EL MIEDO

EL MIEDO

SANACIÓN INTERIOR DEL MIEDO

Mons. Uribe Jaramillo.

 “Estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz sea con vosotros”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, Yo también os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo, a quien perdonéis los pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. 

Señor Jesús, quiero proclamar tu Señorío, quiero glorificarte porque eres nuestra paz, quiero bendecirte porque Tú eres el único que regalas la paz verdadera. Gracias por la paz que diste a tus discípulos el día de tu Resurrección, gracias Señor porque en tu bondad quisiste quitar el miedo que había en ellos. “No temáis, les dijiste, la paz sea con vosotros”. Apiádate, Señor, de nosotros también ahora. Tenemos miedo, Tú lo sabes, mucho miedo, Señor. Destruye con tu paz, con tu amor, con tu serenidad, el miedo que nos domina, el miedo que nos tiene enfermos, Señor. Tú eres nuestro Salvador, Jesús, sálvanos del miedo, inúndanos de paz, concédenos la plenitud de tu Espíritu para que experimentemos el gozo verdadero. Gracias, Señor. 

Estamos viviendo la hora maravillosa de la Renovación espiritual carismática, estamos frente a la gran novedad para nosotros, como obra del Espíritu, que es el amor paternal de Dios, “Padre de misericordias y Dios de todo consuelo”, que nos llena de alegría en medio de nuestras tribulaciones. Estamos descubriendo por obra del Espíritu la gran novedad que es Cristo,” el mismo ayer, hoy y por los siglos”, como nos dice la epístola a los Hebreos. Y estamos descubriendo la gran novedad que es el Espíritu Santo, cuyo amor y cuya acción estamos experimentando en nuestras vidas. Gracias al Señor por este beneficio.

Si algo es seguro como doctrina es la referente a la Renovación espiritual carismática. La Renovación nos permite creer que lo que hizo el Señor por su Espíritu el día de Pentecostés lo hace también ahora en la Iglesia, ella está viviendo actualmente su nuevo Pentecostés. Lo que necesitamos hacer ahora es preparar nuestras vidas para esa invasión del amor y de la bondad del Espíritu del Señor. No se trata de adquirir doctrina únicamente, se trata de algo más importante, experimentar en nosotros la acción amorosa del Señor, la curación que Él quiere hacer de nuestros cuerpos y especialmente de nuestros corazones que están enfermos.

Cuando la gente que ha presenciado el prodigio de Pentecostés, dice con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?” Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el Nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. La promesa es para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro”.

El Señor es el Emmanuel (“Dios con nosotros”), Él nos busca siempre, pero quiero que nosotros salgamos también a su encuentro. Esto es lo que Él nos dice por su apóstol: “Convertíos, volveos hacia Mí, dejad vuestros malos caminos, abrazad el bien”. La palabra “metanoia” que significa “conversión” quiere decir “caminar hacia adelante, buscar a Jesús”, por eso la conversión es necesaria para nosotros constantemente. Con frecuencia las faltas nos alejan del Señor y necesitamos volvernos hacia Él, convertirnos, Es decir, necesitamos conocer con la luz del Espíritu nuestra realidad de pecadores, sentirnos manchados como en verdad lo estamos, para acercarnos con fe a Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y decirle: “Lávame más, Señor, límpiame de todo pecado, lávame con tu Sangre sacerdotal. Borra, destruye todas mis culpas”.

Una de las gracias que debemos pedir con frecuencia es la de sentir nuestra realidad de pecadores, la de sentirnos manchados para acercarnos con confianza a nuestro Padre y decirle: “He pecado contra el cielo y contra Ti”, para acercarnos con confianza a Jesús nuestro Salvador, para pedir que su Sangre limpie todas nuestras miserias.

Pero la Renovación nos está mostrando una cosa muy importante: no basta recibir el perdón de los pecados para disfrutar de la experiencia amorosa de Dios, necesitamos algo más: la curación interior, la sanación del corazón enfermo, para que éste pueda experimentar la efusión del amor del Señor. Además del perdón de los pecados necesitamos la sanación interior, una curación interior que solamente puede realizar en nosotros el amor de Dios, que sólo puede efectuar en nosotros la paz de Cristo.

Encontramos a personas que después de grandes esfuerzos por disfrutar del amor del Señor, continúan en una sequedad tremenda. Ellos a veces se preocupan y piensan: Todo esto se debe a falta de generosidad, a falta de arrepentimiento del pecado, por no haberle dado al Señor lo que me pide. Muchas veces la causa es muy distinta. Se trata de personas que están bloqueadas por el miedo y por el odio. Los canales, podríamos decir, que llevan el amor del Señor están bloqueados por el pavor, por los recuerdos dolorosos, por la falta de perdón interior.

Este miedo y este odio impiden que llegue a ellos el río del Espíritu, que llegue a ellos el raudal de la paz. El plan del Señor es darnos su paz en plenitud: “Haré descender sobre ella como ríos la paz”, son sus palabras a través de Isaías. Él nos habla también de su Espíritu en forma de “ríos de agua viva” que deben inundarnos, que deben llenarnos de frescura, que deben llenarnos de pureza y de fecundidad. Él quiere darlo todo a torrentes. Hablando de su Espíritu ha dicho: “Lo derramaré sobre toda carne”, pero Él también añade: “Abre tu boca y Yo la llenaré”.

Depende mucho también de nuestra capacidad de recibir, depende también mucho de nuestra situación personal. El Señor quiere darnos en plenitud, pero también tiene en cuenta nuestras limitaciones. Y son el odio y son el miedo los que limitan en gran parte la comunicación del amor, de la paz, de la suavidad del Señor. Por eso, la experiencia del Señor en nosotros es, a veces, muy tenue; a veces, podríamos decir “imperceptible”.

El relato del Evangelio de San Juan que oímos hace poco nos demuestra cómo el Señor, antes de dar su Espíritu, destruye el miedo que se ha apoderado de los apóstoles. “No temáis, les dice, no temáis”, les dice dos veces. Y solamente cuando ha efectuado esta curación interior del miedo, les dice: “Recibid el Espíritu Santo”. Es que únicamente en ese instante están preparados, después de recibir la curación interior, para recibir el don del Espíritu.

Es preciso antes que todo, que nos convenzamos de la necesidad que tenemos de curación interior. Este es el primer paso. Para esto se requiere conocer un poco la realidad de nuestro mundo interior enfermo. Hoy afortunadamente contamos con el rico aporte de la psicología. Los psicólogos nos hablan ahora lo que ellos llaman “los cuatro principales demonios que nos atormentan”. Son ellos: el miedo, el odio, el complejo de inferioridad y el complejo de culpa. Claro, que nuestros problemas no se limitan a estos cuatro, pero estos son los principales.

La experiencia me demuestra que tal vez el peor de todos esos “demonios”, empleando el término psicológico, es el del MIEDO. Cuando el niño nace, teme solamente dos cosas: una caída y los ruidos fuertes. En ese momento no conoce todavía los peligros y por eso sus temores son muy limitados, pero pronto empiezan a acumularse en él los miedos por todo lo que va sufriendo y por los peligros que va descubriendo. Si efectuásemos un test entre las distintas personas que nos acompañan, encontraríamos cómo en cada una de ellas se ha acumulado una serie verdaderamente grande de miedos. Hallaríamos miedos tan infantiles, llamémoslos así, como el que tienen por ejemplo muchas mujeres a los ratones, y en los hombres encontraríamos otros por el estilo. Lo que sucede es que, porque se trata precisamente de miedos que delatan nuestro infantilismo, generalmente los ocultamos o, por lo menos, procuramos ocultarlos. El hecho indiscutible es que todos hemos acumulado miedo y que todos estamos enfermos de miedo.

Pero, tal vez, no hemos caído en la cuenta de que quizá muchos de nosotros hemos acumulado miedo al Señor. ¿Por qué tanta dificultad para entregarnos totalmente a Cristo? ¿Por qué, eso que podríamos llamar “pavor”, para hacerle nuestra entrega total? Seguramente porque, en el fondo, tememos que Él nos va a pedir mucho, que nos va a exigir esto o aquello, que nos va a pedir “algo” a lo cual nos sentimos íntimamente apegados, porque en realidad va a exigir de nosotros la inmolación de los que, en realidad, son nuestros ídolos. Y esto es demasiado costoso. Toda entrega amorosa es exigente, toda entrega amorosa entraña un riesgo. En lo humano, hay que inmolar muchas cosas cuando se realiza la unión matrimonial, hay que renunciar a muchos gustos personales para disfrutar del beneficio de esta unión santificada por el Señor. En lo espiritual sucede lo mismo, la entrega amorosa al Señor exige la inmolación de los ídolos, pero debemos tener seguridad de que Aquel a quien nos entregamos es el Señor, es el fiel, es el infinitamente bueno, el que nunca ni cansa ni se cansa, el que no va a traicionarnos. Solamente cuando hablamos de Cristo podemos exclamar: “Sé a quién he creído, sé en quién he confiado”, esto no podemos decirlo de ninguna de las criaturas, solamente podemos afirmarlo del Señor Jesús. Pero Cristo es el Señor y, por lo mismo, puede disponer de nosotros y de lo nuestro como lo desee, como quiera.

Esto es lo que nos causa pavor, lo que nos produce miedo, el reconocimiento del Señorío del Señor, nos pone frente a nuestra realidad, a nuestra realidad de siervos, a nuestras limitaciones, a la obligación que tenemos de “amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas”, al deber que tenemos de demostrar prácticamente el Señorío del Señor con la destrucción de los ídolos que se oponen a su gloria. La entrega amorosa que hacemos al Señor nos pone en posesión de Cristo, en posesión de su Espíritu, en posesión de sus riquezas. Por eso merece bien la pena sacrificar todo lo que Él nos pida para lograr esta bendición.

Tengamos muy presente que entrar en la Renovación Carismática no es entrar en un camino fácil, como tal vez algunos lo imaginan. Entrar en la Renovación Carismática es entrar en el camino del renunciamiento, del don total, de la generosidad constante para, a su vez, disfrutar de la manifestación también continua del amor del Señor.

Recordemos que, como nos dice el evangelista S. Lucas, después de que Cristo recibe en el Jordán la Unción del Espíritu, de su poder, es conducido por este mismo Espíritu hacia el desierto para allí ser tentado por el demonio. Al Jordán le sigue el desierto con sus privaciones y sus tentaciones, pero Cristo triunfa allí porque tiene el poder del Espíritu, por eso al final el demonio se aleja de Él y los ángeles se acercan para servirle. Entregarse a Cristo es entregarse a un futuro desconocido, pero a un futuro que está en sus manos, en sus manos amorosísimas.

No sabemos lo que Él va a disponer para nosotros y en nosotros, pero tenemos la seguridad de que es el Señor y que es el Amor y que es la Fidelidad. Pero, a pesar de ese concepto que tenemos del Señor, como no sabemos qué nos va a quitar, a dónde nos va a conducir, qué va a ser de nosotros, de qué va a privarnos, nos causa miedo. Yo soy el primero en experimentar este miedo, es muy difícil superarlo, solamente cuando poseamos la plenitud del Espíritu, cuando recibamos la fuerza del Espíritu, entonces desecharemos este miedo que tanto nos perjudica y que desafortunadamente impide muchas veces la entrega generosa, alegre y sobre todo total al Señor.

Solamente cuando logremos, con la gracia del Espíritu, dominar este miedo a Jesús nos entregaremos totalmente a Él y Él se entregará también a nosotros. Solamente entonces le abriremos la puerta de nuestro corazón y Él entrará. En el Apocalipsis nos ha dicho: “He aquí que estoy a la puerta y llamo, si alguno me abre, entraré, cenaré con él y él conmigo”, pero solamente abriremos la puerta a Cristo cuando perdamos el miedo al Señor.

