DEVOLVED EL PODER A DIOS

DEVOLVED EL PODER A DIOS

2. ¡DEVOLVED EL PODER A DIOS!

P. Raniero Cantalamessa O.F.M Cap.  Asistente eclesiástico de CHARIS

En nuestro camino de preparación espiritual para Pentecostés de 2019, hemos reflexionado sobre la importancia de la oración para recibir el Espíritu. En esta segunda reflexión meditamos sobre la importancia de la conversión.

En el Evangelio la palabra conversión aparece en dos contextos distintos y se dirige a dos tipos diferentes de oyentes. La primera está dirigida a todos, la segunda a aquellos que ya habían aceptado su invitación y estaban con él desde hace mucho tiempo. Aludimos a la primera sólo para comprender mejor la segunda que es la que más nos interesa, en este período de transición en la vida de la Renovación Carismática Católica. La predicación de Jesús comienza con las palabras programáticas: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15).

Antes de Jesús, convertirse significaba siempre un “volver atrás” (el término hebreo, shub, significa cambiar el rumbo, volver sobre los propios pasos). Indicaba el acto de quien, en un cierto punto de la vida, se da cuenta de que está “descaminado”. Entonces se detiene, hace un replanteamiento, decide volver a la observancia de la ley y regresar a la alianza con Dios. Hace un auténtico y verdadero “cambio de sentido”. La conversión, en este caso, tiene un significado fundamentalmente moral y sugiere la idea de algo penoso de cumplir: cambiar los hábitos.

Éste es el significado habitual de conversión en boca de los profetas, hasta Juan el Bautista incluido. Pero en labios de Jesús este significado cambia. No porqué él se divierta cambiando el significado de las palabras, sino porque con su venida las cosas han cambiado. “¡El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca!” Convertirse ya no significa volver atrás, a la antigua alianza y a la observancia de la ley, sino que más bien significa lanzarse hacia delante y entrar en el reino, aferrar la salvación que ha llegado a los hombres gratuitamente, por una iniciativa libre y soberana de Dios.

Conversión y salvación se han intercambiado los lugares. No primero la conversión y luego, como consecuencia de ello, la salvación, sino por el contrario: primero la salvación, después, como exigencia de ella, la conversión. No: convertíos y el Reino llegará entre vosotros, el Mesías vendrá, como andaban diciendo los últimos profetas, sino: convertíos porque el reino ha llegado, está en medio de vosotros. Convertirse es tomar la decisión que salva, la “decisión del ahora”, como la describen las parábolas del reino. “Convertíos y creed” no significa por lo tanto dos cosas diferentes y sucesivas, sino la misma acción fundamental: ¡Convertíos, es decir, creed! ¡Convertíos creyendo! Todo esto exige una auténtica “conversión”, un cambio profundo en la manera de concebir nuestras relaciones con Dios. Exige pasar de la idea de un Dios que pide, que ordena, que amenaza, a la idea de un Dios que llega con las manos llenas para dárnoslo todo. Es la conversión de la “ley” a la “gracia” que le gustaba tanto a San Pablo.

Escuchemos ahora el segundo contexto en el que, en el Evangelio, se vuelve a hablar de conversión: “En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?» Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos»” (Mt 18, 1-4).

Esta vez, convertirse sí que significa volver atrás, ¡a cuándo eras un niño! El mismo verbo utilizado, strefo, indica invertir el sentido de la marcha. Esta es la conversión de quien ya ha entrado al Reino, ha creído en el Evangelio y lleva tiempo al servicio de Cristo. Es nuestra conversión, la de los que llevamos años, tal vez desde el principio, en la Renovación Carismática.

¿Qué sucedió a los apóstoles? ¿Qué es lo que supone la discusión sobre quién es el más grande? Que la preocupación mayor ya no es el reino, sino el propio puesto en él, el propio yo. Cada uno de ellos tenía algún derecho para aspirar a ser el más grande: Pedro había recibido la promesa del primado, Judas la bolsa del dinero, Mateo podía decir que él había renunciado a más que los otros, Andrés que había sido el primero en seguirlo, y Juan que habían estado con él en el Tabor… Los frutos de esta situación son evidentes: rivalidad, sospechas, enfrentamientos, frustración.

Volverse niños, para los apóstoles, significaba volver a cómo eran en el momento de la llamada a la orilla del lago o en el mostrador de los impuestos: sin pretensiones, sin derechos, sin enfrentamientos entre ellos, sin envidias, sin rivalidad. Ricos sólo en una promesa (“Os haré pescadores de hombres”) y en una presencia, la de Jesús. Volver al tiempo en el que todavía eran compañeros de aventura, no competidores por el primer puesto. También para nosotros volverse niños significa regresar al momento en el que tuvimos por primera vez una experiencia personal del Espíritu Santo y descubrimos lo que significa vivir en el Señorío de Cristo. Cuando decíamos: “¡Jesús solo basta!” y lo creíamos.

Me impresiona el ejemplo del apóstol Pablo descrito en Filipenses 3. Descubierto Jesús como su Señor, él considera todo su glorioso pasado una pérdida, una basura, a fin de ganar a Cristo y revestirse de la justicia que deriva de la fe en él. Pero un poco más adelante sale con esta afirmación: “Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante” (Fil 3,13). ¿Qué pasado? Ya no el del fariseo, sino el del apóstol. Él ha intuido el peligro que corría de encontrarse con una nueva “ganancia”, una nueva “justicia” toda suya, derivada de lo que había hecho al servicio de Cristo. Él anula todo con esta decisión: “Me olvido del pasado me lanzo hacia el futuro”. 

¿Cómo no ver en todo esto una lección preciosa para nosotros en la Renovación Carismática Católica? Uno de los muchos eslóganes que circulaban en los primeros años de la Renovación – una especie de grito de batalla – era: “¡Devolved el poder a Dios!” 

Quizá se inspiraba en el versículo del salmo 68, 35 “Reconoced el poder de Dios” que en la Vulgata se tradujo con “Restituid (reddite) el poder a Dios”.

Durante mucho tiempo he considerado esas palabras como la mejor manera de describir la novedad de la Renovación Carismática. La diferencia es que por un tiempo pensé que el grito estaba dirigido al resto de la Iglesia y nosotros éramos los que estábamos encargados de hacerlo resonar; ahora pienso que está dirigido a nosotros que, quizás sin darnos cuenta, nos hemos apropiado en parte del poder que le pertenece a Dios.

En vista de un nuevo comienzo de la corriente de gracia de la Renovación Carismática, es necesario “vaciar los bolsillos”, empezar de cero, repetir con una profunda convicción las palabras sugeridas por el mismo Jesús: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17,10). Hacer nuestro el propósito del Apóstol: “olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante”. Imitemos a los “veinticuatro ancianos” del Apocalipsis que “arrojan sus coronas delante del trono diciendo: ‘Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder’” (Ap 4,10-11).

Sigue siendo actual la palabra de Dios dirigida a Isaías: “Pues, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis?” (Is 43, 19). Bienaventurados nosotros si permitimos a Dios renovar lo que tiene en mente en este momento para nosotros y para la Iglesia.

Mi sugerencia para la cadena de oración: repetir muchas veces durante el día una de las invocaciones dirigidas al Espíritu Santo en la secuencia de Pentecostés, aquella que cada uno siente que responde mejor a su necesidad:


Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

IV Meditación de Cuaresma

IV Meditación de Cuaresma

  1. Cantalamessa: adorar a Dios es un privilegio, una necesidad y una profecía

El Predicador de la Casa Pontificia ofreció su cuarta predicación de Cuaresma ante la presencia del Santo Padre y los miembros de la Curia Romana, para proseguir sus reflexiones en preparación a la Pascua explicando, en esta ocasión, ¿qué significa adorar?

Ciudad del Vaticano

Nuevamente la Capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico fue el escenario en el que el Predicador de la Casa Pontificia ofreció su predicación cuaresmal. Y comenzó afirmando que adorar al Señor significa captar “un destello de luz en la noche”, o naufragar en un “océano sin orillas ni fondo” y sumergirse “en el abismo infinito de Dios”. Significa – dijo – tener la percepción de la grandeza, la belleza, la bondad de Dios y “de su presencia que quita el aliento”.

Silencio ente la presencia del Señor

También afirmó que el término adoración “al principio indicaba el gesto material de postrarse con el rostro en el suelo frente ante alguien como signo de reverencia y sumisión”. Y en este sentido “plástico”, el Padre Cantalamessa explicó que la palabra adoración sigue utilizándose en los Evangelios y en el Apocalipsis. Asimismo puso de manifiesto que se trata del único acto religioso que “no se puede ofrecer a nadie más, ni siquiera a la Virgen, sino sólo a Dios”. Adorar – dijo recordando la expresión de San Gregorio de Nacianceno – significa “elevar un himno de silencio a Dios”:

Si se quiere decir algo para “parar” la mente e impedir que vagabundee en otros objetos, conviene hacerlo con la palabra más breve que exista: Amén, Sí. Adorar, en efecto, es asentir. Es dejar que Dios sea Dios. Es decir sí a Dios como Dios y a sí mismos como criaturas de Dios.

