntarse: ¿dónde está la causa? ¿Cuál es la razón.
  • El sacerdote es instrumento del Espíritu para comunicar luz, vida, santidad, a través de la comunicación de la Palabra de Dios y de la administración de los sacramentos.
    Hay que formularse un ideal: “dar santos a Dios”. ¡Qué paradoja! Actualmente son muy numerosas las personas que oran diariamente y entregan su vida pidiendo a Dios sacerdotes santos. ¡Ojala lo alcancen! Pero, me pregunto: ¿Los sacerdotes tenemos el mismo interés respecto de las almas que Dios nos ha confiado? ¿Oramos y trabajamos suficientemente, y dirigimos a nuestros cristianos espiritualmente a fin de presentarle al Señor un buen grupo de almas santas?

3. Cualidades del servicio sacerdotal

A menudo el ministerio sacerdotal se ve obstaculizado por causas ajenas o por las propias limitaciones, y a veces todo se junta al mismo tiempo: impertinencias de las personas, exceso de trabajo, preocupaciones, incomprensión; cansancio, reacciones violentas, mal carácter, erupción temperamental, inestabilidad emocional, etc., etc.

¿Qué hacer y cómo hacer para adquirir las “cualidades” necesarias para que un servicio sacerdotal sea fecundo?
Se me antoja ir al fondo del problema y sugerir la necesidad de ir 1º a la fuente misma de una sanación interior profunda e integral; y 2º al manantial inexhaurible de donde brotan: el amor, la alegría, la paz; la comprensión, la amabilidad, la bondad; la mansedumbre, la fidelidad, el dominio personal.

Ese manantial es el Espíritu Santo y esas cualidades son algunos de los frutos de su habitación y de su acción en nosotros (Ga 5, 22). Si lo hacemos así, todo “servicio” cambiará. Será como el servicio de Jesús:

  • 1º.- El servicio en la alegría del Espíritu. La víspera de su pasión Jesús decía: “Vuestra tristeza se cambiará de gozo” (Jn 16, 20); “Se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la quitará” (Jn 16, 22); “Pedid y recibiréis para que vuestra alegría llegue a su plenitud” (Jn 16, 24). Si Jesús hablaba tanto de alegría es que su corazón rebosaba de ella, ¡y eran los momentos en que se preparaba a la donación total y definitiva de su vida!
  • 2º.- El servicio en la mansedumbre y la humildad. Dos fueron las virtudes de las que el Señor dijo que aprendiéramos de él: la mansedumbre y la humildad: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).
  • 3º.- El servicio en el amor-caridad que siempre va envuelto en misericordia, compasión, perdón, comprensión hasta la entrega de la propia vida: 
  • “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12).
  • 4º.- El servicio en la obediencia a Dios. La obediencia fue tal vez la virtud preferida de Jesús: “Yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn 6, 38). “Yo hago siempre lo que le agrada a él” (Jn 8, 29). “Esa es la orden que he recibido de mi Padre” (Jn 10, 18). “Yo sé que su mandato es vida eterna” (Jn 12, 50). “Para que el mundo sepa que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado: “¡Levantaos, vámonos de aquí!” (Jn 14, 31). Así también, la obediencia sacerdotal llena de amor y de alegría debe ser hasta la muerte, hasta la entrega de la vida, en la donación silenciosa, callada, secreta, desconocida, monótona de cada día.
  • 5º.- El servicio en el gozo, en la paz y en la santidad. La grande misión de Jesús fue traer, inaugurar e implantar en el mundo el Reino de Dios. Una de las plegarias que brotaban constantemente de sus labios era: “Venga tu reino”. Nosotros somos herederos genuinos de la misión de Jesús: “Como el Padre me envió, también Yo os envío” (Jn 20, 21). “Y el Reino de Dios es justicia y gozo y paz en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17).
  • 6º.- El servicio en constante glorificación a Dios. “Padre, yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame a mí junto a ti. .. “(Jn 17,4-5).
Padre Robert De Grandis S.S.J.

Padre Robert De Grandis S.S.J.

Padre Robert De Grandis S.S.J.

A los 19 años de edad ingreso al Seminario y a los 21 años entró al año de noviciado, estudió teología y fue ordenado sacerdote en la comunidad de los Jesuitas el 6 de junio de 1959 en Washington, E.U.

Luego de ser ordenado, fue enviado a Miami donde se involucró en el movimiento de derechos civiles de su comunidad.

Un año después fue trasladado a Nueva Orleans, donde vivió durante seis años compartiendo con la parroquia de personas de color más grande de Norteamérica.

En los inicios de su ministerio sacerdotal el padre Robert De Grandis, luchó incansablemente contra la discriminación racial. 

En 1969 inició su trabajo con la Renovación Carismática y en 1979 empezó su labor en el ministerio de la sanación, viajado por más de 22 países llevando el mensaje de Jesucristo y continuó su labor evangelizadora en los Estados Unidos, hasta la fecha de su defunción el 6 de Agosto del 2018.

Todas sus experiencias, conocimientos y testimonios los podemos encontrar en libros varios de su autoría entre los que se pueden mencionar:

  • Curación a través de la Misa.
  • Perdonar es divino.
  • Oración de perdón para los jóvenes.
  • Perdonar es sanar.
  • Crecer en la oración
  • Oración con Jesús
  • Amar y perdonar
  • El poder de la oración
  • Sanación intergeneracional
  • Manual del laico para el ministerio de sanación

Padre Robert De Grandis S.S.J.

Los diez mandamientos de la sanación

Fuente: Resumen extraído del Libro “Manual del Laico para el Ministerio de Sanación” del autor Rev. Robert De Grandis S.S.J.

Se dice que San Francisco Javier enseñó a los niños en India a orar y sanar a los enfermos. Después de haber sido sanados, eran traídos ante él y éste les explicaba lo que había ocurrido. Se dice también que Vicente Ferrer, el dominico, resucitó más gente de la tumba que Jesús. Estas personas no fueron más perfectas de lo que somos nosotros y todos estamos habilitados por el mismo Espíritu Santo que reside dentro de cada uno de nosotros. Se supone que podemos hacer obras más grandes que Jesús, “…pero les digo: el que cree en mí hará las mismas cosas que yo hago y aún hará cosas mayores” (Jn. 14:12).

“Yo soy la vid, ustedes las ramas. Si alguien permanece en mí, y yo en él, produce mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada” (Jn. 15)

 El padre Robert de Grandis, autor del  artículo “los diez mandamientos de la sanación“, dice: las siguientes son unas guías que a veces denomino “mandamientos”. Pueden ser de utilidad en tus esfuerzos por la sanación de las demás.

 

1. Cree que Dios, por lo general, quiere que todos los hombres estén sanos, saludables, íntegros en cuerpo, mente y espíritu.

