“Unos se fían de sus carros y otros de sus caballos, pero nuestra fuerza está en el nombre de nuestro Dios” Sal 20,8

P. Alejandro Omar Bejar. Administrador parroquial de San Roque – Mza. Asesor de la RCC Región de Cuyo y Asesor de la RCC en Mza.

Cuando por aquellos años de seminario, en el 86, tuve la primera experiencia de acercamiento a la RCC, no comprendía casi nada de lo que aquella comunidad sucedía.  Es más, solo estaba en el llamado ministerio de acogida, haciendo un discernimiento con los hermanos que participaban por primera vez de este grupo.

Allí buscábamos hacer entender qué significaba esto nuevo que estaba sucediendo en la iglesia de los suburbios del conurbano bonaerense. Una de las citas bíblica que poseíamos para iniciar el diálogo con los hermanos, era el salmo 20. Un salmo de oración que en cuan alaba a Dios, se le pide auxilio, protección y cercanía, con su unción; mientras al mismo tiempo se centra la atención de la fe en su actuar. Siempre me ha llamado la atención el versículo «8», ya que es en el nombre de nuestro Dios donde se apoya y orienta la propia vida. Muchos de los que acudían lo hacían esperando recibir algo de Dios, pero no buscaban a Dios.

Algo sorprendente era alegrarnos con ellos y agradecer a Dios cuando comprendían lo importante que era dejar de lado toda confianza que habían depositado en el poder recibir algo de Dios, un milagrito o una repentina curación y ponerse delante de su presencia para recibir todo de Él: su amor incondicional.

Pasaron los años y la experiencia de ahondar más en esta bendita corriente de gracia en la que el Espíritu Santo me ha ido conduciendo, he podido comprobar cuán  grande el amor de nuestro Tata Dios, que en su Hijo muy amado, nuestro Señor y Salvador Jesucristo nos lo participa y bajo la portentosa acción de su Espíritu Santo nos lo hace gustar.

Estando en esta misión de servicio, de asesor de la RCC en este pueblo que camina en la iglesia de Mendoza, he podido constatar que aún hoy persiste este fiarse en otras cuestiones, menos en la promesa de Dios, cumplida en Jesús y actuada en Pentecostés.

En nuestra realidad sociocultural que va dando paso de lo rural a lo urbano con mucha reticencia, aún se mezcla la superstición con el esoterismo, el ocultismo con el fetichismo, lo mágico con lo mítico, la fantasía con el escepticismo.  Además la realidad geográfica de las altas montañas y su inmensidad, el enclave entre desierto y oasis, la extensión del cielo hace que se conjugue bien estos elementos. Si a todo esto, le sumamos hoy en día, la aparición del mundo de la nueva era, con su sincretismo espiritual sin precedente, que ha tenido una recepción inaudita en muchos fieles que su fe la tienen enraizada en estas cuestiones, el panorama que tenemos delante es aún más desafiante que en otros tiempos.

En el ya complejo mundo de la fe de nuestra gente ha hecho eclosión esta maraña de pseudo espiritualidades con un tinte marcadamente autoreferencial en que la búsqueda del bienestar armónico queda relegado a lo subjetivo de cada uno, alejando a la persona a un encuentro alegre y fecundo con los demás en lazos fraternos y al gozoso encuentro con el Dios amor.

En este transitar el jubileo de los 50 años de vida de esta corriente de gracia, hay que dejar que Espíritu Santo actúe de nuevo como en Pentecostés, alentándonos a vivir la experiencia del encuentro amoroso con el Dios vivo de Jesucristo, a dejarnos transformar por ese amor actuante y operante en nuestras vidas y a decidirnos de dejar definitivamente de lado todo otra opción en la cual estamos tentados de poner nuestra confianza. En el pasado fueron los carros y los caballos, instrumentos aptos para la conquista de metas que eran tierras sus pueblos y riquezas. Hoy, cada uno habría que preguntarse cuáles son estos instrumentos en que confío que me hacen, de manera egoísta, alcanzar, satisfacer mis propios deseos o metas, contrarios al amor que Dios me propone.