Adorando, si libera la verdad

El Predicador de la Casa Pontificia afirmó además que la adoración exige plegarse y callarse. Sí porque “con la adoración se inmola y se sacrifica el propio yo, la propia gloria, la propia autosuficiencia. Pero ésta es una gloria falsa e inconsistente, y es una liberación para el hombre deshacerse de ella”. Y recordó que “al adorar, se libera la verdad que estaba prisionera de la injusticia. Se llega a ser auténticos en el sentido más profundo de la palabra. En la adoración se anticipa ya el regreso de todas las cosas a Dios”.

Adorar es un privilegio

“Como el agua encuentra su paz en fluir hacia el mar y el pájaro su alegría en seguir el curso del viento, así el adorador en adorar”, observó el Padre Cantalamessa y añadió textualmente:

Adorar a Dios no es tanto un deber, una obligación, cuanto un privilegio, más aún, una necesidad. ¡El hombre necesita algo majestuoso que amar y adorar!  Está hecho para esto. Por tanto, no es Dios quien necesita ser adorado, sino el hombre quien necesita adorar.

Adoración eucarística

Por otra parte, el Predicador recordó que la Iglesia conoce una forma particular de adoración: la adoración eucarística, que es un “fruto relativamente reciente de la piedad cristiana”, que comenzó a desarrollarse en Occidente a partir del siglo XI:

Estando tranquilos y silenciosos, y posiblemente largo tiempo, ante Jesús sacramentado, o ante un icono suyo, se perciben sus deseos respecto de nosotros, se depositan los propios proyectos para dar cabida a los de Cristo, la luz de Dios penetra, poco a poco, en el corazón y lo sana.

Como hojas verdes

También explicó que con la adoración eucarística “ocurre algo que evoca lo que les pasa a los árboles en primavera, es decir, el proceso de la fotosíntesis”. Y añadió que “brotan de las ramas las hojas verdes; éstas absorben de la atmósfera ciertos elementos que, bajo la acción de la luz solar, son fijados y transformados en alimento de la planta. Sin tales hojitas verdes, la planta no podría crecer y dar frutos y no contribuiría a regenerar el oxígeno que nosotros mismos respiramos. ¡Nosotros debemos ser como esas hojas verdes!”.

Gracias escondidas

Citando al poeta Giuseppe Ungaretti, quien “al contemplar una mañana en la orilla del mar el surgir del sol, escribió una poesía de sólo dos versos: ‘Me ilumino de inmensidad’”, el Predicador explicó que son palabras “que podrían ser hechas propias por quien está en adoración ante el Santísimo Sacramento. Sólo Dios conoce cuántas gracias ocultas han descendido sobre la Iglesia gracias a estas almas adoradoras”.

Renovación Carismática Católica

Durante esta predicación el religioso recordó asimismo que en 1967 comenzó la Renovación carismática católica, “que en cincuenta años ha tocado y renovado a millones de creyentes y ha suscitado en la Iglesia innumerables realidades nuevas, tanto personales como comunitarias”. Y subrayó que “nunca se insiste lo suficiente en que no se trata de un movimiento eclesial, en el sentido común del término”, sino que es una corriente de gracia destinada a toda la Iglesia, una “inyección del Espíritu Santo” que ella “necesita desesperadamente”.

“Aquí está Dios”

De manera que la adoración eucarística, según el Padre Cantalamessa, también es “una forma de evangelización y una de las más eficaces”:

Muchas parroquias y comunidades que la han puesto en su horario diario o semanal lo experimentan directamente. La vista de personas que por la tarde o de noche están en adoración silenciosa ante el Santísimo en una iglesia iluminada ha impulsado a muchos transeúntes a entrar y, después de haber permanecido un momento, a exclamar: ‘¡Aquí está Dios!’”.

 

TEXTO ÍNTEGRO DE LA PREDICACIÓN

«Adorarás al Señor tu Dios»

Raniero Cantalamessa, OFM Cap

Cuarta predicación, Cuaresma 2019 

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

Este año se celebra el VIII centenario del encuentro de Francisco de Asís con el Sultán de Egipto al-Kamil en 1219. Lo recuerdo en esta sede por un detalle que se refiere al tema de nuestras meditaciones sobre el Dios viviente. Tras el regreso de su viaje a Oriente en 1219, Francisco de Asís escribió una carta dirigida «A los gobernantes de los pueblos». En ella decía entre otras cosas: «Estáis obligados a tributar al Señor tanto honor entre el pueblo que se os ha confiado, que cada noche se anuncie, mediante un pregonero o algún otro signo, que se alabe y dé gracias al Señor Dios Todopoderoso por parte de todo el pueblo. Y si no hacéis esto, sabed que deberéis dar razón de ello a Dios ante el Señor vuestro Jesucristo el día del juicio»[1].

Es opinión difundida que el santo sacase la ocasión para esta exhortación por lo que había observado en su viaje a Oriente, donde había escuchado la llamada vespertina a la oración dirigida por los muyahidines desde lo alto de los minaretes. Un hermoso ejemplo no solo de diálogo entre las diversas religiones, sino también de enriquecimiento mutuo. Una misionera, que trabaja desde hace muchos años en un país africano, escribió estas palabras: «Nosotros estamos llamados a responder a una necesidad fundamental de los hombres, a la profunda necesidad de Dios, a la sed de absoluto, a enseñar el camino de Dios, a enseñar a orar. He aquí porqué los musulmanes hacen, por estas partes, tantos prosélitos: enseñan enseguida y dan forma simple a adorar a Dios».

Nosotros cristianos tenemos una diferente imagen de Dios —un Dios que es amor infinito aún antes que potencia infinita—, pero esto no debe hacernos olvidar el deber primario de la adoración. A la provocación de la mujer samaritana: «Nuestros padres adoraron en este monte; sin embargo, vosotros decís que está en Jerusalén el lugar donde hay que adorar», Jesús responde con palabras que son la carta magna de la adoración cristiana: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad» (Jn 4,21-24).

Fue el Nuevo Testamento el que elevó la palabra adoración a esta dignidad que antes no tenía. En el Antiguo Testamento, además de a Dios, la adoración se dirige en algunos casos también a un ángel (cf. Num 22,31) o al rey (1 Sam 24,9); por el contrario, en el Nuevo Testamento cada vez que se intenta adorar a alguien aparte de Dios y de la persona de Cristo, aunque sea incluso un ángel, la reacción inmediata es: «¡No lo hagas! Es a Dios a quien se debe adorar»[2]. Como si se corriera, en caso contrario, un peligro mortal. Es lo que Jesús, en el desierto, recuerda terminantemente al tentador que le pide que le adore: «Escrito está: Al Señor tu Dios, adorarás, sólo a él dará culto» (Mt 4,10).

La Iglesia ha recogido esta enseñanza, haciendo de la adoración el acto por excelencia del culto de latría, distinto de llamado de dulía reservado a los santos y del llamado de hiperdulía reservado a la Virgen. La adoración es, pues, el único acto religioso que no se puede ofrecer a ningún otro, dentro del universo, tampoco a la Virgen, sino sólo a Dios. Aquí está su dignidad y fuerza única.

La adoración (proskunesis), al comienzo, indicaba el gesto material de postrarse rostro en tierra delante de alguien, en señal de reverencia y sumisión. En este sentido plástico la palabra es usada todavía en los Evangelios y en el Apocalipsis. En ellos la persona ante la cual uno se postra, sobre la tierra, es Jesucristo y en la liturgia celestial el Cordero inmolado, o el Todopoderoso. Sólo en el diálogo con la Samaritana y en 1 Cor 14,25 él aparece suelto de su significado exterior e indica una disposición interior del alma hacia Dios. Esto llegará a ser cada vez más el significado ordinario del término y en este sentido, en el credo, decimos del Espíritu Santo que es «adorado y glorificado» al igual que el Padre y del Hijo. 

Para indicar la actitud exterior correspondiente a la adoración, se prefiere el gesto de doblar las rodillas, la genuflexión. También este último gesto está reservado exclusivamente a la divinidad. Podemos estar de rodillas ante la imagen de la Virgen, pero no hacemos la genuflexión ante ella, como la hacemos ante el Santísimo Sacramento, o el Crucificado.