“Cuando Jesús bajó del monte, lo siguió mucha gente. Un leproso vino a arrodillarse delante de él y le dijo: Señor, si quieres, tú puedes limpiarme. Jesús alargó la mano, lo tocó y le dijo: ¡Lo quiero, queda limpio! (Mt. 8:1-3). En este pasaje bíblico tomado de la Biblia de Jerusalén hay admiración al final de la contestación dada por Jesús. Por un momento, imagínense el tono de la voz de Jesús diciendo: “Por supuesto, ¿no se fijaron en lo que les estaba diciendo a las personas allí en el camino? No se fijaron en lo que hice ayer y ahora me preguntan: ¿Quiero sanarlos? Por supuesto que sí. ¡Sanaos!”

Esta historia, tomada del Evangelio, ilustra convincentemente el deseo de Jesús de sanar a todo aquel que viniera a Él. Está escrita cuatro veces en los Evangelios: Jesús quería que todo aquel que viniera a Él fuera sanado; Mateo 8:16, Mateo 12:15, Lucas 4:40, Lucas 6:19. Las mismas obras que Jesús realizó, las comisionó a sus apóstoles y discípulos. Nunca los envió únicamente a predicar, todo lo contrario. Siempre dijo: “Prediquen la Palabra y sanen al enfermo”. En mi opinión, la predicación y la sanación son inseparables. 

Jesús dio a sus apóstoles las siguientes instrucciones: No vayan a tierras extranjeras ni entren en ciudades de los samaritanos, sino que primero vayan en busca de las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Mientras vayan caminando, proclamen que el Reino de Dios se ha acercado. Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen demonios. Den gratuitamente, puesto que recibieron gratuitamente” (Mt 10:5-8). Nuestra misión, hoy día, es como fue la de los apóstoles en su época, convertirnos en seguidores de Jesús. Como católicos hemos aceptado abiertamente la invitación de ser testigos de Jesús, hacer sus obras ahora como Él las hubiera hecho, a través del poder del sacramento de la confirmación. Por lo tanto, ahora que tú empiezas a orar por los enfermos y a leer el Nuevo Testamento prestando especial atención a la sanación, puedes preguntarte: ¿Dónde he estado todos estos años? Los Evangelios claramente expresan lo que Jesús dijo: “Prediquen el Evangelio y sanen a los enfermos”. 

Todos necesitamos sanación, de una forma o de otra, porque seguimos siendo personas con necesidades. 

Algunos teólogos afirman que el Señor no sana a la gente enferma de hoy porque esto era solamente para las personas del siglo primero. Sin embargo, en estas épocas modernas podemos ver claramente como la gente común y corriente tiene, en cierto sentido, un entendimiento más profundo del Señor, y visitan santuarios para hallar sanación, o siguen a predicadores, o acuden a la última aparición de Nuestra Santísima Madre para ser sanados. Personalmente, no tengo nada en contra de tomar un avión para ir a Lourdes, claro que el ochenta por ciento de los cristianos hoy en día no puede costearse este lujo, y la cristiandad no es sólo ese veinte por ciento que puede saltar a un avión e ir a santuarios o a lugares santos. La cristiandad está siempre a disposición de todos los hombres sin importar su raza, y el poder de sanación de Jesucristo está donde haya un cristiano, donde haya una apertura al poder sanador del Señor Jesucristo. 

Mi método total de sanación se basa en la idea de que la sanación es “una respuesta a la oración”, opinión que ha sido objetada por algunas personas. Otros la ubican en la comunidad. Esto está bien ya que queremos darle importancia a la comunidad. Si podemos creer en el amor que el Señor nos tiene, entonces, Él va a actuar a través de nosotros, que somos sus instrumentos, para darnos la respuesta a nuestra oración. Yo creo que Jesús, por lo general, quiere que todos los hombres sean sanados, porque El prometió darnos signos. “Y estas señales acompañarán a los que creen: en mi nombre (…) pondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán (Mc 16:17-18). Este relato bíblico refleja la actitud de Jesús sobre la sanación, fue resaltado, utilizado y vivido entre los primeros cristianos y cuyo poder nos fue dado a nosotros por el Evangelio según San Marcos.


En cada sanación existen cuatro factores: la persona que ora, la persona por la que se ora, la oración que se dice y la fe de la comunidad.
  

La fe de la comunidad es muy importante en toda el área de sanación y ciertamente uno de los factores primordiales.

“Señor Jesús, sé que deseas que todos te amemos en forma completa y que estemos totalmente bien para que podamos orar y alabar. Permite que el Espíritu Santo se manifieste hoy y que nos enseñe la verdad de que Tú realmente nos quieres saludables en cuerpo, mente y espíritu. Aumenta hoy nuestra fe como comunidad para creer en tu amor sanador”.

 

2. Recibe los sacramentos tan frecuentemente como te sea posible para lograr la sanación.

Nuestro Señor Jesús dio su vida por los hombres de todas las épocas. Para continuar con su trabajo de redención y de santificación a través de los tiempos, dio a la Iglesia los siete sacramentos con el fin de moldearnos, llenarnos, usarnos y fundirnos. Básicamente, gracias a los sacramentos, el hombre se sana. 

El teólogo Donald Gelpi S.J., escribió lo siguiente en su libro La piedad pentecostal: “Pero los católicos no pueden redescubrir el propósito de estos sacramentos de manera significativa a menos que estén plenamente convencidos de que estos poseen un don efectivo de sanación. Esto, simplemente, significa que no podemos desechar o desdeñar más la sanación por la fe practicada por muchos de nuestros hermanos no católicos”. 

Por el contrario, debemos entender su verdadero significado y lugar en la vida de cada comunidad cristiana. Debemos también contemplar el ministerio sacramental de la sanación como una parte integrante de las vocaciones sacerdotales. Y debemos llegar a un entendimiento teológico sólido de la relación entre un ministerio sacramental y un ministerio carismático de la sanación. 

Como católicos, el centro de nuestra vida espiritual es la misa, la Eucaristía. Durante la celebración de la misa encontramos oraciones maravillosas para curar la mente, el cuerpo y el espíritu. En la plegaria del Padre Nuestro encontramos una súplica: “Líbranos de todo mal”. Ya que el hombre es un todo – cuerpo, mente y espíritu – no susceptible de separación, entiendo que ésta es una solicitud de protección contra el mal físico, psicológico y espiritual. 

En la oración que el sacerdote dice a la congregación: “La paz del Señor esté siempre con vosotros”, Cristo está presente en su gente. Esto significa repetidamente la paz total del hombre: cuerpo, mente y espíritu. Si alguien tiene un dolor intenso durante la Eucaristía, es difícil entender cómo puede estar en paz y permanecer dispuesto a recibir lo que Jesús le está ofreciendo. La paz es armonía de mente, cuerpo y espíritu que se traduce en tranquilidad. Ciertamente, las personas que se aproximaron a Jesús para ser curados sintieron esta paz dentro de ellas, y las experiencias de los que hoy se encuentran en el ministerio de la sanación tienden a estar de acuerdo con que la sanación le brinda al hombre una sensación de paz no conocida anteriormente. Por consiguiente, la misa es la oportunidad perfecta y natural de acercarse al Señor si se está sufriendo de falta de arreglo interior y se busca la paz del Señor. 

