CHARIS Resumen de Prensa

CHARIS Resumen de Prensa

RESUMEN DE NOTICIAS

JUNIO 2019

AICA. 8 Junio 2019

El Papa a la Renovación Carismática:

El Papa a la Renovación Carismática: «Bautismo, comunión y servicio»

Ciudad del Vaticano (AICA): El Papa Francisco recibió en la mañana del sábado 8 de junio en el Aula Pablo VI del Vaticano a los participantes en el Congreso Internacional de los líderes de la Renovación Carismática Católica (CHARIS), a quienes alentó al servicio y a la comunión.  Leer Noticia 

CHARIS. Junio 2019

Saludo de Jean-Luc Moens, moderador de Charis, al santo padre Francisco, durante a 1.ª Conferencia Internacional

Saludo de Jean-Luc Moens, moderador de CHARIS, al Santo Padre Francisco, durante a 1.ª Conferencia Internacional

Querido Santo Padre: Gracias por recibirnos en esta vigilia de Pentecostés en este lugar, para orar al Espíritu Santo con usted y abrir nuestros oídos a sus palabras sobre el caminar de la Renovación Carismática Católica al servicio de la Iglesia universal. Leer Noticia 

vaticannews. 8 de junio 2019

Vigilia de Pentecostés. El Papa: el Espíritu nos ayuda a escuchar el grito de la ciudad

Homilía del Santo Padre en la Santa Misa en la Vigilia de Pentecostés, celebrada este sábado, 8 de junio, en la Plaza de San Pedro: “Dejémonos llevar de la mano del Espíritu e ir en medio del corazón de la ciudad para escuchar su grito”.  Leer Noticia 

Agencia SIC. 11 de junio 2019

Charis, una experiencia para toda la Iglesia

CHARIS, una experiencia para toda la Iglesia

Se trata de compartir la gracia del Bautismo en el Espíritu Santo a toda la Iglesia, a través de este Organismo querido por el Papa Francisco. Los delegados iniciaron su misión en el domingo de Pentecostés y por un período de tres años. Entrevista a José Prado Flores, delegado.  Leer Noticia 

catholic.net junio 2019

Renovación Carismática, corriente de gracia, sean testigos de ese amor

Renovación Carismática, corriente de gracia, sean testigos de ese amor

Discurso del Santo Padre a los participantes en el Congreso Internacional de los líderes de la Renovación Carismática Católica – CHARIS.  Leer Noticia 

zenit 5 junio 2019

CHARIS, nuevo Servicio Internacional para la Renovación Carismática

CHARIS, nuevo Servicio Internacional para la Renovación Carismática

El Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida estableció en diciembre de 2018 un nuevo Servicio único para la corriente de gracia de Renovación Carismática Católica, dándole el nombre de CHARIS, Catholic Charismatic Renewal International Service, Servicio Internacional para la Renovación Carismática Católica. Leer Noticia 

Vatican News 5 junio 2019

CHARIS, un Servicio de comunión entre todas las realidades de la Renovación

“CHARIS es una realidad nueva pero muy querida por el Papa Francisco, que está en su corazón un único servicio para toda la Renovación Carismática Católica en el mundo”, lo dijo el P. Alexandre Awi Mello, I.Sch., Secretario del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida en la presentación de la Conferencia Internacional de los Servidores organizado por CHARIS.

RCC Argentina Octubre 2018

 

Expresiones Carismáticas de Argentina camino a CHARIS

26 de Octubre de 2018, en Villa Giardino, provincia de Córdoba, nos reunimos los responsables de las distintas Expresiones en el marco del Encuentro Nacional de la Renovación Carismática Católica. Siguiendo el deseo de Jesús de “que todos seamos uno” (Juan 17, 21)

Vatican News 8 junio 2019

Pope Francis – Audience – Leaders of the Catholic Charismatic Renewal 2019-06-08

From the Paul VI Hall, Audience of Pope Francis with participants in the International Conference of leaders of the Catholic Charismatic Renewal

AICA 9 Junio 2019

El Papa a la Renovación Carismática: «Bautismo, comunión y servicio»

Ciudad del Vaticano (AICA): El Espíritu “cambia la vida” de la Iglesia y del mundo, recordó el Papa Francisco, durante la homilía de la misa de la solemnidad de Pentecostés, celebrada en la mañana de hoy, domingo 9 de junio, en la Plaza de San Pedro junto con decenas de cardenales, obispos y sacerdotes.  Leer Noticia 

Pentecostés: El Espíritu es la primera y última necesidad de la Iglesia

vaticannews. Junio 2019

P. Cantalamessa: Renovación Carismática, un camino de continua renovación

El P. Cantalamessa participó en la Conferencia Internacional de Líderes de la Renovación Carismática Católica que se realizó en el Vaticano  Leer Noticia 

vaticannews. Junio 2019

CHARIS: el nuevo Servicio para la Renovación Carismática Católica

En el día de Pentecostés, se pondrá en marcha CHARIS, un nuevo único Servicio para la Renovación Carismática Católica. Vatican News (VN) ha pedido al padre Alexandre Awi Mello, Secretario del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida y a Jean-Luc Moens, primer Moderador de CHARIS, que nos presenten este nuevo Servicio pedido por el mismo Papa Francisco  Leer Noticia 

Charis: el nuevo servicio para la Renovación Carismática Católica

ACI Prensa. 7 Junio 2019

Así será reforma de la Renovación Carismática Católica alentada por el Papa

El próximo domingo 9 de junio, Solemnidad de Pentecostés, entrará en vigor la nueva realidad eclesial que agrupa a todos los Movimientos de Renovación Carismática Católica, una medida alentada por el Papa Francisco.  Leer Noticia

Así será reforma de la Renovación Carismática Católica alentada por el Papa

Rome Reports. 6 Junio 2019

Papa se reunirá con carismáticos católicos con motivo del inicio del CHARIS

laityfamilylife. 4 Junio 2019

Entra en acción CHARIS, el Servicio único Internacional de la Renovación Carismática Católica

El 9 de junio, solemnidad de Pentecostés, comenzará oficialmente el nuevo y único Servicio Internacional de la Renovación Carismática Católica, Charis (Catholic Charismatic Renewal International Service). En este mismo día, ICCRS y la Catholic Fraternity dejarán de existir. El Papa Francisco ha querido que CHARIS fuera constituida ya que ésta marca una nueva etapa para la Renovación Carismática Católica como Corriente de Gracia en el corazón de la Iglesia. Leer más

laityfamilylife. 8 Junio 2019

Hoy comienza una nueva etapa, señalada por la comunión entre todos los miembros de la familia carismática

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS PARTICIPANTES EN LA CONFERENCIA INTERNACIONAL PARA LOS LÍDERES DE LA RENOVACIÓN CARISMÁTICA CATÓLICA. Leer más

laityfamilylife. 7 Junio 2019

Un estímulo a la evangelización y a la unidad

Los superiores del Dicasterio en el acto inaugural del nuevo Organismo al servicio de la Corriente de Gracia de la Renovación Carismática Católica.  Leer más

RCC una corriente de gracia para toda la Iglesia

RCC una corriente de gracia para toda la Iglesia

 

 

 

Roma, Aula Pablo VI, 8 de junio de 2019; Inauguración del servicio de CHARIS

Parto de la convicción compartida por todos nosotros, y a menudo repetida por el papa Francisco, de que la Renovación Carismática Católica (RCC) es «una corriente de gracia para toda la Iglesia». Si la RCC es una corriente de gracia para toda la Iglesia, tenemos el deber de explicarnos a nosotros mismos y a la Iglesia en qué consiste esta corriente de gracia y por qué está destinada y es necesaria para toda la Iglesia. Explicar, en definitiva, qué somos y qué ofrecemos —mejor, qué ofrece Dios— a la Iglesia con esta corriente de gracia.

De hecho, hasta ahora no hemos sido capaces —ni podíamos serlo— de decir con claridad qué es la Renovación Carismática.

En efecto, es necesario experimentar una forma de vida antes de poderla definir. Así ha sucedido siempre en el pasado, con ocasión de la aparición de nuevas formas de vida cristiana. Pobres de esos movimientos y órdenes religiosas que nacen con mucho de regla y de constituciones establecidas minuciosamente de partida, que hay que poner luego en práctica como un protocolo a seguir. Es la vida la que, progresando, adquiere una fisonomía y se da una regla, como el río, al avanzar, se excava su propio lecho. 

El Padre Raniero Cantalamessa, asesor eclesiástico de Charis, se dirigió en el Vaticano a los miembros de la Renovación Carismático con dos enseñanzas que presentamos traducidas del italiano

Debemos reconocer que hasta ahora hemos dado a la Iglesia ideas y representaciones de la Renovación Carismática diferentes y a veces contradictorias. Bastaría hacer una pequeña encuesta entre las personas que viven fuera de ella, para darnos cuenta de la confusión que reina en torno a la identidad de la Renovación Carismática. 

Para algunos, es un movimiento de «entusiastas», no distinto de los movimientos «entusiastas e iluminados» del pasado, el pueblo del Aleluya, de las manos alzadas, que rezan y cantan en un lenguaje incomprensible, un fenómeno, en definitiva, emocional y superficial. Puedo decirlo con conocimiento de causa porque también yo, durante mucho tiempo, estaba entre los que pensaban así.

Para otros será identificado con personas que realizan oraciones de curación y realizan exorcismos; para otros incluso se trata de una «infiltración» protestante y pentecostal en la Iglesia católica. En el mejor de los casos la Renovación Carismática es vista como una realidad en la que se puede confiar para muchas cosas en la parroquia, pero por la que es mejor no dejarse implicar.

Como ha dicho alguien, gustan los frutos de la Renovación, pero no el árbol.

