LA UNCIÓN

Padre Eduardo Toraño – Asesor RCC España

Hablar de “unción” es hablar del Espíritu Santo, porque ambos se identifican. Así cuando decimos que una persona, un lugar, un objeto o una acción está “ungida” estamos afirmando que está tomada por el Espíritu Santo. La “unción” es uno de los símbolos que identifica al Espíritu Santo: “El simbolismo de la unción con el óleo es también significativo del Espíritu Santo, hasta el punto de que se ha convertido en sinónimo suyo (cf. 1 Jn 2, 20. 27; 2 Co 1, 21)” . Así pues, el Espíritu Santo es la unción y todo lo que toca lo “unge”.

 La unción antes de Jesús

Hay una acción general del Espíritu Santo, que “llena la tierra y todo lo abarca” (Sab 1,7), ya que por Él se hizo el mundo (cf. Gén 1,2) y gracias a Él el hombre recibió la vida (cf. Gén 2,7; Job 27,3; 33,4; 34,14) y se mantiene en ella, pues sin el Espíritu nada puede subsistir (cf. Sal 104,29-30). Pero de modo particular el Espíritu muestra su presencia y su fuerza en algunas personas, lugares y objetos que son tocadas por el Espíritu. Esta presencia poderosa del Espíritu es lo que llamamos “unción”.

 En el Antiguo Testamento aparece la conexión entre Espíritu y unción cuando son ungidos con óleo los lugares y objetos para el culto donde Dios se hace presente de modo especial (cf. Éx 30,22-33), así como los sacerdotes (cf. Éx 30,30) y los reyes (cf. 1 Sam 10,1;16,12-13; 2 Sam 2,4; 5,3), que son elegidos y consagrados para una misión divina. Al ser ungidos reciben el Espíritu divino, como se dice del rey David: “Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante” (1 Sam 16,13).

También los profetas reciben la unción del Espíritu para su ministerio (cf. Neh 9, 30), como señala Isaías: “El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad; para proclamar un año de gracia del Señor, un día de venganza de nuestro Dios, para consolar a los afligidos” (Is 61,1-2). Como muestra este pasaje, el profeta recibe la unción del Espíritu para ser enviado y desempeñar así un ministerio de predicación, consuelo, sanación y liberación. En cuanto que ungido, el profeta es “el hombre de espíritu” (Os 9,7), en él “mora” el Espíritu (cf. Dn 4, 5-6.15), está en él (cf. Dn 6,4; 13,45), el Espíritu lo envía (cf. Ez 2,2; Is 48,16), inspira (cf. Is 59, 21; Zac 7,12), conduce (cf. Ez 3,24), lo posee (cf. Dn 5,11.14), lo arrebata e invade (cf. Ez 11,1.5.24), lo fortalece (cf. Mi 3,8; Zac 4,6), y puede transmitirlo a otros (cf. 2 Re 2,9-15).

En los albores del tiempo mesiánico de un modo más explícito el Espíritu se manifiesta con fuerte unción sobre los justos, como en Isabel (cf. Lc 1,41-42), Zacarías (cf. Lc 1,67ss), Simeón (cf. Lc 2,25-27), Ana (cf. Lc 2,36-38), y de un modo especial en Juan Bautista, del que se dice que “está lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno” (Lc 1, 15).

La unción en Jesús

Es con la venida del Mesías cuando la unción del Espíritu se da en plenitud en Jesús, el Cristo. Mesías, palabra hebrea que deriva de masah (“untar”), se traduce al griego por “Cristo” y significa “Ungido”, el que está “untado”, “impregnado”, del Espíritu. En Jesús se cumple plenamente la profecía de Isaías 61,1-4, como él mismo afirma (cf. Lc 4,18-19). De modo que todo lo dicho de los profetas se puede decir de Él en modo superlativo: el Ungido es el que vive inmerso en el Espíritu, es habitado por él, poseído, invadido, tomado por completo. Por eso tiene el Espíritu en plenitud: “Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor” (Is 11,2; cf. Is 28,5-6).