La segunda oración antes de la comunión: “Señor Jesucristo, con fe en tu amor y en tu misericordia, como de tu cuerpo y bebo de tu sangre, no me condenes sino dame salud en mente y cuerpo”, es una referencia directa a la sanación sin requisitos. Los sacerdotes harían bien en llamar la atención de los fieles. Ciertamente se ayudaría a muchas más personas si llegaran a la Eucaristía con la gran convicción de fe que el Señor Jesucristo las sanará. Si no decimos estas oraciones con un gran convencimiento, perdemos mucho del poder de sanación que nos brinda la misa.


Todos hemos repetido esta oración antes de la sagrada comunión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
 Pero ¿cuántos han reflexionado realmente sobre esta súplica? Esta es una magnífica oportunidad de mostrar al Señor nuestra necesidad de sanación y de esperar que, así como Él se entregó por nosotros, nos dé un don menor, como es la sanación total del hombre.

 

3. Ora por el enfermo tantas veces como te sea posible.

Aparentemente, entre más oremos con el enfermo, más relajada y profunda se vuelve la oración. Si éste es el caso, es valioso orar por él tantas veces como sea posible. Así como existen barreras a la sanación, el enfermo tiene barreras también y entre más se ore por él, más receptivo se volverá y más barreras se removerán, permitiendo que el amor de Dios fluya libremente. 

Generalmente, cuando las familias me traen a sus enfermos, les digo: “Oren por ellos tres veces al día: en la mañana, al mediodía y en la noche. Impongan las manos sobre ellos por lo menos tres veces al día. Oren tantas veces como les sea posible, especialmente por los enfermos que hay en casa ya que se consiguen muchas más cosas de las que se creen mediante la oración”. Raras veces oramos demasiado por los enfermos. El peligro está en que oramos muy poco, no lo contrario. Es imperativo que nunca dejemos de orar, sin importar que tanto lo hayamos hecho con nuestros enfermos antes. Jesús es el modelo que debemos seguir ya que El dedicó mucho tiempo de su vida a la oración. 

Nosotros mismos estamos recibiendo la sanación cuando oramos por los enfermos. Estamos creciendo en amor, fe y confianza. Este crecimiento, además de justificar nuestra preocupación por la sanación de los enfermos, debe justificar una frecuente oración. Por lo tanto, sea constante y ore por los enfermos tantas veces como le sea posible. 

“Señor Jesús, fortalécenos y haznos alcanzar la fe. Pon tus manos sobre los enfermos sabiendo que tu deseo de sanación es más fuerte que el nuestro. Al seguir tu ejemplo, Jesús, ayúdanos a percibir las necesidades de tu pueblo y a ayudar con compasión. Gracias, Jesús”.

 

4. Ten confianza en el amor de Jesús para la sanación del enfermo

Cuando la mayoría de los laicos se ve ante la posibilidad de orar por otras personas para pedir sanación, se sienten temerosas porque se creen carentes de la suficiente fe. La fe personal de la mayoría se vuelve un nudo, incluso la de aquellas personas que han estado orando durante muchos años por los enfermos. El Señor sólo nos pide que tengamos fe como un grano de mostaza. Es aconsejable poner toda nuestra atención en Jesús, haciendo énfasis en el Señor y no en nuestra propia fe. Al poner nuestra fe en el amor de Jesús durante la oración, podemos orar de la siguiente manera: “Señor, tú amas a esta persona. Yo estoy aquí para canalizar tu amor y creo y confío en tu amor”. Luego, si es posible, visualice a Jesús allí de pie con sus manos sobre la persona por la que se está orando; pídale a ella que haga también esta visualización. La visualización es muy importante en el ministerio de la sanación porque ayuda a enfocarnos en Jesús y no en la fe suya o en la de la persona por la que se está orando. 

El Evangelio de Jesús siempre ha sido para todos los hombres sin distingo de raza, y es relativamente fácil de seguir. No es sólo para los intelectuales o los teólogos, es para todo aquel que esté abierto a Él. 

Hoy en día, muchos jóvenes se están adhiriendo a sectas religiosas orientales, situación que nos preocupa. Para sus seguidores, el atractivo de estas sectas religiosas parece radicar en que éstas profesan la garantía de un conocimiento profundo que conlleva a la felicidad. Puedes ir a la cima de una montaña y sentarte con un gurú y aprender los secretos de todos los tiempos, así dicen. Sin embargo, ¿no tiene sentido que tú tengas el Evangelio de Jesús que enseña a entregarse y a enlodarse los pies y ayudar al pobre, o te permite encerrarte en un armario y alcanzar la más alta contemplación? La cristiandad es, ciertamente, la religión más realista. Jesús tenía los pies en la tierra aunque pasó noches enteras orando en las montañas. Ya que profesamos la fe cristiana, sea en lo más alto de una montaña o en las calles de Calcuta o en las ciudades donde vivimos, cree en el amor de Jesús acompañándolo, confía en el amor del Señor para sanar. “No se turben; ustedes creen en Dios, crean también en mí” (Jn. 14:1). 

5. Pon tus manos sobre la persona cuando sea razonablemente posible

Existe una comunicación especial cuando tocamos a alguien con amor. Si no lo crees, pregunta a una joven pareja de enamorados que van por la calle con las manos entrelazadas y diles que no es necesario que se tomen de las manos. Ellos te contestarán: “Usted no sabe lo que se siente”. Existe, definitivamente, una comunicación por el tacto, porque es una manera no verbal de transmitir amor. 

Aquellas personas, en el ministerio de la sanación, que han orado imponiendo sus manos, pueden dar fe de su poder. Muchos han sentido calor o alguna otra sensación como vibraciones cuando lo hacen. Es natural que cuando nos encontramos con alguien le estrechamos la mano. Ya que el tacto es un gesto natural de comunicación para transmitir nuestro amor y nuestra preocupación, grandes cosas parecen ocurrir cuando combinamos oración e imposición de manos. 

El Nuevo Testamento cita muchos ejemplos de imposición de manos hecha por Jesús y por sus discípulos. Jesús sabía del valor de la imposición de manos.

“Entonces trajeron a Jesús algunos niños, para que les impusiera las manos y rezara por ellos” (Mt. 19:13).

“Jesús alargó la mano, lo tocó y le dijo: Lo quiero, quedas limpio” (Mt. 8:3).

“Había ido Jesús a la casa de Pedro, encontró a la suegra de éste en cama, con fiebre. Jesús la tomó de la mano y le pasó la fiebre” (Mt. 8:15).

“Le rogaba: Mi hija está agonizando; ven, pon tus manos sobre ella para que sane y viva” (Mc 5:23).