Qué significa adorar

Pero, más que el significado y el desarrollo del término, nos interesa saber en qué consiste y cómo podemos practicar la adoración. La adoración puede ser preparada por larga reflexión, pero termina con una intuición y, como cualquier intuición, no dura mucho. Es como un relámpago de luz en la noche. Pero de una luz especial: no tanto la luz de la verdad, cuanto la luz de la realidad. Es la percepción de la grandeza, majestad, belleza, y conjunto de la bondad de Dios y de su presencia que quita el aliento. Es una especie de naufragio en el océano sin orillas y sin fondo de la majestad de Dios. Adorar, según la expresión de santa Ángela de Foligno recordada al principio, significa «recogerse en unidad y sumergirse en el abismo infinito de Dios».

Una expresión de adoración, más eficaz que cualquier palabra, es el silencio. Él dice por sí solo que la realidad está demasiado más allá que toda palabra. En la Biblia resuena alta la advertencia: «¡Calla ante él toda la tierra!» (Hab 2,20) y: «¡Silencio en la presencia del Señor Dios!» (Sof 1,7). Cuando «los sentidos son rodeados por un inmenso silencio y con la ayuda del silencio envejecen las memorias», decía un Padre del desierto, entonces no queda más que adorar. 

Fue un gesto de adoración el de Job, cuando, encontrándose cara a cara con el Todopoderoso al final de su historia, exclama: «He aquí, son muy mezquino: ¿qué te puedo responder? Me pongo la mano sobre su boca» (Job 40,4). En este sentido, el versículo de un salmo, retomado luego por la liturgia, en el texto hebreo decía: «Para ti es alabanza el silencio», Tibi silentium laus! (cf. Sal 65,2, texto Masorético). Adorar —según la maravillosa expresión de san Gregorio Nacianceno— significa elevar a Dios un «himno de silencio»[3]. Como a medida que se sube una alta montaña el aire se hace más enrarecido, así a medida que uno se aproxima a Dios la palabra debe hacerse más breve, hasta hacerse, al final, totalmente muda y unirse en silencio a aquel que es el inefable[4].

Si se quiere decir algo para «parar» la mente e impedir que vagabundee en otros objetos, conviene hacerlo con la palabra más breve que exista: Amén, Sí. Adorar, en efecto, es asentir. Es dejar que Dios sea Dios. Es decir sí a Dios como Dios y a sí mismos como criaturas de Dios. En este sentido, Jesús es definido en el Apocalipsis, el Amén, el Sí hecho persona (cf. Ap 3,14), o repetir incesantemente con los serafines: «Qadosh, qadosh, qadosh: Santo, santo, santo». 

La adoración exige, pues, que nos pleguemos y se esté callado. Pero, ¿es un tal acto, digno del hombre? ¿No lo humilla, derogando su dignidad? Más aún, ¿es realmente digno de Dios? ¿Qué Dios es si necesita que sus criaturas se postren por tierra delante de él y callen? ¿Es acaso, Dios, como uno de esos soberanos orientales que inventaron para sí la adoración? Es inútil negarlo, la adoración supone para las criaturas también un aspecto de radical humillación, un hacerse pequeños, un rendirse y someterse. La adoración implica siempre un aspecto de sacrificio, sacrificar algo. Precisamente así atestigua que Dios es Dios y que nada ni nadie tiene derecho a existir ante él, sino en gracia de Él. Con la adoración se inmola y se sacrifica el propio yo, la propia gloria, la propia autosuficiencia. Pero esta es una gloria falsa e inconsistente, y es una liberación para el hombre deshacerse de ella. 

Al adorar, se «libera la verdad que estaba prisionera de la injusticia». Se llega a ser «auténticos» en el sentido más profundo de la palabra. En la adoración se anticipa ya el regreso de todas las cosas a Dios. Uno se abandona al sentido y al flujo del ser. Como el agua encuentra su paz en fluir hacia el mar y el pájaro su alegría en seguir el curso del viento, así el adorador en adorar. Adorar a Dios no es tanto un deber, una obligación, cuanto un privilegio, más aún, una necesidad. ¡El hombre necesita algo majestuoso que amar y adorar! Está hecho para esto.

Por tanto, no es Dios quien necesita ser adorado, sino el hombre quien necesita adorar. Un prefacio de la Misa dice: «Tú no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación, por Cristo nuestro Señor»[5]. Estaba totalmente desviado F. Nietzsche cuando definía al Dios de la Biblia «ese Oriental ávido de honores en su sede celestial»[6].

Sin embargo, la adoración debe ser libre. Lo que hace la adoración digna de Dios y a la vez digna del hombre es la libertad, entendida ésta, no sólo negativamente como ausencia de coacción, sino también positivamente como impulso gozoso, don espontáneo de la criatura que expresa así su alegría de no ser ella misma Dios, para poder tener un Dios por encima de sí al que adorar, admirar, celebrar.

La adoración eucarística

La Iglesia católica conoce una forma particular de adoración que es la adoración eucarística. Toda gran corriente espiritual, en el seno del cristianismo, ha tenido su particular carisma que constituye su contribución particular a la riqueza de toda la Iglesia. Para los protestantes, este es el culto de la palabra de Dios; para los ortodoxos, el culto de los iconos; para la Iglesia católica, es el culto eucarístico. A través de cada una de estas tres vías, se realiza el mismo objetivo de fondo, que es la contemplación de Cristo y de su misterio.

El culto y la adoración de la Eucaristía fuera de la Misa es un fruto relativamente reciente de la piedad cristiana. Comenzó a desarrollarse en Occidente, a partir del siglo XI, como reacción a la herejía de Berengario de Tours que negaba la presencia «real» y admitía una presencia sólo simbólica de Jesús en la Eucaristía. A partir de esa fecha, sin embargo, no ha habido, se puede decir, un santo, en cuya vida no se note un influjo determinante de la piedad eucarística. Ella ha sido fuente de inmensas energías espirituales, una especie de hogar siempre encendido en medio de la casa de Dios, en el cual se han calentado todos los grandes hijos de la Iglesia. Generaciones y generaciones de fieles católicos han advertido el estremecimiento de la presencia de Dios al cantar el himno Adoro te devote, ante el Santísimo expuesto.

Lo que diré de la adoración y de la contemplación eucarística se aplica casi por completo también a la contemplación del icono de Cristo. La diferencia es que en el primer caso se tiene una presencia real de Cristo, en el segundo una presencia sólo intencional. Ambas se basan en la certeza de que Cristo resucitado está vivo y se hace presente en el sacramento y en la fe. 

Estando tranquilos y silenciosos, y posiblemente largo tiempo, ante Jesús sacramentado, o ante un icono suyo, se perciben sus deseos respecto de nosotros, se depositan los propios proyectos para dar cabida a los de Cristo, la luz de Dios penetra, poco a poco, en el corazón y lo sana. Ocurre algo que evoca lo que les pasa a en los árboles en primavera, es decir, el proceso de la fotosíntesis. Brotan de las ramas las hojas verdes; estas absorben de la atmósfera ciertos elementos que, bajo la acción de la luz solar, son «fijados» y transformados en alimento de la planta. Sin tales hojitas verdes, la planta no podría crecer y dar frutos y no contribuiría a regenerar el oxígeno que nosotros mismos respiramos. 

¡Nosotros debemos ser como esas hojas verdes! Son un símbolo de las almas eucarísticas y de las almas contemplativas. Al contemplar el «sol de justicia» que es Cristo, «fijan» el alimento que es el Espíritu Santo, en beneficio de todo el gran árbol que es la Iglesia. En otras palabras, es lo que dice también el apóstol Pablo cuando escribe: «Todos nosotros, a rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen, de gloria en gloria, según la acción del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,18).

Nuestro poeta, Giuseppe Ungaretti, al contemplar una mañana en la orilla del mar el surgir del sol, escribió una poesía de solo dos brevísimos versos, tres palabras en total: «Me ilumino del inmenso». Son palabras que podrían ser hechas propias por quien está en adoración ante el Santísimo Sacramento. Sólo Dios conoce cuántas gracias ocultas han descendido sobre la Iglesia gracias a estas almas adoradoras[7].

La adoración eucarística es también una forma de evangelización y entre las más eficaces. Muchas parroquias y comunidades que la han puesto en su horario diario o semanal lo experimentan directamente. La vista de personas que por la tarde o de noche están en adoración silenciosa ante el Santísimo en una iglesia iluminada ha empujado a muchos transeúntes a entrar y, después de haber permanecido un momento, a exclamar: «¡Aquí está Dios!». Precisamente como está escrito que sucedía en las primeras asambleas de los cristianos (cf. 1 Cor 14,25).

La contemplación cristiana nunca es en un sentido único. No consiste en mirarse, como se dice, el ombligo, a la búsqueda del propio yo profundo. Consiste siempre en dos miradas que se cruzan. Hacía, pues, una óptima contemplación eucarística aquel campesino de la parroquia de Ars que pasaba horas y horas inmóvil, en la iglesia, con la mirada dirigida al sagrario y que, interrogado por el Santo Cura qué hacía así todo el día, respondió: «¡Nada, yo le miro y Él me mira!».