Después de 50 años de vida y de experiencia y con ocasión de la inauguración del nuevo organismo de servicio que es CHARIS, quizás ha llegado el momento de intentar hacer una relectura de esta realidad y dar una definición, aunque no sea definitiva, pues su camino no está del todo concluido.

Yo creo que la esencia de esta corriente de gracia está providencialmente encerrada en su nombre «Renovación Carismática», con la condición de comprender el verdadero significado de estas dos palabras. Es lo que me propongo hacer, dedicando la primera parte de mi intervención al sustantivo «Renovación» y la segunda parte al adjetivo «carismática».   

Primera parte: «Renovación»

Es necesario anteponer una premisa de carácter general para entender la relación que existe entre el sustantivo «renovación» y el adjetivo «carismática», y qué representa cada uno de ellos. 

En la Biblia surgen claramente dos modos de obrar del Espíritu de Dios. Existe, ante todo, la forma que podemos llamar carismática. Consiste en el hecho de que el Espíritu de Dios viene sobre algunas personas, en circunstancias especiales, y les otorga dones y capacidades por encima de la capacidad humana para desempeñar la tarea que Dios espera de ellas. Se habla del Espíritu de Dios que viene sobre algunas personas y les otorga sus dones artísticos para la construcción del templo (cf. Ex 31,3), que «irrumpe» sobre Sansón y le da un don de fuerza para guiar las batallas de Dios (Jue 14,6), viene sobre Saúl y lo unge rey (1 Sam 10,6), viene sobre los profetas y ellos profetizan (Is 61,1). La característica de este modo de obrar del Espíritu de Dios es que se da a una persona, pero no para la persona misma, para hacerla más agradable ante Dios, sino para el bien de la comunidad, para el servicio. Algunos de los que en el Antiguo Testamento reciben estos dones terminarán llevando una vida en absoluto conforme con el querer de Dios.

Sólo en un segundo momento, prácticamente tras el exilio, se empieza a hablar de un modo distinto de actuar del Espíritu de Dios, un modo que posteriormente se llamará la acción santificadora del Espíritu (2 Tes 2,13). Por primera vez en el salmo 51 el Espíritu se define como «santo»: «No me quites tu Santo Espíritu». El testimonio más claro es la profecía de Ezequiel 36,26-27:

«Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis leyes y haré que observéis y pongáis en práctica mis mandatos». 

La novedad de este modo de actuar del Espíritu es que será sobre una persona y permanece en ella y la transforma desde el interior, dándole un corazón nuevo y una capacidad nueva de observar la ley. A continuación, la teología llamará al primer modo de actuar del Espíritu «gratia gratis data», don gratuito, y al segundo «gratia gratum faciens», gracia que hace agradables a Dios.

Pasando del Antiguo al Nuevo Testamento, este doble modo de actuar del Espíritu se hace incluso más claro. Basta leer primero el capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios donde se habla de todo tipo carismas, y luego pasar al capítulo siguiente, el 13, donde se habla de un don único, igual y necesario para todos que es la caridad. Esta caridad es «el amor de Dios derramado en los corazones mediante el Espíritu Santo» (Rom 5,5), el amor —así lo define santo Tomás de Aquino— «con el que Dios nos ama a nosotros y con el que nos hace capaces de amarle a él y a los hermanos»[1].

La relación entre la obra santificadora del Espíritu y su acción carismática es vista por Pablo como la relación que existe entre el ser y el actuar y como la relación que existe entre la unidad y la diversidad en la Iglesia. La acción santificadora se refiere al ser del cristiano, los carismas se refieren al actuar, al servicio; la primera fundamenta la unidad de la Iglesia, la segunda, la variedad de sus funciones. Sobre esto basta leer Efesios 4,4-13. Allí el Apóstol expone primero lo que fundamenta el ser del cristiano y la unidad de todos los creyentes: un solo cuerpo, un solo Espíritu, un solo Señor, una sola fe, para pasar a hablar de la «gracia dada a cada uno según la medida del don de Cristo»: apóstoles, evangelistas, maestros… 

Es cierto que el carisma no se dado por causa, o de cara a la santidad de una persona, pero también es cierto que no se mantiene sano e incluso se corrompe y termina por provocar daños, si no reposa sobre el terreno de una santidad personal. Recordar la prioridad de la obra santificadora del Espíritu sobre la carismática es la contribución específica que la RCC puede llevar al movimiento evangélico y pentecostal, los cuales —es útil recordarlo— tuvieron entre sus matrices el llamado «movimiento de santidad» (Holiness Movement).

El Apóstol no se limita a poner de relieve los dos modos de obrar del Espíritu, sino que afirma también la prioridad absoluta de la acción santificadora sobre la acción carismática. El obrar depende del ser (agere sequitur esse), no al revés. Pablo pasa revista a la mayoría de los carismas —hablar todas las lenguas, poseer el don de profecía, conocer todos los misterios, distribuir todo a los pobres— y concluye que, sin la caridad, no servirían de nada a quien los ejercita, aunque puedan beneficiar a quien los recibe.

Todo lo que he dicho de la acción renovadora y santificadora del Espíritu se encierra en el sustantivo «Renovación». ¿Por qué justamente ese término? ¿Por qué llamamos «Seminario de vida nueva en el Espíritu» al instrumento con el que uno se preparaba para recibir el bautismo en el Espíritu? La idea de novedad acompaña desde el principio hasta el final la revelación de la acción santificadora del Espíritu. Ya en Ezequiel se habla de un «Espíritu nuevo». Juan habla de un «nacer de nuevo por el agua y del Espíritu» (Jn 3,5). Pero es sobre todo san Pablo quien ve en la «novedad» lo que caracteriza a toda la «nueva alianza» (2 Cor 3,6). Él define al creyente como un «hombre nuevo» (Ef 2,15; 4, 24) y al bautismo como «un baño de renovación en el Espíritu Santo» (Tit 3,5).

Lo que hay que poner en claro enseguida es que esta vida nueva es la vida traída por Cristo. Es él quien al resucitar de la muerte nos ha dado la posibilidad gracias a nuestro bautismo, de «caminar en una vida nueva» (Rom 6,4). Por tanto, es don, antes que deber, y un «hecho», antes que un «tener que hacer». En este momento se necesita una revolución copernicana en la mentalidad común del creyente católico (¡no en la doctrina oficial de la Iglesia!) y esta es una de las contribuciones más importantes que la Renovación Carismática puede aportar —y ya ha traído en parte— a la vida de la Iglesia. Durante siglos se ha insistido mucho sobre la moral, el deber, sobre qué hacer para ganar la vida eterna, hasta invertir la relación y poner el deber antes que el don, haciendo de la gracia el efecto, en lugar de la causa, de nuestras buenas obras. 

Incluso después de que el concilio de Trento, en respuesta a la reforma protestante, había reafirmado la verdadera doctrina católica de la prioridad de la gracia, la predicación popular, la dirección espiritual, en definitiva, la pastoral de la Iglesia, incluso en reacción a la posición extrema de Lutero, siguió insistiendo en las obras más que en la gracia. Yo también hablo aquí por experiencia personal porque es la formación que yo mismo recibí y que era común antes del Concilio en los lugares de formación. Una formación denominada «voluntarista» por la insistencia unilateral sobre el papel del esfuerzo humano. 

La Renovación Carismática, concretamente el bautismo en el Espíritu, ha obrado dentro de mí aquella revolución copernicana de la que hablaba y por eso estoy íntimamente convencido de que puede realizarla en toda la Iglesia. Y es la revolución de la que depende la posibilidad de evangelizar nuevamente el mundo post-cristiano. La fe brota en presencia del kerygma, no en presencia de la didaché, es decir, no en presencia de la teología, de la apologética, de la moral. Estas cosas son necesarias para «formar» la fe y llevarla a la perfección de la caridad, pero no soy capaz de generarla. El cristianismo, a diferencia de cualquier otra religión, no comienza diciendo a los hombres lo que deben hacer para salvarse; empieza diciendo lo que Dios ha hecho, en Cristo Jesús, para salvarlos. Es la religión de la gracia. 

No hay peligro de que de este modo se caiga en el «quietismo», olvidando el compromiso por la adquisición de las virtudes. La Escritura y la experiencia no dejan escapatoria sobre este punto: el signo más cierto de la presencia del Espíritu de Cristo no son los carismas, sino los «frutos del Espíritu». La RC debe, más bien, cuidarse de otro peligro: lo que san Pablo reprocha a los Gálatas: «terminar con la carne después de haber comenzado con el Espíritu» (cf. Gál 3,3), es decir, volver a un viejo legalismo y moralismo que sería exactamente la antítesis de lo que se entiende por «Renovación». Existe también, es cierto, el peligro opuesto de hacer de la libertad «un pretexto para vivir según la carne» (Gál 5, 13), pero ello es más fácilmente reconocible.  

En qué consiste la vida nueva en el Espíritu

Pero ahora ha llegado el momento de bajar más a lo concreto y ver en qué consiste y cómo se manifiesta la vida nueva en el Espíritu y en qué consiste la verdadera «Renovación». Nos apoyamos en san Pablo y más concretamente en su Carta a los Romanos, porque es allí donde, casi programáticamente, se exponen sus elementos constitutivos. 

Una vida vivida en la ley del Espíritu

La vida nueva es, ante todo, una vida vivida «en la ley del Espíritu». 

No hay ninguna condena para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu, que da vida en Cristo Jesús, te liberó de la ley del pecado y de la muerte (Rom 8, 1-2).