“Tomando la mano de la niña, le dijo: Talita Kum, que quiere decir: Niña, a tí te lo digo: levántate. Y ella se levantó al instante y empezó a corretear” (Mc. 5:41-42).

“Al verla Jesús, la llamó. Luego le dijo: Mujer, quedas libre de tu mal. Y le impuso las manos. Y ese mismo momento ella se enderezó, alabando a Dios” (Lc. 13:12-13).

“Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo. Al instante fue como si le cayeran escamas de los ojos y pudo ver (Hechos 9:17). 

Nosotros, como discípulos de Jesús, también somos enviados por El para comunicar su amor a través de la imposición de manos en la búsqueda de la sanación. “Y estas señales acompañarán a los que crean: en mi nombre (…) impondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán” (Mc. 16:17).

“Jesús, cuando oramos por otros en tu Nombre te pedimos que uses nuestras manos como si fueran las tuyas para alcanzar y tocar a aquellos por quienes oramos. Permite que el Espíritu Santo actúe a través de nosotros hoy, especialmente cuando oramos por los miembros de nuestras familias o comunidad. Gracias Jesús por tu amor sanador que fluye a través de mí en este momento”.

 

6. Pongamos nuestras vidas en las manos de Jesús

En la medida en que nos entreguemos más a Jesús, El vivirá más dentro de nosotros y más podrá actuar a través de nosotros. ¿No es acaso esto lo que es la vida cristiana, un total abandono en las manos del Señor? Nosotros cantamos, “A donde me lleves te seguiré”, y esto es tan cierto como que tenemos que seguir a Jesús tan cerca y sinceramente como podamos. 

 No existe nadie que sea verdaderamente completo en todos los sentidos, es decir, en mente, cuerpo y espíritu. Algunos se excusan: Bien, no puedo orar por los demás porque yo mismo tengo demasiados problemas…Recuerde que cuanto más sirvamos de canal al Espíritu Santo, más sanación tendremos y más efectiva será nuestra intermediación. 

El don del Espíritu Santo dentro de nosotros parece ser una apertura continua, de manera que cuando Él quiera actuar a través de nosotros lo pueda hacer. De esto se trata. “Y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál. 2:20). Se trata de estar en total unión con Cristo en su Espíritu Santo. Esta es la luz de Cristo que brilla a través de nosotros. 

Una de las formas en que más podemos ponernos en las manos del Señor es por medio de la alabanza. Podemos entregarnos más a Dios si lo alabamos en este momento, sin importar nuestra situación. Si pierde el camino de regreso a casa una noche cualquiera, debe orar y alabar a Dios. Si al salir de una reunión de sanación se da cuenta que su grabadora portátil no está funcionando, alabe a Dios. La alabanza es una hermosa forma de espiritualidad porque se mezcla de manera perfecta con lo que hemos aprendido, que es el don de ser capaces de vivir en el momento presente. 

Debemos recordar siempre que Jesús es el sanador y que “…sin mí no pueden hacer nada” (Jn. 15:5). Somos únicamente el canal que El escoge. Su Espíritu actuará con mayor libertad a través de una oración profunda a la vida, una alabanza y una constante dependencia de Él.

“Jesús, aumenta mi dependencia en ti a medida que mi entrega se hacer mayor por el poder de la oración y de la alabanza en mi vida diaria. Me entrego a ti en forma completa y te pido que tu Espíritu me llene de luz y permita que cada parte de mi mente sea iluminada. A ti Señor Jesús, el poder y la gloria por siempre jamás”.

 

7. Perdona a todos los que te han ofendido o herido

La falta de perdón es una de las pocas cosas que son una verdadera barrera para lograr la sanación. Algunos dirían que la falta de fe es lo más, pero la experiencia que tengo en mi propio ministerio me ha demostrado que la falta de perdón es el obstáculo más común. Muchas, veces, personas de poca fe son sanadas por la inmensa fe de la comunidad, pero si la persona por la que se está orando alberga falta de perdón, no se sanará hasta que haya perdonado del todo. El poder sanador del Señor Jesucristo no puede penetrar debido a la falta de perdón. “Queda bien claro que si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre celestial los perdonará. En cambio si no perdonan las ofensas de los hombres, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt. 6:14-15). 

La gente nunca está segura de haber perdonado. Frecuentemente me preguntan: ¿cómo se sabe que uno perdonó del todo? Siempre respondo: Cuando ore por la persona que lo ofendió o hirió, puede estar absolutamente seguro de que fue perdonado porque al orar por ella, se está pidiendo al Señor que le brinde a esta persona bondad y cosas buenas. Amar es desear lo que más le convenga al otro y hacer lo que razonablemente se puede para brindarle felicidad y cosas buenas. Las definiciones de amor y oración en estas circunstancias son paralelas: en la oración se pide lo que más convenga y en el amor se desea lo mejor. Por lo tanto, cuando oramos por una persona, nuestra oración se convierte en manifestación de amor en acción. Lo repito una vez más, una vez que hayamos orado por alguien sinceramente, podemos estar seguros de que la hemos perdonado en un acto de voluntad. ¡El perdón es decisión, no sentimiento!. 

Es la decisión de perdonar la que te libera y te redime, y esto es todo lo que el Señor te pide. 

“Jesús, ayúdame a amar y a orar por aquellos que me han herido porque conozco tu amor y los perdono incondicionalmente así como tú me has perdonado. Dejo bajo tu luz sanadora cualquier resentimiento o falta de perdón que albergue hacia ellos. Elevo una oración en este momento por la persona que más me haya ofendido en la vida y te pido que colmes de bendiciones su vida. Te agradezco el haberme liberado del mal de la falta de perdón”.

 

8. Ora por quienes te han herido

Cree en las palabras de Jesús, “Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen a la puerta y les abrirán” (Mt. 7:7). La sanación no es otra cosa que un ministerio de oración y fe, y el Señor lo dice claramente en las Escrituras.

Como dije con anterioridad, cuando oramos por una persona se puede estar razonablemente seguro de que estamos amando y haciendo lo mejor que podemos. Le pedimos al Señor que le brinde bienestar en su vida. Si después de haber orado por alguien todavía sentimos dolor, podemos pedirle al Señor que sane este sentimiento. Un método para eliminar los sentimientos negativos es visualizar a la persona en nuestra mente y verla como Dios la ve. Decimos: “Te perdono y te amo porque Jesús te ama”. Podemos repetir esto cuantas veces sea necesario y tan despacio como sea posible para permitir que el amor de Nuestro Señor Jesús se haga presente y sature a esta persona. 

  “La súplica del justo tiene mucho poder…” (Stgo. 5:16). “Pero yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan” (Lc. 6:27-28) 

“Jesús, a veces, mes es difícil orar por aquellos que me han herido o han abusado de mí ya que estoy concentrado en mi dolor y no en tí ni en el amor que prodigas tanto a mí, como a ellos. Ayúdame, Jesús, en la ardua lucha que libro en estos momentos y libera dentro de mí, por el poder de tu Espíritu Santo, la gracia de orar por ellos como tú lo harías. Gracias por tu luz y tu amor en este momento”.