Por eso, lo primero que tenemos que hacer es ORAR, para que desaparezca de nosotros ese miedo al Señorío de Cristo. Es preciso orar mucho por esta intención. Si algunos han superado ya esta etapa, si algunos pueden afirmar que no temen al Señor, están en una situación sumamente positiva y ventajosa. Pero seguramente muchos necesitamos orar por esta necesidad, la liberación del miedo que, en una u otra forma, nos impide entregarnos al Señor.

Para esto necesitamos recordar las palabras de Cristo: “Yo soy. No temáis”. En la medida en que adquiramos seguridad en la presencia de Cristo en nuestras vidas y fe en su amor, desaparecerá de nosotros el miedo a todo, pero primero el miedo a Él.

Recordemos cómo Jesús sanó ante todo el miedo de sus apóstoles. Pocas personas encontramos dominadas por el miedo como estos apóstoles que habían vivido muy cerca de Jesús. Sin embargo, en el momento de la Pasión, por ejemplo, huyen cuando Cristo cae en manos de sus enemigos. Él lo había ya profetizado: “Herirán al pastor y se dispersarán las ovejas”.

Pero como solamente es Él el que sana del miedo, solamente Cristo sana del miedo al comunicarnos su Espíritu, por eso Él el día mismo de su Resurrección adelanta esta curación interior de los apóstoles: “Yo soy. No temáis”. Es Él también quien por su Espíritu sana en nosotros el miedo que hemos acumulado en este campo. Pero los apóstoles quedaron curados plenamente del miedo únicamente el día de Pentecostés, hasta ese momento han estado con las puertas cerradas. Solamente salen al balcón ese día para predicar a Cristo, para ser testigos de Cristo. ¿Por qué? Porque como nos dicen los Hechos de los Apóstoles, “quedaron todos llenos del Espíritu Santo”. Esta plenitud del Espíritu es distinta de la recepción del Espíritu, ellos lo habían recibido el día de la Resurrección, pero la plenitud del Espíritu, con su poder total, solamente la adquieren el día de Pentecostés. También nuestra sanación interior del miedo y del miedo a Cristo será una realidad cuando recibamos la plenitud del Espíritu, cuando quedemos llenos también del Espíritu del Señor, cuando seamos bautizados en su Espíritu. Esta es la verdad que estamos descubriendo actualmente por medio de la Renovación Carismática.

Uno de los primeros efectos de la Efusión del Espíritu es la seguridad interior. La fuerza del Espíritu destruye en nosotros el miedo que es debilidad, en cambio adquirimos entusiasmo por Cristo. El Señor, antes de la Ascensión, les dice a los apóstoles: “Recibiréis el poder del Espíritu y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra”. Antes de Pentecostés, los apóstoles no pueden dar testimonio de Cristo porque tienen miedo. Pensemos en el caso de S. Pedro: a pesar de sus promesas de fidelidad, promesas que eran sinceras cuando las hizo, durante la Pasión niega a Cristo y aún con juramento y delante de una esclava. “No conozco a ese hombre”, dice. Y ¿por qué este cambio? Porque en ese momento Pedro está dominado por el miedo, no puede ser testigo de Jesús; conoce a Jesús y ama a Jesús, pero tiene miedo y por esto no puede dar testimonio del Señor ni puede confesar al Señor.

Pero este Pedro que niega al Señor delante de una esclava, será el que el día de Pentecostés lo proclamará con alegría y con valor, lo hará sin miedo, y esto sucederá en los meses y en los años siguientes, nada lo detendrá, será el testigo fiel del Señor. ¿Por qué este cambio? Porque el Espíritu del Señor al colmarlo el día de Pentecostés lo sanó del miedo, le dio seguridad interior, lo llenó de fortaleza y lo convirtió en testigo del Señor Jesús.

La gran necesidad que tiene ahora la Iglesia, la gran necesidad del mundo en este momento es la de testigos de Jesús. Hay muchos predicadores del Señor, hay muchas personas que pueden hablar de Él, pero son pocas las que se atreven a dar testimonio del Señor, a ser sus testigos en los ambientes difíciles. En un medio universitario, por ejemplo, las personas en una conversación están exponiendo criterios anti-evangélicos, la gran necesidad de la época presente es la de testigos de Cristo, pero esto lo lograremos únicamente cuando el Espíritu del Señor, al derramarse en nosotros, nos quite el miedo, nos libere del temor; nos dé seguridad, nos llene de fortaleza. y cuando Cristo nos da seguridad en Él, empieza también a darnos seguridad en nosotros y a confiar en los demás.

Él nos sana primero del miedo que le tenemos, pero quiere sanarnos después del miedo que nos tenemos y del miedo que tenemos a los demás. Es mucho el miedo que hemos acumulado respecto a nosotros mismos y mucho también el que tenemos a distintas personas. La serie de fracasos que hemos experimentado a lo largo de nuestras vidas nos ha llenado de inseguridad, nos ha hecho cada vez menos firmes, menos seguros. La incertidumbre es uno de los distintivos

No tenemos seguridad frente al futuro, porque el pasado está lleno de fracasos y solamente cuando tengamos seguridad frente al futuro lo conquistaremos, progresaremos, cumpliremos las metas señaladas, llegaremos a feliz puerto. “El que no espera vencer, ya está vencido”, dice el adagio, allí está encerrada una gran verdad. Los fracasos que nos han proporcionado personas desde los primeros años de nuestra existencia, los que hemos tenido por imprudencia, por falta de previsión, por distintos fallos, nos han llenado de miedo.

Esta es la realidad, pero también existe la verdad de la sanación de Cristo, Él puede sanar este miedo que tenemos en nuestro interior respecto a nosotros, Él puede curarnos de esta inseguridad. Solamente Él, por su Espíritu, puede llenarnos de fortaleza.

Y es mucho el miedo que hemos acumulado respecto a distintas personas, personas que por una u otra causa, por una u otra actuación, nos han impresionado desfavorablemente, han creado en nosotros complejo de inferioridad, nos causan miedo con sus amenazas, con su misma presencia muchas veces. De este miedo también puede sanarnos el Señor y quiere sanarnos el Señor.

JESÚS, que es nuestra paz, empieza a sanar del miedo desde antes de su nacimiento. Por medio del ángel, tranquiliza a José: “No temas tomar contigo a María tu esposa porque lo concebido en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados”. Despertó José del sueño e hizo como el ángel del Señor le había mandado y tomó consigo a su esposa.

El día de su nacimiento en Belén, por medio del ángel sana también el miedo de los pastores. El ángel les dijo: “No temáis, pues os anuncio una gran alegría que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador que es el Cristo Señor”. Cuando los ángeles dejándoles se fueron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: “Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado”. Ya sin miedo y llenos de alegría, pueden acercarse al portal y realizar allí el encuentro maravilloso con el Señor.

Pero hay un hecho sumamente elocuente para manifestar el poder de sanación interior, de sanación del miedo, que tiene el Señor Jesús. NICODEMO es un fariseo, magistrado judío, que va a buscar a Jesús, pero “de noche”. Va a hablar con el Señor, pero no lo hace de día, teme las burlas de sus compañeros, por eso busca la oscuridad. Es de noche cuando se dirige a la casa de Jesús y cuando tiene el diálogo con Él, es un hombre dominado por el miedo. Pero el Señor, que es la paz, que es la seguridad, que es la fortaleza, dialoga con este hombre dominado por el miedo, le habla de su Espíritu, del nuevo nacimiento: “El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios; lo nacido de la carne es carne, lo nacido del espíritu es espíritu”.

A través de aquel diálogo, el Señor penetra en el corazón medroso de Nicodemo y lo sana totalmente. La curación interior de Nicodemo es tan completa que, poco después, cuando los fariseos quieren condenar a muerte a Jesús, cuando incluso reclaman a los guardias por qué no han traído prisionero a Cristo, Nicodemo les dice: ” ¿Acaso nuestra ley condena a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace?”. Ellos le respondieron: “¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta”, y se volvieron cada uno a su casa. Aquel hombre con su valor confunde a quienes quieren perder a Cristo, los obliga a volver a su casa. Y algo más admirable todavía: el Viernes Santo, cuando Cristo ha sido crucificado, cuando todos (aún sus discípulos) lo han abandonado, Nicodemo, en compañía de José de Arimatea, se presenta ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Es un hombre que ya no tiene miedo, porque Jesús lo había sanado. Como señal de gratitud y como demostración de aprecio, él ahora quiere honrar al Señor dando sepultura a su cuerpo.

Pero lo que debe llenarnos de alegría y de esperanza es saber que Jesús es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Que ese Jesús que sanó el miedo que había en José, que había en los pastores, que destruyó el miedo que oprimía a Nicodemo y que muchas veces adelantó un proceso de curación del miedo en sus apóstoles, puede y quiere realizar el mismo favor en beneficio de nosotros. Él también quiere destruir el miedo que nos domina y nos enferma, Él también puede hacerlo ahora y lo hará si nosotros nos acercamos a Él con fe y con humildad. Sería un mal para nosotros descubrir la serie de temores que nos oprimen y aún las consecuencias terribles que tienen sobre nuestro organismo, si no estuviésemos convencidos de que tenemos una solución en Cristo, en Cristo que es la solución de todos los problemas. Es el temor a fracasar, a la sexualidad, a defendernos, a confiar en los demás, a pensar, a hablar, a la soledad y a tantas otras cosas, tienen en Cristo nuestro Señor la gran solución, la pronta solución.

El apóstol S. Juan escribió en su Epístola unas palabras llenas de Verdad y con un profundo significado psicológico: “El amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor supone castigo y el que teme no es perfecto en el amor”. Aquí encontramos la gran solución para la enfermedad interior del miedo: el amor paternal de Dios, el amor fraternal y salvador de Cristo, el amor del Espíritu que mora en nosotros. En la medida en que nos dejemos abrazar por el amor de Dios, en esa misma medida irá desapareciendo el temor que hay en nosotros. Y cuando el amor de Dios llegue a ser perfecto en nosotros el temor será arrojado fuera.

La Renovación Carismática nos coloca de una manera muy clara frente al amor del Señor, frente al amor del Espíritu y estamos experimentando la verdad de aquellas palabras de S. Pablo a los Romanos: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”. Por eso, muchas personas cuando tienen la experiencia del Espíritu, cuando se dejan invadir por este Río de Aguas Vivas, cuando se dejan de veras abrazar por su amor, se van viendo liberadas de los recuerdos dolorosos en todos los campos, pero concretamente en el del miedo.

Este es uno de sus grandes beneficios, no lo sabremos apreciar nunca debidamente. Pero el método concreto y fácil para recibir, de una manera progresiva, a través de un proceso, la curación interior del miedo como don de Cristo, es acercarnos a Él con fe, creer verdaderamente que Él está resucitado en nosotros y con nosotros, que Él es el Salvador, el Salvador del hombre, de todo el hombre y de todos los hombres. Que Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos.

Después de este acto de fe, nosotros en horas especiales nos dedicamos a recorrer toda nuestra vida con Cristo, a recorrer todos los momentos dolorosos, penosos, en el campo del miedo; a repasar todos aquellos recuerdos medrosos que nos han ido enfermando paulatinamente. Pero, ¿para qué? No para amargarnos nuevamente con ellos, no para acumular temor, sino para detenernos con Cristo delante de cada una de estas escenas, de cada uno de esos acontecimientos que nos causaron pavor o miedo, para pedirle que derrame su paz, que comunique seguridad, que borre con su presencia amorosísima el trauma que dejó en nosotros ese acontecimiento doloroso. No se trata de no recordar ya aquella escena, sino de recordarla con tranquilidad, de recordarla con paz, seguros como estamos de que el Señor, el Salvador, la ha curado, la ha sanado perfectamente.