Si a veces se abaja y flaquea nuestra mirada, nunca flaquea, sin embargo, la de Dios. La contemplación eucarística se reduce, a veces, simplemente a hacer compañía a Jesús, a estar bajo su mirada, dándole incluso la alegría de contemplarnos, que, en cuanto criaturas sacadas de la nada y pecadoras, sin embargo, somos el fruto de su pasión, aquellos por los que él ha dado la vida. Es un acoger la invitación de Jesús dirigida a los discípulos en Getsemaní: «Permaneced aquí y velad conmigo» (Mt 26,38).

La contemplación eucarística no es impedida, pues, en sí, por la aridez que a veces se puede experimentar, ya sea debida a nuestra disipación, o, en cambio, permitida por Dios para nuestra purificación. Basta darla un sentido, renunciando también a nuestra satisfacción derivada del fervor, para hacerle feliz y decir, como decía Charles de Foucauld: «¡Tu felicidad, Jesús, me basta!»; es decir: me basta con que tú seas feliz. Jesús tiene a disposición la eternidad para hacernos felices; nosotros no tenemos más que este breve espacio de tiempo para hacerle feliz: ¿cómo resignarse a perder esta oportunidad que ya no volverá nunca eternamente? 

Al contemplar a Jesús en el Sacramento del altar, nosotros realizamos la profecía hecha en el momento de la muerte de Jesús sobre la cruz: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). Más aún, dicha contemplación es ella misma una profecía, porque anticipa lo que haremos por siempre en la Jerusalén celestial. Es la actividad más escatológica y profética que se pueda realizar en la Iglesia. Al final ya no se inmolará el Cordero, ni se comerán ya sus carnes. Es decir, cesarán la consagración y la comunión; pero no cesará la contemplación del Cordero inmolado por nosotros. Esto es lo que, en efecto, los santos hacen en el cielo (cf. Ap 5,1ss). Cuando estamos ante el sagrario, formamos ya un único coro con la Iglesia de arriba: ellos delante, nosotros, por así decirlo, detrás del altar; ellos en la visión, nosotros en la fe.

En 1967 comenzó la Renovación Carismática Católica que en cincuenta años ha tocado y renovado a millones de creyentes y ha suscitado innumerables realidades nuevas, personales y comunitarias. Nunca se insiste suficientemente en el hecho de que éste no es un movimiento eclesial, en el sentido común de este término; es una corriente de gracia destinada a toda la Iglesia, una «inyección de Espíritu Santo» de la que ella tiene necesidad desesperadamente. Es como una sacudida eléctrica destinada a descargarse sobre la masa que es la Iglesia y, una vez que esto ha ocurrido, desaparecer.

Sin embargo, pocos saben que comenzó de una fuerte experiencia de adoración suscitada por el Espíritu Santo. El grupo de estudiantes de la Universidad Duquesne de Pittsburgh que participó en el primer retiro, se encontró, una noche, en la capilla ante el Santísimo, cuando, de pronto, sucedió una cosa singular, que uno de ellos, más adelante, describió así: «El temor del Señor comenzó a correr en medio de nosotros; una especie de terror sagrado nos impedía levantar los ojos. Él estaba allí personalmente presente y nosotros teníamos miedo de no resistir a su excesivo amor. Lo adoramos, descubriendo por primera vez lo que significa adorar. Hicimos una experiencia abrasadora de la terrible realidad y presencia del Señor. Desde entonces entendimos con una claridad nueva y directa las imágenes de Yahvé que, en el monte Sinaí, truena y estalla con el fuego de su mismo ser; hemos entendido la experiencia de Isaías y la afirmación según la cual nuestro Dios es un fuego devorador. Este sagrado temor era, en cierto modo, la misma cosa que el amor, o al menos así lo advertíamos nosotros. Era algo sumamente amable y bello, aunque ninguno de nosotros vio ninguna imagen sensible. Era como si la realidad personal de Dios, espléndida y deslumbrante, hubiera venido a la habitación llenándola a ella y a nosotros a la vez»[8]. 

Simultánea presencia de majestad y de bondad en Dios, de temor y amor en la criatura; el «misterio tremendo y fascinante», como lo definen los estudiosos de las religiones. La persona que describió en estos términos la experiencia de ese momento no sabía que estaba haciendo una síntesis perfecta de los rasgos que caracterizan el Dios vivo de la Biblia, y esto hace que su testimonio sea aún más convincente. Cuando, en el encuentro al estadio Olímpico de 2015, el papa Francisco exhortó a la Renovación Carismática a la adoración, pensé inmediatamente en su origen.

Terminamos volviendo a escuchar una exhortación que san Juan Pablo II dirigía en su carta sobre El misterio y el culto a la Santísima Eucaristía, del Jueves Santo de 1980: «La animación y robustecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto como finalidad y de la que es el punto central… Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe»[9].

[1] Fonti Francescane, n. 213.
[2] Cf. Ap 19,10; 22,9; Hch 10,25-26; 14,13s.
[3] San Gregorio Nacianceno, Poemas, 29: PG 37, 507.
[4] Ps.- Dionisio Areopagita, Teología mística, 3: PG 3, 1033.
[5] Misal Romano, Prefacio común IV.
[6] Friederich Nietzsche, La Gaia ciencia, n. 135.
[7] Giuseppe Ungaretti, Vita d’un uomo: 106 poesie (Mondadori, Milán 1988) 72 [trad. esp. Vida de un hombre: 106 poesías, 1914-1960 (Libertarias-Prodhufi, Madrid 1993)].
[8] En The Spirit and the Church [ed. R. Martin] (New York 1976) 16. 
[9] San Juan Pablo II, Carta Dominicae cenae, a todos los obispos de la Iglesia sobre el misterio y el culto de la Eucaristía (24-II-1980) n. 4.

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

¡Jesús es el Señor!

¡Jesús es el Señor!

Ya estamos próximos a la celebración de la Pascua, el centro de la Fe y de Vida de la Iglesia. La Pascua es una manifestación del Amor infinito del Padre, del Proyecto de Vida que se revela a través de Jesús y del Acompañamiento Vivificante del Espíritu Santo. Toda la historia de la Salvación tiene su centro y su culmen en la Resurrección de Jesús.

De esta manera vive ahora el Resucitado, sentado a la derecha del Padre y plenamente unido a nosotros, compartiendo y prosiguiendo su causa: el amor que se da y se comparte. Es Jesús el Viviente quien desata una nueva posibilidad para la vida. ¡Elige a Jesús como Señor de tu vida! Cada creyente que se adhiere a Jesús, está llamado a ser testigo real de su resurrección, haciendo la tarea de servir en el amor de Dios Padre, para vivir en fraternidad y en comunión con todos. En cada Efusión del Espíritu Santo se siente esa presencia gratuita que nos llena de su Gracia Santificante para poder perseverar en nuestro servicio con amor.

Este año, finalizando nuestro trienio como ECONA, viviremos muchos desafíos. Nuestra meta es que podamos vivir un nuevo Pentecostés en cada Encuentro Nacional en Villa Giardino, con Predicadores llenos del Poder del Espíritu Santo que de seguro brindarán lo mejor para el Señor y para nuestros hermanos de toda la Argentina. Queremos que se formen nuevos líderes en esta Corriente de Gracia para así poder expandir la Evangelización y cumplir con el mandato que el Señor nos dejó.

Gracias a todos los que harán esto posible.

¡Bendecida Pascua de Resurrección!

III predicación de Cuaresma 2019

III predicación de Cuaresma 2019

Cantalamessa: no tributar a Dios la consideración que le es debida provoca «la cólera divina»

El padre Cantalamessa, durante una de sus predicaciones cuaresmales de este año: consagró la de este viernes a la idolatría y al pecado como forma de idolatría.

La tercera predicación de Cuaresma del padre Raniero Cantalamessa a la Curia Romana versó sobre la idolatría bajo el título La idolatría, antítesis del Dios viviente. Pero no sobre una idolatría pagana referida a imágenes de dioses falsos, sino la idolatría cotidiana, incluso de muchos católicos, consistente «en el rechazo de «glorificar» y «dar gracias a Dios». En otras palabras, rechazar reconocer a Dios como Dios, al no tributarle la consideración que le es debida. Consiste, podríamos decir, en «ignorar» a Dios, donde, sin embargo, ignorar no significa tanto «no saber que existe», cuanto «hacer como si no existiera»».

En la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico, el predicador de la Casa Pontificia recordó que el Dios «vivo» de la Biblia se distingue de los ídolos, «que son cosas muertas». Es una idea presente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: «La idolatría es exactamente la antítesis del Dios vivo«. Nuestro Dios es un Dios «que habla, que ve, que huele, ¡un Dios «que respira»!»