 

9. Cree en las palabras de Jesús sin poner atención a lo que parece estar sucediendo

“Jesús le contestó: En verdad les digo: si tienen realmente fe y no vacilan, no solamente harán lo que acabo de hacer con la higuera, sino que dirán a ese cerro: Quítate de ahí y échate al mar, y así sucederá. Todo lo que pidan con una oración llena de fe, lo conseguirán”. (Mt. 21:21-22) Desde la montaña estamos haciendo que sucedan cosas. ¿significa esto, literalmente que debemos mover montañas, o podría significar mover las montañas de maldad, falta de amor, falta de fe, ansiedad, miedo, frustración, bronquitis, artritis, pies y espaldas doloridos? Estas son las montañas de mal que tenemos en nuestras vidas por las que podemos orar y decir: ¡Desaparezcan en el Nombre del Señor! ¡Láncense al mar! 

Es cierto, el Señor ha prometido honrar las plegarias de los fieles. Cuando oremos, depositemos toda nuestra confianza en la Palabra del Señor. Inclusive si aún después de haber orado no vemos un cambio inmediato, debemos aferrarnos a las promesas de Cristo. Mientras más nos saturemos con las palabras de Jesús en las Escrituras, más fe tendremos dentro de nosotros y más capaces seremos de pedir sanación. 

“Jesús, me aferro y confío en tí y en tus palabras como aparecen en las Escrituras. Que tu amor sanador fluya de mí hacia los demás así como creo en tu deseo de que todos disfrutemos de tu vida en abundancia. Te pido que me uses como instrumento de tu amor sanador, hoy”.

 

10. Alaba y da gracias a Jesús por su amor tantas veces como te sea posible

Es imperativo que alabemos y demos gracias al Señor por todas las cosas: por la oración contestada y por la que no. Más alabemos y demos gracias al Señor, con mayor perfección pondremos en práctica el primer gran mandamiento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza…” (Lc. 10:27). 

A medida que abrimos nuestros corazones y mentes en alabanza al Señor, nos estamos abriendo a su poder sanador. La mayoría de estas personas gasta su vida lamentándose de sus problemas, dolores y sufrimientos. Están tan absortas en sus dificultades que éstas se convierten en el centro de su oración cuando este lugar debe ser ocupado por el Señor. Cuando alabamos y damos gracias a Dios, hacemos de Jesús el centro de nuestra oración y nos apartamos de nuestro centro. A medida que apartamos la vista de nosotros y la volvemos hacia el Señor, Él se manifiesta de manera extraordinaria. Cuando alabamos al Señor, le estamos dedicando nuestra atención y, olvidándonos de nosotros, nos volvemos más receptivos a lo que Él tiene para darnos. 

Cuando una persona recibe oraciones de sanación, la podemos invitar a una reunión y pedirle que de gracias y alabe al Señor por el trabajo que el Espíritu Santo está haciendo dentro de ella. De esta manera, la persona se apresta a recibir la sanación que probablemente ya se está llevando a cabo.

“Padre celestial, te damos gracias y te alabamos por el hermoso don que nos has dado en Jesús y por el maravilloso poder que existe cuando abrimos nuestros corazones en la oración. Señor, te pido que todos te alabemos y te demos gracias siempre y en todo lugar. Te pido que te alabemos y te demos gracias sin importar las circunstancias por las que estemos pasando, y que tu amor nos llene en abundancia. Que cuando estemos sufriendo alguna pena o apretando los dientes, podamos ser capaces de alabarte sabiendo que todas las cosas funcionan para aquellos que amas. Pido que tu amor sanador fluya en nosotros y que las áreas difíciles de nuestra existencia sean sanadas, especialmente la de la autoestima. Que podamos aprender a amarnos para poder amarte y amar a los demás.

Te damos gracias y te alabamos, Jesús, por el trabajo que estás realizando dentro de nosotros en este momento. Amén”.

Padre Carlos Aldunate

Padre Carlos Aldunate

 

Discernimiento de lenguas y profecías en los grupos de oración

 

Por Padre Carlos Aldunate

 

En las reuniones de oración, cuando todos oran juntos en voz alta, algunos lo hacen en lenguas discretamente y sin llamar la atención. A veces, se escucha una oración en lenguas como un murmullo antes de comenzar un canto colectivo en lenguas. Ni esta oración ni este canto necesitan interpretación porque no son un mensaje dirigido a la comunidad.

Hablar en Lenguas

La oración en lenguas es una gracia de oración que puede ser usada a voluntad del que la posee y en la forma que lo desee; en voz alta, cantando, en silencio. Diverso es el carisma de entregar un mensaje “en lenguas”. En este caso no se procede por propia iniciativa, sino por una inspiración especial de Dios que algunos llaman “unción”. Dios mueve a la persona a hablar o a cantar en lenguas para comunicar un mensaje a la comunidad.

Esta moción de Dios se experimenta de diversas formas según las personas. No es algo compulsivo, pero la persona se siente incómoda mientras no cede al impulso. Parte de la incomodidad se debe a que la persona duda si hablar o no; desearía tener la certeza absoluta de que su impulso viene de Dios y ora pidiendo ser dirigida por El y evitar engaños. Esto sucede sobre todo al comienzo cuando, como Samuel, aún no se está acostumbrado a escuchar la voz de Dios (1 Sam 3. 7). Algunas veces, la persona que habla o canta en lenguas tiene alguna impresión respecto del sentido de su mensaje, impresión que le permite darse cuenta de si la interpretación que otro da es o no auténtica.

 

Interpretación

El mensaje en lenguas necesita interpretación. Por lo cual, según san Pablo, “el que habla en lengua extraña debe pedir en oración poder interpretarla; o que otro la interprete (Co 14. 13. 27). La interpretación inspirada es uno de los nueve carismas enumerados por el Apóstol, para provecho de la comunidad. Dios puede dar la interpretación a cualquiera de los presentes. No es traducción y, por eso, puede ser más corta o más larga que el mensaje en lenguas. No es fruto de un esfuerzo por comprender es algo que se recibe de Dios por inspiración como la profecía. Viene inesperadamente y persiste. Toma diferentes formas; puede ser como una idea, o una imagen, o irlas recibiendo poco a poco. El intérprete se siente inspirado a hablar; es la “unción”. A veces duda, vacila, se calla. A veces, varias personas reciben la misma interpretación o interpretaciones complementadas.

El contenido de la interpretación suele ser un mensaje de Dios a la comunidad, semejante a la profecía; otras veces es una alabanza a Dios, una oración dirigida a El. Cuando una persona habla en lenguas, el grupo guarda silencio y espera que Dios inspire a alguien la interpretación. Esta interpretación suele ser confirmada por una o varias personas. Por esto, el conjunto de lenguas con su interpretación suele producir un sentimiento muy vivo de la presencia de Dios y de su amor que acude en ayuda de sus hijos. La trascripción de una profecía o una interpretación resulta pálida porque no reproduce la oportunidad de lo que se dijo.