 Jesús es el Cristo (el Ungido). Pero, ¿quién lo unge?, ¿con qué es ungido? La respuesta la tenemos en Hch 10,38: “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo”. El Padre es el que unge al Hijo, que es el Ungido, y el Espíritu Santo la unción: “El que ha ungido, es el Padre. El que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la unción” (S. Ireneo de Lyon, Contra las herejías 3, 18, 3).

 Desde la encarnación Jesús es el Mesías, el Cristo, el “ungido del Padre” , pues es concebido por la Virgen María por obra del Espíritu Santo y su humanidad es santificada desde el primer momento por el Espíritu: “El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es «Cristo», es decir, el ungido por el Espíritu Santo (cf. Mt 1,20; Lc 1,35), desde el principio de su existencia humana” (CEC 486). Desde este momento es llamado “Cristo” (Mesías): “os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11).

 En el bautismo del Jordán (cf. Mt 3,16-17) el Espíritu Santo desciende sobre Jesús con vistas a la misión y con la fuerza del Espíritu Jesús comienza su ministerio mesiánico (cf. CEC 438): “por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en Él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres” (Prefacio de la fiesta del Bautismo del Señor).

 El ungido, el que está invadido por el Espíritu, se deja llevar por Él sin poner obstáculos, como hizo Jesús después de ser bautizado en el Jordán, aunque esto suponga combate: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo” (Lc 4,1-2). Jesús, en obediencia a la voluntad del Padre, se deja dócilmente conducir por el Espíritu Santo y lucha contra Satanás. Al dejar el desierto “Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu” (Lc 4,14). De modo que la unción de la encarnación perdura para siempre como una presencia permanente del Espíritu, que lo llena (cf. Lc 4,1), guía (cf. Lc 4,2) y acompaña con su poder (cf. Lc 4,14). Con el poder del Espíritu Jesús predicará con autoridad y obrará milagros, curaciones, exorcismos “por el Espíritu de Dios” (Mt 12,28). Pero la presencia y acción del Espíritu será plena cuando Jesús resucite, pues ahí es donde es “constituido plenamente «Cristo» en su humanidad victoriosa de la muerte (cf. Hch 2, 36)”.

La unción en nosotros

Jesús es el Ungido no solo en su divinidad, sino también en su humanidad con el fin de que todo lo humano pueda recibir el Espíritu y ser así ungido. Como hombre Jesús es prototipo y modelo de unción para nosotros. Por eso nos llamamos cristianos, es decir “ungidos” por el Espíritu Santo (cf. 1 Jn 2,20.27; 2 Cor 1,21).

En particular, se recibe la unción para una misión concreta. Como Jesús, que fue ungido en el Jordán para desarrollar un ministerio público de consuelo y misericordia: “Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch 10,37-38). Jesús realizó su misión porque “Dios estaba con Él”, ya que había recibido la unción, por la cual el Espíritu Santo había puesto su morada en Él.

 En el Sacramento del Bautismo la unción del Espíritu Santo nos configura con Cristo participando sacramental del misterio pascual (somos “cristificados”). Luego, en la Confirmación recibimos la unción para ser testigos misioneros. Además de la unción recibida en los Sacramentos, hay una unción más específica que tiene que ver con la llamada particular a través de la cual el Espíritu se hace presente y actúa en cada uno de nosotros para el bien de los hermanos. Por tanto, en cuanto que somos bautizados todos los cristianos estamos ungidos porque el Espíritu habita por la gracia santificante en nosotros, en cuanto confirmados somos ungidos para ser evangelizadores y en cuanto que tenemos una vocación específica somos ungidos de modo concreto para realizar ese servicio. En resumen, la unción es la presencia del Espíritu que hace eficaz toda palabra y obra, y así transforma al ungido y a los que Él sirve.

Lo que Hagan, Háganlo con Amor (1Cor 16,14)

Lema de RCC Argentina 2019