En este proceso de sanación del miedo, como manifestación del amor de Cristo y de su Espíritu, es muy conveniente hacer un inventario de las personas a quienes, por una u otra causa, tememos más. De las cosas que nos causan más miedo, de lo que interiormente nos hace sentir más inseguridad. Esto ¿para qué? Para también, de una manera concreta, pedirle al Señor en la oración que sane el miedo que tenemos a “Fulano de tal”, a “Zutano”, a tal o cual superior, a tal o cual compañero, a tal o cual enemigo, para pedirle que destruya el miedo que tenemos, por ejemplo, a determinada enfermedad, a montar en avión, a ir a tal o cual lugar, a enfrentarnos con tal o cual circunstancia. El Señor que se interesa concretamente por todo lo nuestro irá destruyendo esos distintos miedos, irá aumentando a través de un proceso maravilloso nuestra curación interior y cada día recobraremos más seguridad en nosotros, tendremos más seguridad en los demás, pero todo como fruto de la seguridad en Cristo, de la seguridad en su amor, en su poder y en su fidelidad.

Tenemos que pedir la gracia de que nuestra fe en Cristo sea una fe verdaderamente viva, una fe actuante, una fe que abarque toda nuestra persona, una fe que nos lleve a experimentar realmente la presencia y la acción amorosa del Señor en nuestras personas y a lo largo de todas nuestras vidas.

Los efectos del ministerio de sanación interior aparecen en esta Renovación Carismática cada día con mayores posibilidades, es algo verdaderamente asombroso lo que se está consiguiendo, causa verdadera alegría ver cómo van cambiando muchas vidas, cómo se van curando interiormente a través de este ministerio de sanación interior. ¡Ojalá que esta luz llegue a muchas personas y que crezca el número de equipos de personas consagradas a este ministerio que tanto glorifica al Señor y que tantos beneficios reportan para las personas!

Sí, reconozcamos que estamos enfermos, quizá muy enfermos interiormente de miedo, reconozcamos que el miedo se ha ido acumulando en nosotros y nos impide muchas veces entregarnos al Señor, servir generosamente a los hermanos, llevar una vida tranquila. Pero reconozcamos también, con la gracia del Señor, que Él puede sanar este mal y puede calmar todas las tempestades que el miedo levante en nosotros. Recordemos lo que nos dice el evangelista S. Mateo:” Subió después Jesús a la barca y sus discípulos le siguieron. De pronto, se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas llegaban a cubrir la barca, pero Él estaba dormido. Acercándose, pues, se acercaron diciendo: “Señor, sálvanos que perecemos”. Díceles:” ¿Por qué estáis con miedo, hombres de poca fe?”. Entonces, se levantó e increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran bonanza, y aquellos hombres maravillados decían: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?

ORACIÓN:

Señor Jesús, que yo nunca recorra el mar de la existencia solo, que yo te lleve siempre en mi vida y en mi barca, que yo disfrute siempre, Señor, de tu compañía amorosísima, que cuando arrecie la tempestad, cuando el miedo levante olas que amenacen sumergirme, yo te mire, Señor, yo te invoque con fe y con confianza. Que Tú, Señor, ordenes a esos vientos y a esa mar que se calmen, que no me destruyan, que no me atormenten. Señor, tú eres la paz, Tú dijiste: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”, dime estas palabras, Señor: “Te doy mi paz, te dejo mi paz”. Destruye, Señor, el miedo y el odio que se han acumulado en mí, disipa tantos temores infundados que me atormentan, calma Señor la tempestad que con frecuencia se levanta en mi interior, que se manifieste tu paz, Señor, en mi vida, que aparezca tu Señorío, que Tú domines mis emociones, que Tú me tranquilices interiormente. Tú eres mi paz, Tú eres la paz, Tú eres el Amor. Gracias, Señor, porque me amas, gracias Señor porque me curas, gracias Señor porque me salvas. ¡Bendito seas, Señor, gloria a Ti Señor! 

 

Tolerancia en la RCC

Tolerancia en la RCC

 

Tolerancia en la Renovación Carismática

por Tomás Forrest, C. Ss. R

Siendo muchas las cosas buenas que suceden en la Renovación Carismática, todavía podrían suceder más si nos concentrásemos en los frutos del Espíritu Santo tanto como en sus dones. Los dones nos ayudan a llevar a otros al Cuerpo de Cristo, pero los frutos nos hacen resplandecer a nosotros mismos como partes de ese Cuerpo. Uno de esos frutos es la paciencia (Ga 5, 22), y una expresión vital de la paciencia es la tolerancia. 

El diccionario define la tolerancia como “respeto y consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás; margen o diferencia que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas». 
Una dosis abundante de tolerancia no haría ningún daño a la R.C. La tolerancia nos enseña a dar cabida a las equivocaciones de los demás, y protege nuestro derecho a hacer las cosas de una manera diferente, quizás mejor o peor que los demás. Básicamente preserva a cualquier persona o grupo de considerarse la medida de si los demás lo están haciendo bien o no, y nos ayuda a evitar las inútiles comparaciones (Ga 6, 3 -4). 

Veamos algunos ejemplos de intolerancia en la Renovación Carismática

1) ENCAJONAR LA RENOVACIÓN

Algunos tratan de encerrar la Renovación en la estrecha caja de sus propias experiencias, dones, ministerios, o, lo que es peor, inclinaciones personales. 

Pero un modelo único, una única dirección, una única expresión para la R.C. no va al paso del Espíritu Santo y está en contra de la naturaleza de los dones como llamadas personalizadas (Ef 4, 11; Rm 12 4-8; I Co 12, 4-11). Ser un sacerdote redentorista, por ejemplo, no me permite despreciar a los laicos en la Iglesia ni criticar a los demás sacerdotes por no ser ellos también redentoristas. Mi llamada y mis dones no son necesariamente los suyos, y aunque yo pudiera demostrar que mi camino es objetivamente mejor, esto sin embargo no lo haría obligatorio para los demás. 

Como Jesús muestra en la parábola de los criados con diversos talentos (Mt 25, 14ss.), mi tarea es hacer las cosas lo mejor que pueda según mi llamada y mis dones, no hacer las mismísimas cosas y tan bien como cualquier otro. Y, a su vez, mi éxito no se convierte en la norma del éxito de los demás.

Sin duda que todos nosotros hemos sido llamados a las alturas de la santidad (Mt 5, 48), pero esto no quiere decir que el Padre Eterno nos dé de plazo solamente hasta mañana al mediodía para llevar a cabo toda la tarea. Él entiende, e incluso tiene previsto, que nuestra lucha pueda durar otros diez años, o quizá el resto de nuestra vida y, además, un poco de Purgatorio. 
Por tanto, es importante ser tolerantes con nosotros mismos, con los demás y con Dios mismo. 
Tolerantes con nosotros mismos, pues aunque algunos puedan estar muy por delante de nosotros con dones más espectaculares, esto, no significa que de alguna manera competitiva agradan más a Dios. 
Tolerantes con los demás, ya que mis ideas e ideales, mis dones y mi llamada no son necesariamente la norma y el camino para ellos.
Y tolerantes con Dios, porque nada le obliga a hacer las cosas a mi modo, a dejarse llevar por mis inclinaciones, o a usar de mí y moverme tan rápidamente como lo hace con otros. Dios es el último a quien podemos encajonar en una caja estrecha, y ciertamente no en la caja de nuestros propios gustos o antipatías. Si el criterio para el discernimiento espiritual fuera el “no me gusta», el don de lenguas y quizá algunos otros dones auténticos no habrían encontrado espacio. 
A través de la tolerancia, a todos se nos permite desarrollar nuestra propia función libremente, según nuestras posibilidades y circunstancias, precisamente en el modo en que Dios lo planteó.

2) PRETENDER POSEER UNA VISIÓN TOTAL

Aunque yo creo que somos parte de una nueva efusión del Espíritu Santo que tendrá éxito en la renovación de la Iglesia, no creo que ninguno de nosotros tenga una visión completa de cómo o de cuándo exactamente vaya a suceder todo. 
Cada uno no es más que una pieza de un divino rompecabezas y ha recibido una misión específica, pero no conoce el plan de Dios para colocar todas las piezas en su sitio, o si esto va a suceder dentro de un año, de una década, de un siglo o dos. 
Es algo como un carpintero, un albañil, un electricista y un encargado de la grúa, que trabajan en distintas partes de un mismo edificio en construcción, con el arquitecto que es el único que ve todos los planos completos. Ninguno de nosotros es ese arquitecto. 
Cada uno debe discernir de qué manera quiere Dios usar de él en ese momento, pero cualquiera que piense que puede ver todo el camino hasta el resultado final, se está preparando para encontrarse con sorpresas. El pensar que puedo ver claramente cómo Dios hace todo, significa que me estoy viendo a mí mismo demasiado en el centro, mientras que en realidad no soy más que una parte pequeña, aunque especial.

Aquellos que no pueden dejar todo el cuadro final en manos de Dios se convierten en especialmente intolerantes, demasiado seguros y demasiado en el centro de lo que ven para dejar espacio a las demás partes importantes del cuadro, diferentemente configuradas y ensambladas. A su último libro o enseñanza lo llaman la última palabra, mientras que la última palabra sigue siendo la prerrogativa de un Dios tan lleno de sorpresas que es siempre un misterio (Is 5, 8-9).

3) EL MÉTODO DEL “O… O…”

La idea de que “o tu camino, o el mío es correcto» es frecuentemente equivocada. A menudo, tu camino será indicado para ti y el mío indicado para mí. Y si pusiéramos juntos ambos caminos, en un esfuerzo unificado, podríamos llegar a formar un gran equipo. 
Recuerdo un país en el que los líderes de un centro estaban adoptando un método de Renovación muy intelectual mientras el método de los líderes de otro centro se basaba en la experiencia. Ambos grupos perdieron tiempo y esfuerzos preciosos, cada uno atacando los errores del otro, mientras que el único error era el no haber visto que cada uno necesitaba del otro. Un grupo estaba produciendo una magnífica literatura carismática y una admirable serie de enseñanzas, mientras que el otro tenía grandes dones de alabanza, música, alegría, amor y oración. No era cuestión de “o… o… “, sino más bien de que ambos trabajaran juntos como partes claramente diferenciadas del mismo cuerpo. 
Un perfecto punto de encuentro para un montón de nuestras diferencias está muchas veces en el medio, un punto alcanzado tras un humilde compartir y tras dejar que las ideas y direcciones de uno equilibren y corrijan las del otro.

4) CONFUNDIR LA CULTURA

La tolerancia hace que nos mantengamos pacientes con ciertas expresiones culturales de la R.C. que uno encuentra difícil de apreciar. La Renovación es un fenómeno universal, y las distintas partes del mundo son muy diferentes. 
Yo he visitado 80 países, y aunque evidentemente es el mismo Espíritu Santo el que actúa en todas partes, hay una exquisita variedad cultural en sus acciones. 
Un ejemplo es una inolvidable liturgia en Costa del Cabo (Ghana). Cuando el diácono elevó los Evangelios en alto por encima de su cabeza para proclamar “Palabra de Dios», todos los presentes dejaron sus bancos, y con una magnífica sonrisa danzaron ante el altar por turno, con los brazos extendidos, haciendo una profunda reverencia a la Palabra de Vida. Es el ejemplo más hermoso de danza litúrgica que yo he visto.
Pero eso no quiere decir que nosotros podamos o debamos esperar ver el mismo hecho en un monasterio copto, en el monte Sinaí, o en la catedral de Munich. Algo que es hermoso para África no se convierte en ley para otro lugar: pero algo que está fuera de lugar en un monasterio no es, a su vez, necesariamente equivocado para África. 
Dios sabe quiénes somos y dónde nos encontramos, incluso mejor de lo que sabemos nosotros mismos, y nos trata de conformidad con ello, con una libertad y variedad de acciones muy sensible a la cultura y limitada solamente por la única ley de actuar siempre con amor. El modo como Él toca y conduce a cada persona no se convierte nunca en el modo como ÉL DEBE tocar y guiar a los demás. 
Los principios de doctrina y las prudentes prácticas de pastoral deben ser, sin duda, definidos claramente y seguidos por todos. Pero junto con la variedad de dones y de llamadas, la amplia variedad de preciosas culturas puede hacerlas maravillosamente provechosas allí donde existan, pero no siempre es posible repetirlas, y quizás incluso parece que sería equivocado exportarlas a otros lugares. 
En Oriente, el signo de la paz es solamente el juntar las propias manos, una dulce sonrisa y un intercambio de inclinaciones profundamente respetuosas. Pero en América Latina es un caluroso abrazo, y en Bélgica y Zaire un triple contacto de mejillas. No sólo la música y los estilos de alabanza siguen unas líneas culturales, sino también el estilo de enseñar, imitando el propio ejemplo de Cristo de adecuar sus palabras a la cultura de quienes le escuchaban.
En general, la tolerancia nos hace más lentos para juzgar y condenar otras culturas y mucho más rápidos para estudiarlas y gozar de ellas. Cada una es otro don del inagotable Espíritu Santo.