Discernimiento de Espíritu

El discernimiento presupone una vida de la Iglesia que está llena de poderes sobrenaturales y manifestaciones de la presencia de Dios. La misma riqueza de la actividad divina hace surgir a la superficie las fuerzas del mal y es también un campo para la actividad religiosa desviada. El discernimiento es la capacidad de penetrar a través de las apariencias exteriores para descubrir en el fondo si el origen de una moción es Dios, el hombre con sus impulsos naturales o el mal. Por eso, san Pablo exhorta: “Examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1 Tes 5. 21); da criterios de discernimiento (1 Co 13, 1-2; 12, 2-3; Gál 5, 16-26) y enseña el “discernimiento de espíritus” como uno de los carismas necesarios para el bien de la comunidad (1 Co 12, 10).

Algunas maneras de discernir

Todos nos enfrentarnos continuamente con actitudes que tomar, ya sea respecto de la conducta personal o de las situaciones que se producen en las comunidades, ¿Cómo discernimos lo que Dios quiere de nosotros? Aquí se explican tres maneras:

a) La primera manera consiste en examinarlo todo con las luces de la razón, utilizando la virtud de la prudencia y contando con la ayuda de la gracia. Reflexionamos sobre las experiencias pasadas y pensamos las posibles consecuencias de una u otra posición para elegir la mejor. Si hemos elegido bien sentimos satisfacción y paz, como confirmación de encontrarnos en la voluntad de Dios.

b) La segunda manera es aquella en que actúan los dones del Espíritu Santo: sabiduría, entendimiento, consejo. Somos guiados por las inspiraciones de Dios. Estas inspiraciones son difíciles de distinguir respecto de las inclinaciones naturales con las cuales se suelen mezclar, porque todas se sienten brotar de nosotros mismos. Pero las inspiraciones están impregnadas de un amor diferente que viene de Dios. No se trata tanto de distinguir el bien del mal, sino de conocer la voluntad de Dios dentro de varias alternativas buenas. Si la persona es dócil, las inspiraciones de Dios la impulsan continuamente como una suave brisa; y la paz de Dios, la consolación que no consiste en consuelos sensibles, se hace sentir cuando se está en el lugar que Dios quiere.

c) La tercera manera consiste en el don de Dios o carisma de discernimiento de espíritus. Este carisma se define como una iluminación divina o manifestación del Espíritu Santo, por la que una persona conoce cuáles espíritus están motivando o impulsando determinada actuación, para proteger del engaño a la comunidad. Es como un mensaje que viene de afuera; no como que surge de la persona misma. Se forma súbitamente en la mente sin aparente ocasión natural, espontáneamente, completo. No depende del esfuerzo, la iniciativa, ni los conocimientos de la persona; es un conocimiento que lleva consigo su propia convicción. No hay que confundirlo con el agrado o desagrado que nos producen las cosas. Puede venir, lo mismo que otros carismas, por medio de visiones, o también por sensaciones o sentimientos agradables o desagradables. Es un medio por el que Dios da a conocer el origen de lo que está sucediendo en un grupo, en una reunión, en una persona, o bien en el ejercicio de algún carisma; y está iluminación se da para provecho del cuerpo de Cristo, por esto es un carisma que necesitan los pastores

El discernimiento puede darse en forma colectiva; es la más corriente. El grupo de oración, unido en el espíritu, siente instintivamente lo que es o no es de Dios, y así “juzga” las profecías y las demás manifestaciones carismáticas y, también, las diversas intervenciones de las personas.

Discernimiento de la profecía

Podemos distinguir tres tipos de profecía; profecía verdadera, no-profecía y profecía falsa. Lo que aquí se dice de la profecía puede aplicarse a los carismas de hablar en lenguas y de interpretar.

Profecía verdadera

La profecía generalmente no se da aislada, sino dentro del contexto de la vida espiritual del grupo. Cuando en la reunión se está unido en culto al Señor, la profecía surge como un elemento valioso dentro de la misma acción de Dios no es algo aislado y desconectado de la situación. La profecía verdadera edifica, es decir alienta, consuela, fortalece, da paz y gozo, hace sentir la presencia y la acción de Dios, lleva al arrepentimiento y la conversión. La edificación recibida trae como respuesta un asentimiento interior que no es reacción emocional. Esto es lo que algunos llaman “testimonio interior”. Por el contrario, una profecía no ayuda, si desanima o hiere, eso puede indicar que no proviene de Dios. Porque Dios reprende las faltas con amor animando a cambiar, no dejando desaliento.

No profecía

La no-profecía ocurre cuando alguien dice, en forma de profecía, algo que en realidad no es mensaje de parte de Dios. Esto sucede con frecuencia; lo que se dice puede ser bueno, aún podría ser un texto de la Biblia; pero no se dice en ese momento por inspiración de Dios. No daña pero tampoco edifica, parece faltarle poder; no produce los efectos de la verdadera profecía. La persona puede tomar por profecía un pensamiento que viene a su mente y que habría podido más bien expresar en oración o comunicar a los demás de alguna otra manera. A veces, la persona misma duda si es o no profecía. Otro caso ocurre cuando, a continuación de una profecía verdadera, la persona agrega sus propios pensamientos, el proceso intelectual que ha seguido a la recepción del mensaje, su propia sabiduría. No es raro que una profecía sea modificada o influenciada por las ideas religiosas de las personas, sus emociones y problemas, o el clima del grupo presente. Un antiguo maestro espiritual aconseja: “rechazar las revelaciones que son innecesariamente prolijas o que van recargadas de pruebas o razones superfluas.

Las revelaciones divinas suelen ser breves y discretas; pocas palabras, y muy claras y precisas”.

Profecía falsa

No se presenta con frecuencia y es relativamente fácil de discernir. Suele tener un contenido contrario a la doctrina de la Iglesia. Puede estar inspirada por malos espíritus. También puede provenir de personas que sufren problemas emocionales o desórdenes en su vida moral y los reflejan en palabras agrias, hostiles, condenatorias, presentadas en forma de profecía. A veces, la raíz se encuentra en prácticas de ocultismo o en la búsqueda por parte del grupo de experiencias de tipo espectacular, o en el hecho de que en lugar de caridad hay odio, envidias, desavenencias o alguna otra situación de pecado, dentro del grupo .

 

 

Biografía

Padre Carlos Aldunate Lyon (Santiago, 16 de mayo de 1916-Valparaíso, 18 de julio de 2018) fue un sacerdote católico jesuita, profesor y escritor chileno, así como promotor de la Renovación Carismática en Chile y uno de los formadores del papa Francisco.