No se entiende qué significa la expresión «ley del Espíritu» si no es a partir del acontecimiento de Pentecostés. En el Antiguo Testamento existieron dos interpretaciones fundamentales de la fiesta de Pentecostés. Al comienzo, Pentecostés era la fiesta de la cosecha (cf. Núm 28,26ss), cuando se ofrecía a Dios la primicia del trigo (cf. Ex 23,16; Dt 16,9). Pero posteriormente, y ciertamente en el tiempo de Jesús, la fiesta se había enriquecido con un nuevo significado. Era la fiesta que recordaba la entrega de la ley sobre el monte Sinaí y la alianza establecida entre Dios y su pueblo; la fiesta, en definitiva, que conmemoraba los acontecimientos descritos en Ex 19-20. «Este día de la fiesta de las semanas —dice un texto de la actual liturgia judía de Pentecostés (Shavuot)— es el tiempo del don de nuestra Torá». 

Parece que san Lucas ha descrito deliberadamente la venida del Espíritu Santo con los rasgos que marcaron la teofanía del Sinaí; usa, efectivamente, imágenes que recuerdan las del terremoto y del fuego. La liturgia de la Iglesia confirma esta interpretación, desde el momento que inserta Ex 19 entre las lecturas de la vigilia de Pentecostés.

¿Qué viene a decirnos, de nuestro Pentecostés, esta aproximación? ¿Qué significa, en otras palabras, el hecho de que el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia precisamente en el día en que Israel recordaba el don de la ley y de la alianza? Ya san Agustín se planteaba esta pregunta y daba la siguiente respuesta. Cincuenta días después de la inmolación del cordero en Egipto, en el monte Sinaí, el dedo de Dios escribió la ley de Dios sobre tablas de piedra, y he aquí que cincuenta días después de la inmolación del verdadero Cordero de Dios que es Cristo, de nuevo el dedo de Dios, el Espíritu Santo, escribe la ley; pero esta vez no en tablas de piedra, sino sobre las tablas de carne de los corazones[2].

Esta interpretación se basa sobre la afirmación de Pablo, que define a la comunidad de la Nueva Alianza como una «carta de Cristo, compuesta no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne de los corazones» (cf. 2 Cor 3,3).

            De golpe, se iluminan las profecías de Jeremías y de Ezequiel sobre la Nueva Alianza: «Esta será la alianza que yo pactaré con la casa de Israel, después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mi Ley en su alma, la escribiré en su corazón» (Jer 31,33). No ya sobre tablas de piedra, sino sobre corazones; no ya una ley exterior, sino una ley interior. 

¿Cómo actúa, en concreto, esta nueva ley que es el Espíritu y en qué sentido se puede llamar «ley»? ¡Actúa mediante el amor! La ley nueva es lo que Jesús llama el «mandamiento nuevo» (Jn 13,34). El Espíritu Santo ha escrito la nueva ley en nuestros corazones, infundiendo en ellos el amor: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). Este amor, nos ha explicado santo Tomás, es el amor con el que Dios nos ama y con el que, al mismo tiempo, hace que nosotros podamos volverlo a amar y amar al prójimo. Es una capacidad nueva de amar. 

Hay dos maneras según las cuales el hombre puede ser inducido a hacer, o a no hacer, cierta cosa: o por coacción o por atracción; la ley exterior lo induce del primer modo, por coacción, con la amenaza del castigo; el amor lo induce del segundo modo, por atracción. De hecho, cada uno es atraído por lo que ama, sin que sufra ninguna coacción desde el exterior. La vida cristiana debe ser vivida por atracción, no por coacción, por amor, no por temor.

Una vida de hijos de Dios 

En segundo lugar, la vida nueva en el Espíritu es una vida de hijos de Dios. Escribe también el Apóstol:

«Todos aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. 15Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el miedo, sino que habéis recibido el Espíritu que hace hijos adoptivos, por medio del cual exclamamos: “¡Abbá! ¡Padre!” 16El Espíritu mismo, junto a nuestro espíritu, testifica que somos hijos de Dios» (Rom 8,14-16). 

Esta es una idea central del mensaje de Jesús y de todo el Nuevo Testamento. Gracias al bautismo que nos ha injertado en Cristo, hemos sido hechos hijos en el Hijo. ¿Qué puede llevar de nuevo a la Renovación Carismática a este campo? Una cosa importantísima, a saber, el descubrimiento y la toma de conciencia existencial de la paternidad de Dios que ha hecho que más de uno rompa a llorar en el momento del bautismo en Espíritu. De derecho nosotros somos hijos por el bautismo, pero de hecho lo llegamos a ser gracias a una acción del Espíritu Santo que continúa en la vida. 

Y he aquí en qué consiste la obra del Espíritu Santo. Mientras el hombre vive en el régimen del pecado, Dios, dice el Apóstol, se le presenta inevitablemente como un antagonista y como un obstáculo. Respecto del Padre celestial, hay una sorda enemistad que la ley no hace más que poner de relieve. El hombre «cae en la concupiscencia», quiere determinadas cosas. Ambiciona el poder, el placer, la gloria y Dios se le presenta como aquel que le bloquea la carretera, oponiéndose a esos deseos con sus imperiosos: «Tú debes», «Tú no debes»: «Tú no debes desear la mujer de los otros», «Tú no debes desear las pertenencias ajenas». «Los deseos de la carne están en rebelión contra Dios, porque no se someten a su ley» (Rom 8,7). El hombre viejo está en rebelión contra su Creador y, si pudiera, querría incluso que no existiera. 

Ahora vemos qué hace el Espíritu Santo en la medida en que le permitimos actuar en nosotros. Él nos abre un ojo nuevo sobre Dios, nos lo hace ver no ya como el enemigo de nuestra alegría, sino, por el contrario, como nuestro aliado, aquel que nos es realmente favorable y que por nosotros «no se reservó a su Hijo». En definitiva, el Espíritu Santo lleva, en el corazón «el amor de Dios» (Rom 5,5). 

Nace el sentimiento filial. Dios, de amo se convierte en padre. Este es el momento radiante en el que se exclama, por primera vez, con todo el movimiento del corazón: ¡Abbá, Padre mío! Es uno de los efectos más frecuentes del bautismo en el Espíritu. Recuerdo a una señora anciana de Milán que, recibido el bautismo en el Espíritu, daba vueltas diciendo a todos los que encontraba de su grupo: «¡Me siento una niña, me siento una niña! ¡He descubierto que tengo a Dios como papá!». Experimentar la paternidad de Dios significa hacer la experiencia de su amor infinito y de su misericordia.

Una vida en el señorío de Cristo

Finalmente, la vida nueva es una vida en el señorío de Cristo. Escribe el Apóstol:

Si con tu boca proclamas: «¡Jesús es el Señor!», y con tu corazón crees que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9).

 Y de nuevo poco después en la misma Carta:

 7Ninguno de nosotros, en efecto, vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo, 8porque si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor. 9Para esto murió y resucitó Cristo: para ser el Señor de vivos y muertos (Rom 14,7-9).

Este especial conocimiento de Jesús es obra del Espíritu Santo: «Nadie puede decir: “¡Jesús es el Señor!”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). El don más evidente que yo recibí con ocasión de mi bautismo en el Espíritu fue el descubrimiento del señorío de Cristo.

Hasta entonces yo era un estudioso de cristología, dictaba cursos y escribía libros sobre las doctrinas cristológicas antiguas; el Espíritu Santo me convirtió desde la cristología a Cristo. Qué emoción al escuchar en julio de 1977, en el estadio de Kansas City, a 40 mil creyentes de diversas denominaciones cristianas cantar: «He’s Lord, He is Lord. He’s risen from the dead and is Lord. Every shall bow every tongue confess that Jesus Christ is Lord». Para mí, todavía observador externo de la Renovación, aquel canto tenía resonancias cósmicas, cuestionaba lo que está en los cielos, en la tierra y en los abismos. ¿Por qué no repetir, en una ocasión como esta, aquella experiencia y proclamar juntos, en el canto, el señorío de Cristo…? Cantémoslo en inglés los que lo sepan… 

¿Qué hay de especial, en la proclamación de Jesús como Señor, que la hace tan distinta y determinante? Que con ella no se hace sólo una profesión de fe, sino que se toma una decisión personal. Quien la pronuncia, decide el sentido de su vida. Es como si dijera: «Tú eres mi Señor; yo me someto a ti, yo te reconozco libremente como mi salvador, mi cabeza, mi maestro, aquel que tiene todos los derechos sobre mí. Te cedo con alegría las riendas de mi vida». 

Este redescubrimiento luminoso de Jesús como Señor es quizás la gracia más hermosa que, en nuestros tiempos, Dios ha otorgado a su Iglesia a través de la RC. Al comienzo la proclamación de Jesús como Señor (Kyrios) fue, para la evangelización, lo que es la reja para el arado: esa especie de espada que primero surca el terreno y permite que el arado trace el surco. En este punto intervino lamentablemente un cambio en el tránsito del ambiente judío al helénico. En el mundo judío el título Adonai, Señor, por sí solo, bastaba para proclamar la divinidad de Cristo. Y de hecho, con él, el día de Pentecostés, Pedro proclama al mundo a Jesucristo: «Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a aquel Jesús que vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36).

En la predicación a los paganos ese título ya no era suficiente. Muchos, a partir del emperador romano, se hacían llamar señores. Lo observa con tristeza el Apóstol: «Hay muchos dioses y muchos señores, pero para nosotros solo hay un Señor, Jesucristo» (cf. 1 Cor 8,5-6). Ya en el siglo III el título de Señor no se comprende en su significado kerigmático; es considerado el título propio de quien todavía está en el estadio del «siervo» y del miedo, inferior, por tanto, al título de Maestro, que es propio del «discípulo« y del amigo[3]. Se sigue ciertamente hablando de Jesús «Señor», pero se ha convertido en un título como los demás, incluso más a menudo uno de los elementos del nombre completo de Cristo: «Nuestro Señor Jesucristo». Pero una cosa es decir «nuestro Señor Jesucristo» y otra decir: «¡Jesucristo es nuestro Señor!» (con exclamación).