5) MOTIVADA POR EL PROPIO INTERÉS

Aunque tratada en último lugar, éste es el corazón del tema. 
La intolerancia tiene su raíz en los celos y en el orgullo, en el miedo a que los demás lo puedan hacer mejor, y en la inconsistente exigencia de ser considerados los mejores al ser seguidos por todos. 

“Si vivimos según el Espíritu -escribe san Pablo- obremos también según el Espíritu. No busquemos la gloria vana provocándonos los unos a los otros y envidiándonos mutuamente» (Ga 5, 25). 
Como Pablo da a entender en el capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios, el oído no puede tener celos del ojo porque no ve, y el ojo no puede ser intolerante con el oído que no ve. Cada uno es solamente una parte de un plan divino llamado cuerpo, uno viendo y el otro oyendo, para el bien común. 
Del mismo modo, cada uno de nosotros es una parte del más maravilloso plan divino llamado Cuerpo de Cristo, cuando nos dejamos llevar, no por el propio interés (Flp 2, 2-4), sino por el Espíritu de Dios, para servir uno al otro, gozando los unos del encanto de los dones de los otros.
San Cipriano mártir mostraba este tipo del espíritu cuando escribía a Camelia: 
“Hemos tenido noticia del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el gozo de vuestra confesión, que nos consideramos partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos todos una misma Iglesia, si tenemos todos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara de las suyas propias? ¿O qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de sus otros hermanos?» (Epístola 60).
Si ese tipo de espíritu tolerante y generoso nos guiase siempre, las piezas del divino rompecabezas se deslizarían hacia su propio lugar muy rápidamente, y nosotros veríamos muy pronto renovado el magnífico cuadro de la Iglesia.

P. THOMAS FORREST, C.Ss.R. · 1927 – 2018

El P. Tom Forrest fue sacerdote redentorista y líder mundial de la Renovación Carismática.

Predicó a cientos de miles en unas ciento veinte naciones, y llevó a miles de jóvenes, religiosas, matrimonios, sacerdotes y obispos a una relación más profunda con el Señor. Fue miembro del primer Consejo de la Oficina de Comunicaciones Internacionales (ICO) en el que el Card. Suenens también se desempeñó como asesor episcopal. También fue director de la oficina de la ICO y más tarde presidente del Consejo Internacional. En 2003 recibió la Cruz de Federico Augusto, Pro Ecclesia et Pontifice del papa Juan Pablo II por su dedicado ministerio en la promoción de la nueva evangelización. Fue conocido por su gran amor y profunda pasión por Dios y por su pueblo.

¿CALLA DIOS?

¿CALLA DIOS?

 

Te invoco de día, y no respondes, / de noche, y no encuentro descanso;/ y sin embargo, tú eres el Santo, / que reinas entre las alabanzas de Israel. (Salmo 22 (21), 3-4)

Me tomé unos días de oración y descanso a los pies del Santo Cura Brochero. Entre mis reflexiones, preocupaciones y hasta de cierta manera reclamo, oraba a Dios con estos versículos del Salmo 22 (21). Es el mismo Salmo que usamos el Domingo de Ramos y el Viernes Santo y que ponemos en boca de Jesús en medio de su dolorosa pasión.

Reflexionaba en toda esta ola anticristiana que vivimos y que parece pasarnos por arriba. Porque no es solamente el embate por el aborto y la ideología de género. También debemos tener en cuenta los ataques al Santo Padre desde dentro y fuera de la Iglesia, la utilización política y manipulación mediática sin escrúpulos que se hace aquí en nuestra (en su) propia Patria. Debemos sumar, además, la indiferencia y hasta el cuestionamiento a toda propuesta de la Iglesia para humanizar las relaciones humanas. Ya hemos comentado en otra oportunidad todo este maremágnum de situaciones.

Y las palabras del Salmo eran expresión de lo que sentía por un lado el silencio de Dios y por el otro la certeza de que Él es el Rey del universo y el Señor de la historia. El Dios que calla pero que no está inactivo, el que parece no responder a nuestras demandas y clamores, pero también el que no deja nunca de actuar en la historia porque esta historia es Historia de Salvación.

Entonces en la calma del silencio y la oración empecé a vislumbrar algunas claves que quisiera compartir. Seguramente no serán ni las únicas y posiblemente ni siquiera las más importantes. En estas claves, negativas y positivas, creo que podemos comenzar a entender y sobre todo acompañar el proyecto de Dios

CLAVES NEGATIVAS

Son aquellos aspectos que hemos descuidado, dejados a un lado o actitudes equivocadas que hemos asumido o realizado y en los cuales tenemos que reflexionar y sobre todo convertirnos. Podemos identificarlos con el primer versículo del salmo citado: ¿Por qué no respondes?

1.      DEMASIADO DISCURSO Y POCA ACCIÓN. Nos hemos dedicado demasiado a hablar, discutir, hacer discursos, planes, proyectos y hemos dejado de actuar, de hacer, de estar en donde hay que estar. Y las pocas acciones reales que hemos realizado están marcadas por el egoísmo de las organizaciones (“esta obra es de…”) y no las hemos asumido como propias, nuestras, donde podemos y debemos descubrirnos Iglesia

2.      DEMASIADAS DISCUSIONES Y POCA UNIDAD. Cuando pienso en las discusiones que tenemos en nuestros Equipos de Servicio o en nuestros Consejos Pastorales y descubro que giran desde hace décadas en los mismos temas intrascendentes, meramente organizativos o basados en la vanidad y el deseo de sobresalir o de obtener un cargo o puesto, entonces aparece ese agotamiento espíritu-pastoral que nos lleva a dejar de soñar y además a dejar de escuchar el proyecto de Dios.

3.      DEMASIADA CATEQUESIS Y POCA EVANGELIZACIÓN. Aclaro que no estoy en contra de la Catequesis, que es parte del ministerio profético de la Iglesia. Sino de ese acento desmesurado en crecer en algo que no hemos nacido: la fe. A modo de ejemplo (habría muchísimos más). No puedo crecer en la moral sexual de la castidad en cualquier estado de vida si no tuve previamente un encuentro personal, serio y profundo (no meramente emotivo) con Cristo.

 CLAVES POSITIVAS

 

Son esos aspectos positivos reales y presentes en nuestra actualidad y a los que debemos volver con todo nuestro corazón para renovar nuestro servicio a Dios, a los hermanos y a este mundo. Podemos identificarlas con la segunda parte del versículo: ¡Tú eres el Rey!

1.      DIOS HA HABLADO: Si miramos solamente estos últimos 150 años podemos descubrir que Dios hace bastante tiempo que viene hablando. Desde las manifestaciones de María (Lourdes, Fátima, etc.) que nos llaman a la oración y la conversión, pasando por el Gran Pentecostés del Concilio Vaticano II hasta las palabras de los últimos Sumos Pontífices, Dios no ha estado callado. En todo caso nosotros somos sordos a estas palabras.

2.      DIOS HA ACTUADO. En estos 150 años Dios ha actuado de manera portentosa. Desde inspirar a una pequeña religiosa (Beata Elena Guerra) a volver al Espíritu Santo, pasando por la decisión del Papa León XIII de consagrar la Iglesia y el mundo al Espíritu Santo hasta suscitar la RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA y tantos otros movimientos y asociaciones laicales justamente para renovar la evangelización y potenciarla. Habría cientos de testimonios de situaciones y acciones de Dios.

3.      DIOS ESTÁ ESPERANDO. Esperar es también una acción. Está esperando que nos tomemos en serio nuestro camino de santidad, que nos tomemos en serio nuestro llamado a servir, que nos tomemos en serio nuestra fidelidad a la vocación recibida.

En pocas palabras resumiría todo esto en la siguiente frase: No es que Dios calla, sino que somos nosotros los que no estamos oyendo. No es que Dios está inactivo, sino que somos nosotros los que no estamos haciendo lo que tenemos que hacer.

Lc 12, 35-36. Esta cita nos la regaló el Señor en la última reunión de ECONA.

 

¿Lo pensamos?

Servicio Sacerdotal por Salvador Carrillo Alday

Servicio Sacerdotal por Salvador Carrillo Alday

 

El “SERVICIO SACERDOTAL” en el gozo del Espíritu Santo

por Salvador Carrillo Alday, M.Sp.S

En el  Sínodo de Obispos, celebrado en Roma en diciembre de 1985, el Papa Juan Pablo decía: “En este Sínodo se ha examinado más profundamente la naturaleza de la Iglesia, en cuanto que es Misterio y Comunión o Koinonía… Realmente, la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, está al servicio del mundo y no desea otra cosa que servir y realizar la salvación integral del hombre» .

Si la misión de toda la Iglesia es “servir» y “realizar la salvación integral del hombre», ¡cuánto más puede decirse que ésa es la misión del sacerdote, el cual es por definición “el hombre de Dios», “el hombre de Iglesia», “el hombre de la comunión» que hace o forma la comunidad, “el hombre que se entrega participando todo cuanto tiene, para la salvación integral del hombre»!

Pero éste su servicio debe realizarlo en el gozo y la alegría, porque “Dios ama al que da con alegría» (2Co 9,7).

Ahora bien, servir es “dar», más aún, servir es “darse», es entregarse uno mismo a los demás. Uno de los cuadros evangélicos más expresivos del “servicio como donación de la persona» es aquel tan conocido, que leemos en San Marcos, cuando Santiago y Juan tienen el atrevimiento y la osadía de pedir para sí mismos estar a la derecha y a la izquierda de Jesús en su gloria (Comparar con Mt 20,20 donde se dulcifica la escena, siendo la madre de los hijos de Zebedeo quien hace la petición).

El pasaje termina con esta recomendación de Jesús: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como redención por muchos» (Mc 10, 42-45).

I. MODELOS EN LA TAREA DE “DAR» Y “DARSE»

Así pues, en la tarea de “dar» y “darse» el sacerdote tiene un modelo excelente: Jesús, el Hijo de Dios y nuestro hermano mayor. Pero no sólo él, Dios mismo es su máximo modelo, y luego la Sma. Virgen María, los Apóstoles y tantos hermanos que han hecho la historia multisecular de la Iglesia.

1. Dios

Dios es amor, y es propio del amor “dar». Dos son los “regalos» que nos ha hecho el Padre, porque nos ama: el don de su Hijo y el don del Espíritu Santo, y al dar esos dones, él mismo se nos da y viene a nosotros.

JESUS-HIJO es el don del Padre:  “De tal manera amó Dios al mundo que dió a su Hijo Único, para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Pero Jesús es también el don del Espíritu, pues el Padre nos lo da en el poder de su Espíritu: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35).

El ESPÍRITU SANTO es el don del Padre y también el regalo de Jesús: “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito… Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre… Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré» (Jn 14, 16; 15, 26; 16, 7).

2. Jesús

Los Evangelios nos enseñan cuantas cosas nos dió Jesús, pero sobre todo nos muestran cómo:  

  • Se dió a sí mismo hasta la entrega de su propia vida, en la libertad y en la obediencia, ¡admirable consorcio de “obediencia en la libertad» y “libertad en la obediencia»! “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; ese es el mandato que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 17-18)
  • Dió su vida por amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 12-13; 1 Jn. 3, 16); llevando a cabo así una obra que su Padre le había encomendado: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34; cf. 17, 4).
  • Y se entregó como “servidor» (diákonos) y más todavía como “esclavo» (doulos), sabiendo que su entrega culminaría en “redención de muchos», esto es, “de todos» (Mc 10,45; cf. Ga 1, 4; Ti 2, 14; 1 Tm 2, 6).