Pero «la batalla contra la idolatría lamentablemente no terminó con el fin del paganismo histórico», afirma Cantalamessa, sino que se libra en cada uno de nosotros. En San Pablo, explica, «el pecado fundamental, el objeto primario de la ira divina, es identificado en la asebeia, es decir, en la impiedad. En qué consiste exactamente esta maldad, el Apóstol lo explica enseguida, diciendo que consiste en el rechazo de «glorificar» y «dar gracias a Dios». En otras palabras, rechazar reconocer a Dios como Dios, al no tributarle la consideración que le es debida. Consiste, podríamos decir, en «ignorar» a Dios, donde, sin embargo, ignorar no significa tanto «no saber que existe», cuanto «hacer como si no existiera»».

Coincide en eso con las exhortaciones de Moisés al pueblo judío, o del salmista: el pecado «es el intento, por parte de la criatura, de anular la infinita diferencia cualitativa que existe entre la criatura y el Creador, negándose a depender de Él»… El hombre, creado «recto» (en sentido físico de erguido y en lo moral de justo), con el pecado se ha hecho «curvo», es decir, replegado sobre sí mismo, y «perverso», es decir orientado hacia sí mismo, en lugar de hacia Dios».

La acusación de idolatría, sin embargo, no es solo para que la lancen los cristianos contra el mundo que les rodea, sino también para que la descubran en sí mismos. San Pablo, quien descubrió su propio fariseísmo, «desenmascara la ilusión extraña y frecuente de las personas piadosas y religiosas de considerarse al abrigo de la cólera de Dios, sólo porque tienen una clara idea del bien y del mal, conocen la ley y, si fuera necesario, la saben aplicar a los demás, mientras que, en cuanto a sí mismos, piensan que el privilegio de estar del lado de Dios o, de todos modos, la «bondad» y la «paciencia» de Dios, que conocen bien, harán una excepción para ellos».

Pero se trata de un auténtico tour de force entre el hombre y su Creador, un duelo que tiene que tener uno de dos resultados, y no hay más: «Aquí no hay escapatoria: hay que «colapsar» y decir como David: «¡He pecado!» (2 Sam 12,13), o se produce un endurecimiento ulterior del corazón y se refuerza la impenitencia. De la escucha de esta palabra de Pablo se sale o convertidos o endurecidos«.

Porque, resume Cantalamessa, «en el fondo de toda idolatría está la autolatría, el culto de sí, el amor propio, el ponerse a sí mismo en el centro y en el primer puesto en el universo, sacrificándole todo el resto… El resultado es siempre la impiedad, el no glorificar a Dios, sino siempre y sólo a sí mismos, el hacer servir el bien, también el servicio que prestamos a Dios -¡también Dios!-, al propio éxito y a la propia afirmación personal».

Y, concluye, «ese lugar es muy estrecho, no hay lugar para dos: o está mi yo, o está Cristo«.

TEXTO ÍNTEGRO DE LA PREDICACIÓN

La idolatría, antítesis del Dios viviente

Raniero Cantalemessa, OFM Cap

Tercera predicación, Cuaresma 2019

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

Cada mañana, al despertar, experimentamos algo singular, a lo cual no hacemos caso casi nunca. Durante la noche, las cosas en torno a nosotros existían, eran como las habíamos dejado la noche anterior: la cama, la ventana, la habitación. Quizás fuera ya brilla el sol, pero no lo vemos porque tenemos los ojos cerrados y las cortinas cerradas. Sólo ahora, al despertar, las cosas empiezan o vuelven a existir para mí, porque tomo conciencia de ello, me doy cuenta de ellas. Antes era como si no existieran, como si yo mismo no existiera. 

Sucede lo mismo con Dios. Él está siempre; «en él vivimos, nos movemos y existimos», decía Pablo a los atenienses (Hch 17,28); pero normalmente esto sucede como en el sueño, sin que nos demos cuenta. Es necesario, también para el espíritu de un despertar, un sobresalto de conciencia. Por eso, la Escritura nos exhorta a menudo a levantarnos del sueño: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz» (Ef 5,14). «¡Ya es tiempo de despertarse del sueño!» (Rom 13,11). Es lo que nos proponemos al continuar, en Cuaresma, la búsqueda del Dios vivo iniciada en Adviento.

La idolatría antigua y nueva

El Dios «vivo» de la Biblia está tan definido para distinguirlo de los ídolos que son cosas muertas. Es la batalla que une a todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. Basta con abrir casi por casualidad una página de los profetas o de los salmos para encontrar allí los signos de esta épica lucha en defensa del Dios único de Israel. La idolatría es exactamente la antítesis del Dios vivo. De los ídolos, un salmo dice:

Sus ídolos, en cambio, son plata y oro, 
hechura de manos humanas. 
Tienen boca, y no hablan, 
tienen ojos, y no ven, 
tienen orejas, y no oyen, 
tienen nariz, y no huelen, 
tienen manos, y no tocan, 
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta. (Sal 114,3-7).

Del contraste con los ídolos, el Dios vivo aparece como un Dios que «obra lo que quiere», que habla, que ve, que huele, ¡un Dios «que respira»! El aliento de Dios también tiene un nombre en la Escritura: se llama la Ruah Jahwe, el Espíritu de Dios. Es el hálito que Dios sopló sobre Adán cuando aún era un simulacro de arcilla (Gén 2,7); es el soplo que el Resucitado sopló sobre los discípulos la noche de Pascua: «Sopló sobre ellos y dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20,22).

La batalla contra la idolatría lamentablemente no terminó con el fin del paganismo histórico; está siempre en acción. Los ídolos han cambiado de nombre, pero están más presentes que nunca. También dentro de cada uno de nosotros, veremos, hay uno que es el más temible de todos. Vale la pena por eso detenernos una vez sobre este problema, como problema actual, y no sólo del pasado. 

Quien hizo de la idolatría el análisis más lúcido y más profundo es el Apóstol Pablo. Por él nos dejamos conducir al descubrimiento del «becerro de oro» que anida dentro de cada uno de nosotros. Al comienzo de la carta a los Romanos leemos estas palabras: «La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Porque lo que de Dios puede conocerse les resulta manifiesto, pues Dios mismo se lo manifestó. Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras; de modo que son inexcusables, pues, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias; todo lo contrario, se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en tinieblas» (Rom 1,18-21).

En la mente de aquellos que han estudiado teología, estas palabras están vinculadas casi exclusivamente a la tesis de la cognoscibilidad natural de la existencia de Dios a partir de las criaturas. Por eso, una vez resuelto este problema, o después de que ha dejado de ser actual como en el pasado, sucede que muy raramente estas palabras son recordadas y valoradas. Pero lo de la cognoscibilidad natural de Dios es, en el contexto, un problema totalmente marginal. Las palabras del Apóstol tienen mucho más que decirnos; contienen uno de esos «truenos de Dios» capaces de partir incluso los cedros del Líbano.

El Apóstol está atento a demostrar cuál es la situación de la humanidad antes de Cristo y fuera de él; en otras palabras, desde donde parte el proceso de la redención. Él no parte desde cero, de la naturaleza, sino desde bajo cero, del pecado. Todos han pecado, nadie está excluido. El Apóstol divide el mundo en dos categorías: griegos y judíos, es decir, paganos y creyentes, y comienza su requisitoria precisamente por el pecado de los paganos. Identifica el pecado fundamental del mundo pagano en la impiedad y en la injusticia. Dice que es un atentado a la verdad; no a esta o a aquella verdad, sino a la verdad originaria de todas las cosas. 

El pecado fundamental, el objeto primario de la ira divina, es identificado en la asebeia, es decir, en la impiedad. En qué consiste exactamente esta maldad, el Apóstol lo explica enseguida, diciendo que consiste en el rechazo de «glorificar» y «dar gracias a Dios». En otras palabras, rechazar reconocer a Dios como Dios, al no tributarle la consideración que le es debida. Consiste, podríamos decir, en «ignorar» a Dios, donde, sin embargo, ignorar no significa tanto «no saber que existe», cuanto «hacer como si no existiera». 

En el Antiguo Testamento oímos a Moisés que clama al pueblo: «¡Reconoced que Dios es Dios!» (cf. Dt 7,9) y un salmista recoge dicho grito, diciendo: «¡Reconoced que el Señor es Dios: Él nos ha hecho y somos suyos!» (Sal 100,3). Reducido a su núcleo germinativo, el pecado es negar ese «reconocimiento»; es el intento, por parte de la criatura, de anular la infinita diferencia cualitativa que existe entre la criatura y el Creador, negándose a depender de él. Dicho rechazo ha tomado cuerpo, concretamente, en la idolatría, por la cual se adora a la criatura en lugar del Creador (cf. Rom 1,25). Los paganos, prosigue el Apóstol, «alardeando de sabios, resultaron ser necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles» (Rom 1,22-23). 