¿Dónde está, en todo esto, el salto cualitativo que el Espíritu Santo nos hace hacer en el conocimiento de Cristo? ¡Está en el hecho de que la proclamación de Jesús Señor es la puerta que introduce en el conocimiento de Cristo resucitado y vivo! No ya un Cristo personaje, sino persona; no ya un conjunto de tesis, de dogmas (y de las correspondientes herejías), no ya solo objeto de culto y de memoria, sino realidad viviente en el Espíritu. Entre este Jesús vivo y el de los libros y las discusiones doctas sobre él, corre la misma diferencia que entre el cielo verdadero y un cielo dibujado en una hoja de papel. Si queremos que la nueva evangelización no quede en un piadoso deseo, debemos poner la «reja» delante del arado, el kerygma delante de la parénesis. 

La común experiencia del señorío de Cristo es también lo que más empuja a la unidad de los cristianos, como vemos que ocurre también aquí entre nosotros. Una de las tareas prioritarias de CHARIS, según las indicaciones del Santo Padre, es precisamente la de promover con todos los medios esta unidad entre todos los creyentes en Cristo, el respeto recíproco de la propia identidad.  

Una corriente de gracia para toda la Iglesia

Creo que a estas alturas está claro por qué decimos que la Renovación Carismática es una corriente de gracia para toda la Iglesia. Todo lo que la Palabra de Dios nos ha revelado sobre la vida nueva en Cristo —una vida vivida según la ley del Espíritu, una vida como hijos de Dios y una vida en el señorío de Cristo—, todo esto no es más que la sustancia de la vida y de la santidad cristianas. Es la vida bautismal actuada en plenitud, es decir, no sólo pensada y creída, sino vivida y propuesta, y no a algunas almas privilegiadas solamente, sino para todo el pueblo santo de Dios. Una de las máximas que le gustan al papa Francisco es que «la realidad es superior a la idea»[4], y que lo vivido es superior a lo pensado. Creo que la Renovación Carismática puede ser (y en parte ha sido) de gran ayuda para hacer pasar las grandes verdades de la fe desde lo pensado a lo vivido, para hacer pasar el Espíritu Santo de los libros de teología de la experiencia de los creyentes.

San Juan XXIII concibió el Concilio Vaticano como la ocasión para un «nuevo Pentecostés» para la Iglesia. El Señor ha respondido a esta oración del Papa más allá de toda expectativa. Pero, ¿qué significa «un nuevo Pentecostés»? No puede consistir sólo en una nueva floración de carismas, de ministerios, de señales y prodigios, en una bocanada de aire fresco en el rostro de la Iglesia. Estas cosas son el reflejo y el signo de algo más profundo. Un nuevo Pentecostés, para ser verdaderamente tal, debe suceder en la profundidad que el Apóstol nos ha revelado; debe renovar el corazón de la Esposa, no sólo su vestido. 

Sin embargo, para ser la corriente de gracia que hemos descrito, la Renovación Carismática necesita renovarse ella misma y a esto quiere contribuir la creación de CHARIS. «No pienses —escribió Orígenes en el siglo III— que basta ser renovados una sola vez; hay que renovar la misma novedad: “Ipsa novitas innovanda est”»[5]. No hay que asombrarse de ello. Es lo que sucede en cada proyecto de Dios en el momento en que se pone en manos del hombre. 

Inmediatamente después de mi adhesión a la Renovación, un día, en oración, me impactaron algunos pensamientos. Me parecía intuir lo que el Señor estaba haciendo de nuevo en la Iglesia; cogí un folio y una pluma y escribí algunos pensamientos sobre los que yo mismo me asombraba, poco en ellos era fruto de mi reflexión. Se encuentran impresos en mi libro La sobria embriaguez del Espíritu[6], pero me permito compartirlos de nuevo con vosotros porque me parece que es el punto desde el que debemos volver a empezar.

El Padre quiere glorificar a su Hijo Jesucristo sobre la tierra de modo nuevo, con una nueva invención. El Espíritu Santo es encargado de esta glorificación, porque está escrito: «Él me glorificará y tomará de lo mío». Una vida cristiana consagrada enteramente a Dios, sin fundador, ni regla ni congregación nuevos. Fundador: ¡Jesús! Regla: ¡El Evangelio interpretado por el Espíritu Santo! Congregación: ¡La Iglesia! No preocuparse del mañana, no querer hacer cosas que queden, no querer poner en marcha organismos reconocidos que se perpetúen con sucesores… Jesús es un Fundador que no muere nunca, por tanto no necesita de sucesores. Hay que dejarle hacer siempre cosas nuevas, también mañana. ¡El Espíritu Santo está también mañana en la Iglesia! 

Segunda parte: «Carismático»

 Ahora ha llegado el momento de pasar a la segunda parte de mi discurso que será mucho más corta: ¿Qué añade el adjetivo «Carismático» al nombre de «Renovación». Pero antes siento el deber de concederos una breve pausa para interrumpir el esfuerzo de escuchar y para desentumecer las piernas. Lo hacemos cantando la primera estrofa del canto con el que los hermanos de lengua española proclaman el señorío de Cristo: «Vive Jesús el Señor»

En primer lugar es importante decir que «carismático» debe seguir siendo un adjetivo y que no se convierta nunca en un sustantivo. En otras palabras, se debe evitar absolutamente por nuestra parte, el uso de la expresión «los carismáticos» para indicar a las personas que han hecho la experiencia de la Renovación. Si acaso empléese la expresión «cristianos renovados», no carismáticos. El uso de este nombre suscita justamente resentimiento porque crea discriminación entre los miembros del Cuerpo de Cristo, como si algunos estuvieran dotados de carismas y otros no. 

Yo no quiero hacer aquí una enseñanza sobre los carismas de los cuales se tienen muchas ocasiones de hablar. Mi intención es mostrar cómo, incluso en cuanto realidad carismática, la Renovación es una corriente de gracia destinada a toda la Iglesia. Para ilustrar esta afirmación es necesario dirigir una rápida mirada a la historia de los carismas en la Iglesia.

El redescubrimiento de los carismas en el Vaticano II

¿Qué sucedió, en realidad, a los carismas después de su tumultuosa aparición en los comienzos de la Iglesia? Los carismas no desaparecieron tanto de la vida de la Iglesia, cuanto de su teología. Si recorremos la historia de la Iglesia, teniendo en mente las diversas listas de carismas del Nuevo Testamento, debemos concluir que, a excepción quizá de «hablar en lenguas» y de la «interpretación de las lenguas», ninguno de los carismas se ha perdido del todo. 

La historia de la Iglesia está llena de evangelizadores carismáticos, de dones de sabiduría y de ciencia (baste pensar en los doctores de la Iglesia), de historias de curaciones milagrosas, de hombres dotados de espíritu de profecía, o de discernimiento de los espíritus, por no hablar de dones como visiones, arrebatos, éxtasis, iluminaciones, también ellos enumerados entre los carismas. 

Entonces, ¿dónde está la novedad que nos permite hablar de un despertar de los carismas en nuestra época? ¿Qué estaba ausente antes? Los carismas, desde su marco propio de utilidad común y de la «organización de la Iglesia», fueron progresivamente circunscritos al ámbito privado y personal. Ya no entraban en la constitución de la Iglesia.

En la vida de la primitiva comunidad cristiana los carismas no eran hechos privados, eran lo que, unidamente a la autoridad apostólica, delineaban la fisonomía de la comunidad. Apóstoles y profetas eran las dos fuerzas que, juntamente, dirigían a la comunidad. Muy pronto el equilibrio entre las dos instancias —la del cargo y la del carisma— se rompe en beneficio del cargo. El carisma es otorgado ahora con la ordenación y vive con él. Un elemento determinante fue el surgimiento de las primeras falsas doctrinas, especialmente de las gnósticas. Fue este hecho el que inclinó cada vez más la aguja de la balanza hacia los que detentaban el cargo, los pastores. Otro hecho fue la crisis del movimiento profético difundido por Montano en Asia Menor en el siglo II que sirvió para desprestigiar aún más un cierto tipo de entusiasmo carismático colectivo.

De este hecho fundamental se derivan todas las consecuencias negativas sobre los carismas. Los carismas marginados de la vida de la Iglesia. Se tiene noticia, todavía durante algún tiempo, de persistencia, aquí y allá, de algunos de ellos. San Ireneo, por ejemplo, dice que todavía existen en su tiempo «muchos hermanos de la Iglesia que tienen carismas proféticos, hablan todas las lenguas, manifiestan los secretos de los hombres en ventaja propia y explican los misterios de Dios»[7]. Pero es un fenómeno que se va agotando. Desaparecen sobre todo aquellos carismas que tenían como terreno de ejercicio, el culto y la vida de la comunidad: el hablar inspirado y la glosolalia, los llamados carismas pentecostales. La profecía viene a reducirse al carisma del magisterio de interpretar la revelación auténtica e infaliblemente. (Esta era la definición de la profecía en los tratados de eclesiología que se estudiaban en mi época).

Se intenta justificar esta situación incluso teológicamente. Según una teoría a menudo repetida desde san Juan Crisóstomo en adelante, hasta la víspera del Vaticano II, ciertos carismas habrían sido reservados a la Iglesia en su «estado naciente», pero posteriormente habrían «cesado», como ya no necesarios para la economía general de la Iglesia[8]

Otra consecuencia inevitable es la clericalización de los carismas. Vinculados a la santidad personal, terminan por estar asociados casi siempre a los representantes habituales de esta santidad: pastores, monjes, religiosos. Del ámbito de la eclesiología, los carismas pasan al de la hagiografía, es decir, al estudio de la vida de los santos. El lugar de los carismas lo toman los «Siete dones del Espíritu» que al principio (en Isaías 11) y hasta la Escolástica, no eran más que una categoría particular de carismas, los prometidos al rey mesiánico y posteriormente a aquellos que tienen la tarea del gobierno pastoral.

