BEATIFICACIÓN DEL CARDENAL PIRONIO

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Misa en vivo III Domingo de Adviento

Transmisión desde el Santuario Nuestra Señora de Luján

BEATIFICACIÓN DEL CARDENAL PIRONIO

El beato cardenal Pironio, un milagro de la Virgen de Luján

En en Santuario de Luján, en Argentina, el próximo beato fue ordenado sacerdote en 1943, allí fue consagrado obispo en 1964, y también allí fue sepultado en 1998.
 

Enrique Ciro Bianchi

En estos días la Iglesia argentina se prepara para vivir la fiesta de la beatificación del cardenal Eduardo Francisco Pironio. La celebración será en Luján, donde se venera desde 1630 una imagen de la Inmaculada, que en 1930 fue declarada patrona de la Argentina. El lugar elegido no podía ser más acertado, ya que la vida de Pironio estuvo profundamente vinculada al acontecimiento de gracia que Dios despliega en Luján. “Allí en el corazón de Nuestra Señora, en su santuario de Luján está todo lo mío” decía en una carta a un historiador lujanense.

La Virgen María, con su cálida presencia materna, fue muy importante tanto en la vida de fe como en la reflexión del cardenal Pironio. A Ella le dedicó gran cantidad de escritos y –como reconoce en su testamento espiritual– de Ella brotó la fecundidad de su ministerio: “¡Magnificat! Agradezco al Señor que me haya hecho comprender el Misterio de María en el Misterio de Jesús y que la Virgen haya estado tan presente en mi vida personal y en mi ministerio. A ella le debo todo. Confieso que la fecundidad de mi palabra se la debo a Ella. Y que mis grandes fechas –de cruz y de alegría- siempre fueron fechas marianas”.

Esta intensa espiritualidad mariana encontraba su concreción sobre todo en su devoción a Nuestra Señora de Luján. En su Santuario fue ordenado sacerdote en 1943, allí fue consagrado obispo en 1964, y también allí fue sepultado en 1998. Esta advocación se había arraigado en lo más hondo de su personalidad, tanto que vivió con la convicción de que su propia vida era un milagro de la Virgen de Luján. Esto lo relata detalladamente en una carta que le envía a monseñor Presas, conocido historiador lujanense,  y que hoy puede leerse en la Basílica de Luján cerca de donde descansan sus restos. En ella da un testimonio que sería difícil de creer si no fuera por la credibilidad del testigo. Cuenta que su madre, Enriqueta,  quedó gravemente enferma después de tener su primer hijo y unos misioneros: “le dijeron a mi padre que en el primer tren que pudiera tomar fuese a Luján y pidiese a los Padres de la Basílica un algodón mojado en la lámpara que arde frente a Nuestra Señora; así lo hizo mi padre, regresó inmediatamente y frotó con ese aceite a mi madre; ella comenzó a restaurar su salud y a estar perfectamente bien”.

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Pero el milagro no terminó allí. El médico le había diagnosticado a Enriqueta que no podría tener más hijos porque ciertamente moriría. Ella se lo contó en confesión a monseñor Alberti, obispo auxiliar de La Plata, y este le dijo: “Señora, los médicos también pueden equivocarse, tenga confianza en el Señor; yo ahora voy a celebrar la misa en el altar de Nuestra Señora de Luján por usted”. La historia tuvo un final feliz que así remata Pironio: “Total que mi madre vivió hasta los 82 años y tuvo 22 hijos, yo soy el último de ellos” ¡Veintidós milagros hizo la Virgen de Luján en esa familia! El día de las exequias de Pironio en Roma, el Papa Juan Pablo II recordaba en su homilía esta anécdota y la enriquecía con otro dato que alguna vez Pironio había contado en una entrevista: “después fui nombrado obispo auxiliar de La Plata, precisamente en el cargo de aquel que había bendecido a mi madre. El día de mi ordenación episcopal el arzobispo me regaló la cruz pectoral de aquel obispo, sin saber la historia que había detrás. Cuando le revelé que debía la vida al propietario de aquella cruz, lloró”.

Esta centralidad que Pironio le otorgaba a la Virgen de Luján está plasmada también en el artículo “María y la Argentina” que escribió en L’Osservatore Romano con ocasión de la fiesta litúrgica de Nuestra Señora de Luján el 8 de mayo de 1987, a pocos días de la Jornada Mundial de la Juventud que se realizó en Argentina. Allí presenta una bella página mariológica que trasunta una espiritualidad mariana sobria y profunda. El tono es testimonial, a partir de la contemplación de la obra de María en su vida y la del pueblo. Creemos que presentar una breve reseña puede ayudar a disponernos a entrar en la atmósfera celebrativa de la beatificación en Luján.

En su artículo, Pironio plantea que hablar de la Virgen y la Argentina supone una lectura del paso de Dios en nuestra historia: “No cuesta hablar sobre María (quizás cueste hablar bien, como Ella se lo merece). En cambio cuesta (por lo menos a mí) hablar de “María y la Argentina”; porque habrá que hablar de toda la historia de nuestro pueblo, con fechas y nombres, acontecimientos, visitas, dolores y esperanzas. Cuando Argentina nace como nación independiente (1810) ya hace casi dos siglos que María se ha instalado en Luján (1630) y plantado su trono de gracia en pleno corazón de las pampas argentinas”.