El Apóstol no quiere decir que todos los paganos, indistintamente, hayan vividos subjetivamente en este tipo de pecado (más adelante hablará de paganos que se hacen queridos a Dios siguiendo la ley de Dios escrita en sus corazones, cf. Rom 2,14s); solo quiere decir cuál es la situación objetiva del hombre ante Dios tras el pecado. El hombre, creado «recto» (en sentido físico de erguido y en lo moral de justo), con el pecado se ha hecho «curvo», es decir, replegado sobre sí mismo, y «perverso», es decir orientado hacia sí mismo, en lugar de hacia Dios. 

En la idolatría, el hombre no «acepta» a Dios, sino que se hace un dios. Las partes aparecen invertidas: el hombre se convierte en el alfarero, y Dios la vasija que él modela a su antojo (cf. Rom 9,20ss). Hay en todo ello una referencia, al menos implícita, al relato de la creación (cf. Gén 1,26-27). Allí se dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; aquí se dice que el hombre ha cambiado por Dios la imagen y la figura de hombre corruptible. En otras palabras, Dios hizo al hombre a su imagen, ahora el hombre hace a Dios a su imagen. Puesto que el hombre es violento, he aquí que hará de la violencia un dios, Marte; puesto que es lujurioso, hará de la lujuria una diosa, Venus, y así sucesivamente. Hace de Dios la proyección de sí mismo.

«¡Tú eres ese hombre!»

Sería fácil demostrar que ésta es también la situación en la que, por cierto lado, nos hemos encontrado, en Occidente, desde el punto de vista religioso y del que ha comenzado el ateísmo moderno con la célebre máxima de Feuerbach: «No es Dios quien ha creado al hombre a su imagen, sino que es el hombre quien crea a Dios a su imagen». ¡En cierto sentido hay que admitir que esta afirmación es verdadera! Sí, Dios es realmente un producto de la mente humana. Sin embargo, el problema es saber de qué dios se trata. Ciertamente no del Dios vivo de la Biblia, sino sólo de un sucedáneo suyo.

Imaginemos que hoy un desequilibrado la toma a martillazos con la estatua del David, de Miguel Ángel, que se encuentra al aire libre, delante del Palazzo della Signoria en Florencia, y luego se pone a gritar con aire de triunfo: «¡He destruido el David de Miguel Ángel! ¡Ya no existe el David! ¡Ya no existe el David!» No sabe, pobre iluso, que era sólo una imitación, una copia para turistas con prisa, porque el verdadero David de Miguel Ángel, tras un atentado de este tipo ocurrido en el pasado, fue retirado de la circulación y puesto a salvo en la Galería de la Academia. Es lo que le sucedió a Nietzsche cuando, por boca de un personaje suyo, proclamó: «¡Hemos matado a Dios!»[1]. No se daba cuenta de que no había matado al verdadero Dios, sino una copia de «escayola».

Basta una simple observación para convencerse de que el ateísmo moderno no ha tenido que ver con el Dios de la fe cristiana, sino con una idea deformada de él. Si se hubiera mantenido viva en teología la idea del Dios Uno y Trino (en lugar de hablar de un vago «Ser supremo»), no habría sido tan fácil para Feuerbach hacer triunfar su tesis de que Dios es una proyección que el hombre hace de sí mismo y de la propia esencia. ¿Qué necesidad tendría el hombre de desdoblarse en tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo? Es el vago deísmo lo que es derribado por el ateísmo moderno, no la fe en Dios uno y trino.

Pero pasemos a otra cosa. Nosotros no estamos aquí para refutar el ateísmo moderno o para un curso de teología pastoral; estamos aquí para hacer un camino de conversión personal. ¿Qué parte tenemos nosotros —entiendo ahora «nosotros» en el sentido de nosotros que estamos aquí, nosotros los creyentes—, en la tremenda requisitoria de la Biblia contra la idolatría? Según lo dicho hasta aquí, parecería, en efecto, que nosotros tenemos, más que otra cosa, un papel de acusadores. Pero escuchemos bien lo que sigue en la Carta de Pablo a los Romanos. Después de haber arrancado la máscara del rostro del mundo, en ella el Apóstol arranca la máscara también por nuestro rostro y veamos cómo. 

 «Por ello, tú que te eriges en juez, sea quien seas, no tienes excusa, pues, al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque haces las mismas cosas, tú que juzgas. Sabemos que el juicio de Dios contra los que hacen estas cosas es según verdad. ¿Piensas acaso, tú que juzgas a los que hacen estas cosas pero actúas del mismo modo, que vas a escapar del juicio divino?» (Rom 2,1-3).

La Biblia narra esta historia. El rey David había cometido un adulterio; para cubrirlo había hecho morir en la guerra al marido de la mujer, de modo que, en ese punto, tomarla como mujer podía parecer incluso un acto de generosidad por parte del rey, respecto del soldado muerto luchando por él. Una verdadera cadena de pecados. Se acercó entonces a él el profeta Natán, enviado por Dios, y le contó una parábola (pero el rey no sabía que era una parábola). Había —dijo—, en la ciudad, un hombre rico que tenía rebaños de ovejas y había también un pobrecillo que tenía una sola oveja muy querida para él, de la cual obtenía su sustento y que dormía con él. Llegó al rico un huésped y él, conservando sus ovejas, tomó para sí la ovejita del pobre y la hizo matar por preparar la mesa al huésped. Al oír esta historia, la ira de David se desencadenó contra ese hombre y dijo: «¡Quien ha hecho esto merece la muerte!» Entonces Natán, abandonando de golpe la parábola y apuntando con el dedo hacia él, dijo a David: «¡Tú eres ese hombre!» (cf. 2 Sam 12,1ss). 

Es lo que hace con nosotros el Apóstol Pablo. Después de habernos arrastrado detrás de sí en una justa indignación y horror por la impiedad del mundo, pasando por el capítulo primero al capítulo segundo de su Carta, como si se dirigiera de golpe hacia nosotros, nos repite: «¡Tú eres ese hombre!». La reaparición, en este punto, del término «inexcusable» (anapologetos), usado anteriormente para los paganos, no deja dudas sobre las intenciones de Pablo. Mientras juzgabas a los demás —viene a decir—, tú te condenabas a ti mismo. El horror que has concebido por la idolatría es hora de dirigirlo contra ti.

El «dirimente», a lo largo del capítulo segundo, se revela que es el judío que aquí, sin embargo, es tomado, más que otra cosa, como tipo. «Judío» es el no-griego, el no-pagano (cf. Rom 2,9-10); es el hombre piadoso y creyente que, firme en sus principios y en posesión de una moral revelada, juzga al resto del mundo y, juzgando, se siente seguro. «Judío» es, en este sentido, cada uno de nosotros. Orígenes decía incluso que, en la Iglesia, con quienes se las toma estas palabras del Apóstol son los obispos, presbíteros y diáconos, es decir, los guías, los maestros[2].

Pablo ha experimentado él mismo este shock, cuando, como fariseo, se hizo cristiano, y por eso puede hablar ahora con tanta seguridad y señalar a los creyentes el camino para salir del fariseísmo. Él desenmascara la ilusión extraña y frecuente de las personas piadosas y religiosas de considerarse al abrigo de la cólera de Dios, sólo porque tienen una clara idea del bien y del mal, conocen la ley y, si fuera necesario, la saben aplicar a los demás, mientras que, en cuanto a sí mismos, piensan que el privilegio de estar del lado de Dios o, de todos modos, la «bondad» y la «paciencia» de Dios, que conocen bien, harán una excepción para ellos. 

Imaginemos esta escena. Un padre está reprochando a uno de sus hijos por alguna transgresión; otro hijo, que ha cometido la misma culpa, creyendo ganarse la simpatía del padre y escapar al reproche, se pone a gritar también él, en voz alta, el hermano, mientras que el padre se esperaba otra cosa, es decir, que, oyendo que reprochar al hermano y viendo su bondad y paciencia hacia él, él corriera a arrojarse a los pies, confesando que él también era reo de la misma culpa y prometiéndole enmendarse.

«¿O es que desprecias el tesoro de su bondad, tolerancia y paciencia, al no reconocer que la bondad de Dios te lleva a la conversión? Con tu corazón duro e impenitente te estás acumulando cólera para el día de la ira, en que se revelará el justo juicio de Dios» (Rom 2,4-5).

¡Qué terremoto el día que te das cuenta de que la palabra de Dios está hablando de este modo precisamente a ti y que ese «tú» eres tú! Ocurre como cuando un jurista está concentrado en analizar una famosa sentencia de condena emitida en el pasado y que sentó jurisprudencia cuando, de repente, observando mejor, se da cuenta de que esa sentencia se aplica también a él y está todavía en pleno vigor: cambia de golpe el estado de ánimo y el corazón deja de estar seguro de sí mismo. Aquí la palabra de Dios está comprometida en un auténtico tour de force; debe revertirse la situación de aquel que la está tratando. Aquí no hay escapatoria: hay que «colapsar» y decir como David: «¡He pecado!» (2 Sam 12,13), o se produce un endurecimiento ulterior del corazón y se refuerza la impenitencia. De la escucha de esta palabra de Pablo se sale o convertidos o endurecidos.