Esta es la situación que el Concilio Vaticano II quiso remediar. En uno de los documentos más importantes del Vaticano II leemos el conocido texto: 

«El Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Cor 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno… se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Cor 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo» [9].

Este texto no es una nota marginal dentro de la eclesiología del Vaticano II; es su coronamiento. Es el modo más claro y explícito de afirmar que junto a la dimensión jerárquica e institucional, la Iglesia tiene una dimensión neumática y que la primera está en función y al servicio de la segunda. No es el Espíritu el que está al servicio de la institución, sino la institución al servicio del Espíritu. No es cierto, como hacía notar polémicamente, el gran eclesiólogo del siglo XIX Johannes Adam Möhler que «Dios ha creado la jerarquía y así ha provisto más que suficientemente a las necesidades de la Iglesia hasta el fin del mundo»[10]. Jesús ha confiado su Iglesia a Pedro y a los demás Apóstoles, pero la ha confiado antes todavía al Espíritu Santo: «Él os enseñará, él os guiará a la verdad, él tomará de lo mío y os lo dará…» (cf. Jn 16, 4-15).

A estas alturas, celebrado el Concilio y recogidos en un volumen sus decretos, el peligro de marginar los carismas se presentaba bajo otra forma, no menos peligrosa: la de permanecer como un hermoso documento que los estudiosos no se cansan de estudiar y los predicadores de citar. El Señor ha obviado, él mismo, este peligro haciendo ver con los propios ojos, a aquel que había deseado fuertemente ese texto sobre los carismas, que ellos habían vuelto no solo a la teología, sino también a la vida del pueblo de Dios. Cuando, por primera vez, en 1973, el cardinal Leo Suenens, oyó hablar de la Renovación Carismática Católica, aparecida en los Estados Unidos, estaba escribiendo un libro titulado El Espíritu Santo, fuente de nuestras esperanzas[11], y esto es lo que relata en sus memorias:

«Dejé de escribir el libro. Pensé que era una cuestión de la más elemental coherencia prestar atención a la acción del Espíritu Santo, por lo que ella pudiera manifestar de manera sorprendente. Estaba particularmente interesado por la noticia del despertar de los carismas, puesto que el Concilio había invocado un despertar semejante».

Y esto es lo que escribió después de haber constatado con sus propios ojos lo que estaba sucediendo en la Iglesia:

«De repente, san Pablo y los Hechos de los apóstoles parecía que se hacía vivos y se convertían en parte del presente; lo que era auténticamente verdadero en el pasado, parece suceder de nuevo bajo nuestros ojos. Es un descubrimiento de la verdadera acción del Espíritu Santo que está siempre a la obra, como Jesús mismo prometió. Él mantiene su palabra. Es de nuevo una explosión del Espíritu de Pentecostés, una alegría que se había hecho desconocida para la Iglesia»[12].

Ahora está claro, creo, por qué digo que también como realidad carismática, la Renovación es una corriente de gracia destinada y necesaria para toda la Iglesia. Es la misma Iglesia la que, en el Concilio, lo ha definido. Sólo queda pasar por la definición de la actuación, de los documentos a la vida. Y este es el servicio que CHARIS, en total continuidad con la RCC del pasado, es llamado a hacer a la Iglesia.

No se trata sólo de fidelidad al Concilio, sino de fidelidad a la misión misma de la Iglesia. Los carismas, se lee en el texto conciliar, son «útiles para la renovación y la mayor expansión de la Iglesia». (Quizás habría sido más correcto escribir «necesarios», en lugar de «útiles»). La fe, hoy como en el tiempo de Pablo y de los Apóstoles, no se transmite «con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con la manifestación del Espíritu y su potencia» (cf. 1 Cor 2,4-5; 1 Tes 1,5). Si un tiempo, en un mundo convertido, al menos oficialmente, en «cristiano», se podía pensar que ya no había necesidad de carismas, de signos y prodigios, como al comienzo de la Iglesia, hoy ya más. Hemos vuelto a estar más cercanos al tiempo de los apóstoles que al de san Juan Crisóstomo. Ellos debían anunciar el Evangelio a un mundo pre-cristiano; nosotros, al menos en Occidente, a un mundo post-cristiano.

He dicho hasta aquí que la RC es una corriente de gracia necesaria para toda la Iglesia Católica. Debo añadir que lo es doblemente para algunas Iglesias nacionales que desde hace tiempo asisten a una dolorosa hemorragia de sus propios fieles hacia otras realidades carismáticas. Es sabido que uno de los motivos más comunes de dicho éxodo es la necesidad de una expresión de la fe que responda más a la propia cultura: con más espacio dado a la espontaneidad, a la alegría y al cuerpo; una vida de fe en la que la religiosidad popular sea un valor añadido y no un sustituto del señorío de Cristo.

Se hacen análisis pastorales y sociológicas del fenómeno y se proponen remedios, pero hay dificultades para darse cuenta de que el Espíritu Santo ya ha provisto, de forma grandiosa, a esta necesidad. Ya no se puede seguir viendo la RCC como parte del problema del éxodo de los católicos, en lugar de la solución del problema. Para que este remedio sea realmente eficaz no basta, sin embargo, que los pastores aprueben y animen a la RC, permaneciendo cuidadosamente fuera. Es necesario acoger en la propia vida la corriente de gracia. A esto nos empuja el ejemplo del Pastor de la Iglesia universal, también con la creación de CHARIS.

No pretendo extenderme más sobre el tema carismas y evangelización. De ello nos ha hablado nuestro querido coordinador Jean-Luc y nos hablará en breve, Mary Healy que, sobre este tema, además de una excelente formación teológica, posee también una notable experiencia madurada en el tajo diario. Yo termino con una reflexión sobre el ejercicio de los carismas.

Aludo a algunas de las actitudes o virtudes que más directamente contribuyen a mantener sano el carisma y a hacer que servir «para la utilidad común». La primera virtud es la obediencia. Hablamos, en este caso, de obediencia, sobre todo a la institución, a quien ejerce el servicio de la autoridad. Los verdaderos profetas y carismáticos, en la historia de la Iglesia católica también recientemente, han sido los que han aceptado morir a sus certezas, obedeciendo y callando, antes de ver que sus propuestas y críticas eran acogidas por la institución. Los carismas sin la institución están abocados al caos; la institución sin los carismas es abocada al inmovilismo.

La institución no mortifica el carisma, pero es la que asegura al carisma un futuro y también un… pasado. Es decir, lo preserva de agotarse en un fuego de paja, y pone a su disposición toda la experiencia del Espíritu acumulada por las generaciones anteriores. Es una bendición de Dios que el despertar carismático en la Iglesia católica haya nacido con una fuerte impulso a la comunión con la jerarquía y que el magisterio pontificio haya reconocido en él «una oportunidad para la Iglesia» y «los primeros signos de una gran primavera para la cristiandad»[13]. Esta obediencia nos debería ser mucho más fácil y debida hoy que la autoridad suprema de la Iglesia no se limita a alabar y animar a la corriente de gracia del RC, sino que ha trasladado con toda evidencia la causa y la propone con insistencia a toda la Iglesia. 

Otra virtud vital para un uso constructivo de los carismas es la humildad. Los carismas son operaciones del Espíritu Santo, chispas del fuego mismo de Dios confiadas a los hombres. ¿Cómo se hace para no quemarse las manos con él? Esta es la tarea de la humildad. Ella permite a esta gracia de Dios que pase y circule dentro de la Iglesia y dentro de la humanidad, sin dispersarse o contaminarse. 

La imagen de la «corriente de gracia» que se dispersa en la masa, se inspira claramente en al mundo de la electricidad. Pero paralela a la técnica de la electricidad está la técnica del aislante. Cuanto más alta es la tensión y potente la corriente eléctrica que pasa a través de un cable, más resistente debe ser el aislante que impida a la corriente provocar cortocircuitos. La humildad es, en la RC y en la vida espiritual en general, el gran aislante que permite que la corriente divina de la gracia pase a través de una persona sin disiparse, o, peor aún, provocar llamas de orgullo y de rivalidad. Jesús ha introducido el Espíritu en el mundo humillándose y haciéndose obediente hasta la muerte; nosotros podremos contribuir a difundir al Espíritu Santo en la Iglesia del mismo modo: siendo humildes y obedientes hasta la muerte, la muerte de nuestro «yo» y del hombre viejo que habita en nosotros.

Como asistente eclesiástico, he intentado dar, con esta enseñanza, mi contribución para una correcta visión de la RC en la historia y en el presente de la Iglesia. Sin embargo, serán el moderador y los componentes del Comité Internacional los que deberán sostener el peso mayor de este nuevo comienzo. A todos ellos expreso mi amistad fraterna y mi incondicional colaboración, mientras el Señor me dé aún la fuerza de hacerlo. La carta a los Hebreos recomendaba a los primeros cristianos: «Acordaos de vuestros jefes, los cuales os han anunciado la palabra de Dios» (Heb 13,7). Nosotros debemos hacer lo mismo, recordando con afecto y gratitud a aquellos que vivieron y promovieron los primeros el nuevo Pentecostés: Patti Mansfield, Ralph Martin, Steve Clark, Kevin y Dorothy Ranagan y todos los demás que posteriormente han servido a la RCC en el ICCRS, en la Catholic Fraternity y en otros órganos de servicio.