El Espíritu Santo hizo comprender a nuestros primeros hermanos cristianos el sentido profundo de la entrega de Jesús; y así, Pablo de Tarso, tras un momento de experiencia personal de la gracia de Dios que Jesús le había conquistado, gritó: “Con Cristo estoy clavado en la cruz; y vivo ya no yo, sino que vive en mí Cristo; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe, en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 19-20).

3. Pablo de Tarso

Nobilísimo ejemplo de entrega total en el servicio a los demás es Pablo de Tarso. Interminable sería recorrer su vida paso a paso. El dio cuanto el Señor había puesto de dones en él, y luego él mismo se entregó a las almas que Dios había puesto en su camino. 

A los presbíteros de Efeso les decía: “Yo de nadie codicié plata, oro o vestidos. Vosotros sabéis que estas manos proveyeron a mis necesidades y a las de mis compañeros. En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presente la palabra del Señor Jesús que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir» (Hch 20, 33-35).

A los cristianos de Corinto, quienes tanto le habían hecho sufrir. les escribió: “Por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré a mí mismo totalmente por vuestras almas. Amándoos más ¿seré yo menos amado? (2Co 12, 15).

‘Y a los Filipenses, estando él en la cárcel y pensando en la posibilidad de derramar su sangre, les expresaba su gozo ante la perspectiva de dar su vida: “Y aun cuando mi sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe, me alegraría y congratularía con vosotros» (Flp 2, 17). La fe de los Filipenses es ya una ofrenda y un sacrificio, y a ellos se añadiría la sangre del martirio del Apóstol. 

II. PASTORES QUE “DAN VIDA» Y “DAN SU VIDA» POR LAS OVEJAS

1. El buen pastor

Hay en la actualidad un consenso entre los exégetas acerca de aquellos pasajes evangélicos en que Jesús habla del pastor; y ese consenso consiste en que los evangelistas no solamente transmiten palabras que dijo Jesús o que se aplicó a sí mismo, sino que quieren dirigidas particularmente a los jefes y dirigentes de las comunidades cristianas: ellos deben ser como Jesús “verdaderos pastores», “auténticos pastores», esto es, dirigentes de las comunidades en quienes se realice verdaderamente la definición de “pastor».

Y los pastores día a día conducen su rebaño, lo guían, lo cuidan, lo llevan a pastar y abrevar; y todo esto, a fin de que las ovejas tengan vida. Cómo vienen espontáneamente a la memoria las palabras de Jesús: “Yo soy el buen pastor… El buen pastor da su vida por las ovejas… Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen a mÍ… Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia…” (cf. Jn 10, 10-15).

2. Dar a las ovejas vida en abundancia

“Dar vida» es la síntesis de la misión pastoral. “Dar vida» mediante el ejercicio concreto del “carisma sacerdotal» que el Espíritu Santo ha dado, y en el “aquí y ahora» de cada uno, que puede ser muy diferente en cuanto a circunstancias externas: uno en una parroquia, otro en el Seminario: éste en el campo, aquél en la ciudad; quién entre indígenas, quién entre universitarios: uno entre laicos, otro entre personas consagradas a Dios; éste entre obreros, aquél orientando a cristianos que dirigen el país … ; etc. … , etc.

“Dar vida» según los tres campos de la misión del presbítero; campos que no se dan ni separados ni aislados, sino que se conjugan y complementan: ministros de la Palabra de Dios, ministros de los sacramentos y de la Eucaristía, y conductores del pueblo de Dios (Presbyterorum ordinis 4-6)

  • 1º.- “Dar vida» en el ministerio de la evangelización y de la enseñanza de la fe, partiendo y distribuyendo el pan de la Palabra de Dios. El pueblo de Dios tiene hambre y sed de la Palabra de Dios en la Escritura. Pero para poder dar la Palabra, es preciso haberla recibido, haberla hecho propia, haberse llenado de ella en una cierta plenitud. Que no suceda lo que pasó en tiempos de los profetas. Oseas escribió: “Perece mi pueblo por falta de conocimiento. Ya que tú has rechazado el conocimiento, yo te rechazaré de mi sacerdocio» (Os 4, 6). “Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos» (Os 6, 6). Y Malaquías dice: “Los labios del sacerdote guardan la ciencia, y la Ley se busca en su boca; porque él es el mensajero del Señor Sebaot; pero vosotros os habéis extraviado del camino… “(Mal 2, 7-8).
  • 2º. “Dar vida en el ministerio sacramental». “Dar vida eterna» en el sacramento de la filiación divina, como es el bautismo. “Dar vida» en el sacramento del perdón y de la reconciliación. “Dar vida» en el sacramento de la unción de los enfermos. Pero ante todo y sobre todo, “dar vida», y más aún, “dar al que es la Vida» en el sacramento de la Eucaristía. El mayor regalo que puede el sacerdote hacer es “regalar» al mismo Jesús con su cuerpo, alma y divinidad, bajo las especies del pan y del vino consagrados.
  • 3º. “Dar vida en el ministerio de conducción espiritual». En este campo, ¡qué necesaria es la asistencia del Espíritu Santo para cumplir esta misión y este deber! El mundo cristiano tiene necesidad de directores espirituales. Y son los sacerdotes, los que por vocación han recibido ese encargo. Si no lo cumplen, deben preguntarse: ¿dónde está la causa? ¿Cuál es la razón.
  • El sacerdote es instrumento del Espíritu para comunicar luz, vida, santidad, a través de la comunicación de la Palabra de Dios y de la administración de los sacramentos.
    Hay que formularse un ideal: “dar santos a Dios». ¡Qué paradoja! Actualmente son muy numerosas las personas que oran diariamente y entregan su vida pidiendo a Dios sacerdotes santos. ¡Ojala lo alcancen! Pero, me pregunto: ¿Los sacerdotes tenemos el mismo interés respecto de las almas que Dios nos ha confiado? ¿Oramos y trabajamos suficientemente, y dirigimos a nuestros cristianos espiritualmente a fin de presentarle al Señor un buen grupo de almas santas?

3. Cualidades del servicio sacerdotal

A menudo el ministerio sacerdotal se ve obstaculizado por causas ajenas o por las propias limitaciones, y a veces todo se junta al mismo tiempo: impertinencias de las personas, exceso de trabajo, preocupaciones, incomprensión; cansancio, reacciones violentas, mal carácter, erupción temperamental, inestabilidad emocional, etc., etc.

¿Qué hacer y cómo hacer para adquirir las “cualidades» necesarias para que un servicio sacerdotal sea fecundo?
Se me antoja ir al fondo del problema y sugerir la necesidad de ir 1º a la fuente misma de una sanación interior profunda e integral; y 2º al manantial inexhaurible de donde brotan: el amor, la alegría, la paz; la comprensión, la amabilidad, la bondad; la mansedumbre, la fidelidad, el dominio personal.

Ese manantial es el Espíritu Santo y esas cualidades son algunos de los frutos de su habitación y de su acción en nosotros (Ga 5, 22). Si lo hacemos así, todo “servicio» cambiará. Será como el servicio de Jesús:

  • 1º.- El servicio en la alegría del Espíritu. La víspera de su pasión Jesús decía: “Vuestra tristeza se cambiará de gozo» (Jn 16, 20); “Se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la quitará» (Jn 16, 22); “Pedid y recibiréis para que vuestra alegría llegue a su plenitud» (Jn 16, 24). Si Jesús hablaba tanto de alegría es que su corazón rebosaba de ella, ¡y eran los momentos en que se preparaba a la donación total y definitiva de su vida!
  • 2º.- El servicio en la mansedumbre y la humildad. Dos fueron las virtudes de las que el Señor dijo que aprendiéramos de él: la mansedumbre y la humildad: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).
  • 3º.- El servicio en el amor-caridad que siempre va envuelto en misericordia, compasión, perdón, comprensión hasta la entrega de la propia vida: 
  • “Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12).
  • 4º.- El servicio en la obediencia a Dios. La obediencia fue tal vez la virtud preferida de Jesús: “Yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6, 38). “Yo hago siempre lo que le agrada a él» (Jn 8, 29). “Esa es la orden que he recibido de mi Padre» (Jn 10, 18). “Yo sé que su mandato es vida eterna» (Jn 12, 50). “Para que el mundo sepa que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado: “¡Levantaos, vámonos de aquí!» (Jn 14, 31). Así también, la obediencia sacerdotal llena de amor y de alegría debe ser hasta la muerte, hasta la entrega de la vida, en la donación silenciosa, callada, secreta, desconocida, monótona de cada día.
  • 5º.- El servicio en el gozo, en la paz y en la santidad. La grande misión de Jesús fue traer, inaugurar e implantar en el mundo el Reino de Dios. Una de las plegarias que brotaban constantemente de sus labios era: “Venga tu reino». Nosotros somos herederos genuinos de la misión de Jesús: “Como el Padre me envió, también Yo os envío» (Jn 20, 21). “Y el Reino de Dios es justicia y gozo y paz en el Espíritu Santo» (Rm 14, 17).
  • 6º.- El servicio en constante glorificación a Dios. “Padre, yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame a mí junto a ti. .. “(Jn 17,4-5).
Padre Robert De Grandis S.S.J.

Padre Robert De Grandis S.S.J.

Padre Robert De Grandis S.S.J.

A los 19 años de edad ingreso al Seminario y a los 21 años entró al año de noviciado, estudió teología y fue ordenado sacerdote en la comunidad de los Jesuitas el 6 de junio de 1959 en Washington, E.U.

Luego de ser ordenado, fue enviado a Miami donde se involucró en el movimiento de derechos civiles de su comunidad.

Un año después fue trasladado a Nueva Orleans, donde vivió durante seis años compartiendo con la parroquia de personas de color más grande de Norteamérica.

En los inicios de su ministerio sacerdotal el padre Robert De Grandis, luchó incansablemente contra la discriminación racial. 

En 1969 inició su trabajo con la Renovación Carismática y en 1979 empezó su labor en el ministerio de la sanación, viajado por más de 22 países llevando el mensaje de Jesucristo y continuó su labor evangelizadora en los Estados Unidos, hasta la fecha de su defunción el 6 de Agosto del 2018.

Todas sus experiencias, conocimientos y testimonios los podemos encontrar en libros varios de su autoría entre los que se pueden mencionar:

  • Curación a través de la Misa.
  • Perdonar es divino.
  • Oración de perdón para los jóvenes.
  • Perdonar es sanar.
  • Crecer en la oración
  • Oración con Jesús
  • Amar y perdonar
  • El poder de la oración
  • Sanación intergeneracional
  • Manual del laico para el ministerio de sanación

Padre Robert De Grandis S.S.J.

Los diez mandamientos de la sanación

Fuente: Resumen extraído del Libro “Manual del Laico para el Ministerio de Sanación” del autor Rev. Robert De Grandis S.S.J.

Se dice que San Francisco Javier enseñó a los niños en India a orar y sanar a los enfermos. Después de haber sido sanados, eran traídos ante él y éste les explicaba lo que había ocurrido. Se dice también que Vicente Ferrer, el dominico, resucitó más gente de la tumba que Jesús. Estas personas no fueron más perfectas de lo que somos nosotros y todos estamos habilitados por el mismo Espíritu Santo que reside dentro de cada uno de nosotros. Se supone que podemos hacer obras más grandes que Jesús, “…pero les digo: el que cree en mí hará las mismas cosas que yo hago y aún hará cosas mayores” (Jn. 14:12).