Pero, ¿cuál es la acusación específica que el Apóstol dirige contra los «piadosos»? La de hacer —dice— «las mismas cosas» que juzgan en los demás. ¿En qué sentido «las mismas cosas»? ¿En el sentido de materialmente las mismas? También esto (cf. Rom 2,21-24); pero sobre todo las mismas cosas, en cuanto a la sustancia, que es la maldad y la idolatría. El Apóstol lo destaca mejor durante el resto de su Carta, cuando denuncia la pretensión de salvarse con las propias obras y así hacer de sí mismos los acreedores y de Dios, el deudor. Si tú, viene a decir, observas la ley y haces todo tipo de buenas obras, pero para afirmar tu justicia, te pones a ti mismo en el lugar de Dios. Pablo no hace más que repetir con otras palabras lo que Jesús, en el Evangelio, había tratado de decir con la parábola del fariseo y del publicano en el templo y en otros infinitos modos. 

Aplicamos el todo a nosotros cristianos, puesto que, como decíamos, el objetivo de Pablo no son tanto los judíos como pueblo, cuanto el hombre religioso en general y en el caso específico de los llamados «judeo-cristianos». Hay una idolatría escondida que insidia al hombre religioso. Si idolatría es «adorar la obra de sus manos» (cf. Is 2,8; Os 14,4), si idolatría es «poner la criatura en lugar del Creador», yo soy idólatra cuando pongo la criatura —mi criatura, la obra de mis manos— en lugar del Creador. Mi criatura puede ser la casa o la iglesia que construyo, la familia que creo, el hijo que he traído al mundo (¡cuántas mamás, también cristianas, sin darse cuenta, hacen de su hijo, especialmente si es único, su Dios!); puede ser el instituto religioso que he fundado, el cargo que desempeño, el trabajo que realizo, la escuela que dirijo, para mí que os hablo el libro que escribí precisamente sobre la Carta a los Romanos. 

En el fondo de toda idolatría está la autolatría, el culto de sí, el amor propio, el ponerse a sí mismo en el centro y en el primer puesto en el universo, sacrificándole todo el resto. Basta que aprendamos a escucharnos mientras hablamos para descubrir cómo se llama nuestro ídolo, pues, como dice Jesús, «de la abundancia del corazón habla la boca » (Mt 12,34). Nos daremos cuenta de cuántas frases nuestras comienzan con la palabra «yo». 

El resultado es siempre la impiedad, el no glorificar a Dios, sino siempre y sólo a sí mismos, el hacer servir el bien, también el servicio que prestamos a Dios —¡también Dios!—, al propio éxito y a la propia afirmación personal. Muchos árboles de tronco alto tienen raíz fusiforme, una raíz madre que desciende perpendicularmente bajo el tronco y hace que la planta esté firme e inquebrantable. Mientras no se pone el hacha en esa raíz, se pueden cortar todas las raíces laterales, pero el árbol no cae. Ese lugar es muy estrecho, no hay lugar para dos: o está mi yo, o está Cristo. 

Quizás, entrando en mí mismo, estoy dispuesto, en este momento, a reconocer la verdad, es decir, que hasta ahora he vivido «para mí mismo», que también estoy implicado en el misterio de la impiedad. El Espíritu Santo me ha «convencido de pecado». Comienza para mí el milagro siempre nuevo de la conversión. Si el pecado, como nos explicó Agustín, consistió en un repliegue sobre sí mismos, la conversión más radical consiste en «enderezarnos» y re-dirigirnos a Dios. No podemos hacerlo en el transcurso de una predicación, o de una Cuaresma; pero podemos al menos tomar la decisión seria de hacerlo, y ya en cierto modo, para Dios, como haberlo hecho. 

Si me alineo con todo mí yo en la parte de Dios, contra mi «yo», me hago su aliado; somos dos en luchar contra el mismo enemigo y la victoria está asegurada. Nuestro yo, como un pez sacado fuera de su agua, puede deslizarse aún y menearse un poco, pero está destinado a morir. Pero no es un morir, sino un nacer. «Quien quiere salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi causa, la encontrará» (Mt 16,25). En la medida en que muere el hombre viejo, nace en nosotros «el hombre nuevo, creado según Dios en justicia y en la verdadera santidad» (Ef 4,24). El hombre o la mujer que todos secretamente queremos ser.

Dios nos ayude a realizar cada vez más la verdadera empresa de la vida que es nuestra conversión.

[1] Friedrich Nietzsche, La gaia ciencia, n. 125.

[2] Orígenes, Comentario de la Carta a los Romanos, 2,2: PG 14,873.

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

Renovar toda la Iglesia

Renovar toda la Iglesia

Renovar toda la Iglesia

El mes pasado les proponía, celebrando el 52º aniversario del nacimiento de la RCC, reflexionar sobre algunos desafíos que, desde mi sencillo punto de vista, debemos encarar en esta etapa de la historia.

Los desafíos tienen la particularidad de mostrar o identificar algún aspecto negativo de la realidad o situación que vivimos, pero a la vez generar el deseo y la búsqueda de soluciones. Por eso llamo desafíos a estas situaciones. El mes pasado nombrábamos varios.

Este mes quiero detenerme en este: RENOVAR TODA LA IGLESIA EN TODAS SUS DIMENSIONES.

Si bien es verdad que la Iglesia es un MISTERIO (una realidad humana impregnada, transida por la presencia de Dios) porque nuestra inteligencia no alcanza a comprender toda su realidad, también es verdad que Dios suscitó la RCC para renovar toda la Iglesia.

Pareciera ser que este objetivo fuera demasiado presuntuoso. Pretender desde esta “Corriente de Gracia” transformar toda la Iglesia. ¿No es demasiado? ¿No sería mejor conformarnos con menos? Es decir, ¿y si solo intentáramos llegar a muchos?

Los estudiantes y profesores de Duquesne, no alcanzaron a vislumbrar lo que Dios estaba haciendo a través de ellos, pero sí fueron fieles a lo que Dios hablaba en sus corazones y por eso no dejaron de dar testimonio de lo que habían visto y oído.

En este Kairós (tiempo de Dios, tiempo de Gracia) Dios a través del Santo Padre Francisco nos hace un pedido muy concreto: “Compartir con todos en la Iglesia (el resaltado es mío) el Bautismo en el Espíritu Santo, alabar al Señor sin ‎cesar, caminar juntos con los cristianos de diferentes Iglesias y comunidades ‎cristianas, en la oración y la acción por los que más lo necesitan. Servir a los más ‎pobres y enfermos, eso espera la Iglesia y el Papa de vosotros, Renovación Carismática Católica, también de todos vosotros: todos, todos los que habéis entrado en esta Corriente de Gracia. (3/06/17)

Tenemos que ser fieles a este pedido.

Podemos sintetizar el objetivo de la RCC diciendo: La RCC existe para que por la acción y gracia del Espíritu Santo se viva un encuentro consciente y permanente con el Dios vivo, esto se manifiesta en: la conversión profunda y continua, el testimonio de vida cristiana en torno a los Sacramentos, la oración y espiritualidad católicas y en el compromiso apostólico con la comunidad. Esto es conocido como «Bautismo en el Espíritu Santo». Un encuentro personal con Dios Padre y con Cristo Jesús resucitado el cual es Señor y Mesías e invita a seguirlo en una total adhesión a Él. Este encuentro es con ¡Jesús EVANGELIO!: «Ungido por Dios con el Espíritu Santo, pasó su vida haciendo el bien: proclamando a los pobres la Buena Nueva y llevando a cabo una obra de salvación total; habiendo muerto para salvarnos del pecado, ha sido resucitado por el poder de Dios, ha sido exaltado a la diestra del Padre, ha recibido el Espíritu Santo prometido, y ha sido constituido Señor y Mesías». (Lc. 4, 18-19; Hech 2, 22-36; 10,38).

Si uno mira este objetivo descubre que es lo que todo bautizado debería vivir en su propia vida. Esto no es para algunos, es PARA TODOS.

Por eso debemos recordar, reflexionar, organizar y actuar para que este objetivo se cumpla. Ya no podemos conformarnos con algunos Grupos de Oración, en algunas Parroquias. Debemos trabajar con firmeza, ardor e inteligencia para que en cada Parroquia haya varios Grupos de Oración que sean ese cálido espacio de oración comunitaria que alimenten el fuego de un ardor incontenible, para que se realice una venida del Espíritu Santo que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza y genere un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente y así la comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo y haga entonces que la Iglesia reciba una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza (Cfr. DA nº 362).

¡A esto está llamada la RCC! No podemos conformarnos con menos. El Señor nos llama a cosas grandes, no nos quedemos en las menudencias. Esto implicará corazones generosos, mentalidad abierta, sentido y madurez eclesial.