Termino con una palabra profética que proclamé la primera vez que me encontré predicando en presencia de san Juan Pablo II. Es la palabra que el profeta Ageo dirigió a los jefes y al pueblo de Israel en el momento en que se disponían a reconstruir el templo:

Ahora, sé valiente, Zorobabel —oráculo del Señor—, se valiente, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote; se valiente, pueblo entero del país —oráculo del Señor— y a trabajar, porque yo estoy con vosotros» (Ag 2,4). 

¡Sed valientes Jean-Luc y miembros del comité, sed valientes pueblo todo de la RCC y a trabajar porque yo estoy con vosotros, dice el Señor!» 

©Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

[1] Cf. Santo Tomás de Aquino, Comentario de la Carta a los Romanos, cap. V, lect.1, n. 392.

[2] Cf. San Agustín, De Spiritu et littera, 16,28; Sermo Mai 158,4: PLS 2,525.

[3] Cf. Orígenes, Comentario a Juan, I, 29: SCh 120, 158.

[4] Evangelii gaudium, 169.

[5] Cf. Orígenes, In Rom. 5,8; PG 14, 1042.

[6] R. Cantalamessa, La sobria embriaguez del Espíritu (servicio de publicaciones de la R.C.C.E., Madrid 2010).

[7] Cf. S. Ireneo, contra las herejías, V, 6,1.

[8] Cf. F. Lambiasi, Lo Spíritu Santo: mistero e presenza (Bolonia 1987) 278s. 

[9] Lumen gentium, 12.

[10] J. A. Möhler, en Tübinger Theologische Quartalschrift 5 (1823) 497.

[11] Recogido en L.J. SuenensEl Espíritu Santo, aliento vital de la Iglesia (Edicep, Valencia 2011).

[12] Leo-Joseph Suenens, Memories and Hopes (Veritas, Dublín 1992) 267 [trad. esp. Recuerdos y esperanzas (Edicep, Valencia 2000)].

[13] Así, respectivamente, Pablo VI en una alocución del 19 de mayo de 1975 (Insegnamenti di Paolo VI, vol. XIII, p. 538) y Juan Pablo II, en L’Osservatore Romano del 14 noviembre de 1996, p.8.

 

 

Novena Pentecostés 2019 RCC Arg

Novena Pentecostés 2019 RCC Arg

Camino a Pentecostés, rumbo a CHARIS

¡Pentecostés: La fiesta del amor y la unidad!

Con gran alegría y gozo, el Equipo Coordinador Nacional comparte con ustedes esta Novena al Espíritu Santo, con el deseo de que la misma sea compartida y difundida a fin de preparar nuestros corazones para recibir un nuevo Pentecostés.

La Novena al Espíritu Santo es de FUNDAMENTAL importancia para todos nosotros, ya que Pentecostés es esencial a Nuestra Identidad; estamos llamados a ser: Memoria, Rostro y Signo de Pentecostés.

Como saben, en Pentecostés del 2019 entrará en función CHARIS, el nuevo Organismo único de Servicio para toda la Corriente de Gracia de la Renovación Carismática Católica. Es una ocasión única para una efusión renovada del Espíritu sobre todas las Expresiones Carismáticas del mundo y sobre toda la Iglesia.

Invoquemos al Espíritu Santo con la oración de P. Raniero Cantalamessa, OFM Cap

¡Espíritu Santo, ven!
¡Ven fuerza y dulzura de Dios!
¡Ven tú que eres movimiento y quietud al mismo tiempo!
¡Renueva nuestro valor,
llena nuestra soledad en este mundo,
infúndenos la intimidad con Dios!
Ya no decimos como el profeta: “Ven de los cuatro vientos”,
como si no supiéramos aún de dónde vienes;
nosotros decimos:
¡Ven Espíritu que sales del costado traspasado de Cristo en la cruz!
¡Ven de la boca del Resucitado!

Novena al Espiritu Santo 2019 RCC Argentina

31 de Mayo

1 Día de la Novena

Daniel Aimaretti

Coord. Nacional RCC Arg.

Lectura del Día: Hch 1,3-5

1 de Junio

2 Día de la Novena

Juan Jorge Sobrero

Coordinador Región Litoral

Lectura del Día: Ef 5,18-21

2 de Junio

3 Día de la Novena

Carlos Domingo Valdez

Coordinador Región NOA

Lectura del Día: Hch 1,8

3 de Junio

4 Día de la Novena

Martín Gamboggi

Coord. Región Platense

Lectura del Día: Hch 1,14

4 de Junio

5 Día de la Novena

Esther Chaves

Coord. Región Patagonia

Lectura del Día: Jn 15,26-27

5 de Junio

6 Día de la Novena

Ricardo Morinigo  

Coordinador Región NEA

Lectura del Día: Jn 16,12-15

6 de Junio

7 Día de la Novena

Gabriel Ullio

Coordinador Región Centro

Lectura del Día: Lc 11, 9-13

7 de Junio

8 Día de la Novena

Ginés Antonio Lubary

Comun. Santísima Trinidad

Lectura: Rom 8,12-16

8 de Junio

9 Día de la Novena

Érica Acosta

Comunidad Vida en la Roca

Lectura del Día: Hch 2,1-11

Solemnidad de Pentecostés. 9 de Junio 2019
Padre Claudio Olszanski – Comunidad Adoremos al que Vive

Lo que Hagan, Háganlo con Amor (1Cor 16,14)

Lema de RCC Argentina 2019

Los Discípulos Guiados por el Espíritu Santo‬

Los Discípulos Guiados por el Espíritu Santo‬

Por Andrés Arango

Jesús prometió a sus seguidores que convenía que Él se fuera para que recibieran el poder del Espíritu Santo (Jn. 16:7). Deseo empezar este análisis del derramamiento del Espíritu en los discípulos, con las primeras palabras de Lucas en el Libro de Hechos de los Apóstoles, en primera instancia porque Lucas tanto por su Evangelio y el Libro de Hechos es considerado el Evangelista del Espíritu Santo, dando varias presentaciones del moverse del Espíritu en Jesús, los discípulos y luego en las primeras comunidades cristianas: “Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, “que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días”. (Hch. 1:3-5).

A partir de este texto algunos teólogos afirman que el culmen de la vida de Jesús no fue la resurrección sino el derramamiento del Espíritu Santo: “Con la venida del Espíritu Santo la misión de Jesús llega a su cumplimiento. Juan el Bautista ha dicho: “Yo los bautizo en agua, pero el que me sigue a mí es más poderoso de lo que yo soy, Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Mt. 3:11).  Y este es el punto culmen de la enseñanza de Jesús: Los discípulos serán bautizados con el Espíritu Santo”.

Al igual que el análisis de textos anteriores existen diferentes exégesis de este pasaje bíblico. En primer lugar los que relacionan el bautismo de Juan solo como un bautismo de conversión y el bautismo de Jesús como el “verdadero” bautismo cristiano, al cual se refiere Lucas con la expresión de Bautismo en el Espíritu. Pero la segunda vertiente es la de aquellos académicos que relacionan estas palabras de Lucas con una nueva efusión de Espíritu Santo. Es claro que a pesar de que los discípulos ya habían recibido anteriormente la gracia del Espíritu Santo, realizando diferentes prodigios, Pentecostés, o esa efusión de Espíritu Santo, marcó un camino nuevo en sus vidas de servicio y entrega.

Los discípulos de Jesús, no solo escucharon sus enseñanzas acerca del Espíritu Santo a nivel personal, sino que también presenciaron sus grandes predicaciones y poderosos milagros, realizados ambos, por el poder del Divino Espíritu. Posteriormente la promesa de Jesús se hace realidad en Pentecostés, donde los Apóstoles junto con otra gran cantidad de personas reunidas en el aposento alto reciben la fuerza del Espíritu Santo: “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse”. (Hch. 2:1-4).

A pesar de las críticas que ellos recibieron por estar haciendo cosas fuera de lo común, el mismo Apóstol Pedro creyendo en las promesas de Jesús del derramamiento del Espíritu y de manera particular apropiándose de la promesa del Antiguo Testamento en donde el profeta Joel afirma que se ha cumplido la promesa de un derramamiento nuevo del Espíritu Santo: “Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: «Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu”. (Hch. 2:14-18).

Por varios textos de los evangelistas sabemos que los discípulos habían ejercido sus ministerios de predicación y sanación con gran eficacia, sin embargo faltaba un momento clave que transformara sus vidas por completo. Ya que antes de esta escena de Pentecostés todavía tenían miedo y temor de entregarse por completo a Jesús, pero a partir de ese momento de la nueva efusión del Espíritu Santo, este grupo de seguidores de Jesús no solo continúan su ministerio profético, proclamando el kerygma con poder y acompañado de prodigios, sino que además empiezan a vivir al igual que su Señor, es decir empiezan una vida nueva, gracias al Espíritu Santo que habita en ellos, hasta tal punto que muchos de ellos derramaron hasta su misma sangre por el nombre de Jesús. Por lo tanto podemos coincidir con Montague de que: “El sello del Espíritu sobre la autenticidad del discipulado es el poder de dar testimonio de Jesús incluso hasta la muerte”. O como bien lo precisa Salvador Carrillo Alday: “Este poder de lo alto transforma los misioneros en testigos de Jesús resucitado”.

 

¡PENTECOSTÉS, DÍA DE FIESTA!

¡PENTECOSTÉS, DÍA DE FIESTA!

PADRE GABRIEL LAURÍA. VICEASESOR RCC ARGENTINA

¡PENTECOSTÉS, DÍA DE FIESTA!

Si la RCC podría gloriarse de algo (ya que todo es gracia) es de haber revalorizado y actualizado para tantos hombres y mujeres de este mundo la acción y el poder de la Persona Divina del Espíritu Santo. Se calcula que son más de 200 millones de personas las que han recibido el Bautismo en el Espíritu Santo. Entre ellos estamos también nosotros y por ello, cercanos a la fiesta litúrgica de Pentecostés me gustaría compartir con Uds. una reflexión sobre la “CULTURA DE PENTECOSTÉS”. Esta expresión la usó San Juan Pablo II el día 14 de marzo de 2002 en un discurso a miembros de la RCC de Italia. Les invito a que lo vean en su totalidad, en este link.