Fue hijo de Carlos Aldunate Errázuriz y Adriana Lyon Lynch; fue nieto del presidente del Partido Conservador chileno Carlos Aldunate Solar y hermano del también sacerdote jesuita José Aldunate. Estudió en colegios jesuitas en Inglaterra y Chile. Ingresó en la Compañía de Jesús en la ciudad de Chillán y fue ordenado sacerdote en Argentina en 1944. En 1948 obtuvo un Doctorado en Filosofía otorgado por la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica.

Fue rector del seminario de los jesuitas en Chile y de los colegios jesuitas de Santiago, Antofagasta y Osorno. Fue rector de la Universidad del Norte entre 1966 y 1969, y director de la Casa de Ejercicios Loyola. También se desempeñó como profesor en la Pontificia Universidad Católica de Chile, la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y en la Universidad del Norte. Realizó exorcismos, y desde 1975 estuvo dedicado a dar retiros y cursos de espiritualidad en Chile y en el extranjero.

En 1960, el joven Jorge Mario Bergoglio —hoy papa Francisco—, en su período de formación hacia el sacerdocio, pasó una temporada en Chile bajo la formación de Carlos Aldunate.

Fue el principal iniciador del movimiento de la Renovación Carismática en Chile, a inicios de los años 1970.

Falleció el 18 de julio de 2018, a la edad de 102 años.

La oración personal: ¿Pasó de moda?

La oración personal: ¿Pasó de moda?

La oración personal: ¿Pasó de moda?

La oración personal ¿Pasó de moda?. En nuestros inicios entre las  primeras enseñanzas cuando empezábamos a participar en el grupo de oración, y cuando el impulso del Espíritu empezaba a movilizar nuestros corazones, se nos explicaba que además de participar de la oración comunitaria era importantísimo tener también oración personal, algo tan vital para nuestra vida espiritual como el aire que respiramos. Pero pasa el tiempo y al realizar las encuestas en nuestros grupos, a nivel de colaboradores y servidores, en relación a si se sigue orando como en los primeros tiempos, cuando nació aquel “primer amor“, la respuesta es dubitativa, las excusas aparecen, y la conclusión sincera no tarda en aflorar:  aflojamos, ya no es lo mismo. 

Bueno a no desanimarse, compartimos en esta nota un artículo de la revista Koinonia de la Comunidad Siervos de Cristo Vivo, aquella del Padre Emiliano Tardif, que nos ayudará y mucho a refrescar elementos vitales de la oración y el porqué de su necesidad. Cuando terminas de leerla te sugiero la meditas en silencio, veas tu situación, y con fe pidas Espíritu Santo para que renueve tus fuerzas y sople con poder en tu corazón.

A) “ORAR SIEMPRE SIN DESFALLECER” (Lc 18, 1)

Uno de los frutos más inmediatos de la efusión del Espíritu es el gusto por la oración, al mismo tiempo que una gran necesidad de orar. Tras el descubrimiento o más bien, experiencia de sentirse amado por el Señor, el alma añora momentos de estar más a solas con El. Empezamos a comprender el anhelo del salmista:

“Tiene sed mi alma de Dios, del Dios vivo” (Sal 42, 3)

“¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!”

“Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo”.

“… Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre”.

“Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa”(Sal 84,1-13).

A partir de este momento cambia para muchos cristianos el problema de su vida de oración. Los que la practican experimentan una renovación en la oración; los que apenas si oraban o nada más recitaban sus oraciones empiezan a descubrir la oración y a entrar por sus caminos.

Toda la insistencia del Evangelio y del Nuevo Testamento de ser “perseverantes en la oración” (Rom 12,12), de “orar constantemente” (1 Ts 5, 17) resulta fácil de cumplir.

La vida del cristiano es lo que es su oración. Si no hay oración, no hay vida. Cual sea la oración, floja o ardiente, así será el tono de su vida. Uno de los mayores males que hoy sufren los cristianos y la Iglesia, en general, es la decadencia en la oración individual a la que hemos llegado. Muchos cristianos se sienten dispensados de esta necesidad por la renovación que ha experimentado la liturgia.

Otros, por la revalorización de la acción y del compromiso por el servicio al prójimo. Y esta crisis se acusa en las comunidades religiosas hasta el punto de que se deja menos tiempo para la oración, e incluso durante el tiempo reservado a la misma, que antes se consideraba sagrado, se celebran reuniones para tratar asuntos de la vida de comunidad o del trabajo específico que realiza. Incluso en aquellas comunidades en las que aún se respeta esta observancia, muchas personas pasan el tiempo de la oración simplemente meditando, sin llegar a una comunicación y diálogo personal con el Señor. Otras, incluso aprovechan la ocasión para leer algún libro piadoso, que fácilmente puede ser la última novedad que ha salido de teología o de pastoral o el artículo de una revista.

B) MANTENER LA LAMPARA SIEMPRE ENCENDIDA (Lc 12,35)

Las mayores dificultades para la oración son de tipo personal e interno. La principal es cuando permanecemos en estado de infidelidad contra Dios, o por pecados deliberados que corrientemente cometemos y nunca nos arrepentimos, o por arrepentimiento insuficiente.

De aquí derivan los estados de desgana, o de falta de inquietud espiritual, en los que no se experimenta hambre de Dios y se vive en tibieza constante. Nuestro estado psicológico en relación con el Señor es algo así como cuando estamos reñidos con una persona: evitamos el trato porque nuestro interior se resiste al encuentro, a dar la cara y a la reconciliación. Para llegar al restablecimiento de la confianza, y sobre todo de la amistad y del amor, tiene que mediar un diálogo, que a veces tiene que ser largo y muy sincero. Solamente a partir de este encuentro puede empezar a fluir espontánea y fácil la oración.

A las personas que manifiestan lo difícil que les resulta orar porque “no sienten nada”, porque “no se pueden concentrar”, etc. etc., hemos de llevarles siempre a la raíz de las mayores dificultades para la oración. Y para esto han de empezar a orar humildemente y con fe al Espíritu Santo. En realidad no hay estado de tibieza, sequedad o desgana, de falta de anhelo espiritual, del que no se pueda salir en muy poco tiempo, a veces en muy pocas horas, orando ardientemente al Espíritu.
Pero para esto habrá que insistir en el arrepentimiento. La calidad de la oración cristiana depende en proporción muy considerable del arrepentimiento. Es un gran error darlo por supuesto. De nuestra psicología lo único que puede surgir es el sentimiento de culpabilidad, que angustia, oprime y acobarda ante Dios y no libera. El arrepentimiento es purificación y lavado interior, que ablanda el corazón endurecido y pone el espíritu en actitud de alerta y apertura a Dios.

C) ENTRA EN TU APOSENTO Y CIERRA LA PUERTA (Mt 6,6)

Entrar en nuestro aposento y cerrar la puerta para orar al Padre “que está allí en lo secreto” exige silencio exterior e interior.