¿Lo pensamos? Mejor que sólo pensarlo ¿y si lo ponemos por obra?

 Gabriel A. Lauría

Vice Asesor Nacional

 

El Canto del Espíritu

El Canto del Espíritu

El canto del Espíritu

Por Diego Jaramillo

Hay unas palabras de Pablo a los Corintios que entreabren las puertas a una oración, elevada al Señor, no con la mente que analiza los conceptos y capta el sentido de cuanto decimos, sino con el espíritu, de donde brotan el anhelo, el afecto y la emoción ante el Dios que nos crea y nos salva.

Las palabras del apóstol son estas: «Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente. Cantaré salmos con el espíritu, pero también los cantaré con la mente» (l Co 14, 15).

Cantar con el espíritu es dejar que nuestra voz module melodías espontáneas, que musicalice los sonidos que brotan de nosotros, no por la fuerza del pensamiento, sino por el deseo del corazón que desea alabar a Dios.

No importa decir de dónde provienen las palabras de oración en lenguas. ¿De nosotros? ¿Del Espíritu Santo? El mismo Papa Pablo VI se lo pregunta al escribir: «sólo con el Espíritu y acaso por el Espíritu mismo en nosotros y por nosotros pronunciadas inefablemente». Las citas de Pablo a los Romanos y a los Gálatas apoyarían ambas interpretaciones (Rm 8, 15; Ga 4, 6). Lo cierto es que el Espíritu llena al creyente y por la fuerza de su presión le hace estallar en alabanzas como brota el agua en los surtidores por la acción de las presiones internas.

El júbilo o regocijo

En las antiguas costumbres cristianas había un modo de cantar llamado «júbilo» o «regocijo». Liturgistas modernos dicen que se usa todavía y que se hace prolongando en el aleluya la última sílaba, de manera que se simboliza el gozo eterno del cielo, y que en las celebraciones de los coptos (rito ortodoxo) este canto se prolonga hasta por un cuarto de hora.

Entre nosotros, los católicos, el regocijo ha quedado reducido a algunas aclamaciones y ellas bastante empobrecidas, porque aunque son gritos de júbilo o de súplica la manera de entonarlas en muchas asambleas las convierte apenas en un eco apagado.

Cuando en algunas liturgias se canta: Amén, Aleluya, Señor ten piedad, Gloria a ti, Te alabamos Señor, no parece que haya conciencia de lo que se debiera estar gritando.

Max Thurian dice al respecto: «Estas aclamaciones sencillas deben ser el estallido de la espontaneidad del Espíritu que habla en la Iglesia. Están normalizadas, claro está, por la liturgia, pero conviene que expresen la adhesión y el júbilo de la Iglesia al modo de un primitivo hablar en lenguas. Quizá no se abarque todo el significado de la palabra, pero este término debe ser el apoyo de una fe o de una alegría racionalmente inexpresable, pero que estalla”.

La oración jubilosa es frecuentemente descrita por varios escritores de la antigüedad. Pero es San Agustín quien más extensamente la comenta, de manera especial en sus narraciones sobre los salmos. Suyos son estos apartes: «Cantadle cántico nuevo. ?Desnudaos de la vejez, pues conocisteis el cántico nuevo. Nuevo homhre, Nuevo Testamento, nuevo cántico.

No pertenece a los hombres viejos el cántico nuevo; éste sólo lo aprenden los hombres nuevos que han sido renovados de la vejez por la gracia, y que pertenecen ya al Nuevo Testamento.
El júbilo es cierto cántico o sonido con el cual se significa que da a luz el corazón lo que no puede decir o expresar.

¿Y a quién conviene esta alegría sino al Dios inefable? Es inefable aquel a quien no puedes dar a conocer, y si no puedes darle a conocer y no debes callar, qué resta sino que te regocijes, para que se alegre el corazón sin palabras y no tenga límites de sílabas la amplitud del gozo».

Este júbilo cristiano hundía sus raíces en los cantos sagrados de Israel. El júbilo era la aclamación que Israel hacía para alabar a Yahvé, e invitar que todos los pueblos batiesen palmas en su honor. El «regocijo» era el grito de guerra con que el pueblo escogido invocaba el nombre del Señor y le imploraba protección en la batallas. Así fue el canto de Moisés, cuando el pueblo superó la barrera del Mar Rojo y alcanzó el camino de la liberación.

A esa aclamación jubilosa del Antiguo Testamento sucede, en la Nueva Alianza, el gozo por la presencia del Señor, la alegría de experimentar la acción divina en la propia vida, y contemplada de modo especial actuando en la vida de Jesús, a quien el Padre saca de entre los muertos y le constituye como Señor del Universo.

Cuando el cristiano medita en la resurrección de Jesucristo, se siente llevado por el Espíritu a reconocer el Señorío de Jesús, y a expresar su admiración en palabras, en cantos, en risas, en sílabas entrecortadas, en silencios, en lágrimas, según Dios da a cada uno. Lo básico no es lo que se dice, sino el amor y la adoración que brotan del corazón”.

 Una oración gozosa

El nombre de júbilo, de regocijo alude a una oración dichosa. El gozo es característico de la oración de alabanza, es nota peculiar de la oración en el Espíritu. Esa felicidad es tal que quien la siente se despreocupa de sus vecinos y comienza a alabar al Señor, frecuentemente en alta voz.

Similares oraciones de alabanza gozosa se describen en el evangelio de San Lucas. Allí, Isabel, llena del Espíritu, bendice con gran voz al Señor, mientras Juan Bautista salta de alegría en las entrañas maternas (l, 41-44), allí un paralítico, un leproso, un ciego que recuperan la salud glorifican a Dios con entusiasmo (5, 25; 17, 15; 18, 43), allí la multitud se regocija por las maravillas que Cristo realiza y alaba a Dios con gritos jubilosos(l3, 17; 19,38), allí los discípulos testimonian, gozan, alaban y bendicen (10, 17; 24, 52-53).

Esa alegría es tal que con frecuencia aparece la acusación de embriaguez o de locura para quienes por la fuerza del Espíritu se entregan a la alabanza: «Están llenos de mosto», decían en la mañana de Pentecostés (Hch 2, 13). «¿No dirán que estáis locos?» Pregunta Pablo a los Corintios (l Co 14, 23). «No os embriaguéis con vino, llenaos más bien de Espíritu Santo», aconseja el apóstol a los de Efeso (Ef 5, 18). «Están ebrios por haber bebido vino espiritual», comenta San Cirilo. «El que se alegra en el Señor y le canta alabanzas con gran exultación, ¿no es semejante a un ebrio?», se pregunta San Agustín. «Anda el alma como uno que ha bebido mucho, más no tanto que esté enajenado», escribe Santa Teresa. «Cuando oyereis hablar a alguna persona y no entendiereis, tened paciencia… que por ventura hablará alguno lo que Dios quiso, y diréis vos que está borracho», aconseja San Juan de Ávila, y Santo Tomás de Villanueva habla de «ese vino misterioso»; San Ambrosio nos invita a que, «alegres, bebamos la sobria abundancia del Espíritu», y un autor moderno titula su obra así: «Iglesia borracha o Iglesia inspirada».

Una manera muy usada para expresar la alegría es la danza. También la danza sagrada ha servido para expresar el gozo ante Dios, y no únicamente en las culturas primitivas sino en las páginas bíblicas y en los más refinados rituales.

Cuando Moisés da rienda suelta a su regocijo al pasar el Mar Rojo, todas las mujeres tomaron tímpanos y danzaban en coro (Ex 15, 20), también el pueblo israelita bailó ante el becerro de oro (Ex 32, 19). Ante el arca danzaba y giraba David, porque, como diría a su esposa: «En presencia de Yahvéh danzo yo» (2 Sam 6, 14-21) Y el salmo 149 invita a todo el pueblo con estas palabras:
«Cantad a Yahvéh un cantar nuevo; su alabanza en la asamblea de sus amigos! Regocíjese Israel en su Hacedor, los hijos de Dios exulten en su rey; alaben su nombre con la danza. Con tamboril y cítara salmodien para él» (Sal 149.1-3).

Pero quizá el texto bíblico más bello al respecto es el que trae Sofonías (3, 17) donde es el mismo Dios quien se goza y baila de amor por su pueblo: «¡Yahvéh tu Dios está en medio de ti un poderoso salvador!. Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor, danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta”.

También hoy es notoria la alegría en los grupos de oración, y sin llegar propiamente a la danza, sí se ve como la asamblea marca el ritmo de los cantos con las palmas de las manos y hasta con un ligero balanceo del cuerpo.

A subrayar esta expresión de felicidad puede ayudar grandemente el ministerio de música, que marca el ritmo o imprime entusiasmo marcial en algunos cantos.

Lo que Hagan, Háganlo con Amor (1Cor 16,14)

Lema de RCC Argentina 2019