Pironio entiende el milagro de Luján a la luz de la historia de su patria. Luján es un cruce de coordenadas entre la Madre de Dios y la Argentina. Una especie de Nazareth para nuestro pueblo, el lugar donde la Virgen lo da a luz y lo hace cristiano: “Desde allí –como en Nazareth de Galilea– María engendró a nuestro pueblo, lo cuidó e hizo crecer, lo incorporó a su fe y su fidelidad, lo hizo simultáneamente creyente y argentino, le dio su fisonomía propia y lo mantuvo en la fe cristiana y en la unidad de hermanos”.

Luego presenta tres aspectos de la piedad mariana del pueblo argentino en torno a las tres virtudes teologales. En primer lugar la fe. La Virgen nos engendra como pueblo desde su propia fe. Una fe que en nuestro Continente tiene un tinte mariano: “la semilla del Evangelio había sido sembrada en nuestra tierra por los primeros evangelizadores, con sabor a María”. La fe en María lleva a ser comunicada, especialmente a los jóvenes, que peregrinan a los santuarios y llevan su Imagen sagrada a los pobres. Es una fe que se traduce en una oración sencilla y confiada. Como madre, la Virgen desde Luján constituye un punto de encuentro de los argentinos para construir una patria de hermanos: “diría que pertenece a su propia identidad”.

La esperanza es algo que se ve en las peregrinaciones a los santuarios marianos, especialmente el de Luján, “que constituye como el corazón espiritual del país”. Pironio afirma que “la historia del país pasa por allí; no hay acontecimiento importante, eclesial o civil, que no tenga relación con Luján”. Las peregrinaciones son un signo de la presencia de la esperanza en el pueblo. La esperanza empuja para llegar a la Virgen y en el encuentro se renueva la vida. “Se llega a Luján para estar con Nuestra Señora, celebrar el encuentro y volver a caminar hacia la vida”.  

Pironio confiesa que siempre le ha impresionado la oración confiada y silenciosa de los pobres y los enfermos en Luján: “Esta es, me parece, una característica de todos los santuarios: el encuentro silencioso y confiado de los que sufren con su Madre y esperan con Ella. Le piden a Ella y con Ella rezan al Hijo”. También el camino de los jóvenes a Luján merece destacarse, es fuente de esperanza y signo de que Dios obra en el corazón del pueblo: “El camino hacia Luján –o hacia otro santuario mariano– constituye para nosotros el signo de una patria nueva, siempre idéntica a sí misma y a sus tradiciones, pero que va rehaciéndose como patria de hermanos”.

Por último, habla de la caridad mirando a María en Luján como punto de encuentro entre todos los argentinos. “Allí no importan las diferencias sociales, los colores políticos, ni siquiera la diversidad de creencias. En María coinciden popularmente todos”. Para Pironio, la Virgen acompaña al pueblo argentino en su historia como una madre. Esto es, lo va gestando y va trabajando por su unidad: “Hay una unidad nacional profunda que es dada desde María; lo dijimos antes: el pueblo argentino ha nacido como realidad nacional en el corazón de la Virgen. María es verdaderamente ‘la Madre’ del pueblo argentino”. Ella está de tal modo en el corazón del pueblo que constituye una fuerza de unidad desde donde resistir a tantas tensiones disolventes: “Los argentinos coincidimos en María; por eso las tensiones y contrastes –incluso la violencia– no pueden quebrar nuestra unidad nacional, nuestra solidaridad latinoamericana, nuestra fraternidad universal”.

Para Pironio, el amor de los peregrinos por la Virgen brota de la experiencia del amor de Dios. “Uno llega a Luján porque se siente invitado y acogido. Uno está allí con la seguridad de ser mirado y comprendido”. Más allá de que haya sido concedida o no la gracia que se pida, “uno sale de Luján con una experiencia más honda de que Dios es amor y con la seguridad de que María viene con nosotros a caminar y entra más profunda y maternalmente en nuestra casa”. El ámbito de ternura maternal que el peregrino encuentra en Luján reanima la vida cristiana: “Cuando se va a Luján, uno vuelve infaliblemente más cristiano y más fraterno, más alegre y más sereno, más fuerte y esperanzado”.

Como hemos visto, la historia de santidad de Pironio se fue entretejiendo al calor de la presencia materna de la patrona de los argentinos. Ella también estuvo presente en la hora decisiva de su vida. Así se desprende del testimonio del cardenal Fernando Vérgez Alzaga, quien fue su secretario durante 23 años y será el enviado papal para la beatificación. En 2008 les contaba a los sacerdotes argentinos que una imagen de la Virgen de Luján acompañó a Pironio en su lecho de muerte y para ella fueron sus últimas palabras: “Dirigiendo su mirada a la imagen de la Virgen de Luján que tenía frente a su cama, su rostro se iluminó y exclamó: ¡María!, ¡María!, ¡Madre!, ¡Madre!”

 

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