En este discurso el Papa comienza recordándonos los frutos de la Renovación Carismática:

“¡Sí! La Renovación en el Espíritu puede considerarse un don especial del Espíritu Santo a la Iglesia en nuestro tiempo. En vuestro movimiento, nacido en la Iglesia y para la Iglesia, a la luz del Evangelio se experimentan el encuentro vivo con Jesús, la fidelidad a Dios en la oración personal y comunitaria, la escucha confiada de su Palabra y el redescubrimiento vital de los Sacramentos, pero también la valentía en las pruebas y la esperanza en las tribulaciones.

El amor a la Iglesia y la adhesión a su Magisterio, en un camino de maduración eclesial sostenido por una sólida formación permanente, son signos elocuentes de vuestro empeño por evitar el peligro de secundar, sin querer, una experiencia de lo divino sólo emocional, una búsqueda excesiva de lo «extraordinario» y un repliegue intimista que evite el compromiso apostólico.”

Tendríamos mucho para reflexionar sobre estas palabras. Podría ser un buen texto para un examen de conciencia o para discernir los signos verdaderos que identifican a aquel que dice estar “bautizado en el Espíritu Santo”.

El Santo Papa agrega: “Si se mira bien, todas vuestras actividades de Evangelización tienden, en resumidas cuentas, a promover en el pueblo de Dios un crecimiento constante en la santidad. En efecto, la santidad es la prioridad de todos los tiempos y, por tanto, también de nuestra época. La Iglesia y el mundo necesitan santos, y nosotros seremos tanto más santos cuanto más dejemos que el Espíritu Santo nos configure con Cristo. Este es el secreto de la experiencia regeneradora de la «efusión del Espíritu», experiencia típica que distingue el camino de crecimiento propuesto a los miembros de vuestros grupos y comunidades. Deseo de corazón que la Renovación en el Espíritu sea en la Iglesia un verdadero «gimnasio» de oración y ascesis, de virtud y santidad.”

Destaco de este párrafo la idea de la RCC como “gimnasio”. ¿Qué es un gimnasio? Es el lugar donde una persona a través de una rutina se prepara para lograr determinado logro físico (salud, músculos, etc.) El paralelo espiritual es que nuestros Grupos de Oración deberían ser los lugares donde los hermanos se preparan (en la oración, la ascesis, las virtudes, en pocas palabras la santidad) para hacer realidad en su vida la voluntad de Dios. Sería bueno preguntarnos si lo estamos haciendo, si en verdad nuestros Grupos de Oración nos ayudan a tender a la santidad.

Y el Papa concluye con un deseo y a la vez una gran invitación: “En nuestro tiempo, sediento de esperanza, dad a conocer y haced amar al Espíritu Santo. Así ayudaréis a que tome forma la «cultura de Pentecostés», la única que puede fecundar la civilización del amor y de la convivencia entre los pueblos. No os canséis de invocar con ferviente insistencia:  «¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven! ¡Ven!».

¿Nos animamos a llevarlo adelante?

¡FELIZ PENTECOSTÉS!

CON MARÍA EN EL CENÁCULO EN ESPERA DEL ESPÍRITU SANTO

CON MARÍA EN EL CENÁCULO EN ESPERA DEL ESPÍRITU SANTO

 3. Campaña de Oración. Mayo 2019

Fray Raniero Cantalamessa O.F.M Cap. Asistente eclesiástico de CHARIS

En los Hechos de los Apóstoles, después de haber enumerado el nombre de los once apóstoles, el autor prosigue con estas palabras: “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch l, 14).

Ante todo debemos despejar el terreno de una impresión equivocada. También en el Cenáculo, como en el Calvario, se menciona a María junto a algunas mujeres. Se diría pues que está allí como una de ellas, ni más ni menos. Pero al llamarla «madre de Jesús», después de la mención de su nombre, todo cambia y pone a María en un plano completamente distinto, superior no sólo al de las mujeres, sino incluso al de los apóstoles.

¿Qué significa que María esté allí como la madre de Jesús? Que el Espíritu Santo que está por venir es ¡«el Espíritu de su hijo»! Entre ella y el Espíritu Santo hay un vínculo objetivo e indestructible que es el mismo Jesús que han engendrado juntos. De Jesús, en el Credo, se dice que «por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen». María no está por lo tanto en el Cenáculo simplemente como una de las mujeres, aunque desde afuera nada la distinga de las otras, y ella tampoco haga nada para distinguirse de las otras.

María, que a los pies de la cruz nos es presentada como Madre de la Iglesia, en el Cenáculo se nos presenta como madrina. Una madrina fuerte y segura. La madrina, para poder desempeñar esta función, debe ser una que ya ha recibido, por su parte, el bautismo. Así era María: una bautizada en el Espíritu Santo que ahora apadrina a la Iglesia en su bautismo en el Espíritu.

María, que en los Hechos es presentada como perseverante en la oración en espera del Espíritu Santo, es la misma que el Evangelista Lucas nos presenta, al principio de su Evangelio, como aquella sobre la cual descendió el Espíritu Santo. Algunos elementos hacen pensar en un paralelismo estrecho entre la venida del Espíritu Santo sobre María en la Anunciación, y la venida sobre la Iglesia en Pentecostés, ya sea tal paralelismo querido por el evangelista, ya sea debido a la correspondencia objetiva entre las dos situaciones.

A María, el Espíritu Santo se le promete como « poder del Altísimo », que « vendrá » sobre ella (cf Lc 1, 35); a los apóstoles igualmente se les promete como « fuerza » que «vendrá » sobre ellos « desde lo alto » (cf Lc 24, 49; Hch 1, 8). Recibido el Espíritu Santo, María se pone a proclamar (megalynei), en un lenguaje inspirado, las grandes obras (megala) cumplidas en ella por el Señor (cf Lc 1, 46.49); igualmente, los apóstoles, recibido el Espíritu Santo, se ponen a proclamar en diversas lenguas las grandes obras (megaleia) de Dios (cf Hch 2, 11). También el Concilio Vaticano II pone en mutua relación los dos acontecimientos, cuando dice que en el Cenáculo « María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra »1.

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35). Todos aquellos a los que es enviada María, después de este descenso del Espíritu Santo, son, a su vez, tocados o movidos por el Espíritu Santo (cf Lc 1, 41; 2, 27).

Ciertamente es la presencia de Jesús quien irradia el Espíritu, pero Jesús está en María y actúa a través de ella. Ella se presenta como el arca o el templo del Espíritu, como sugiere también la imagen de la nube que la ha cubierto con su sombra. De hecho evoca la nube luminosa que, en el Antiguo Testamento, era signo de la presencia de Dios o de su venida a la tienda (cf Ex 13, 22; 19, 16).

La Iglesia ha recogido este dato revelado y lo ha colocado pronto en el corazón de su símbolo de fe. A finales del siglo II, se declara, en el así llamado Símbolo apostólico, la frase según la cual Jesús «nació del Espíritu Santo y de la Virgen María». En el Concilio Ecuménico de Constantinopla del 381 – aquel que definió la divinidad del Espíritu Santo -, tal artículo entró también en el símbolo Niceno-Constantinopolitano, donde se lee de
Cristo que se « encarnó del Espíritu Santo y de María, la Virgen».

Se trata por tanto de un dato de fe acogido por todo los cristianos, tanto de Oriente como de Occidente, tanto católicos como protestantes. Es una base segura y no es pequeña para encontrar la unidad de los cristianos en torno a la Madre de Dios. María se presenta ligada al Espíritu Santo por un vínculo objetivo, personal e indestructible: la persona misma de Jesús que han engendrado juntos, aunque con contribuciones completamente diferentes. Para tener separados entre ellos a María y al Espíritu Santo, hace falta separar al mismo Cristo, en el cual sus diferentes operaciones se han concretizado y
materializado para siempre.

Jesús ha unido a María y al Espíritu Santo más de lo que un hijo une entre sí al padre y a la madre, porque si cada hijo, con su simple existencia, proclama que padre y madre han estado unidos un instante según la carne, este hijo que es Jesús proclama que el Espíritu Santo y María han estado unidos «según el Espíritu» y por lo tanto de manera indestructible. También en la Jerusalén celestial, Jesús resucitado sigue siendo el que fue «engendrado por el Espíritu Santo y por María, la Virgen ». También en la Eucaristía, recibimos al que fue «engendrado por el Espíritu San¬to y por María, la Virgen».

María la primera carismática de la Iglesia

Después de Jesús, María es la mayor carismática de la historia de la salvación. No en el sentido que haya tenido el mayor número de carismas. Al contrario, exteriormente ella se presenta pobre en carismas. ¿Qué milagros ha hecho María? De los apóstoles se dice que hasta su sombra sanaba a los enfermos (cfr Hch 5, 15). De María no se conoce, en vida ningún milagro, ninguna acción prodigiosa y llamativa. Ella es la mayor carismática porque en ella el Espíritu Santo ha cumplido la más suprema de sus acciones prodigiosas, que consiste en haber suscitado de María, no una palabra de sabiduría, no un don de gobierno, no una visión, no un sueño, no una profecía, sino la vida misma del Mesías, la fuente de todos los carismas, ¡de quien hemos recibido “gracia sobre gracia” (Jn 1, 16)!