“Yo soy la vid, ustedes las ramas. Si alguien permanece en mí, y yo en él, produce mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada” (Jn. 15)

 El padre Robert de Grandis, autor del  artículo “los diez mandamientos de la sanación“, dice: las siguientes son unas guías que a veces denomino “mandamientos”. Pueden ser de utilidad en tus esfuerzos por la sanación de las demás.

 

1. Cree que Dios, por lo general, quiere que todos los hombres estén sanos, saludables, íntegros en cuerpo, mente y espíritu.

“Cuando Jesús bajó del monte, lo siguió mucha gente. Un leproso vino a arrodillarse delante de él y le dijo: Señor, si quieres, tú puedes limpiarme. Jesús alargó la mano, lo tocó y le dijo: ¡Lo quiero, queda limpio! (Mt. 8:1-3). En este pasaje bíblico tomado de la Biblia de Jerusalén hay admiración al final de la contestación dada por Jesús. Por un momento, imagínense el tono de la voz de Jesús diciendo: “Por supuesto, ¿no se fijaron en lo que les estaba diciendo a las personas allí en el camino? No se fijaron en lo que hice ayer y ahora me preguntan: ¿Quiero sanarlos? Por supuesto que sí. ¡Sanaos!”

Esta historia, tomada del Evangelio, ilustra convincentemente el deseo de Jesús de sanar a todo aquel que viniera a Él. Está escrita cuatro veces en los Evangelios: Jesús quería que todo aquel que viniera a Él fuera sanado; Mateo 8:16, Mateo 12:15, Lucas 4:40, Lucas 6:19. Las mismas obras que Jesús realizó, las comisionó a sus apóstoles y discípulos. Nunca los envió únicamente a predicar, todo lo contrario. Siempre dijo: “Prediquen la Palabra y sanen al enfermo”. En mi opinión, la predicación y la sanación son inseparables. 

Jesús dio a sus apóstoles las siguientes instrucciones: No vayan a tierras extranjeras ni entren en ciudades de los samaritanos, sino que primero vayan en busca de las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Mientras vayan caminando, proclamen que el Reino de Dios se ha acercado. Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen demonios. Den gratuitamente, puesto que recibieron gratuitamente” (Mt 10:5-8). Nuestra misión, hoy día, es como fue la de los apóstoles en su época, convertirnos en seguidores de Jesús. Como católicos hemos aceptado abiertamente la invitación de ser testigos de Jesús, hacer sus obras ahora como Él las hubiera hecho, a través del poder del sacramento de la confirmación. Por lo tanto, ahora que tú empiezas a orar por los enfermos y a leer el Nuevo Testamento prestando especial atención a la sanación, puedes preguntarte: ¿Dónde he estado todos estos años? Los Evangelios claramente expresan lo que Jesús dijo: “Prediquen el Evangelio y sanen a los enfermos”. 

Todos necesitamos sanación, de una forma o de otra, porque seguimos siendo personas con necesidades. 

Algunos teólogos afirman que el Señor no sana a la gente enferma de hoy porque esto era solamente para las personas del siglo primero. Sin embargo, en estas épocas modernas podemos ver claramente como la gente común y corriente tiene, en cierto sentido, un entendimiento más profundo del Señor, y visitan santuarios para hallar sanación, o siguen a predicadores, o acuden a la última aparición de Nuestra Santísima Madre para ser sanados. Personalmente, no tengo nada en contra de tomar un avión para ir a Lourdes, claro que el ochenta por ciento de los cristianos hoy en día no puede costearse este lujo, y la cristiandad no es sólo ese veinte por ciento que puede saltar a un avión e ir a santuarios o a lugares santos. La cristiandad está siempre a disposición de todos los hombres sin importar su raza, y el poder de sanación de Jesucristo está donde haya un cristiano, donde haya una apertura al poder sanador del Señor Jesucristo. 

Mi método total de sanación se basa en la idea de que la sanación es “una respuesta a la oración”, opinión que ha sido objetada por algunas personas. Otros la ubican en la comunidad. Esto está bien ya que queremos darle importancia a la comunidad. Si podemos creer en el amor que el Señor nos tiene, entonces, Él va a actuar a través de nosotros, que somos sus instrumentos, para darnos la respuesta a nuestra oración. Yo creo que Jesús, por lo general, quiere que todos los hombres sean sanados, porque El prometió darnos signos. “Y estas señales acompañarán a los que creen: en mi nombre (…) pondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán (Mc 16:17-18). Este relato bíblico refleja la actitud de Jesús sobre la sanación, fue resaltado, utilizado y vivido entre los primeros cristianos y cuyo poder nos fue dado a nosotros por el Evangelio según San Marcos.


En cada sanación existen cuatro factores: la persona que ora, la persona por la que se ora, la oración que se dice y la fe de la comunidad.
  

La fe de la comunidad es muy importante en toda el área de sanación y ciertamente uno de los factores primordiales.

“Señor Jesús, sé que deseas que todos te amemos en forma completa y que estemos totalmente bien para que podamos orar y alabar. Permite que el Espíritu Santo se manifieste hoy y que nos enseñe la verdad de que Tú realmente nos quieres saludables en cuerpo, mente y espíritu. Aumenta hoy nuestra fe como comunidad para creer en tu amor sanador”.

 

2. Recibe los sacramentos tan frecuentemente como te sea posible para lograr la sanación.

Nuestro Señor Jesús dio su vida por los hombres de todas las épocas. Para continuar con su trabajo de redención y de santificación a través de los tiempos, dio a la Iglesia los siete sacramentos con el fin de moldearnos, llenarnos, usarnos y fundirnos. Básicamente, gracias a los sacramentos, el hombre se sana. 

El teólogo Donald Gelpi S.J., escribió lo siguiente en su libro La piedad pentecostal: “Pero los católicos no pueden redescubrir el propósito de estos sacramentos de manera significativa a menos que estén plenamente convencidos de que estos poseen un don efectivo de sanación. Esto, simplemente, significa que no podemos desechar o desdeñar más la sanación por la fe practicada por muchos de nuestros hermanos no católicos”. 

Por el contrario, debemos entender su verdadero significado y lugar en la vida de cada comunidad cristiana. Debemos también contemplar el ministerio sacramental de la sanación como una parte integrante de las vocaciones sacerdotales. Y debemos llegar a un entendimiento teológico sólido de la relación entre un ministerio sacramental y un ministerio carismático de la sanación. 

Como católicos, el centro de nuestra vida espiritual es la misa, la Eucaristía. Durante la celebración de la misa encontramos oraciones maravillosas para curar la mente, el cuerpo y el espíritu. En la plegaria del Padre Nuestro encontramos una súplica: “Líbranos de todo mal”. Ya que el hombre es un todo – cuerpo, mente y espíritu – no susceptible de separación, entiendo que ésta es una solicitud de protección contra el mal físico, psicológico y espiritual. 

En la oración que el sacerdote dice a la congregación: “La paz del Señor esté siempre con vosotros”, Cristo está presente en su gente. Esto significa repetidamente la paz total del hombre: cuerpo, mente y espíritu. Si alguien tiene un dolor intenso durante la Eucaristía, es difícil entender cómo puede estar en paz y permanecer dispuesto a recibir lo que Jesús le está ofreciendo. La paz es armonía de mente, cuerpo y espíritu que se traduce en tranquilidad. Ciertamente, las personas que se aproximaron a Jesús para ser curados sintieron esta paz dentro de ellas, y las experiencias de los que hoy se encuentran en el ministerio de la sanación tienden a estar de acuerdo con que la sanación le brinda al hombre una sensación de paz no conocida anteriormente. Por consiguiente, la misa es la oportunidad perfecta y natural de acercarse al Señor si se está sufriendo de falta de arreglo interior y se busca la paz del Señor. 

La segunda oración antes de la comunión: “Señor Jesucristo, con fe en tu amor y en tu misericordia, como de tu cuerpo y bebo de tu sangre, no me condenes sino dame salud en mente y cuerpo”, es una referencia directa a la sanación sin requisitos. Los sacerdotes harían bien en llamar la atención de los fieles. Ciertamente se ayudaría a muchas más personas si llegaran a la Eucaristía con la gran convicción de fe que el Señor Jesucristo las sanará. Si no decimos estas oraciones con un gran convencimiento, perdemos mucho del poder de sanación que nos brinda la misa.


Todos hemos repetido esta oración antes de la sagrada comunión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
 Pero ¿cuántos han reflexionado realmente sobre esta súplica? Esta es una magnífica oportunidad de mostrar al Señor nuestra necesidad de sanación y de esperar que, así como Él se entregó por nosotros, nos dé un don menor, como es la sanación total del hombre.

 

3. Ora por el enfermo tantas veces como te sea posible.

Aparentemente, entre más oremos con el enfermo, más relajada y profunda se vuelve la oración. Si éste es el caso, es valioso orar por él tantas veces como sea posible. Así como existen barreras a la sanación, el enfermo tiene barreras también y entre más se ore por él, más receptivo se volverá y más barreras se removerán, permitiendo que el amor de Dios fluya libremente. 

Generalmente, cuando las familias me traen a sus enfermos, les digo: “Oren por ellos tres veces al día: en la mañana, al mediodía y en la noche. Impongan las manos sobre ellos por lo menos tres veces al día. Oren tantas veces como les sea posible, especialmente por los enfermos que hay en casa ya que se consiguen muchas más cosas de las que se creen mediante la oración”. Raras veces oramos demasiado por los enfermos. El peligro está en que oramos muy poco, no lo contrario. Es imperativo que nunca dejemos de orar, sin importar que tanto lo hayamos hecho con nuestros enfermos antes. Jesús es el modelo que debemos seguir ya que El dedicó mucho tiempo de su vida a la oración. 

Nosotros mismos estamos recibiendo la sanación cuando oramos por los enfermos. Estamos creciendo en amor, fe y confianza. Este crecimiento, además de justificar nuestra preocupación por la sanación de los enfermos, debe justificar una frecuente oración. Por lo tanto, sea constante y ore por los enfermos tantas veces como le sea posible. 

“Señor Jesús, fortalécenos y haznos alcanzar la fe. Pon tus manos sobre los enfermos sabiendo que tu deseo de sanación es más fuerte que el nuestro. Al seguir tu ejemplo, Jesús, ayúdanos a percibir las necesidades de tu pueblo y a ayudar con compasión. Gracias, Jesús”.

 

4. Ten confianza en el amor de Jesús para la sanación del enfermo

Cuando la mayoría de los laicos se ve ante la posibilidad de orar por otras personas para pedir sanación, se sienten temerosas porque se creen carentes de la suficiente fe. La fe personal de la mayoría se vuelve un nudo, incluso la de aquellas personas que han estado orando durante muchos años por los enfermos. El Señor sólo nos pide que tengamos fe como un grano de mostaza. Es aconsejable poner toda nuestra atención en Jesús, haciendo énfasis en el Señor y no en nuestra propia fe. Al poner nuestra fe en el amor de Jesús durante la oración, podemos orar de la siguiente manera: “Señor, tú amas a esta persona. Yo estoy aquí para canalizar tu amor y creo y confío en tu amor”. Luego, si es posible, visualice a Jesús allí de pie con sus manos sobre la persona por la que se está orando; pídale a ella que haga también esta visualización. La visualización es muy importante en el ministerio de la sanación porque ayuda a enfocarnos en Jesús y no en la fe suya o en la de la persona por la que se está orando. 

El Evangelio de Jesús siempre ha sido para todos los hombres sin distingo de raza, y es relativamente fácil de seguir. No es sólo para los intelectuales o los teólogos, es para todo aquel que esté abierto a Él. 