El silencio exterior supone no sólo la ausencia del ruido que nos puede impedir o distraer tanto la concentración necesaria, sino también la ausencia de otros excitantes en los que a veces no reparamos.

El silencio interior tiene aún más importancia. Lo primero que se requiere es el silencio del corazón: todo estado de nerviosismo, cualquier choque emocional, cualquier alteración fisiológica de ordinario repercute en el corazón, acusando la falta de silencio. Hay que relajar el corazón de la agitación que producen las emociones y sentimientos.

Cuando empezamos a entrar en oración profunda enseguida experimentamos que nuestro corazón necesita purificación, y recordamos la doctrina de Jesús: “De dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas… todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc 7,21-23). “Los limpios de corazón verán a Dios” (Mt 5, 8), y para poder nosotros ir “tras su rostro sin descanso”(Sal 105,4; 24.6) necesitamos esa limpieza progresiva y constante del corazón y que el Señor prometió en su Palabra hablándonos de un corazón nuevo (Ez 11, 19; 36, 26) y de “un corazón contrito y humillado” (Sal 51, 19).

Sosegado y purificado el corazón es más fácil el silencio de la mente: quitar de la mente ideas, preocupaciones, pensamientos y las mil cosas que constantemente van a estar durante la oración tratando de invadir nuestra consciencia y acaparar la atención y distraernos del objeto que ha de centrar la oración: el Señor ante el que nos hemos presentado.

D) EL ESPIRITU VIENE EN NUESTRA AYUDA

En la oración no andemos con vaguedades. Nos dirigimos directamente a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Es el Dios que se nos ha revelado en el Verbo hecho carne. Cada vez que oramos hemos de entrar un poco más en comunión con el misterio de Dios Trino.

Si la oración es movida por el Espíritu, y para nosotros no cabe otra forma de orar, de tal forma que El lleve la iniciativa, es decir, que nos dejemos guiar por sus insinuaciones y mociones interiores, por su toque suave, más que por nuestras ideas y pensamientos, sin duda que nos llevará a alabar al Padre y al Hijo, y a darle gracias a Él, el Espíritu de la verdad, que en nosotros “da testimonio de que somos hijos de Dios” (Rm 8, 16) intercediendo por nosotros con gemidos inefables.

Para el cristiano esta es el alma y el secreto de la oración y no es posible hallarlo en otra parte.

En toda la Sagrada Escritura se nos presenta la oración como un diálogo íntimo con Dios en el que se da una respuesta profunda de amor personal, un permanecer contemplativo en la presencia de Dios y un rendirse al Espíritu buscando incesantemente la voluntad de Dios.

Pero no siempre la oración es personal. Con frecuencia son nuestras ideas las que oran, no nosotros. Otras veces lo que hacemos es más bien hablar a nuestro concepto del Señor, pero en realidad no nos abrimos a su presencia personal. También es posible que nuestro ser íntimo más profundo no esté presente en el diálogo. El Señor llega a nosotros, pero nosotros podemos seguir vagando por entre nuestras preocupaciones, fantasías, planes, distracciones.

Si la oración es personal, hecha con la mente y el corazón, podemos llegar a experimentar el amor personal de Dios, cosa que con frecuencia reconocemos con la mente, pero que quizá nunca experimentamos de verdad. Para esto el Espíritu nos invita a una apertura cada vez más personal a su amor. Entonces la oración se convierte en intercambio de amor, en un sumergimos en su presencia porque nos damos nosotros mismos de verdad a Él y ya no nos quedamos tan sólo en el campo familiar de nuestras preocupaciones y problemas.

Pero hagamos una oración insistente y ardiente que sea como un grito que sale del alma. Esto hace actuar más nuestra fe. Y así también debe ser la oración, afectiva. El ímpetu y la vehemencia de los dos ciegos de Jericó (Mt 20, 29-34) y la insistencia de la siro fenicia (Mc 7. 24-30) es lo que muchas veces necesitamos.

Formación Permanente

Si este articulo te resulto interesante quizás quieras ver otros artículos que se han publicado en el apartado de Formación Permanente del Boletín Nacional de la RCC, puedes ingresar a este link para seguir formándote en nuestra identidad.

Cuyo, inicia sus clases

A principio de Marzo, los representante de la región cuyo se congregaron en el primer encuentro de  formación de nuestra identidad, con el fin de nutrirse y servir con la pasión de Jesús

Al encuentro concurrieron los Equipos Coordinadores de San Luis, San Rafael, Mendoza y San Juan, conjuntamente con hermanos de estas localidades y del ministerio de música conformado por  Roberto Rojas (Mendoza), Gabriel Rinaudo y Pablo Collazo (San Luis) y María Eugenia Aubone (San Juan).

El llamado a este primer encuentro de formación en el Espíritu Santo, fue para todos los servidores, pre-servidores y evangelizadores de la región y conto con la presencia del Coordinador de la Región Centro Gabriel Ullio quien lidera la Comisión Nacional de Formación.
En un clima de fraternidad y de comunión, se participó de la predicas llevadas a cabo por Gabriel Ullio los días 10 y 11 de Marzo y se dio Inicio a la escuela de formación presencial/distancia ciclo 2018, bajo el lema nacional “Levanta tus ojos y mira”.

Tiempo de Cuaresma con Reinaldo Beserra

Tiempo de Cuaresma, tiempo propicio para preparar nuestros corazones… y el Señor que nos  sorprende infinitamente más de lo que imaginamos, para la Gloria de su Nombre

Un encuentro personal con el Dios del amor y el Espíritu Santo que nos iluminó a través de la prédica de su servidor Reinaldo Beserra, pionero en esto últimos 50 años de recorrido del Espíritu en nuestra Iglesia. Con él, fuimos recordando quiénes somos  y cuál es nuestra historia y nuestro compromiso y la responsabilidad en la RCC para dar respuesta, en este tiempo – renovados para renovar -nuestra inserción eclesial.

Por ello la Región Patagónica agradece a nuestro querido hermano Reinaldo y al Equipo Nacional por asistirnos y guiarnos en la coordinación de la evangelización para las cinco diócesis de nuestra región.  La prédica de  este Siervo fiel a Dios, permitió fortalecer Nuestra Identidad y Pertenencia a esta bendita corriente de gracia.

Así también el equipo regional,  agradece a todos los Servidores y Asesores diocesanos, por ofrecer lo mejor de cada uno, para juntos y en comunión recibir  formación sin límite  y una preciosa efusión del Espíritu Santo que nos hizo Alabar, Adorar y Danzar llenos de Gozo, en la presencia del Señor. ¡¡¡

Confiados en su gracia,  Agradecemos y pedimos al Señor seguir caminando en comunión, obedientes  y dóciles a su Voluntad,  para levantar los ojos y mirar que los campos están listos para la cosecha y  ver las maravillas de su Espíritu descendiendo sobre toda la raza humana.  Felices Pascuas RCC ¡¡