Algunos Padres antiguos han atribuido a veces a María el título de profetisa, sobre todo pensando en el Magníficat, o a causa de una aplicación equivocada a María de Isaías 8, 3. Pero, propiamente hablando, María no tiene el rango de los profetas. Profeta es aquel que habla en nombre de Dios; María no ha hablado en nombre de Dios. Ha callado casi siempre. Si ella es profeta, lo es en un sentido nuevo y sublime: en el sentido de que ha «proferido » silenciosamente la Palabra única de Dios, la ha dado a luz.

Lo que el Espíritu Santo ha obrado en María, si no es un simple caso de inspiración profética, puede en cambio y debe ser visto como un carisma, aún más, como el carisma más alto que haya sido jamás concedido a una criatura humana que supera al de los mismos hagiógrafos que han sido inspirados o movidos por el Espíritu para hablar de parte de Dios (cf 2 Pe 1, 21). De hecho, ¿qué es carisma y cuál es su definición? San Pablo lo define: una «manifestación del Espíritu para provecho común» (1 Cor 12, 7).

Ahora bien, ¿qué manifestación del Espíritu ha sido más singular que la de María y qué manifestación del Espíritu ha sido más de «provecho común» que la maternidad divina de María?

Lucas, poniendo a María en una relación tan íntima con el Espíritu, primero en laEncarnación y después, de manera diferente, también en Pentecostés, la presenta por tanto según la concepción general que él tiene de la acción del Espíritu, como la criatura pneumática por excelencia, que se mueve bajo el influjo del Espíritu, y como el lugar de la manifestación del poder creador de Dios. Pero todo esto no debe inducirnos a imaginar una relación entre María y el Espíritu Santo casi sólo objetiva y operativa, es decir que no toca la esfera más íntima de la persona, con sus emociones y sus sentimientos. María no ha sido sólo el «lugar » en el que Dios ha actuado. Dios no trata a las personas como lugares, sino precisamente como personas, esto es como colaboradores e interlocutores.

Lucas conoce bien la sobria embriaguez que provoca, con su acción, el Espíritu de Dios. Lo pone de relieve en la vida de Jesús que un día « exultó » de gozo bajo la moción del Espíritu Santo (cf Lc 10, 21); lo dice de los apóstoles que, recibido el Espíritu, se ponen a hablar en lenguas y sonidos tan fuera de sí que algunos los toman por ebrios de mosto (cf Hch 2, 13). Y lo manifiesta, finalmente, en María, la cual, después de la venida del Espíritu Santo sobre ella, se va «deprisa» donde Isabel y entona el Magníficat, en el que expresa toda su exultación.

San Buenaventura, un místico que conocía estos efectos de la obra del Espíritu Santo, describe así a María en este momento: «Sobrevino en ella el Espíritu Santo como fuego divino que inflamó su mente y santificó su carne, confiriéndole una perfectísima pureza. […]¡Oh, si tú fueras capaz de sentir en qué medida, cuál y cuánto fue grande ese incendio bajado del cielo, cuál el refrigerio dado, cuál alivio infundido, cuál elevación de la Virgen Madre, la nobleza dada al género humano, cuánta condescendencia dada por la Majestad divina! Pienso que entonces también tú te pondrías a cantar con voz suave, junto con la bienaventurada Virgen, ese canto sagrado: “Mi alma magnifica al Señor”. Y, saltando y exultando de alegría, también tú adorarías, con el niño profeta, la maravillosa concepción de la Virgen»9.

También Lutero, en su comentario al Magníficat, atribuye a una acción extraordinaria del Espíritu Santo el cántico de la Virgen. De hecho escribe: «Para la ordenada comprensión de este sagrado cántico de alabanza, es preciso tener en cuenta que la bienaventurada Virgen María habla por propia experiencia, habiendo sido iluminada e instruida por el Espíritu Santo; ya que nadie puede entender correctamente a Dios ni la Palabra de Dios, si no se lo concede directamente el Espíritu Santo. Pero recibir ese don del Espíritu Santo significa hacer experiencia de él, probarlo, sentirlo; el Espíritu Santo enseña desde la experiencia como en la propia escuela, fuera de la que nada se aprende que no sea apariencia, palabra hueca y charlatanería. Por tanto, la Santísima Virgen, habiendo experimentado en sí misma que Dios hace grandes cosas en ella, a pesar de ser humilde, pobre y despreciada, el Espíritu Santo le enseña, el arte y la sabiduría según los cuales Dios es el Señor que se complace en alzar al que se humilla, y abajar al que está en alto»

María es el ejemplo vivo de esa “sobria embriaguez del Espíritu”. En el primer encuentro histórico de la Renovación Carismática Católica con la Iglesia institucional en San Pedro, en 1975, al terminar de leer el discurso escrito, Pablo VI citó los versos de un himno de San Ambrosio “bebamos con gozo la abundancia sobria del Espíritu” (Laeti bibamus sobriam profusionem Spiritus”), y dijo que éste podría convertirse en el lema de la Renovación Carismática.

María modelo de CHARIS

El Concilio Vaticano II ha vuelto familiar la expresión apreciada por los Padres que habla de María como “figura de la Iglesia”, su modelo, su madre. Yo querría subrayar como María es, en un sentido muy especial, modelo de CHARIS. La misma palabra “charis” la recuerda, la “llena de gracia”. Pero no solo por esto. María es la que habiendo recibido y experimentado en sí misma, en la Anunciación, el poder del Espíritu, en Pentecostés se pone a disposición de los discípulos para que también ellos reciban el mismo don y la misma “fuerza de lo alto”.

Y esto es exactamente lo que el Santo Padre y la Iglesia desean que sea CHARIS: un instrumento que, como María, no tengan ningún poder jurídico o ministerial, sino sólo de servicio humilde y de acompañamiento. Un “lugar” donde los que hayan experimentado la corriente de gracia del nuevo Pentecostés se pongan al servicio de los otros en la Iglesia para que ellos también puedan tener la misma experiencia renovadora. Un “lugar” donde los que hayan recibido gratuitamente, den gratuitamente.

Estando el mes de mayo dedicado a la Virgen, propongo una oración especial que nos permita estar también nosotros “con María en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo”. 

Se trata de un Rosario en el que con “los misterios” evoquemos la gran presencia del Espíritu Santo en la historia de la salvación y con las decenas de “Ave Marías” pidamos, por intercesión de la Virgen, experimentar en nosotros los frutos. Propongo algunos posibles enunciados para los misterios:

1. En el primer misterio contemplamos al Espíritu Santo en la obra de la creación. “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gén 1, 1-2). Pidamos al Espíritu Santo que al principio del mundo separó la luz de la oscuridad, el agua de la tierra y transformó el caos en cosmos, que repita este milagro en el mundo de hoy, en la Iglesia y en nuestra propia alma, llevando unidad donde hay discordia, luz donde hay oscuridad, creando en nosotros “un corazón nuevo”. (Padre Nuestro, decena de Ave María y Gloria al Padre, como de costumbre).

2. En el segundo misterio contemplamos al Espíritu Santo en la revelación. “Movidos por el Espíritu Santo, han hablado [los profetas] de parte de Dios” (2 Pedro 1, 21). Pidamos al Espíritu Santo la “inteligencia de la palabra de Dios”. Inspiradas por Dios, las Escrituras ahora espiran a Dios, lo “rezuman”. Pidamos saber percibir en la palabra de Dios su voluntad viva para con nosotros en cada circunstancia de la vida. Pidamos que como María sepamos “acoger y meditar en el corazón” todas las palabras de Dios.

3. En el tercer misterio contemplamos al Espíritu Santo en la encarnación: “María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 34-35). También nosotros, ante una prueba o una cosa nueva que Dios pide le preguntamos a menudo: “¿Cómo será esto? no conozco varón”, no tengo la capacidad, es superior a mis fuerzas… La respuesta de Dios es siempre la misma: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros” (Hechos 1, 8). Pidamos al Espíritu Santo que como formó la humanidad de Cristo en el seno de la Virgen María y a través de ella lo donó al mundo, así forme en nosotros a Cristo y nos dé la fuerza de anunciarlo a los hermanos.

4. En el cuarto misterio contemplamos al Espíritu Santo en la vida de Jesús: “Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma” (Lc 3, 21-22). “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva” (Lc 4, 18). En el bautismo, Jesús fue ungido como rey, profeta y sacerdote. En él el Espíritu Santo se guardó como el perfume en un frasco de alabastro (San Ignacio de Antioquía) y “se acostumbró a vivir entre los hombres (San Ireneo). En la cruz el frasco de alabastro de su humanidad se rompió y el perfume de su Espíritu se derramó sobre el mundo. Pidamos por intercesión de María una renovación de la unción profética, real y sacerdotal que hemos recibido en el bautismo. Pidamos que nos ayude a romper el frasco de vidrio de nuestra humanidad y de nuestro “yo” para que podamos ser “el buen perfume de Cristo” en el mundo.

5. En el quinto misterio contemplamos al Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. “Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2, 3-4). Se cumple la promesa hecha por Jesús antes de subir al cielo: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hechos 1, 5). Desde aquel día todo en la Iglesia vive y recibe la fuerza del Espíritu Santo: los sacramentos, la Palabra, las instituciones. “El Espíritu Santo es para el cuerpo de Cristo que es la Iglesia como el alma para el cuerpo humano” (San Agustín). Pidamos que por intercesión de la Virgen Madre, muchos se abran hoy a recibir la gracia renovadora del bautismo en el Espíritu. Después del rosario del Espíritu, continuemos con unas Letanías del Espíritu. Recordemos algún nombre dado al Espíritu: Espíritu de santidad, Espíritu de paz, Espíritu de alegría, Espíritu de humildad, Espíritu de reconciliación, Espíritu de Cristo, etc.; si somos muchos rezando, cada uno puede pronunciar el nombre que le venga al corazón, y todos juntos respondemos: “¡Desciende sobre nosotros!”