Hoy en día, muchos jóvenes se están adhiriendo a sectas religiosas orientales, situación que nos preocupa. Para sus seguidores, el atractivo de estas sectas religiosas parece radicar en que éstas profesan la garantía de un conocimiento profundo que conlleva a la felicidad. Puedes ir a la cima de una montaña y sentarte con un gurú y aprender los secretos de todos los tiempos, así dicen. Sin embargo, ¿no tiene sentido que tú tengas el Evangelio de Jesús que enseña a entregarse y a enlodarse los pies y ayudar al pobre, o te permite encerrarte en un armario y alcanzar la más alta contemplación? La cristiandad es, ciertamente, la religión más realista. Jesús tenía los pies en la tierra aunque pasó noches enteras orando en las montañas. Ya que profesamos la fe cristiana, sea en lo más alto de una montaña o en las calles de Calcuta o en las ciudades donde vivimos, cree en el amor de Jesús acompañándolo, confía en el amor del Señor para sanar. “No se turben; ustedes creen en Dios, crean también en mí” (Jn. 14:1). 

5. Pon tus manos sobre la persona cuando sea razonablemente posible

Existe una comunicación especial cuando tocamos a alguien con amor. Si no lo crees, pregunta a una joven pareja de enamorados que van por la calle con las manos entrelazadas y diles que no es necesario que se tomen de las manos. Ellos te contestarán: “Usted no sabe lo que se siente”. Existe, definitivamente, una comunicación por el tacto, porque es una manera no verbal de transmitir amor. 

Aquellas personas, en el ministerio de la sanación, que han orado imponiendo sus manos, pueden dar fe de su poder. Muchos han sentido calor o alguna otra sensación como vibraciones cuando lo hacen. Es natural que cuando nos encontramos con alguien le estrechamos la mano. Ya que el tacto es un gesto natural de comunicación para transmitir nuestro amor y nuestra preocupación, grandes cosas parecen ocurrir cuando combinamos oración e imposición de manos. 

El Nuevo Testamento cita muchos ejemplos de imposición de manos hecha por Jesús y por sus discípulos. Jesús sabía del valor de la imposición de manos.

“Entonces trajeron a Jesús algunos niños, para que les impusiera las manos y rezara por ellos” (Mt. 19:13).

“Jesús alargó la mano, lo tocó y le dijo: Lo quiero, quedas limpio” (Mt. 8:3).

“Había ido Jesús a la casa de Pedro, encontró a la suegra de éste en cama, con fiebre. Jesús la tomó de la mano y le pasó la fiebre” (Mt. 8:15).

“Le rogaba: Mi hija está agonizando; ven, pon tus manos sobre ella para que sane y viva” (Mc 5:23).

“Tomando la mano de la niña, le dijo: Talita Kum, que quiere decir: Niña, a tí te lo digo: levántate. Y ella se levantó al instante y empezó a corretear” (Mc. 5:41-42).

“Al verla Jesús, la llamó. Luego le dijo: Mujer, quedas libre de tu mal. Y le impuso las manos. Y ese mismo momento ella se enderezó, alabando a Dios” (Lc. 13:12-13).

“Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo. Al instante fue como si le cayeran escamas de los ojos y pudo ver (Hechos 9:17). 

Nosotros, como discípulos de Jesús, también somos enviados por El para comunicar su amor a través de la imposición de manos en la búsqueda de la sanación. “Y estas señales acompañarán a los que crean: en mi nombre (…) impondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán” (Mc. 16:17).

“Jesús, cuando oramos por otros en tu Nombre te pedimos que uses nuestras manos como si fueran las tuyas para alcanzar y tocar a aquellos por quienes oramos. Permite que el Espíritu Santo actúe a través de nosotros hoy, especialmente cuando oramos por los miembros de nuestras familias o comunidad. Gracias Jesús por tu amor sanador que fluye a través de mí en este momento”.

 

6. Pongamos nuestras vidas en las manos de Jesús

En la medida en que nos entreguemos más a Jesús, El vivirá más dentro de nosotros y más podrá actuar a través de nosotros. ¿No es acaso esto lo que es la vida cristiana, un total abandono en las manos del Señor? Nosotros cantamos, “A donde me lleves te seguiré”, y esto es tan cierto como que tenemos que seguir a Jesús tan cerca y sinceramente como podamos. 

 No existe nadie que sea verdaderamente completo en todos los sentidos, es decir, en mente, cuerpo y espíritu. Algunos se excusan: Bien, no puedo orar por los demás porque yo mismo tengo demasiados problemas…Recuerde que cuanto más sirvamos de canal al Espíritu Santo, más sanación tendremos y más efectiva será nuestra intermediación. 

El don del Espíritu Santo dentro de nosotros parece ser una apertura continua, de manera que cuando Él quiera actuar a través de nosotros lo pueda hacer. De esto se trata. “Y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál. 2:20). Se trata de estar en total unión con Cristo en su Espíritu Santo. Esta es la luz de Cristo que brilla a través de nosotros. 

Una de las formas en que más podemos ponernos en las manos del Señor es por medio de la alabanza. Podemos entregarnos más a Dios si lo alabamos en este momento, sin importar nuestra situación. Si pierde el camino de regreso a casa una noche cualquiera, debe orar y alabar a Dios. Si al salir de una reunión de sanación se da cuenta que su grabadora portátil no está funcionando, alabe a Dios. La alabanza es una hermosa forma de espiritualidad porque se mezcla de manera perfecta con lo que hemos aprendido, que es el don de ser capaces de vivir en el momento presente. 

Debemos recordar siempre que Jesús es el sanador y que “…sin mí no pueden hacer nada” (Jn. 15:5). Somos únicamente el canal que El escoge. Su Espíritu actuará con mayor libertad a través de una oración profunda a la vida, una alabanza y una constante dependencia de Él.

“Jesús, aumenta mi dependencia en ti a medida que mi entrega se hacer mayor por el poder de la oración y de la alabanza en mi vida diaria. Me entrego a ti en forma completa y te pido que tu Espíritu me llene de luz y permita que cada parte de mi mente sea iluminada. A ti Señor Jesús, el poder y la gloria por siempre jamás”.

 

7. Perdona a todos los que te han ofendido o herido

La falta de perdón es una de las pocas cosas que son una verdadera barrera para lograr la sanación. Algunos dirían que la falta de fe es lo más, pero la experiencia que tengo en mi propio ministerio me ha demostrado que la falta de perdón es el obstáculo más común. Muchas, veces, personas de poca fe son sanadas por la inmensa fe de la comunidad, pero si la persona por la que se está orando alberga falta de perdón, no se sanará hasta que haya perdonado del todo. El poder sanador del Señor Jesucristo no puede penetrar debido a la falta de perdón. “Queda bien claro que si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre celestial los perdonará. En cambio si no perdonan las ofensas de los hombres, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt. 6:14-15). 

La gente nunca está segura de haber perdonado. Frecuentemente me preguntan: ¿cómo se sabe que uno perdonó del todo? Siempre respondo: Cuando ore por la persona que lo ofendió o hirió, puede estar absolutamente seguro de que fue perdonado porque al orar por ella, se está pidiendo al Señor que le brinde a esta persona bondad y cosas buenas. Amar es desear lo que más le convenga al otro y hacer lo que razonablemente se puede para brindarle felicidad y cosas buenas. Las definiciones de amor y oración en estas circunstancias son paralelas: en la oración se pide lo que más convenga y en el amor se desea lo mejor. Por lo tanto, cuando oramos por una persona, nuestra oración se convierte en manifestación de amor en acción. Lo repito una vez más, una vez que hayamos orado por alguien sinceramente, podemos estar seguros de que la hemos perdonado en un acto de voluntad. ¡El perdón es decisión, no sentimiento!. 

Es la decisión de perdonar la que te libera y te redime, y esto es todo lo que el Señor te pide. 

“Jesús, ayúdame a amar y a orar por aquellos que me han herido porque conozco tu amor y los perdono incondicionalmente así como tú me has perdonado. Dejo bajo tu luz sanadora cualquier resentimiento o falta de perdón que albergue hacia ellos. Elevo una oración en este momento por la persona que más me haya ofendido en la vida y te pido que colmes de bendiciones su vida. Te agradezco el haberme liberado del mal de la falta de perdón”.

 

8. Ora por quienes te han herido

Cree en las palabras de Jesús, “Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen a la puerta y les abrirán” (Mt. 7:7). La sanación no es otra cosa que un ministerio de oración y fe, y el Señor lo dice claramente en las Escrituras.

Como dije con anterioridad, cuando oramos por una persona se puede estar razonablemente seguro de que estamos amando y haciendo lo mejor que podemos. Le pedimos al Señor que le brinde bienestar en su vida. Si después de haber orado por alguien todavía sentimos dolor, podemos pedirle al Señor que sane este sentimiento. Un método para eliminar los sentimientos negativos es visualizar a la persona en nuestra mente y verla como Dios la ve. Decimos: “Te perdono y te amo porque Jesús te ama”. Podemos repetir esto cuantas veces sea necesario y tan despacio como sea posible para permitir que el amor de Nuestro Señor Jesús se haga presente y sature a esta persona. 

  “La súplica del justo tiene mucho poder…” (Stgo. 5:16). “Pero yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan” (Lc. 6:27-28) 

“Jesús, a veces, mes es difícil orar por aquellos que me han herido o han abusado de mí ya que estoy concentrado en mi dolor y no en tí ni en el amor que prodigas tanto a mí, como a ellos. Ayúdame, Jesús, en la ardua lucha que libro en estos momentos y libera dentro de mí, por el poder de tu Espíritu Santo, la gracia de orar por ellos como tú lo harías. Gracias por tu luz y tu amor en este momento”.

 

9. Cree en las palabras de Jesús sin poner atención a lo que parece estar sucediendo

“Jesús le contestó: En verdad les digo: si tienen realmente fe y no vacilan, no solamente harán lo que acabo de hacer con la higuera, sino que dirán a ese cerro: Quítate de ahí y échate al mar, y así sucederá. Todo lo que pidan con una oración llena de fe, lo conseguirán”. (Mt. 21:21-22) Desde la montaña estamos haciendo que sucedan cosas. ¿significa esto, literalmente que debemos mover montañas, o podría significar mover las montañas de maldad, falta de amor, falta de fe, ansiedad, miedo, frustración, bronquitis, artritis, pies y espaldas doloridos? Estas son las montañas de mal que tenemos en nuestras vidas por las que podemos orar y decir: ¡Desaparezcan en el Nombre del Señor! ¡Láncense al mar! 

Es cierto, el Señor ha prometido honrar las plegarias de los fieles. Cuando oremos, depositemos toda nuestra confianza en la Palabra del Señor. Inclusive si aún después de haber orado no vemos un cambio inmediato, debemos aferrarnos a las promesas de Cristo. Mientras más nos saturemos con las palabras de Jesús en las Escrituras, más fe tendremos dentro de nosotros y más capaces seremos de pedir sanación. 

“Jesús, me aferro y confío en tí y en tus palabras como aparecen en las Escrituras. Que tu amor sanador fluya de mí hacia los demás así como creo en tu deseo de que todos disfrutemos de tu vida en abundancia. Te pido que me uses como instrumento de tu amor sanador, hoy”.

 

10. Alaba y da gracias a Jesús por su amor tantas veces como te sea posible

Es imperativo que alabemos y demos gracias al Señor por todas las cosas: por la oración contestada y por la que no. Más alabemos y demos gracias al Señor, con mayor perfección pondremos en práctica el primer gran mandamiento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza…” (Lc. 10:27). 

A medida que abrimos nuestros corazones y mentes en alabanza al Señor, nos estamos abriendo a su poder sanador. La mayoría de estas personas gasta su vida lamentándose de sus problemas, dolores y sufrimientos. Están tan absortas en sus dificultades que éstas se convierten en el centro de su oración cuando este lugar debe ser ocupado por el Señor. Cuando alabamos y damos gracias a Dios, hacemos de Jesús el centro de nuestra oración y nos apartamos de nuestro centro. A medida que apartamos la vista de nosotros y la volvemos hacia el Señor, Él se manifiesta de manera extraordinaria. Cuando alabamos al Señor, le estamos dedicando nuestra atención y, olvidándonos de nosotros, nos volvemos más receptivos a lo que Él tiene para darnos. 

Cuando una persona recibe oraciones de sanación, la podemos invitar a una reunión y pedirle que de gracias y alabe al Señor por el trabajo que el Espíritu Santo está haciendo dentro de ella. De esta manera, la persona se apresta a recibir la sanación que probablemente ya se está llevando a cabo.

“Padre celestial, te damos gracias y te alabamos por el hermoso don que nos has dado en Jesús y por el maravilloso poder que existe cuando abrimos nuestros corazones en la oración. Señor, te pido que todos te alabemos y te demos gracias siempre y en todo lugar. Te pido que te alabemos y te demos gracias sin importar las circunstancias por las que estemos pasando, y que tu amor nos llene en abundancia. Que cuando estemos sufriendo alguna pena o apretando los dientes, podamos ser capaces de alabarte sabiendo que todas las cosas funcionan para aquellos que amas. Pido que tu amor sanador fluya en nosotros y que las áreas difíciles de nuestra existencia sean sanadas, especialmente la de la autoestima. Que podamos aprender a amarnos para poder amarte y amar a los demás.

Te damos gracias y te alabamos, Jesús, por el trabajo que estás realizando dentro de nosotros en este momento. Amén”.

Padre Carlos Aldunate

Padre Carlos Aldunate

 

Discernimiento de lenguas y profecías en los grupos de oración

 

Por Padre Carlos Aldunate

 

En las reuniones de oración, cuando todos oran juntos en voz alta, algunos lo hacen en lenguas discretamente y sin llamar la atención. A veces, se escucha una oración en lenguas como un murmullo antes de comenzar un canto colectivo en lenguas. Ni esta oración ni este canto necesitan interpretación porque no son un mensaje dirigido a la comunidad.

Hablar en Lenguas

La oración en lenguas es una gracia de oración que puede ser usada a voluntad del que la posee y en la forma que lo desee; en voz alta, cantando, en silencio. Diverso es el carisma de entregar un mensaje “en lenguas”. En este caso no se procede por propia iniciativa, sino por una inspiración especial de Dios que algunos llaman “unción”. Dios mueve a la persona a hablar o a cantar en lenguas para comunicar un mensaje a la comunidad.

Esta moción de Dios se experimenta de diversas formas según las personas. No es algo compulsivo, pero la persona se siente incómoda mientras no cede al impulso. Parte de la incomodidad se debe a que la persona duda si hablar o no; desearía tener la certeza absoluta de que su impulso viene de Dios y ora pidiendo ser dirigida por El y evitar engaños. Esto sucede sobre todo al comienzo cuando, como Samuel, aún no se está acostumbrado a escuchar la voz de Dios (1 Sam 3. 7). Algunas veces, la persona que habla o canta en lenguas tiene alguna impresión respecto del sentido de su mensaje, impresión que le permite darse cuenta de si la interpretación que otro da es o no auténtica.

 

Interpretación

El mensaje en lenguas necesita interpretación. Por lo cual, según san Pablo, “el que habla en lengua extraña debe pedir en oración poder interpretarla; o que otro la interprete (Co 14. 13. 27). La interpretación inspirada es uno de los nueve carismas enumerados por el Apóstol, para provecho de la comunidad. Dios puede dar la interpretación a cualquiera de los presentes. No es traducción y, por eso, puede ser más corta o más larga que el mensaje en lenguas. No es fruto de un esfuerzo por comprender es algo que se recibe de Dios por inspiración como la profecía. Viene inesperadamente y persiste. Toma diferentes formas; puede ser como una idea, o una imagen, o irlas recibiendo poco a poco. El intérprete se siente inspirado a hablar; es la “unción”. A veces duda, vacila, se calla. A veces, varias personas reciben la misma interpretación o interpretaciones complementadas.

El contenido de la interpretación suele ser un mensaje de Dios a la comunidad, semejante a la profecía; otras veces es una alabanza a Dios, una oración dirigida a El. Cuando una persona habla en lenguas, el grupo guarda silencio y espera que Dios inspire a alguien la interpretación. Esta interpretación suele ser confirmada por una o varias personas. Por esto, el conjunto de lenguas con su interpretación suele producir un sentimiento muy vivo de la presencia de Dios y de su amor que acude en ayuda de sus hijos. La trascripción de una profecía o una interpretación resulta pálida porque no reproduce la oportunidad de lo que se dijo.

Discernimiento de Espíritu

El discernimiento presupone una vida de la Iglesia que está llena de poderes sobrenaturales y manifestaciones de la presencia de Dios. La misma riqueza de la actividad divina hace surgir a la superficie las fuerzas del mal y es también un campo para la actividad religiosa desviada. El discernimiento es la capacidad de penetrar a través de las apariencias exteriores para descubrir en el fondo si el origen de una moción es Dios, el hombre con sus impulsos naturales o el mal. Por eso, san Pablo exhorta: “Examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1 Tes 5. 21); da criterios de discernimiento (1 Co 13, 1-2; 12, 2-3; Gál 5, 16-26) y enseña el “discernimiento de espíritus” como uno de los carismas necesarios para el bien de la comunidad (1 Co 12, 10).

Algunas maneras de discernir

Todos nos enfrentarnos continuamente con actitudes que tomar, ya sea respecto de la conducta personal o de las situaciones que se producen en las comunidades, ¿Cómo discernimos lo que Dios quiere de nosotros? Aquí se explican tres maneras:

a) La primera manera consiste en examinarlo todo con las luces de la razón, utilizando la virtud de la prudencia y contando con la ayuda de la gracia. Reflexionamos sobre las experiencias pasadas y pensamos las posibles consecuencias de una u otra posición para elegir la mejor. Si hemos elegido bien sentimos satisfacción y paz, como confirmación de encontrarnos en la voluntad de Dios.

b) La segunda manera es aquella en que actúan los dones del Espíritu Santo: sabiduría, entendimiento, consejo. Somos guiados por las inspiraciones de Dios. Estas inspiraciones son difíciles de distinguir respecto de las inclinaciones naturales con las cuales se suelen mezclar, porque todas se sienten brotar de nosotros mismos. Pero las inspiraciones están impregnadas de un amor diferente que viene de Dios. No se trata tanto de distinguir el bien del mal, sino de conocer la voluntad de Dios dentro de varias alternativas buenas. Si la persona es dócil, las inspiraciones de Dios la impulsan continuamente como una suave brisa; y la paz de Dios, la consolación que no consiste en consuelos sensibles, se hace sentir cuando se está en el lugar que Dios quiere.

c) La tercera manera consiste en el don de Dios o carisma de discernimiento de espíritus. Este carisma se define como una iluminación divina o manifestación del Espíritu Santo, por la que una persona conoce cuáles espíritus están motivando o impulsando determinada actuación, para proteger del engaño a la comunidad. Es como un mensaje que viene de afuera; no como que surge de la persona misma. Se forma súbitamente en la mente sin aparente ocasión natural, espontáneamente, completo. No depende del esfuerzo, la iniciativa, ni los conocimientos de la persona; es un conocimiento que lleva consigo su propia convicción. No hay que confundirlo con el agrado o desagrado que nos producen las cosas. Puede venir, lo mismo que otros carismas, por medio de visiones, o también por sensaciones o sentimientos agradables o desagradables. Es un medio por el que Dios da a conocer el origen de lo que está sucediendo en un grupo, en una reunión, en una persona, o bien en el ejercicio de algún carisma; y está iluminación se da para provecho del cuerpo de Cristo, por esto es un carisma que necesitan los pastores

El discernimiento puede darse en forma colectiva; es la más corriente. El grupo de oración, unido en el espíritu, siente instintivamente lo que es o no es de Dios, y así “juzga” las profecías y las demás manifestaciones carismáticas y, también, las diversas intervenciones de las personas.

Discernimiento de la profecía

Podemos distinguir tres tipos de profecía; profecía verdadera, no-profecía y profecía falsa. Lo que aquí se dice de la profecía puede aplicarse a los carismas de hablar en lenguas y de interpretar.

Profecía verdadera

La profecía generalmente no se da aislada, sino dentro del contexto de la vida espiritual del grupo. Cuando en la reunión se está unido en culto al Señor, la profecía surge como un elemento valioso dentro de la misma acción de Dios no es algo aislado y desconectado de la situación. La profecía verdadera edifica, es decir alienta, consuela, fortalece, da paz y gozo, hace sentir la presencia y la acción de Dios, lleva al arrepentimiento y la conversión. La edificación recibida trae como respuesta un asentimiento interior que no es reacción emocional. Esto es lo que algunos llaman “testimonio interior”. Por el contrario, una profecía no ayuda, si desanima o hiere, eso puede indicar que no proviene de Dios. Porque Dios reprende las faltas con amor animando a cambiar, no dejando desaliento.

No profecía

La no-profecía ocurre cuando alguien dice, en forma de profecía, algo que en realidad no es mensaje de parte de Dios. Esto sucede con frecuencia; lo que se dice puede ser bueno, aún podría ser un texto de la Biblia; pero no se dice en ese momento por inspiración de Dios. No daña pero tampoco edifica, parece faltarle poder; no produce los efectos de la verdadera profecía. La persona puede tomar por profecía un pensamiento que viene a su mente y que habría podido más bien expresar en oración o comunicar a los demás de alguna otra manera. A veces, la persona misma duda si es o no profecía. Otro caso ocurre cuando, a continuación de una profecía verdadera, la persona agrega sus propios pensamientos, el proceso intelectual que ha seguido a la recepción del mensaje, su propia sabiduría. No es raro que una profecía sea modificada o influenciada por las ideas religiosas de las personas, sus emociones y problemas, o el clima del grupo presente. Un antiguo maestro espiritual aconseja: “rechazar las revelaciones que son innecesariamente prolijas o que van recargadas de pruebas o razones superfluas.

Las revelaciones divinas suelen ser breves y discretas; pocas palabras, y muy claras y precisas”.

Profecía falsa

No se presenta con frecuencia y es relativamente fácil de discernir. Suele tener un contenido contrario a la doctrina de la Iglesia. Puede estar inspirada por malos espíritus. También puede provenir de personas que sufren problemas emocionales o desórdenes en su vida moral y los reflejan en palabras agrias, hostiles, condenatorias, presentadas en forma de profecía. A veces, la raíz se encuentra en prácticas de ocultismo o en la búsqueda por parte del grupo de experiencias de tipo espectacular, o en el hecho de que en lugar de caridad hay odio, envidias, desavenencias o alguna otra situación de pecado, dentro del grupo .

 

 

Biografía

Padre Carlos Aldunate Lyon (Santiago, 16 de mayo de 1916-Valparaíso, 18 de julio de 2018) fue un sacerdote católico jesuita, profesor y escritor chileno, así como promotor de la Renovación Carismática en Chile y uno de los formadores del papa Francisco.

Fue hijo de Carlos Aldunate Errázuriz y Adriana Lyon Lynch; fue nieto del presidente del Partido Conservador chileno Carlos Aldunate Solar y hermano del también sacerdote jesuita José Aldunate. Estudió en colegios jesuitas en Inglaterra y Chile. Ingresó en la Compañía de Jesús en la ciudad de Chillán y fue ordenado sacerdote en Argentina en 1944. En 1948 obtuvo un Doctorado en Filosofía otorgado por la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica.

Fue rector del seminario de los jesuitas en Chile y de los colegios jesuitas de Santiago, Antofagasta y Osorno. Fue rector de la Universidad del Norte entre 1966 y 1969, y director de la Casa de Ejercicios Loyola. También se desempeñó como profesor en la Pontificia Universidad Católica de Chile, la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y en la Universidad del Norte. Realizó exorcismos, y desde 1975 estuvo dedicado a dar retiros y cursos de espiritualidad en Chile y en el extranjero.

En 1960, el joven Jorge Mario Bergoglio —hoy papa Francisco—, en su período de formación hacia el sacerdocio, pasó una temporada en Chile bajo la formación de Carlos Aldunate.

Fue el principal iniciador del movimiento de la Renovación Carismática en Chile, a inicios de los años 1970.

Falleció el 18 de julio de 2018, a la edad de 102 años.